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Velocidades X

kissinger1Notas sobre el capitalismo asiático III

La diplomacia nipona-norteamericana

Por Leonardo Sai

No confiar hoy a Japón sus propias fuerzas armadas y no darle la responsabilidad de su propia defensa sería colocar a su pueblo y a su gobierno bajo una incapacidad que, cualesquiera que sean sus raíces en la penosa historia reciente, no se ajusta al papel que Japón debe desempeñar ayudando a consolidar la seguridad de Asia no comunista.

(Richard Nixon; Asia después de Vietnam; Foreign Affairs; 1967)

La mayor deformación de lo que es la produce el sistema educativo; el más sutil tentáculo de aprehensión sobre el espíritu. ¿Cómo habla un texto de “Historia Universal[1]”?

“Al igual que el pueblo alemán —habituado a una fuerte disciplina civil, amante del trabajo y del ahorro, y muy dotado para la organización— el pueblo japonés se recuperó  pronta y espectacularmente de los desastres de la guerra. El régimen de ocupación estadounidense no fue, por otra parte, muy severo, y no tardó en impulsar las ansias de recuperación que se manifestaban por todo el antiguo imperio. Frenado un tanto este deseo de los vencedores por temor a que la asombrosa capacidad de recuperación del país volvería a poner en peligro la influencia de los Estado Unidos en el Sudeste Asiático, la guerra de Corea modificó esa orientación, ya que lanzó a la potencia ocupante a un decidido apoyo hacia Japón, que volvería  recuperar su soberanía en 1951. En los años siguientes, el mundo contempló asombrado el “milagro japonés”. La vertiginosa industrialización y la optima explotación agraria y pesquera, así como la gran capacidad de sus círculos empresariales, hicieron que, a partir de la misma década de los años cincuenta, el Japón se convirtiera ya en la tercera potencia económica mundial”. (De la época de entreguerras al mundo actual; El Japón, potencia mundial; Historia Universal; Océano; página 1134)

¿Acaso nuestros periodistas y opinólogos culturales agregan algo a esta repetida versión escolar del poder económico-político del capital potenciado[2]? Escuchemos, en principio, a un protagonista clave en la historia del presente de Japón y de las relaciones de poder mundial desde 1968.

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En sus Memorias Kissinger afirma: “Japón y Estados Unidos han sido aliados durante más de veinte años; la piedra basal de nuestra política en el Pacífico es, sin duda, nuestra amistad, asociación e interdependencia con esa extraordinaria nación”. Kissinger quiere dejar en claro de que se trato la política respecto de Okinawa: “En la superficie, nosotros cedimos en Okinawa; en la realidad, preservamos las relaciones norteamericano-japonesas. Retiramos las armas nucleares de la isla y aceptamos algunas restricciones limitadas al uso convencional. Por medio de esas medidas evitamos perderlo todo. Nuestras bases en Okinawa han seguido operando sin ninguna interferencia ni oposición pública desde 1972. Y las negociaciones de Okinawa sentaron las bases para una fortalecida asociación con Japón” (Henry Kissinger; Mis Memorias; Atlántida; 1972) ¿Cuál fue la trama y el juego diplomático?

Este intelectual[3] de la clase dirigente norteamericana rememora: “Sato empezaría con la habitual posición japonesa de oponerse a cualquier introducción de armas nucleares. Nixon contestaría presentando una formulación muy dura de nuestra posición máxima. Sato, después de unos pocos minutos de reflexión, propondría el compromiso previamente acordado [se refiere a una estipulación en el Tratado de Seguridad norteamericano-japonés que armó, en coordinación, con un emisario de Sato, “tan ingeniosa como vacía”, en la cual se establecían “consultas previas” en caso de emergencia] Después de reflexionar sobre la cuestión, para beneficio de los funcionarios Nixon aceptaría la transacción de Sato. De ese modo, la fórmula sería una idea japonesa; no había sido impuesta; los protocolos serían prístinos”[4].

