Articulo

Los avatares del siglo XXII

A propósito de Avatar

Por Julio Zoppi

Evité leer cualquier reseña o comentario antes de ver la película, y lo mismo recomiendo a los lectores de este artículo; si no la vieron no sigan leyendo –bueno, no lo tomen tan en serio–. En buena parte de la proyección me mantuve en estado de sobresalto, que a pesar de ser un primo hermano menor del asombro no deja de ser, a esta altura, interesante y provocador. A poco de salir de la sala tuve muy claro que se trataba de una cinta de grandes afirmaciones y contradicciones, pero también de contra indicaciones. Por un lado su creatividad técnica es innegable y por momentos apabulla. Por otro, la redundancia y previsibilidad estructural de la historia lucen sin vergüenza ni disimulo.

La mejor excusa para limitar los saltos al vacío de la “creatividad de riesgo” es el bendito salvoconducto de apelar al clasicismo. La mayor fantasía que inventan los productores es la idea de que existe un riesgo cuando se ha hecho todo lo posible para minimizarlo. Se trata de hacer algo nuevo pero que no deje de ser lo de siempre. Entonces, que mejor que poner toda la carne en el asador de la tecnología visual, y a nivel argumental usar los más archi probados esquemas dramáticos del clasicismo épico: que exista algo así como una Guerra de la San Puta donde haya desplazamientos y estallidos en pedazos por doquier de seres y objetos de todo tipo, en todas las dimensiones posibles, con el Bien y el Mal enfrentados cara a cara, todo coronado por el Amor que une lo que ha nacido para vivir separado. La clave ecológica es la que diferencia a la película del promedio de los pasados engendros tecno-futuristas de Hollywood, donde siempre se presentaron mundos en los que todo cambiaba menos los clisés de las guerras entre malvados extraños y perplejos terrícolas. Aquí la tecnología del año 2154 muestra un mundo donde muchas cosas han cambiado y otras permanecen congeladas con obstinación, con una punta enfática en el desarrollo de las técnicas de manipulación de genomas, adn y teleconexiones cerebrales. En el contenido conceptual que corporiza la trama, la película logra golpear duro porque su planteo no tiene dobleces: todo lo que se expone está cuidadosamente diseñado para no dejar demasiadas dudas. No se anda como metáforas: por ejemplo, cuando Parker Selfridge, director del proyecto de explotación minera e investigación científica en Pandora, le informa al grupo de científicos con cuatro palabras como viene la mano: “Esto es lo que paga todo…”, mostrando un trozo de la sustancia económicamente valiosa, fin único y último de todas esas instalaciones. La excesiva linealidad y elementalidad del párrafo es bienvenida a cambio de su claridad y contundencia.

Su majestad bestial, el ejército

La caracterización ética y estética de los grandes componentes de la trama define el destino emocional de la obra. Comencemos por el ejército que luce americano sin necesidad de llevar rótulos y aparece en toda su grotesca brutalidad al servicio del poder económico. El coronel Quaritch es un modelo perfecto, le interesa obedecer y destruir. ¿Para que otra cosa sirve un coronel que para convencer a todos de que no hay otra alternativa que arrasar con cualquier oposición? No concuerdo con quienes hablan de exageración caricaturesca en su descripción o de pobreza dramática. Los coroneles de uso corriente suelen ser así de pedestres y lineales en su cuadrada brutalidad, mucho daño le ha hecho al sentido dotarlos de una supuesta mistificación filosófica como aquel Kurtz de Ford Coppola, genial sí, pero tal vez demasiado poético para ser real.

Reventar una población “indígena”, considerada inferior medida con las varas de la primera, es un trámite menor en pos del supremo objetivo de dominación imperial. Todo territorio ajeno es colonia a los ojos del imperio; toda riqueza útil debe ser explotada. El año 2154 nos presenta un ejército todavía grotesco y anticuado, los aparatos conservan ese siniestro color verde oscuro del camouflage que parece haberse ganado el derecho a ser el símbolo eterno de la masacre, y son ruidosos e intolerablemente toscos (impagable está ese tanque-robot antropomórfico). Podemos preguntarnos si no era verosímil pensar que en ciento cuarenta y cuatro años el parque bélico hubiera mutado estéticamente hacia un ideal de naves de combate estilizadas y tecnológicamente asombrosas; en este caso la elección parece correr por el lado de la coherencia: la bestialización conceptual de los ejércitos de la civilización capitalista será tan conservadora que nada hace presagiar un cambio; de la estrechez mental es esperable un congelamiento funcional y estético de la destrucción. Un detalle al margen: luce llamativamente anticuada la silla de ruedas manual que usa Jake, realmente muy poco futurista cuando hoy día existen sillas autopropulsadas.

