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Articulo

Una caza

Por Antonio Tabucchi

Traducción de Guillermo Piro

Es un banco de seis o siete, me dice el señor Carlos Eugénio poniendo en evidencia con su sonrisa satisfecha una dentadura tan radiante que me hace pensar que se la fabricó él mismo con marfil de cachalote. El señor Carlos Eugénio tiene setenta años, pero se mantiene ágil y juvenil; es “mestre baleeiro”, que literalmente significa “maestro ballenero”, pero en realidad es el capitán de esta pequeña tripulación y tiene poder de decisión absoluto sobre cualquier operación concerniente a la caza. La lancha a motor que guía a la expedición es de su propiedad; es una vieja lancha de unos diez metros que maniobra con economía y desenvoltura; y también con calma, ya que, me dice, las ballenas están chapoteando tranquilas y no se escaparán. Dejó abierta la conexión de radio con el observador que se encuentra en un faro de la isla y que nos guía con voz monótona y ligeramente irónica, eso me parece. Un poco más a la derecha, Maria Manuela, dice la voz estridente, estás yendo a cualquier lado. “Maria Manuela” es el nombre de la embarcación. El señor Carlos Eugénio hace un gesto de enfado, pero sigue riendo, después se dirige al marinero que está con nosotros, un hombre delgado y esbelto, casi un muchacho, de tez oscura y con unos ojos que ni por un instante dejan de moverse. Confiemos en nosotros mismos, decide, y apaga la radio. El marinero trepa ágilmente al único mástil de la lancha y se instala en la cruceta de la cima con las piernas cruzadas. Él también señala a la derecha con la mano, por un instante pienso que las vio, pero ignoro la semiología de los balleneros; el señor Carlos Eugénio me explica que la mano abierta, con el índice hacia arriba, significa “ballena a la vista”, y el vigía no dio esa señal.

Echo una mirada a la chalupa que estamos remolcando. Los balleneros están tranquilos, se ríen y hablan entre sí, pero las palabras no llegan hasta mí, parece como si estuvieran de excursión. Son seis y están sentados en unas tablas tendidas transversalmente sobre la lancha. El arponero, en cambio, está de pie y parece seguir con atención los gestos de nuestro vigía: es un hombre que tiene una barriga enorme y una barba tupida, es joven, no debe tener más de treinta años, oí que lo llamaban Chá Preto, es decir “Té Negro”, y trabaja como estibador en el puerto de Horta. Pertenece a la cooperativa ballenera de Faial y me dijeron que es un arponero de una habilidad excepcional.

Noto la presencia de la ballena cuando está a no más de trescientos metros: una columna de agua que sube sobre el fondo azul, como cuando se rompe una tubería en la calle de una gran ciudad. El señor Carlos Eugénio apagó el motor y la lancha sigue avanzando por inercia en dirección a esa curiosa forma negra que parece un enorme sombrero hongo flotando en el agua. En la chalupa los balleneros se están preparando en silencio para las operaciones de ataque: están tranquilos y relajados, resueltos, saben de memoria lo que deben hacer. Reman con movimientos vigorosos y pausados, en un instante se alejan, realizan un amplio viraje, pretenden llegar a la ballena de frente para evitar la cola, y porque si se acercaran por uno de los costados quedarían expuestos a sus ojos. Cuando están a un centenar de metros sueltan los remos e izan una pequeña vela triangular. Todos maniobran velas y cuerdas, sólo el arponero está inmóvil en la punta de la proa: de pie, con una pierna flexionada hacia delante y sujetando el arpón como si lo estuviese sopesando, esperando con concentración el momento propicio, aquel en que la embarcación estará lo suficientemente cerca como para permitirle acertar un punto vital, pero a la vez lo suficientemente lejos como para no ser alcanzada por la cola del cetáceo herido. En pocos segundos todo se cumple con una rapidez sorprendente. La embarcación vira bruscamente mientras el arpón no terminó de describir su parábola en el aire. El instrumento mortal no es lanzado de arriba hacia abajo –como me esperaba–, sino de abajo hacia arriba, como si fuera una jabalina; es el peso enorme del hierro y la velocidad de la caída lo que lo transforma en un proyectil asesino. Cuando la enorme cola se levanta y golpea primero el aire y después el agua, la chalupa ya está lejos, los remeros volvieron a remar con furia y un extraño juego de cuerdas, que hasta ahora se había desarrollado bajo el agua y que yo no había visto, me hace comprender de repente que nuestra lancha también está conectada al arpón, mientras que la chalupa ballenera ha soltado su cable. En un cesto de paja que está en el medio de la lancha comienza a desenroscarse una gruesa cuerda que chirría al pasar por una horquilla que se encuentra en la proa, mientras el marinero factotum se ocupa de enfriarla con un balde agua para que no se rompa con el roce. Luego el cable se tensa y con una sacudida salimos disparados tras la ballena herida que huye. El señor Carlos Eugénio controla el timón y mastica la colilla de un cigarrillo; el marinero con cara de muchacho vigila preocupado los movimientos del cachalote: sostiene una pequeña hacha afilada, listo para cortar el cable en el caso de que el cetáceo se sumerja, porque de lo contrario nos arrastraría consigo debajo del agua. Pero la angustiante carrera dura poco, tal vez menos de un kilómetro: la ballena se detiene de golpe, como si estuviera exhausta, y el señor Carlos Eugénio debe accionar la hélice en sentido contrario para que la inercia del impulso no nos haga terminar encima del cetáceo inmóvil. Le dio bien, dice satisfecho, y exhibe su brillante dentadura. Como si confirmara su afirmación, la ballena, resollando, levanta completamente la cabeza y respira; y el chorro de agua que silba atravesando el aire está rojo de sangre, en el mar se expande un charco bermellón y una fina llovizna de gotas rojas, traída por la brisa, llega a nosotros y nos mancha la cara y las ropas. La chalupa de los balleneros se colocó al lado de la lancha: Chá Preto tira sus instrumentos sobre el puente y después se sube a ella con una agilidad insospechada para un hombre de su contextura física. Entiendo que quiere ser él quien ataque después de haberlo hecho la lancha, pero el “mestre” no parece estar de acuerdo: sigue una conversación acalorada de la que el marinero con cara de muchacho se mantiene al margen. Después es evidente que el ganador es Chá Preto; se planta en la proa en su posición de lanzador de jabalina, ahora ha cambiado el arpón y enarbola un instrumento de dimensiones análogas pero con una punta afiladísima en forma de corazón alargado, como una alabarda. El señor Carlos Eugénio avanza con el motor al mínimo, nos dirigimos hacia la ballena que respira inmóvil en el charco de sangre mientras su cola, inquieta, golpea el agua con movimientos espasmódicos. Esta vez el instrumento mortífero cae de arriba abajo, lanzado oblicuamente, y atraviesa la carne blanda como si fuese manteca. Una zambullida: la gran mole desaparece agitándose bajo el agua. Luego aflora nuevamente la cola, impotente y penosa, como una vela negra. Finalmente emerge la gran cabeza y oigo ahora el grito de muerte, un lamento agudo como un silbido, estridente, desgarrador, insostenible.

