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Seamos realistas, pidamos lo imposible. El círculo de tiza para Israel

Por Slavoj Žižek

Traducción de Mariana Elizeche

Uno de los momentos éticamente más repulsivos del conflicto actual en Medio Oriente fue cuando Nasrallah, el líder del Hezbollah, pidió disculpas por la muerte de un niño palestino causada por un misil de su facción. Se disculpó sólo por este niño, dejando bien en claro que no había nada que lamentar respecto a las muertes de los otros civiles israelíes. ¿No está claro aquí el contraste con las fuerzas de defensa israelíes, las cuales se lamentan siempre por las bajas civiles entre los libaneses tomándolas como un mal necesario? No obstante, desde un punto de vista más cercano, esta clara oposición se vuelve borrosa. La Fuerzas Israelíes de Defensa (IDF) siempre enfatizaron cómo el Hezbollah manipula cruelmente a los civiles libaneses, localizando sus cuarteles y armas en medio de áreas densamente pobladas, conscientes de que cualquier ataque en sus fortalezas los lleve a la baja importante de civiles. Hay una elemento de verdad en esta declaración, pero el problema es el siguiente: ¿por qué Israel, consciente de estás tácticas de protección, sigue bombardeando estos sitios? La respuesta es obvia: considera la muerte de civiles inocentes como un precio que hay que pagar por golpear al Hezbollah. El tema a plantearse aquí es el siguiente: hagamos un experimento mental e imaginemos que en vez de que fueran mujeres y niños libaneses fueran mujeres y niños judíos. ¿En este caso el IDF consideraría esto como bajas aceptables y continuarían bombardeando? Si la respuesta es “no”, entonces el IDF está practicando el racismo. No es de cuestionarse por qué Alan Derschowitz recientemente introdujo una graduación entre civiles, distinguiendo entre los “totalmente inocentes” civiles israelíes amenazados por los misiles del Hezbollah y los “no tan inocentes” civiles libaneses.
Recordando la figura conocida del idiota medianamente educado que sazona su discurso con pasajes en latín un inentendible, cuando se va a la cama por la noche le dice a sus compañeros: “¡Nota Bene!” Algo similar ocurrió un par de semanas atrás cuando miraba un programa en la televisión privada eslovena; hubo una mala traducción de las palabras de Harrison Ford en Clear and present danger: “I thought it will be a surgical strike!”(“¡Pensé que iba a ser un golpe decisivo!”), lo tradujeron al esloveno como: “I thought surgeons will be on strike!”(“¡Pensé que los cirujanos iban a estar de huelga!”). El IDF enfatiza orgullosamente su bombardeo del Líbano diciendo que tiene con qué asestar golpes decisivos. Considerando los resultados catastróficos para la imagen de Israel, es obvio que sus cirujanos están de huelga cuando millones de personas alrededor del mundo ven por TV las imágenes de las casas libanesas bombardeadas, aumentando así su animadversión contra Israel. A lo mejor éste era uno de los objetivos del Hezbollah… El problema festejado por Israel en su continua demostración del poder será prontamente percibido como un signo de lo opuesto, de su impotencia. Esta paradoja del poder es conocida por todos lo que han jugado el rol de la autoridad paternal: en aras de mantener su fuerza, el poder tiene que ser virtual, o sea convertirse en una amenaza de poder.
