Ingreso

Articulo

Un vicio de nuestro tiempo

Por Giacomo Leopardi

Traducción de Guillermo Piro

Si tuviese el ingenio de Cervantes escribiría un libro para purgar, como hizo él en España con los imitadores de los caballeros errantes, la Italia, mejor dicho todo el mundo incivilizado, de un vicio que, respetando la apacibilidad de las costumbres presentes, o incluso también de cualquier otro modo, no es menos cruel ni menos bárbaro que cualquier avance de la ferocidad de los tiempos medios castigados por Cervantes. Hablo del vicio de leer y de recitar a otros las propias composiciones; el cual, siendo antiquísimo, incluso siglos atrás fue una miseria tolerable, por lo rara; pero hoy, cuando cualquiera escribe, y cuando lo más difícil es encontrar a alguien que no lo haga, se ha vuelto un flagelo, una calamidad pública y una nueva tribulación de la vida humana. Y no bromeo cuando digo que para él los conocidos son sospechosos y las amistades, peligrosas; y que no hay hora ni lugar donde cualquier inocente no deba tener el temor de sufrir el asalto, sometido y arrastrado al suplicio de tener que oír prosas infinitas y versos de a miles, no ya bajo la excusa de que se quiere que emita un juicio, excusa que durante mucho tiempo fue costumbre asignarle a estas recitaciones, sino sólo y expresamente para darle placer al autor de oírse, además de los halagos necesarios prodigados al final. Yo creo que en poquísimas cosas aparece más, por un lado, la puerilidad de la naturaleza humana, y a qué extremos de ceguera, mejor dicho de estupidez, es llevado el hombre a causa del amor propio; por otro lado, cuánto puede nuestra alma ilusionarse a sí misma; todo ello queda demostrado por este asunto de recitar los propios escritos. Porque siendo cada uno consciente de la molestia inefable que siente él cada vez que se ve obligado a oír las cosas de otros; viendo aterrorizarse y empalidecer a las personas invitadas a escuchar las cosas escritas por otro, alegar cualquier tipo de impedimento para excusarse, e incluso huir y esconderse donde sea; no obstante ello, con cara de piedra, con perseverancia maravillosa, como un oso hambriento, busca y persigue a su presa por toda la ciudad, y una vez alcanzada, le tira lo que le estaba destinado. Y mientras dura la recitación, advirtiendo primero los bostezos, luego el estirarse, las contorsiones y cien signos más de las angustias mortales que experimenta el infeliz oyente, no por esto se detiene ni le da tregua; por el contrario, cada vez con más fiereza y encarnizamiento continúa con su arenga, gritando durante horas, incluso durante días y noches enteras, hasta volverse ronco, y hasta que, mucho tiempo después de que el oyente ha desfallecido, no siente que le faltan las fuerzas, aunque no se encuentre saciado. Mientras dura esta carnicería que el hombre hace con su prójimo, por cierto éste experimenta un placer casi sobrehumano, como de paraíso; ya que velamos porque para esto las personas abandonen todos los otros placeres, y olviden el sueño y el alimento, y desaparezcan de su vista la vida y el mundo. Y este placer consiste en la firme creencia que tiene el hombre de despertar admiración y dar placer a quien oye; de lo contrario el mismo recitaría en el desierto, no a las personas. Como ya he dicho, cuál es el placer de quien oye (con toda conciencia digo siempre que oye, no que escucha), cada uno lo sabe por experiencia, y el que recita lo ve; y yo sé que muchos, más que un placer de ese tipo, elegirían cualquier grave pena corporal. Hasta los escritos más bellos y más preciados, al ser recitados por su propio autor, se vuelven de una calidad que puede matar de aburrimiento. A propósito notaba un amigo mío que si es verdad que Octavia, al oír a Virgilio leer el sexto capítulo de la Eneida fue presa de un desmayo, es creíble que eso le sucediese, no tanto por la memoria, como dicen, de su hijo Marcelo, como por el aburrimiento de oír leer.

Así es el hombre. Y este vicio al que me refiero, bárbaro y ridículo, es contrario al sentido de criatura racional, verdaderamente una perturbación de la especie humana, porque no existe nación tan gentil, ni condición humana tal, ni siglo al que estas personas no sean comunes. Italianos, franceses, ingleses, alemanes; hombres con canas, sabios en las demás cosas, llenos de ingenio y de valor; hombres expertos en la vida social, competentes en todos los modos, amantes de notar las estupideces y mofarse de ellas; todos se vuelven niños crueles cuando llega la ocasión de recitar sus cosas. Y así como este vicio es de nuestros tiempos, lo fue también de los tiempos de Horacio, a quien esto ya le parecía insoportable, y de los tiempos de Marcial, que respondiendo a uno que le había preguntado acerca de por qué no le leía sus versos, dijo: “Para no oír los tuyos”. Y así fue también en la mejor edad de Grecia, cuando, como se cuenta, Diógenes, el cínico, encontrándose en compañía de otros, todos moribundos por el aburrimiento, en una de dichas lecturas, y viendo en las manos del autor, al final del libro, aparecer un claro en el papel, dijo: “Ánimo, amigos, veo tierra”.

Pero hoy la cosa se ha vuelto tal que los oyentes, incluso forzados, con mucho trabajo pueden tener el valor para hacer frente a las necesidades de los autores. Algunos de mis conocidos, hombres industriosos, consideran este punto, y persuadidos de que recitar las propias composiciones es una de las necesidades de la especie humana, han pensado en darle a éste, como se le dan a todas las necesidades públicas, una utilidad particular. Con ese fin, en breve, abrirán una escuela o academia o ateneo de recitados, donde, a cualquier hora del día o de la noche, ellos, o personas pagadas por ellos, escucharán a quien quiera leer a precios determinados, que serán los que siguen: para la prosa, la primera hora un escudo; la segunda, dos; la tercera, cuatro; la cuarta, ocho, y así aumentando en progresión aritmética. Para la poesía, el doble. Por cada poesía leída, quien quiera volver a leerla, como sucede a menudo, deberá pagar a razón de una lira el verso. Si el lector se duerme, se le devolverá la tercera parte del precio debido. En caso de convulsiones, síncopes, y otros accidentes ligeros o graves que sufrieran tanto una parte como la otra durante el tiempo de la lectura, la escuela contará con esencias y medicinas que se suministrarán en forma gratuita. Así, convirtiéndose en materia de lucro algo que hasta ahora ha sido tan infructífero, como son las orejas, se abrirá un nuevo camino para la industria, con el consiguiente aumento de la riqueza general.

Comentarios (2 comentarios)

[...] Leopardi cubre el bostezo con un panfleto sobre poesía recitada. [vía Nación Apache, trad. G. Piro] [...]

Plaza Constitución / Apreciaciones del arte IV / agosto 4th, 2006, 6:08 pm / #

“Más querría encontrar quien oyera las mías que a quien me narre las suyas”. Plauto, citado por Monterroso, en “Uno de cada tres”.

Vero / agosto 5th, 2006, 6:27 pm / #

Dejar un comentario