No obstante los laureles las leyes tendenciales de la economía política se presentían contra las máscaras de la diplomacia y de la política. Nixon no paraba de sugerir que “meta el tema Textiles” en la agenda[5], esto era, frenar las exportaciones que invadían el mercado interno norteamericano con mercancía japonesa. El arreglo llegaría mucho más tarde y con el embajador Kennedy en 1971. Pero Kissinger sabe que no fracasó en esta “minucia” puesto que había olfateado el hueso: “… el verdadero problema, desde luego, era más profundo, y es de importancia fundamental para el futuro de todas las democracias industriales. Mientras que Japón y Estados Unidos, y las naciones de Europa Occidental, somos aliados políticos y militares, también somos inevitables competidores económicos. Ningún gobierno ha resuelto el problema de cómo llevar adelante políticas económicas nacionales autónomas sin crear tensiones con aliados políticos que son también rivales comerciales… el peligro es que choques económicos de creciente intensidad puedan minar esa misma comunidad de intereses y aspiraciones…” (Op. Cit; Pág.; 244) Esto no se resuelve con una torpeza apurada del estilo “el capitalismo es así” puesto que el llamado imperialismo no es otra cosa que capitalismo y resolvía esta geopolítica con la guerra inter-estatal y aquí Kissinger esta enunciado algo distinto, algo nuevo, una diferencia en la historia del capital: Solicitaba una forma jurídica, adecuada, al entrelazamiento, crecientemente mundial, del capital bajo una dirección política común.

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La situación emergente que Kissinger vislumbraba podemos hoy interpretarla como enfrentamientos en la unidad del sistema capitalista. El espacio de valor y plusvalor de la economía política del capital no es idéntico ni homogéneo ni “en si y para sí” sino que contiene elementos reales de conflicto que son referencias directas de los Estados, con mayor peso en el mercado mundial, de sus alianzas con emergentes, pujas por zonas de influencia, abastecimiento de recursos estratégicos, por mercados donde volcar la sobreproducción y poner capital financiero y descentrar la producción (el capital meramente reproductivo, de innovaciones menores, simple). Acontece una profundización del proceso, analizado y discutido por Rosa Luxemburgo y Hilferding, de exportación del capital (la placa bolchevique lo llamó imperialismo) porque el capitalismo de las colonias, en el caso de Japón, luego de que la ocupación liquide a la burguesía agraria a favor de la industrial, bajo dirección de un Estado Desarrollista con alianzas militares, financieras, políticas y tecnológicas con Estados Unidos, se transforma, aceleradamente, en médula del capital financiero y tecnológico, produciendo nuevas contradicciones y una nueva geopolítica.

Por ejemplo, en 1997, en ocasión de la crisis asiática, Japón propuso la formación de un fondo monetario asiático que lo tendría como eje y alternativa al FMI. El proyecto fue bloqueado por Washington, ayudado por China. No obstante, en el 2003, ante la creciente debilidad del dólar, se lanzó el Asian Fund Bond, financiado con reservas de 11 bancos centrales asiáticos cuyo objetivo es ofrecer un destino a los excedentes de ahorro que sea alternativa a los bonos de Estados Unidos. Todo indica que en este fondo China tendrá un papel tan relevante como Japón. Es, justamente, este enfrentamiento en la unidad lo que permite la forma jurídica que la literatura de las ciencias sociales denomina Imperio. Determinadas burguesías pueden potenciar tecnológicamente sus capitales con el apoyo de otras burguesías[6], resolviendo la competencia por el mercado ya no como  “guerras del imperialismo” sino mediante la innovación incesante del capital cuyas inversiones gigantescas requieren de la participación y correlación estratégica de burguesías de distintos países, bajo el amparo de sus estados, del entramado del capital financiero y de si todo esto logra producir el capital tecnológico necesario para la competencia en un mercado mundial. El escenario, sin embargo, no es la paz perpetua y las pulsiones apocalípticas de Occidente pueden hallar sosiego en formas posmodernas de la muerte masiva: A(H1N1) es una muestra y aviso[7]. Volvamos.