Sigmund Freud cita el ejemplo de una apropiada interpretación de un sueño hecha por el consejero de Alejandro Magno, quien hallándose ya desesperado en su persistente, y hasta ese momento inútil, intento de conquistar la ciudad de Tiro, y cuando estaba a punto de claudicar en sus intenciones y retirar el asedio que se prolongaba ya en exceso, tuvo un sueño. En este sueño aparecía un sátiro bailando sobre un escudo. El consejo de Alejandro descompuso la palabra sátiro en sus componentes primor-diales “sa” y “tiro”, resultando ser que “sa” en su lengua signi-fi-ca-ba “tuya”, de tal forma que facilitó a Alejandro la siguiente interpretación: “el sueño significa que Tiro será tuya”. Quizás hoy cuando el IDF trata de “apaciguar” a la misma ciudad de Tiro, debemos revertir la figura del sátiro: ¿Qué obsena orgía de violencia destará en el IDG para “Tener a Tiro”?
Muchos políticos-pensadores conservadores (y no sólo conservadores) desde Blaise Pascal hasta Inmanuel Kant y Joseph de Maistre elaboraron la noción de los orígenes ilegítimos del poder, de los “crimenes primigenios” en los que se funan los Estados, dado que uno debe ofrecer a la gente “mentiras nobles” revestidas como hechos heroicos. Con respecto a estas ideas, es cierto lo que se dice a menudo: la desgracia de Israel es que fue establecida como una Nación-estado un siglo o dos más tarde, cuando los “crímenes priomigenios” ya no son aceptables (y la última ironía es que los intelectuales judíos y su influencia contribuyeron a que ésto no se acepte). ¿Por qué hay más sensibilidad respecto a esta violencia? Precisamente porque en nuestra aldea global, que se legitima con su moral global, los Estados soberanos no están exentos de estos juicios morales, pero son tratados como agentes morales que tienen que ser castigados por sus crímenes; su soberanía por lo tanto está compelida. (Por supuesto que el problema es quien ejerce esta justicia y como será juzgada –recordemos la resistencia de Estados Unidos a la Corte de La Haya)
Esto nos lleva al conflicto de Medio Oriente: nos enfrenta con la fragilidad y la penetrabilidad de la línea que separa al poder “ilegítimo” del No Estado del poder “legítimo” del Estado; en el caso de Israel, sus orígenes ilegítimos aún no están obliterados, sus efectos aún se siguen sintiendo. Todos conocemos el proverbio de Bertold Brecht de su La ópera de tres centavos: “¿Qué es el robo de un banco comparado con fundar uno?” En síntesis: ¿qué es el robo que viola la ley comparado al robo que tiene lugar en los confines de la ley? Una d ellas nos propone una variación de este proverbio: “¿Qué significa cometer un acto de terror para un Estado de poder ejerciendo guerra desde el terror?”
Cuando los observadores occidentales, desesperados, se cuestionaban por qué los palestinos se empecinaban en reclamar sus tierras, les pidieron a los palestinos que ignoraran la ilegitimidad del Estado israelí. Es por esto que en una demostración de justicia poética que sostiene la ironía de la historia, Israel está obteniendo de los palestinos su propio mensaje en forma invertida, no solamente con respecto al apego “patológico” de su tierra, sino respecto a la negación de la “desterritorialización” que supuestamente caracteriza al capitalismo global de hoy. Imagínese si uno leyera en un medio de prensa de hoy la siguiente declaración:

