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Articulo

Una ficción que supera la realidad

Por David Gálvez-Casellas

Estoy a punto de incurrir en una temeridad: hablaros de la historia de la escritura de un argumento de Tomás Eloy Martínez, un escritor argentino al que no he leído nunca. Con todo, pienso que las peripecias que rodean este proceso de redacción, así como las del propio argumento son válidas por sí mismas y me excusan parcialmente de mi ignorancia de la obra de Tomás Eloy Martínez. Algunos cocineros profesionales repiten hasta la saciedad que no son partidarios de poner en el plato nada que pueda molestar al cliente y se quiere creer que se refieren a huesos, espinas, pieles, cuernos, etc., aunque, nada casualmente, se olviden de esta premisa en el momento de entregar la indigesta cuenta en un platillo. De manera análoga, un articulista debería preparar su texto de forma que la lectura fuera el máximo de clara y digerible, evitando al lector, por ejemplo, los errores, la información superflua, el sueño o la necesidad de recurrir a Internet para comprender el escrito. Intentemos un emplatado correcto, pues.

Sabemos que Tomás Eloy Martínez (a quien en adelante hemos de llamar Martínez, mucho más familiar y breve) ha escrito, entre otros, El vuelo de la reina, novela ganadora en 2002 del prestigioso Premio Alfaguara de Novela. Sabemos también que tras la escritura de esta novela se esconde lo que se suele llamar una odisea personal, que es otra manera de decir que aparte de lo que figura en la novela hay otra historia, oculta y narrativamente muy jugosa, que es la del propio Martínez, que tiene un papel central en la existencia del producto literario final. Podemos avanzar que en un cierto momento del proceso de escritura, Martínez pensó que estaba literalmente condenado a no terminar nunca El vuelo de la reina. La epopeya se remonta al mes de abril de 1998, instante en el que el autor ya ha terminado 110 páginas de una versión de la novela que tenía lugar entre Barcelona y Andorra. En este punto, una revisión médica rutinaria lo cambia todo de manera radical: a Martínez le detectan un tumor renal y el médico le calcula seis meses de vida. El escritor se propone, sí o sí, terminar la novela en ese lapso. A pesar de las buenas intenciones, pasa los seis meses siguientes intentando demostrar que el diagnóstico es equivocado y que el tumor no es tan pernicioso como parece. Este episodio ocasiona que la primera versión se vaya al traste: Martínez descarta aquellas 110 páginas, como antes había descartado tres versiones de La novela de Perón o dos de Santa Evita.

Una vez liberado de la condena a muerte dictada por un médico confundido, Martínez recomienza la redacción del libro en julio de 2000. Se trata de una novela completamente diferente de la primera: el primer capítulo describe el protagonista y su vicio solitario de observar mediante un telescopio una mujer que suele desnudarse sin prejuicios ante su ventana. Simultáneamente, en la vida real Martínez está organizando un encuentro de editores para la Universidad de Rutgers, donde dicta clases. El 18 de agosto Martínez habla por teléfono con Antonio Pimenta Neves, director de redacción del diario O Estado de Sao Paulo (Brasil) y le pregunta, entre otras cosas, si tiene previsto viajar al congreso solo o con su esposa, a quien el novelista había conocido tiempo atrás. Pimenta Neves explica que tiene intención de viajar con su mujer, pero no con la que Martínez conoce, sino con otra con quien está a punto de casarse. Le dice que cuando llegue a Rutgers estará de luna de miel. Pocos días después le llama otro editor de O Estado, que explica a Martínez que Pimenta Neves se encuentra desaparecido después de haber asesinado de dos disparos —uno en la espalda y otro en la nuca— a su prometida. Los detalles de este crimen ya estaban previstos en el desarrollo de El vuelo de la reina en el que Martínez trabaja. “Este azar me hizo sentir que estaba tocando la extraña zona de penumbras que divide la ficción de la realidad, la exploración de la cual me ocupa desde hace un montón de años”, Martínez dixit.

Poco más tarde, a finales de noviembre, cuando Martínez se encuentra ya plenamente inmerso en el viaje de creación de la novela, se materializa un hecho penoso: él y su esposa asisten a una reunión rutinaria en la universidad y al salir un coche enloquecido los atropella. Él sale indemne, con tan sólo unos cuantos golpes en el lado izquierdo del cuerpo. Su mujer muere. Durante muchos meses Martínez queda en un estado de aturdimiento. Cada palabra escrita le supone un esfuerzo heroico. El escritor piensa por segunda vez que no podrá recuperar el impulso para retomar la novela. En el primer caso el obstáculo el planteaba su propia e inminente muerte, en el segundo, la muerte cierta de su mujer.

Por fin, en julio del año siguiente Martínez consigue retornar una vez más a la historia que había empezado por segunda vez un año atrás gracias a lo que él considera una circunstancia afortunada que no detalla en las entrevistas que he podido leer. Cuando termina la novela decide enviarla al concurso que convoca anualmente la editorial Alfaguara. Martínez había participado como miembro del jurado en la edición de 1998, en la que, recuerda, hubo discusiones encendidas. En aquella ocasión se propone que si alguna vez se presenta a un premio, debe ser a aquel. Y así lo hace. Envía el libro a España firmado con el seudónimo J. S. Carmona y el título La mujer de la vida. Y como hemos dicho al principio, gana la edición del 2002: no sólo el prestigio implícito, sino también un botín nada despreciable de 175.000 dólares. Atrás quedan los tiempos en los que Planeta le edita Santa Evita con un adelanto de 2.000 dólares por las regalías del libro (cabe decir que en ese momento Martínez ya se daba por satisfecho si se vendían suficientes ejemplares como para cubrir esa cuantía).

Hablando de las dos versiones tan disímiles de El vuelo de la reina, Martínez dice, como es natural, que la mejor es la que finalmente salió a la venta: “la otra yace en el osario de mis papeles muertos”. Es esta versión anterior enterrada la que ahora nos interesa más. Lean las propias palabras de Martínez: “es la historia de un cónsul argentino, que era un escritor de mucho éxito y renombre, y muy vanidoso, de una enorme soberbia, casado con una mujer aspirante a escritora, ama de casa, que vivía en estado de admiración hacia su marido, y que escribía a ratos perdidos una novela que se llamaba Purgatorio. Al cónsul en un momento dado, el presidente de la república lo traslada a Andorra porque con la megalomanía argentina, ese presidente supone que si los ingleses han logrado apoderarse de un pedazo de tierra en el Atlántico sur, él podrá apoderarse de otro, comprando tierras en Andorra, y proponer un día, después de haberse apoderado de Andorra, entrar en la Unión Europea, como país latinoamericano.”

¿Os lo podéis llegar a imaginar? ¿Un cónsul argentino comprando Andorra palmo a palmo hasta hacerla del todo suya? Por inverosímil que se nos presente a nosotros, los andorranos, el novelista afirma que éste es un delirio del todo previsible en un presidente argentino. Claro que la explicación de arriba es sólo una síntesis burda de una parte minúscula de esas 110 páginas descartadas. De momento nos tendremos que conformar con la especulación y la curiosidad de cómo hubiera podido ser esa novela que, está claro que sólo en la ficción, nos hubiera hecho argentinos.

Publicado en Diari d’Andorra, 26 de julio de 2006

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