Mencionamos “la cuestión Okinawa” para poder comprender que quiere decir esta situación de “lejanía” como la llama The Economist a las “vagas esperanzas de integración en Asia” (Distant Dreams; Octubre 29; 2009; en ocasión de una reunión regional en Tailandia) El artículo señala cínicamente que no poseen un programa económico y político común y que la integración es meramente formal. Pero no menciona y ni explica la causa puesto que la emergencia del programa es simétrica al desplazamiento nipón-norteamericano y ésta constituye el meollo de la hipótesis que sostenemos y discutimos en este escrito: La extensión de la asociación entre Tokio y Washington está motivada principalmente por la emergencia de la potencia china, la alianza con Japón se inscribe en la estrategia estadounidense respecto de Pekín que fue señalada por Washington, por su falta de transparencia en las inversiones militares, y por Tokio, en las costas de Corea del Norte, como una “preocupación de seguridad” en su programa de defensa nacional de 2005. Pero esto no debe llevarnos a pensar que se trata de una política de contención de Estados Unidos respecto de China y Asia, como, apresuradamente, saca conclusión el progresismo de editorial (El eje militar Japón-EE.UU en Le Mond Diplomatique) En lugar de aplicar el ordenamiento bolchevique de los hechos históricos, hay que intentar leer la diferencia a la cual nos invitan los hechos de discurso:

“The test of China’s intentions will be whether its growing capacity will be used to seek to exclude America from Asia or whether it will be part of a cooperative effort. Paradoxically, the best strategy for achieving anti-hegemonic objectives is to maintain close relations with all the major countries of Asia, including China. In that sense, Asia’s rise will be a test of U.S. competitiveness in the world now emerging, especially in the countries of Asia. The historical American aim of opposing hegemony in Asia – incorporated as a joint aim with China in the Shanghai Communique of 1972 – remains valid. It will have to be pursued, however, primarily by political and economic measures – albeit backed by U.S. power” (China: Containment won’t work; Henry KISSINGER; 2005; énfasis añadido)

Las inquietudes estratégicas de EEUU-Japón, en relación con el régimen de Pekín, se refuerzan con la perspectiva de una posible (y no tan “distant dream”) reunificación de Corea. Esto significaría el impulso hacia una potencia, eventualmente, poseedora de armas nucleares y cuya diplomacia se inclina hacia China, en Pyonyang, pero también hacia Seúl, a favor de la evolución social y política en curso[8].

¿Estaremos en presencia de nuevas astucias niponas-norteamericanas, a un mismo tiempo, contra los nuevos vientos y las turbulencias propias? ¿Los síntomas de unas calamitosas tasas de desocupación no les imponen una lectura distinta de los límites de la diplomacia? ¿No hemos sugerido que ya lo han hecho?

Bibliografía:

Pablo LEVIN, El capital tecnológico, Catálogos; 1997. En esta tesis se puede encontrar un estudio exhaustivo de la diferenciación entre capital simple (meramente reproductivo) y capital potenciado o capital tecnológico.

Henry KISSINGER; Mis Memorias; Atlántida; 1972

DIARIO THE ECONOMIST; Distant Dreams; Octubre 2009.

DIARIO LE MOND DIPLOMATIQUE; El eje militar Japón-Estados Unidos; Emile GUYONNET: http://www.insumisos.com/diplo/NODE/829.HTM. De este artículo hemos tomado la hipótesis de trabajo con la cual discutimos el cierre del planteo del escrito. Contra esta versión de una “polìtica de contención de EE.UU respecto de China” hemos considerado CHINA: CONTAIMENT WON’T WORK de Henry KISSINGER extraído de su pàgina Web: http://www.henryakissinger.com/articles/wp061305.html; 2005.

Notas


[1] Consultamos el 4 tomo de “Historia Universal” de Océano; 1200 hojas; 1994; Barcelona; destinado a servir como apoyo escolar para la educación MEDIA.

[2] Para profundizar en el estudio de este concepto: Pablo LEVIN, El capital tecnológico, Catálogos; 1997.