La ciencia, siempre convidada de piedra

Interesante también es como Cameron ubica a los científicos: siempre al borde de hacer el papel de idiotas –inteligentes– útiles, siempre soñando y creyéndose el cuento de su neutralidad, de que son convocados a investigar para conocer y preservar, cuando en realidad se los manda para proporcionar la información que permita perfeccionar el exterminio. Y lo peor es haber puesto como líder científica a una Sigourney Weaver que atrasa treinta años en materia de figura y actuación frente a tanta Diosas sueltas de todas las edades que andan por Hollywood. Obviamente se trató de explotar su imagen de Dama de la Ciencia Ficción ganada con la saga Alien.

La caja de Pandora

El polimorfismo biológico del planeta Pandora impresiona, y hete aquí el margen donde el guión se permite sus mayores jugarretas de corte poético. En la imaginería del mundo animal Cameron prefirió reservar una generosa cuota de barroca monstruosidad. La fauna autóctona de Pandora es concebida como un infierno superpoblado de pajarracos horrendos y monstruitos muy feos, excitables y agresivos. Unos caballos que parecen elefantes y embisten el espacio más que galopar en él. Una figuratividad basada en una fauna amigable y rozagante era incompatible con la generación de miedo, peligro y locura que se hacen necesarios para sostener el clisé de la peli de aventuras, fronteras de las cuales Cameron siente horror de transgredir, y para afirmarlo a veces sobreactua sus manifestaciones típicas con una literalidad que se vuelve patética. Prefirió la estética del “bicharraco”, poco confortable con una noción paradisíaca y mucho más amigable al standard hollywoodense de la monstruosidad amenazadora. Los pajarracos son poco refinados, llenos de manchas feas, puntas agudas y quijadas asesinas. Sus gestos lucen bestiales y asquerosos, sádicos, de una violencia e irritabilidad amenazantes. Contrastan con los seres ma´vi tan amigables, estilizados y felinos, humanoides que se deslizan por los paisajes y mimetizan con una flora y fauna a la que pertenecen concientemente. Seres que se vuelven queribles en la medida que miramos sus ojos detrás de algunos rasgos agudos un tanto duros, como sus narices achatadas que desobedecen el mandato tierno del respingue nasal. Pero hete aquí que Cameron comete, a mi juicio, la peor grosería narrativa de la obra al implantarle a los ma´vi una por demás ostensible naturaleza indígenoide. Hombre de metáforas poco sutiles quiso ser evidente y lo logró, cualquier parecido con el exterminio europeo de las poblaciones autóctonas de América no es pura coincidencia, pero ésta forzada indianidad de los habitantes de Pandora nos embrolla en un perfil híbrido de piel roja con humanoide cibernético.

Por suerte, en lo vegetal el director eligió ir para el lado benévolo de la belleza. Al menos eso salva a la película de volverse una cloaca visual plagada de alimañas insufribles. Con gran alivio se observa que no se ha seguido el habitual impresionismo de tantos bodrios guerreros donde lo esperpéntico era la representación natural de los paisajes desconocidos. Así es que a la asfixia de la fauna se opone la respiración profunda de paisajes tan intrincados como deslumbrantes, que parecen inspirados en un proto ecologismo setentista de Roger Dean, aquél célebre ilustrador de las portadas de de los discos de Yes y otros grandes del rock progresivo. Son la fuente vivificadora que proporciona la necesaria dosis de alivio visual a la vez que reconcilia el planteo de la obra con la idea de una naturaleza paradisíaca, pacífica, sana y bella.

Ecología, la preservación de la integridad vital

En Pandora es posible reconocer dónde está la conexión primigenia entre las especies vivas y recuperarla para la práctica activa de la vida. El problema no es la deshumanización de las nuevas tecnologías que por el contrario se muestran aptas para un intento de reflujo humanista, sino el bruto anacronismo de la guerra de exterminio explotadora y colonial, que se muestra tan anticuada como grotesca en su primaria tecnología de la destrucción simple. Los ma´vi, la flora y la fauna conforman una entidad indisoluble y su conexión no es teórica sino efectiva a través del contacto vital. Los ma´vi  “humanizan” a las bestias recordándoles su pertenencia al todo a través de vincularse físicamente con ellas a través de las terminales nerviosas de su cabellera, en un gesto casi sansoniano (¿no era mejor hacerlo desde la cola, vieja terminal del sistema nervioso?). Todos los seres vivos son hijos de una misma madre y la unidad de todos ellos es posible