La ballena está muerta, flota inmóvil. La sangre coagulada forma un banco que parece de coral. No me había dado cuenta de que el día estaba terminando y la noche que cae me sorprende. Toda la tripulación está ocupada en las operaciones de remolque, se practica apresuradamente un orificio en la aleta de la cola y por allí pasan una cuerda con un palo que la traba. Estamos a más de dieciocho millas de la costa, me dice el señor Carlos Eugénio, nos tomará toda la noche volver, es un cachalote de unas treinta toneladas y la lancha tendrá que ir muy despacio. En una curiosa fila encabezada por la lancha y cerrada por la ballena nos dirigimos a la isla de Pico, a la fábrica de São Roque. En medio está la chalupa de los balleneros y el señor Carlos Eugénio me invita a que me traslade a ella, porque así podré descansar un poco: el motor de la lancha, sometido a un gran esfuerzo, hace un estruendo infernal y sería imposible dormir. Nos acercamos para trasbordar y él también viene conmigo, confía la conducción de la lancha al joven marinero y a dos remeros que ocupan nuestro lugar. Los balleneros me preparan un sitio donde acostarme cerca del timón; cayó la noche y en la chalupa encendieron dos lámparas de petróleo. Los pescadores están muertos de cansancio, todos tienen el rostro tenso y serio, y la luz de las lámparas los vuelve amarillentos. Izan la vela para no ser un peso excesivo y aliviar así el esfuerzo de la lancha, después se acuestan desordenadamente sobre el piso y caen en un sueño profundo. Chá Preto duerme con la barriga al aire y ronca ruidosamente. El señor Carlos Eugénio me ofrece un cigarrillo y me habla de sus dos hijos que emigraron a Estados Unidos y que no ve desde hace seis años. Volvieron una sola vez, me dice, a lo mejor vuelven el próximo verano, ellos quieren que me vaya con ellos, pero yo quiero morir aquí, en mi casa. Fuma lentamente y mira el cielo estrellado. ¿Pero usted por qué quiso participar de esto?, me pregunta, ¿por simple curiosidad? Dudo pensando en la respuesta: quisiera decirle la verdad, pero me contiene el temor de que pueda ofenderlo. Dejo que mi mano cuelgue sobre el agua. Si estirara el brazo casi podría tocar la enorme aleta del animal que estamos remolcando. A lo mejor porque ambos están en extinción, digo finalmente en voz baja, ustedes y las ballenas, creo que por eso. Probablemente se durmió, no dice nada. Pero entre sus dedos brilla todavía la brasa del cigarrillo. La vela chasquea de manera lúgubre, los cuerpos inmóviles inmersos en el sueño son pequeños bultos oscuros y la chalupa se desliza sobre el agua como un barco fantasma.

Este relato pertenece al libro Donna di Porto Pim.

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