“Nuestros enemigos nos llaman terroristas… gente que no son ni nuestros amigos ni nuestros enemigos… los orígenes linguísticos e históricos del término ‘terror’ no pueden ser aplicados a una guerra de liberación revolucionaria… Los luchadores por la libertad se deben armar; de otro forma serán destruidos de la noche a la mañana… ¿Qué tiene que ver el terror con una lucha por la dignidad humana contra la opresión y el sometimiento?”

Uno lo atribuye automáticamente a los grupos terroristas islámicos; no obstante, el autor de estas palabras no es otro que Menachem Begin, cuando Hagannah estaba luchando contra las fuerzas británicas en Palestina.
Es interesante notar que en los años de la lucha judía contra los militares británicos en Palestina, el término “terrorista” tenía una connotación positiva. De nuevo otro experimento mental: imagínese leyendo en un medio de prensa un anuncio con un titular que diga: “Carta a los terroristas de Palestina”, la cual contendría las siguientes oraciones: “Los palestinos de Estados Unidos están con ustedes. Ustedes son sus paladines. Ustedes son su sonrisa. Ustedes son la pluma de sus sombreros. Ustedes son la primera respuesta que tiene sentido para el Nuevo Mundo. Cada vez que hacen explotar un arsenal israelí, destruyen una cárcel israelí, vuelan por los aires un tren israelí o asaltan un banco israelí, o atacan con sus armas y bombas a los traidores e invasores británicos de sus tierras, los palestinos de Estados Unidos tienen una pequeña fiesta en su corazón”.
Sin embargo esa carta fue publicada a fines de los años 40 en un diario norteamericano y fue escrita por Ben Hecht, un famoso guionista de Hollywood (simplemente reemplacé “judíos” por “palestinos” y “británico” por “israelíes”). Es casi compresible ver a la primera generación de líderes israelíes confesando abiertamente el hecho de que sus reclamos por la tierra de Palestina no pueda ser tomada por la justicia universal, que estamos tratando con una guerra por la conquista entre dos grupos donde no hay mediación posible. Esto es lo que escribió David Ben Gurion:

“Todos podemos ver el peso de los problemas entre las relaciones entre judíos y árabes, pero nadie ve que no hay solución a este problema. ¡Ninguna solución!… Nosotros, como nación, queremos este país para nosotros, los árabes quieren esta nación para ellos.”

El problema con esta declaración es clara: tal exención de los conflictos étnicos por la tierra desde las consideraciones morales no es más aceptable. Es por esto que el enfoque de Simon Wiesenthal (en Justicia, no venganza) respecto a este problema sigue siendo problemático:

“Uno debe tomar finalmente conocimiento del hecho que no puede fundar un estado restringiendo los derechos de aquellos que ya están asentados en este territorio. Uno debe estar satisfecho con el hecho que las violaciones fueron limitadas relativamente en ese número pequeño de personas que fueron heridas. Eventualmente la población judía vivió allí por mucho tiempo, mientras que los palestinos estuvieron, en comparación con los judíos, apenas asentados y tuvieron muchas oportunidades para retirarse. Lo que es decir, la continua victoria del Estado de Israel no puede descansar por siempre en la condolencia que el mundo confiere a sus víctimas.”

Wiesenthal no aboga más que por un “estado de violencia con rostro humano”, con violaciones limitadas. (Para hacer una comparación entres los colonizadores de 1880 había 25.000 judíos contra 620.000 palestinos en el territorio). Empero, la perspectiva de hoy, la verdadera parte interesante de este pasaje es la última oración: es la lectura que se hace ahora de que Israel está en “continua victoria”, y qeu no necesita comportarse como una víctima, pero que puede defenderse abiertamente al punto de no olvidarse de agregar a esta posición de poder nuevas responsabilidades. Lo que es decir, el problema actual es que el Estado de Israel, mientras “continúe victorioso”, se apoya en la imagen de los judíos como víctimas para legitimar su poder político (y denunciar a sus críticos como simpatizantes ocultos del holocausto). Arthur Koestler, el correligionario anticomunista, propuso un análisis profundo: “ Si el poder corrompe, lo contrario también es cierto, la persecución corrompe a las víctimas, aunque de maneras más sutiles y trágicas”. Cecile Winter propuso recientemente un lindo experimento: imaginen la historia del último medio siglo sw Israel, IGNOREN el hecho de que los judíos fueron allí estigmatizados por el significante de víctimas absolutas –y eso más allá de cualquier reproche moral. A lo que llegamos es a la historia estándar de la colonización… Entonces, ¿por qué debemos, como propone Alain Badiou, abstraernos del holocausto cuando juzgamos la política de Israel hacia los palestinos? No porque uno no pueda compararlas, sin precisamente porque el holocausto fue un crimen incomparablemente mayor. Son aquellos que justamente evocan el holocausto, que efectivamente lo manipulan, instrumentalizándolo para los usos políticos actuales. La sola necesidad de evocar el holocausto para defender los actos israelíes implica que Israel está cometiendo un crimen horrible que sólo la carta maestra del holocausto puede redimirlos.
Recuerden el chiste evocado por Freud para bosquejar la extraña lógica de los sueños: 1) Nunca te pedí que me prestaras una tetera; 2) Te la devolví intacta; 3) La tetera ya estaba rota cuando me la prestaste. Dicha enumeración de argumentos inconsistentes confirma per negationem lo que se intenta negar: que te devolví una tetera rota… ¿Esa misma inconsistencia caracteriza el modo radical en que los islamistas niegan el holocausto? 1) El holocausto no pasó; 2) El holocausto pasó pero los judíos se lo merecían; 3) Los judíos no se lo merecían, pero perdieron el derecho a quejarse por lo que le hicieron a los palestinos lo que los nazis les hicieron a ellos. Sin embargo, hay otro lado de la historia. En diciembre de 2005, cuando el presidente iraní Ahmadinejad habló en La Meca, aludió a que la culpa por el holocausto llevó a que los países europeos apoyaran al Estado de Israel:

