<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
		>
<channel>
	<title>Comentarios en: La singularidad de los plurales</title>
	<atom:link href="http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405/feed" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405</link>
	<description>SOBRAN MOTIVOS PARA SER SALVAJES</description>
	<lastBuildDate>Thu, 02 Feb 2012 22:43:33 -0800</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.4</generator>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
		<item>
		<title>Por: Esclavos niñales &#171; el fantasma</title>
		<link>http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405/comment-page-1#comment-112477</link>
		<dc:creator>Esclavos niñales &#171; el fantasma</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Dec 2009 12:47:16 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">http://www.nacionapache.com.ar/?p=3405#comment-112477</guid>
		<description>[...] Pienso en el vacío legal, la desprotección y sometimiento a las normas de un mercado, al que se so... [...]</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>[...] Pienso en el vacío legal, la desprotección y sometimiento a las normas de un mercado, al que se so&#8230; [...]</p>
]]></content:encoded>
	</item>
	<item>
		<title>Por: OmarG</title>
		<link>http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405/comment-page-1#comment-110093</link>
		<dc:creator>OmarG</dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Sep 2009 19:59:06 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">http://www.nacionapache.com.ar/?p=3405#comment-110093</guid>
		<description>Agradezco a ambos por las intervenciones. Cuando terminé de escribir el texto sentí que era insuficiente, que le faltaban otros aspectos. Pero, también pensé, por algún lugar debía ingresar al territorio que bien se excluye con el escudo del estrellato mediático y marketinero. La escala, para el consumidor del espectáculo, es más un atrio para la veneración que una referencia para disfrutar la competencia. Hacia el final, la deriva sugiere la cuestión del dopping. Que es la inclusión desde el borde de la norma, cuando las sospechas han tocado a los más promocionados, ejemplares jugadores. ¿Canallada? Del momento que circula el dinero, como apuesta, como publicidad estática y animada, cuando el premio es el cheque, la operatoria del arrebato por ambición se instala, como natural. Alcanza el tintinear de unas monedas para se materialice el tahúr. Como ese espectador fatigado sin participar, angustiado y en stress por la sublimación de lo que ocurre, cree disfrutar de algún borde simbólico de esa gloria. Por nacionalismo, admiración o simple transferencia simpática. Un estar en el lugar del otro desde un lugar ninguno. Hay, Miguel, una gran pérdida de la objetividad en ello, en el olvido de sí, en el olvido del verdadero estado a-dinámico del que ve. Bajo el sospechoso signo de artes visuales resucita el término fascinación, un estado en que la mirada ya nada puede cuestionar, y menos aún el motivo de su estado. Hay una imagen fuerte: ingresar a la cancha de tenis rodeada por las gradas (el estadio del BLAT o la mismísima cancha del complejo de Lugano, donde se jugó alguna vez la Davis). La dimensión del entorno resulta intimidante, la pequeñez del sujeto se multiplica como si las tribunas fueran espejos hacia el cielo. Muchísimos jugadores no soportaron el miedo escénico que implica jugar en lugares así. El espectador, lejano a todo eso, vive el engaño saltando por sobre todo e instalándose en una especie de prepotencia futbolística, típica, que apela a la agresión tribal, a la toma de territorio, a la destrucción del otro. Los estadios de tenis profesional meten miedo. De hecho, hacer abstracción de eso, es casi lindante con la insanía; o da para la sospecha que sólo un insano suicida puede permanecer concentrado solamente en el juego. En contrapartida, ¿llegaremos a las minicámaras de tv transmitiendo desde la cabeza misma del jugador? ¿Alguna cámara instalada en la raqueta? ¿Qué dimensión tendría lo emitido? ¿Sería aceptable para el mercado que sustenta al tenis profesional? Para culminar el experimento teórico einsteniano: ¿qué mostraría una cámara en la pelota? No recuerdo el nombre, pero hubo un cineasta experimental en Súper 8 que ató la cámara a una soga y la hizo girar a gran velocidad. Sus películas experimentales eran eso deformante que transcurría sin otro corte que el final del rollo, colores deformados, formas deshilachadas, fuerza centrífuga en la pérdida de la forma. Una manifestación de la pérdida del punto, o el punto ciego de la visión. Algo que ocurre en los pilotos al superar en 3 veces la velocidad del sonido, sólo el instrumental del avión les brinda verdadera noción del espacio que ocupan. Y ahí la próxima generación de intromisiones: ¿qué pasaría si los tenistas lucieran ropas sensibles a los desplazamientos y que los mismos se reconstruyeran in situ en un programa de tres dimensiones? ¿Tendríamos un replay de jugadas con el análisis cinético del error de quien perdió el punto? ¿Cómo entrenarían con semejantes armas de análisis? Allí, las repeticiones lograrían un uso milimétrico de la coordinación fina. El tenista sería, casi, una membrana sensible de habilidad minimalista y velocidad insuperable. Un arrebatador del movimiento entre la invisibilidad y la detención del tiempo, terrible riesgo para la paradoja: el tenis futuro como reconstrucción de movimientos inaccesibles para el espectador.