Articulo

Ningún mamerto

piro-cb(Acerca de Guillermo Piro y su última nouvelle)

Por Julio Zoppi

Signos vitales

Todo libro, en tanto objeto ofrecido a la venta, es lanzado directamente al ataque frontal de los ojos del lector, con la prepotencia de dirigirse a él al borde de la falta de respeto. Hoy día, ofrecerse en lectura de pago es casi una provocación y como tal hay que convencerlo ­–al lector– que tamaña pretensión no es una estafa ni un exceso de petulancia. El manoseo valorativo y referencial que pesa sobre el negocito literario, tan prostituido por acomodos, amiguismos, pretenciosidades, vanidades de tachito de basura y el  neón macilento de los suplementes literarios, deja al lector típico –ése que lee las recomendaciones de la  Sarlo y considera a Ricardo Piglia una autoridad en la materia–cargado de prejuicios y dictámenes. Pero el libro, a poco de ser comprado, tiene otra batalla vegetativa, de orden original y antecesora a toda discusión relativa a la compensación por el valor invertido, y es el emprendimiento inexcusable de una lucha contra el sopor. La Celeste y Blanca asume esa lucha atenta muy concentrada desde el comienzo, dispuesta a no cometer errores de principiante idealista, yendo al ataque con una propuesta de juego semántico atrevida pero al mismo tiempo mostrando toda la solidez defensiva de la que debe ser capaz un escritor para controlar el brutal contragolpe literario del desequilibrio.

El fantasma airiano

César Aira suele navegar en indulgencia para copiar a texto final las piruetas de su arbitraria imaginación de situaciones. Pero la imaginación que es arbitraria deja de provocar efecto, se vuelve simple juego de mentira descubierta, de marioneta a la que se le ven todos los hilos. La asignación de situaciones que deja leer con suma evidencia su origen azaroso, insufla un manto de decepcionante desconfianza a la lectura, pone un dique de cartón pintado en el flujo de la interpenetración ficcional. La emoción queda relegada por la diversión; la delectación estética del hallazgo poético-conceptual se vuelve una perplejidad simpática; y todo no traspasa la barrera del reconocimiento liviano al caradurismo narrativo. La autoindulgencia lúdica en Piro, en cambio, como otro de los síntomas de una generación de escritores empeñados en demostrarnos a los lectores que no sufren al escribir, pasa por una digresión melódica, ambiental y conceptual que al ser coherente tiene un efecto restitutivo, regenerativo; restituye siempre el centro que intentó digredir; regresa al hogar de la “historia” aportando un regalo que hace juego con lo narrado a fuerza de ganarse el respeto como un buen aporte para incorporar.  La digresión que se gana el respeto por su propia calidad, termina siendo bien aceptada en su protagonismo. “Si me llevas fuera de la historia para mostrarme algo interesante, regreso contento e enriquecido, si me llevas fuera para decirme algo peor y menos interesante que la propia historia, regreso fastidiado y empobrecido”. Lo llamativo en Piro es el autocontrol conceptual con el que aborda la chapuza dialéctica de las digresiones, sin desbordarse nunca fuera del ámbito de la tutela de la consistencia, lo que lo ayuda a mantenerse siempre saludablemente lejos del extremo carajo. Yo lo llamaría el ejercicio de un “ingenio libre pero respetuoso”, sin desdeñar el carnaval ocurrente del libre sentido que colma expectativas estético-divertimentales pero calificando también para cualquier aprobación aristotélica; con trucos de baile textual que al mismo tiempo saben guardar el debido respeto a las buenas y profundas formas filosóficas.

El éxito del narrador frustrado

Piro no cuenta una historia, nos cuenta de una historia.

En términos de una estricta taxonomía, de una administración castrense de la literatura, se puede decir que en su texto no existe la narración plena, existe más bien un ensayo donde se hace referencia a las vicisitudes del narrar. El sustrato novelesco apenas prepara las condiciones de flujo para el empalme de una vía principal que se dirige en descarga directa hacia una acogedora estación digresiva. En ella, la escritura de Piro nos muestra su aptitud para la biografía molecular; una paleta reflexiva orientada a objetos que no dice todo lo que esperamos sea dicho, pero dice otra cosa que a fuerza de estar dicho con un ingenio de controlada coherencia, se le parece bastante. Luego, a la hora del juicio final del goce, lo decantado cumple holgadamente los requerimientos que lo calificarán como un puñado de comentarios tan inteligentes como bellamente expresados. Todo ello alcanza y sobra –poco, pero sobra– para hacer una pieza disfrutable, cuya sustentabilidad se apoya en sobrios criterios de ecología literaria, sin depredaciones histéricas ni sobre-explotación de recursos agotables.

La novela Pírica (nunca pírrica) logra el cometido porque la historia –que se presume bastante poco interesante– jamás es contada, y eso es todo un alivio.  El problema que plantea la novela es como narrar las digresiones y lo resuelve apelando a la ayuda de referencias a dos princesas y un consorte atribulado que le sirvan de soporte, una historia que es amagada y resumida repetidas veces en el desarrollo, con personajes que son presentados en breves palabras, en un ámbito de parquedad e indeterminación típico del cuento y no de la novela. Por ello las hábiles atemporalidades –o multitemporalidades, u omnitemporalidades- se lucen y resultan inocuas a cualquier confusión, aunque por ello también queden apenas insinuadas como un detalle que finalmente es muy poco explotado.

“La Reina Carola es como el agua, no tiene opiniones.” Piro, que al contrario de su personaje, no es ningún mamerto, juega al narrador frustrado y consigue el éxito, en un final que nos convence de que en definitiva nada ha sido narrado del todo completamente pero lo que acaba de terminar bien ganado tuvo su lugar en algún reino de la imaginación.

Exordium

Vemos por doquier escritores desesperados por gritar su humildad a los cuatro vientos, ávidos por aclarar malentendidos, por soterrar presuntas veleidades de grandeza, sobreactúan una discreción que contrasta con su esencial exhibicionismo. Comienzan por negarse a sí mismos como creadores para bañarse en la falsa modestia del ejecutante de oficio, se dicen artesanos básicos de la palabra; discretos y juguetones acomodadores de palabras, a veces laboriosos, a veces tiernamente holgazanes. Vayamos por más: un escritor, para ser un buen escritor, necesita al menos creerse un poco el dueño del mundo si es que no lo es. Escritores desesperados por gritar su humildad hay muchos, pero tal vez sólo para algunos esté reservado saber jugar con esa ironía. Ojalá jamás se tomen en serio esto de ser modestos.

Comentarios (no hay comentarios)

no hay comentarios para este post.

Dejar un comentario