“Ciertos países europeos insisten en decir que durante la Segunda Guerra Mundial Hitler incineró a millones de judíos y los puso en campos de concentración, e insisten en que si alguien prueba lo contrario, condenarán a la persona y la meterán en la cárcel… Aunque no aceptamos este reclamo, si suponemos que es verdad, nuestra pregunta para los europeos es: ¿la matanza de judíos inocentes hecha por Hitler es razón para soportar a los ocupantes de Israel? Si los europeos son honestos deben entonces darle a los sionistas algunas de sus tierras en Europa, como por ejemplo Alemania, Austria o cualquier otro país, para que puedan establecer allí su Estado. Si ustedes ofrecen parte de Europa, nosotros los apoyaremos.”

Esta declaración es una mezcla de las insinuaciones más desagradables y un análisis correcto. La parte desagradable es, por supuesto, la negación de holocausto, o algo más problemático aún, la pretensión de que los judíos se lo merecían (“No aceptamos este reclamo”: ¿Cuál? ¿Que Hitler haya matado millones de judíos o que los judíos eran inocentes y no merecían que los mataran?). Lo que es correcto en esta declaración es la hipocresía de Europa: la maniobra europea era pagar su propia culpa con la tierra de otra gente. Cuando el vocero del gobierno Israelí Raanan Gissin dice como respuesta, “sólo para recordarle Sr. Ahmadinejad, hemos estado aquí antes que sus ancestros. Por lo tanto tenemos un derecho de nacimiento para estar aquí en la tierra de nuestros antepasados y de vivir aquí”. Evoca de esta forma un derecho histórico que aplicado universalmente lleva a una masacre universal. Lo que es decir, ¿puede alguien imaginar un mundo en el cual los grupos étnicos recuerden todos al mismo tiempo a sus vecinos que “hemos estado aquí antes que ustedes” (aún si esto significa miles de años atrás), y usen este hecho para justificar su esfuerzo para aferrarse a la tierra de su vecino?
El gran misterio respecto al conflicto israelí-palestino es: ¿por qué persiste por tanto tiempo cuando todos saben que hay soluciones viables –el retiro de los israelíes de la Unión del Oeste y Gaza, el establecimiento de un Estado palestino, como así también algún tipo de compromiso concerniente a Jerusalén? Cada vez que el acuerdo parece estar a la mano, inexplicablemente se inhibe. ¿Cuán a menudo pasa esto, que cuando la paz parece ser un tema de encontrar una fórmula propia, a causa de alguna declaración menor, de pronto todo colapsa, exhibiendo la fragilidad del compromiso negociado? Esto es un síntoma neurótico evidente del conflicto en Medio Oriente –todos parecen ver el camino para deshacerse del obstáculo, y aún así nadie quiere removerlo, como si fuera una especia de ganancia patológica libidinal para persistir en un callejón sin salida.
Es por esto que la crisis del Medio Oriente es un punto tan sensible para los políticos pragmáticos cuyos objetivos son resolver los problemas pieza por pìeza de una manera realista. En este caso la verdadera utopía es precisamente que dicho “enfoque realista” funcionará con la condición de que: la única solución “realista” sea una “gran” solución para resolver el problema desde su raíz. Aquí el viejo lema de 1968 se aplica: “Seamos realista, pidamos lo imposible” (“Soyons realists, demandons l’imposible”). Sólo un gesto radical que tiene que parecer “imposible” dentro de las coordenadas existentes de un modo realista hará el trabajo. Así que la solución que “todos conocemos” como la única viable –el retiro de los israelíes de la Unión del Oeste y Gaza, el establecimiento de un Estado Palestino, etc.– aún así no hará que cambie todo el panorama, con la solución de un solo Estado en el horizonte.