Los detectores de mensajes oblicuos han trabajado horas extras con esta película. Y la pasan mal porque si de algo carece esta obra es de mensajes oblicuos. Por ejemplo el canadiense Pierre Desjardins pretende advertirnos de que no seamos ingenuos y confiemos en cualquier moraleja pacifista que veamos ya que se trata de una glorificación de la guerra encubierta. Como película de guerra obviamente que exalta la guerra, pero lo realmente ingenuo es lo que hace Desjardins al leer que exaltar una guerra defensiva es igual a la glorificación de la guerra como método de conquista política; la diferencia no es menor. La reacción de Pandora de defender su integridad mediante una guerra defensiva es planteada como un recurso de extrema defensa propia y de ningún modo la puesta en práctica de un belicismo vocacional. Luego, la destrucción del árbol de la vida a manos del ejército, realmente el suceso crítico de la trama de la película, es lo que ha generado interpretaciones disparatadas de todo tipo con una preferida: dicen que representa tanto una crítica como una glorificación de la caída de las Torres Gemelas. Todos estos intentos de hallar el meta mensaje parecen improcedentes en cuanto pretenden desviar el sentido del mensaje directo que es necesario y suficiente: Cameron es lineal y no mediatiza el mensaje con artilugios semióticos.

El inefable Horacio González anduvo curioseando también y no ahorró sesudas asociaciones que remiten a los clásicos culturales, pero rescato el artículo menos pretencioso de Ernesto Tenembaum, que sin ingenuidad ni sobre calificación lee en sentido correcto el alcance del mensaje político de Avatar:

“Uno puede decir cualquier cosa de eso: teorizar sobre los espacios que da Hollywood incluso para ser antiyanqui, o sobre la flexibilidad del capitalismo para hacer un gran negocio incluso del anticapitalismo, o lo que sea. Lo que no puede es negar lo que se ve. Los yanquis, en esa película, son malísimos.”

Mientras ser antiyanqui sea negocio nadie objetará que se hagan películas antiyanquis. El radicalismo político del mensaje es casi un mal necesario del guión para hacerlo atractivo, y de paso causar mayor revuelo que si se hiciera una peli de aventura con mensaje convencional. Con este recurso, aparte de recaudar fortunas, se garantiza una reacción polémica de la crítica intelectual cuyo beneficio publicitario es bienvenido allende los dominios de la american beauty. A veces no hay mejor negocio para un yanqui que discursearse contra sí mismo para poder hace un poco más universal un producto y que lo acepten fuera del target de los adoradores de Mc Donald’s. La única trasgresión preocupante para el sistema sería romper el mandato de hacer películas para conseguir un brutal éxito económico, mientras se cumpla el mandato de recaudar fortunas, poco importa que alguna vez le toque a los yanquis el papel del malo.

Como diría a los gritos Don Salvador Dalí, también Cameron muestra su cosmogonía, no importa que tenga el alcance de una historieta -un Nippur de Lagash con ultramoderna tecnología-, se trata de una cosmogonía al fin. Quien va en busca de la gran parábola narrativa que implante los soñados grandes planteamientos filosóficos saldrá con sabor a poco; en cambio quien sólo espere un episodio redundante, reafirmación del discurso capitalista, se sorprenderá gratamente de alguna contundencia literal en sentido contrario. Muchos autores realizan un nudo tratando de hacer películas que bajen líneas y exuden denuncia por los poros, y aquí, por hacer una historia vendible, Cameron se volvió más radical que sus propias intenciones; un error de manejo que celebro.

Comentarios (un comentario)

Los objetos culturales sufren de esta suerte de apetito de la conciencia que resulta en una disputa por la significación. Vamos en su búsqueda no porque nos interese tanto algo así como “el autor”, sino porque queremos decir, tenemos algo que decir. El autor, en todo caso, es otra batalla de hacernos con él. Tiene razón Foucault: No existe.

No sé si existen los apocalípticos o los integrados. Si me parece que existen quienes tienen voluntad de valorar y quienes solo necesitan de una excusa para el desprecio. Digamos que toda valoración acarrea una suerte de cerco despótico que más se afirma cuanto más expulsa. Toda economía de fuerzas conlleva su singular sabiduría. Por ejemplo, el gordo de Harold Bloom puede decir: ¿Acaso hay otra cosa que Shakespeare? Y su total desprecio por la literatura “de consumo” se funda en un terrible amor y en una exégesis que abruma por lúcida. La cultura es un basural gigantesco donde las ratas más hábiles practican el reciclaje. Nada más ecológico que la industria cultural.

No vi Avatar, te confieso, Julio. Ahora, quizás, espere a la piratería y a la comodidad de El Living (Marcelo T. De Alvear 1540, muy buena música) Será, desde luego, una excusa para seguir pensando todos estos temas que traes en la reseña.

Un abrazo,
Leo Sai

Leonardo Sai / Febrero 21st, 2010, 4:08 am / #

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