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Agradezco a ambos por las intervenciones. Cuando terminé de escribir el texto sentí que era insuficiente, que le faltaban otros aspectos. Pero, también pensé, por algún lugar debía ingresar al territorio que bien se excluye con el escudo del estrellato mediático y marketinero. La escala, para el consumidor del espectáculo, es más un atrio para la veneración que una referencia para disfrutar la competencia. Hacia el final, la deriva sugiere la cuestión del dopping. Que es la inclusión desde el borde de la norma, cuando las sospechas han tocado a los más promocionados, ejemplares jugadores. ¿Canallada? Del momento que circula el dinero, como apuesta, como publicidad estática y animada, cuando el premio es el cheque, la operatoria del arrebato por ambición se instala, como natural. Alcanza el tintinear de unas monedas para se materialice el tahúr. Como ese espectador fatigado sin participar, angustiado y en stress por la sublimación de lo que ocurre, cree disfrutar de algún borde simbólico de esa gloria. Por nacionalismo, admiración o simple transferencia simpática. Un estar en el lugar del otro desde un lugar ninguno. Hay, Miguel, una gran pérdida de la objetividad en ello, en el olvido de sí, en el olvido del verdadero estado a-dinámico del que ve. Bajo el sospechoso signo de artes visuales resucita el término fascinación, un estado en que la mirada ya nada puede cuestionar, y menos aún el motivo de su estado. Hay una imagen fuerte: ingresar a la cancha de tenis rodeada por las gradas (el estadio del BLAT o la mismísima cancha del complejo de Lugano, donde se jugó alguna vez la Davis). La dimensión del entorno resulta intimidante, la pequeñez del sujeto se multiplica como si las tribunas fueran espejos hacia el cielo. Muchísimos jugadores no soportaron el miedo escénico que implica jugar en lugares así. El espectador, lejano a todo eso, vive el engaño saltando por sobre todo e instalándose en una especie de prepotencia futbolística, típica, que apela a la agresión tribal, a la toma de territorio, a la destrucción del otro. Los estadios de tenis profesional meten miedo. De hecho, hacer abstracción de eso, es casi lindante con la insanía; o da para la sospecha que sólo un insano suicida puede permanecer concentrado solamente en el juego. En contrapartida, ¿llegaremos a las minicámaras de tv transmitiendo desde la cabeza misma del jugador? ¿Alguna cámara instalada en la raqueta? ¿Qué dimensión tendría lo emitido? ¿Sería aceptable para el mercado que sustenta al tenis profesional? Para culminar el experimento teórico einsteniano: ¿qué mostraría una cámara en la pelota? No recuerdo el nombre, pero hubo un cineasta experimental en Súper 8 que ató la cámara a una soga y la hizo girar a gran velocidad. Sus películas experimentales eran eso deformante que transcurría sin otro corte que el final del rollo, colores deformados, formas deshilachadas, fuerza centrífuga en la pérdida de la forma. Una manifestación de la pérdida del punto, o el punto ciego de la visión. Algo que ocurre en los pilotos al superar en 3 veces la velocidad del sonido, sólo el instrumental del avión les brinda verdadera noción del espacio que ocupan. Y ahí la próxima generación de intromisiones: ¿qué pasaría si los tenistas lucieran ropas sensibles a los desplazamientos y que los mismos se reconstruyeran in situ en un programa de tres dimensiones? ¿Tendríamos un replay de jugadas con el análisis cinético del error de quien perdió el punto? ¿Cómo entrenarían con semejantes armas de análisis? Allí, las repeticiones lograrían un uso milimétrico de la coordinación fina. El tenista sería, casi, una membrana sensible de habilidad minimalista y velocidad insuperable. Un arrebatador del movimiento entre la invisibilidad y la detención del tiempo, terrible riesgo para la paradoja: el tenis futuro como reconstrucción de movimientos inaccesibles para el espectador.</p>
]]></content:encoded>
	</item>
	<item>
		<title>Por: Miguel S.</title>
		<link>http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405/comment-page-1#comment-109973</link>
		<dc:creator>Miguel S.</dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Sep 2009 14:30:52 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">http://www.nacionapache.com.ar/?p=3405#comment-109973</guid>
		<description>Omar, tu ensayo ha superado con creces mis expectativas. Es &quot;quirúrgico&quot; como diría Julio, aunando un estilo analítico como el que me gusta practicar (y que no siempre me contenta) equilibrando lo técnico y lo sensible. 