[3] Kissinger debe ser uno de los hombres más brillantes de la derecha del mundo, nos enseña el arte de pensar política. Cuenta que una vez que asume debió aprehender la diferencia (elemental y no por eso menor) entre conclusión y política. No basta ni es suficiente la teoría, el pensamiento, puesto al ejercicio del poder de conducción, tiene la carga de las decisiones difíciles y del riesgo de dar pasos vacilantes en la incertidumbre. Por eso también nosotros creemos que el pensamiento yace en el caos y, se hace cargo de él en tanto tal, mientras el cobarde huye al sistema y lo pule, idealísticamente. Mientras uno hace política, el otro la contempla “en su concepto”.

[4] Kissinger amaba a Sato, le rinde homenaje a su lealtad para con su patria; “el mundo” aplaude a este presidente que afirmaba que la “iniciativa” de Okinawa figuraba “entre las decisiones más importante que he tomado…” con el premio Nobel.

[5] Los empresarios textiles del sur norteamericano estaban entre los industriales más duramente golpeados por la competencia japonesa; muchas plantas habían tenido que cerrar; también representaban un poderoso y efectivo grupo de influencia. Esto había impulsado a Nixon candidato a hacer a los delegados y votantes sureños la rotunda promesa de que se haría cargo del problema.

[6] Japón sufrió el impacto de la reestructuración mundial del sector automovilístico impulsada por Europa y Estados Unidos, a finales de los 90s, causando primero la fusión de capital de Nissan y Renault en 1999, la de GM y Fuji Heavy Ind. en 2000 y después la de Daimler Chrusler y Mitsubishi. De los 11 fabricantes de automóviles que hay en Japón, quitando el grupo Toyota que continuó en solitario (Toyata, Daijatsu, Hino) y a Honda, 7 de ellas se pusieron bajo el amparo de grupos de capital extranjero para reconvertirse a otra escala y dadas las presiones de la competencia del mercado mundial. Pero luego con la depreciación del yen frente al dólar y al aumento del mercado en EE.UU Toyota y Honda se recuperarían con tasas de beneficio históricas y la recuperación de Nissan, Mazda, Mitsubishi. (Información extraída de Efectos de la re-estructuración mundial en la industria automovilística japonesa; Mizuko UCHIDA; Boletín Económico; ICE —Información comercial española— 2003)

[7] Supongamos una mega-empresa farmacéutica que absorbe a su competencia, en el marco de una crisis mundial, mediante el pago de 60mil millones de dólares (una cifra que supera, ampliamente, las reservas “soberanas” de muchos de los Estados “soberanos” de América Latina) una vez que se desploman sus colocaciones financieras… ¿Qué le resta hacer? ¿Esperar a que aparezcan nuevos focos infecciosos o crear la enfermedad sometiendo a todos los Estados del mundo a la compra de las dosis?

[8] “It is unwise to substitute China for the Soviet Union in our thinking and to apply to it the policy of military containment of the Cold War. The Soviet Union was heir to an imperialist tradition, which, between Peter the Great and the end of World War II, projected Russia from the region around Moscow to the center of Europe. The Chinese state in its present dimensions has existed substantially for 2,000 years. The Russian empire was governed by force; the Chinese empire by cultural conformity with substantial force in the background. At the end of World War II, Russia found itself face to face with weak countries along all its borders and unwisely relied on a policy of occupation and intimidation beyond the long-term capacity of the Russian state”.

“The strategic equation in Asia is altogether different. U.S. policy in Asia must not mesmerize itself with the Chinese military buildup. There is no doubt that China is increasing its military forces, which were neglected during the first phase of its economic reform. But even at its highest estimate, the Chinese military budget is less than 20 percent of America’s; it is barely, if at all, ahead of that of Japan and, of course, much less than the combined military budgets of Japan, India and Russia, all bordering China – not to speak of Taiwan’s military modernization supported by American decisions made in 2001. Russia and India possess nuclear weapons. In a crisis threatening its survival, Japan could quickly acquire them and might do so formally if the North Korean nuclear problem is not solved. When China affirms its cooperative intentions and denies a military challenge, it expresses less a preference than the strategic realities. The challenge China poses for the medium-term future will, in all likelihood, be political and economic, not military” (China: Containment won’t work; Henry KISSINGER, ènfasis agregado)

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