A fines de julio de 2006 el presidente Bush admitió la necesidad de un enfoque más sustancial, reclamando que las treguas parciales y los acuerdos no funcionaron porque ignoraron la verdadera causa de los problemas –los cuales para él, por supuesto, son los estados terroristas y las organizaciones tratando de paralizar el progreso de la democracia, no el problema palestino… Hasta ahora Estados Unidos estaba rechazando vehementemente el lema izquierdista “debemos luchar no sólo contra el terrorismo, sino contra sus causas más profundas”, rechazando tanto la actitud “débil” como el recordatorio liberal de que uno debe pelear no sólo el crimen sino también por las causas sociales, ahora, de repente, Estados Unidos adoptó el lenguaje de “guerra de causas”, rechazando inmediatamente el cese de fuego y abogando por una solución que traiga una paz duradera, a lo que uno debe replicar: ¿porqué no terminamos aquí y nos dirigimos al verdadero problema, la ocupación israelí?
Uno está tentado de hablar aquí de un nudo sintomático: ¿no están los roles invertidos en el conflicto israelí-palestino, dados vueltas como en un nudo? Israel se legitima sobre su identidad étnica-religiosa, mientras que los palestinos –desacreditados como “fundamentalistas” premodernos- legitiman sus demandas en términos de ciudadanía secular. Así que tenemos la paradoja del Estado de Israel, la isla de la supuesta modernidad democrática liberal en el Medio Oriente, en contraposición a las demandas de los árabes con los reclamos étnicos-religiosos aún más fundamentalistas sobre su tierra sagrada. La ironía ulterior es que de acuerdo con algunos sondeos, los israelíes son la nación más atea del mundo (alrededor del 70% no cree en ningún tipo de divinidad); su referencia a su tierra yace en la desautorización fetichista: “Sé muy bien que Dios no existe, sin embargo creo que nos dio la tierra de Israel…”
Y la historia del nudo gordiano no dice que el único modo de resolver este callejón sin salida no es desatar el nudo sino cortarlo. Jicak Rabin fue el primero en dar el gran paso en esta dirección cuando reconoció el OLP como la legítima representación de los palestinos, y de esta forma el único verdadero compañero en la negociación. Cuando Rabin anunció el cambio de rumbo de los políticos israelíes respecto a “la no negociación con el OLP, una organización terrorista” y pronunció estas simples palabras “terminemos con esta charada de negociar con los palestinos y comencemos a hablar con nuestro verdaderos compañeros”, la situación cambió de la noche a la mañana. Allí reside el efecto de un verdadero acto político: cambia las coordenadas de la situación y nos plantea que lo impensable se vuelva pensable. El pasado militar de Rabin estaba relegado a un pasado menos importante- se volvió el hombre que reconoció el OLP como un compañero legítimo.
Como político laboralista, Rabin logró un gesto que, a lo sumo, lo caracteriza como un político conservador. Sólo de Gaulle pudo conferir la independencia a Algeria, y sólo un conservador como Nixon pudo establecer relaciones con China.
El problema subyacente no es sólo que los árabes no aceptan la existencia de un estado de Israel, los israelíes mismo no aceptan la presencia palestina en la Unión del Oeste. Recordando nuevamente el juego de palabras de Bertold Brecht respecto a la insurrección de los trabajadores de Berlin del Este en julio de 1953: “El partido no está satisfecho con su gente, así que se reemplazará con nueva gente que apoye sus políticas”. ¿No es algo perceptiblemente parecido a lo que pasa hoy en las relaciones entre israelíes y palestinos? El Estado de Israel no está satisfecho con la gente de la Unión del Este y Gaza, así que considera la opción de reemplazarlos por otra gente. Los judíos, las víctimas paradigmáticas, están ahora considerando una “limpieza étnica” (la “transferencia”–de perfecto corte orwelliano– de los palestinos del la Unión del Oeste) es la última paradoja que exige una consideración más cercana.
Si alguna vez hubo un apego pasional al objeto perdido, una negativa a aceptar su pérdida, éste es el apego judío a su tierras y a Jerusalén,. Y ¿No son los problemas actuales la prueba suprema de las catastróficas consecuencias de esa fidelidad radical, cuando se la toma literalmente? En los últimos doscientos años, cuando los judíos eran fundamentalmente una nación sin tierra, viviendo permanentemente en exilio, sin raíces firmes en ningún lado, su referencia a Jerusalén era puramente negativa, un prohibición a “pintar la imagen de un hogar, sentir que el hogar está en cualquier lugar de la tierra”.
No obstante, con el proceso de la vuelta a Palestina, que comenzó hace cien años atrás, el otro lugar metafísico estaba directamente identificado con un lugar determinado en la tierra. Cuando los judíos perdieron su tierra y la elevaron a un nivel de objeto perdido mítico, “Jerusalén se volvió mucho más que un trozo de tierra: es la metáfora para la vuelta del Mesías, un hogar metafísico para el final del camino errante que caracteriza a la existencia humana. El mecanismo es bien conocido: después de que un objeto se pierde, se vuelve un lugar que hay que llenar con todo aquello que perdimos en nuestras vidas terrenales. Cuando un sueño milenario está próximo a su realización, dicha realización se vuelve una pesadilla.
Es por ello fácil responder a esta gran pregunta: ¿ Cuál sería el acto ético-político verdaderamente radical en el Medio Oriente hoy en día? Tanto para israelíes como para árabes consistiría en el gesto de renunciar al control (político) de Jerusalén, o sea, apoyando la transformación de la vieja ciudad de Jerusalén en un lugar de adoración religiosa controlada (temporalmente) por alguna fuerza neutral. Lo que deben aceptar ambos lados, al renunciar al control político de Jerusalén, es que están renunciando a nada, están ganando la elevación de Jerusalén a que se convierta en un lugar no político, en algo sagrado. Lo que perderían y lo que precisamente MERECE ser perdido: la reducción de la religión como pilar de los juegos políticos. Esto sería un verdadero EVENTO en el Medio Oriente, la explosión de la verdadera universalidad política en el sentido pauliniano de que “no hay para nosotros judíos o palestinos” – cada uno de los dos lados se tiene que dar cuenta que esta renuncia de la nación étnicamente limpia es una liberación para ellos mismos, no sólo un sacrificio que cada uno tiene que hacer.
Debemos recordar la historia del círculo de tiza caucasiano, basada en una de últimas obras de Bertold Brecht: en los tiempos antiguos, en algún lugar del Cáucaso, una madre biológica y una madre adoptiva llevaron ante un tribunal la decisión sobre quien debía tener al niño, el juez dibujó con tiza un circulo en el suelo, en el medio puso al bebé, y le dijo a las dos mujeres que la primera que sacara al niño del círculo se quedaría con él, cuando la madre adoptiva vio que el niño estaba siendo lastimado al ser jalado por ambos lados, lo soltó por compasión, y por supuesto, el juez le dio el niño a ella, aduciendo que ella había demostrado el verdadero amor maternal. Uno debe imaginar, a lo largo de estas líneas, el círculo de tiza para Israel: el que ame verdaderamente a Israel la dejará ir para no verla destrozada por las tensiones.

Publicado en el diario Perfil el 6 de agosto de 2006

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