El comment de Julio, del cual comparto varias de sus premisas, ahonda en el aspecto &quot;humano&quot; de tu cierre y de alguna manera lo complementa. Sin embargo, hay &quot;algo&quot; que quería expresar luego de verme todo el partido de Del Potro vs Federer que se me escapa, y que no necesariamente tiene que ver con la especificidad del tenis. Por supuesto, la biomecánica me resulta pasmosa y el carácter inhumano de las estadísticas (de una fatalidad absolutamente engañosa) de alguna manera evidencia que lo &quot;inhumano&quot; (o sobrehumano o infrahumano) niega al individuo. Pero lo cierto, es que pasé horas sentado en una tensión contenida, lanzando vectores virtuales en las dimensiones acotadas de la cancha (y acotadas por la insuficiente visión teletransmitida), y que al finalizar, agotado por el esfuerzo, con la felicidad melancólica del orgasmo, me di cuenta de que yo no había jugado ni sudado un ápice. Que el monstruoso agobio de los obstáculos biomecánicos no los había superado yo, ni con tenacidad ni con un &quot;aprehendizaje&quot; puntilloso de como responder y crear cada spin (hermoso tu símil con la física teórica). ¡Y que encima había perdido horas sin hacer otra cosa que sentirme Del Potro! Él había vivido y yo había muerto. ¿Me explico? Entonces, empecé a preguntarme y traducir de mis recuerdos cuándo había llegado yo al límite de mi mismo. Y digo, límite físico y mental. Y esa zona, digamos de &quot;intemperie&quot;, en el cual un mínimo error corre el riego de sistematizarse hasta la derrota o la muerte, no necesariamente debe buscarse en el tenis o un deporte de alto rendimiento (no hablemos de fútbol), o la carrera impuesta por nuestros padres. ¿Dónde está el último límite de nuestro universo personal? ¿Hemos intentado, antes de morir, llegar a él? ¿Hemos llagado trasponer esa primera puerta, como la de &quot;Ante la Ley&quot; de Kafka? Preguntas de dilettante metafísico, pero también de existencialista resignado...

Un abrazo</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Omar, tu ensayo ha superado con creces mis expectativas. Es &#8220;quirúrgico&#8221; como diría Julio, aunando un estilo analítico como el que me gusta practicar (y que no siempre me contenta) equilibrando lo técnico y lo sensible. </p>
<p>El comment de Julio, del cual comparto varias de sus premisas, ahonda en el aspecto &#8220;humano&#8221; de tu cierre y de alguna manera lo complementa. Sin embargo, hay &#8220;algo&#8221; que quería expresar luego de verme todo el partido de Del Potro vs Federer que se me escapa, y que no necesariamente tiene que ver con la especificidad del tenis. Por supuesto, la biomecánica me resulta pasmosa y el carácter inhumano de las estadísticas (de una fatalidad absolutamente engañosa) de alguna manera evidencia que lo &#8220;inhumano&#8221; (o sobrehumano o infrahumano) niega al individuo. Pero lo cierto, es que pasé horas sentado en una tensión contenida, lanzando vectores virtuales en las dimensiones acotadas de la cancha (y acotadas por la insuficiente visión teletransmitida), y que al finalizar, agotado por el esfuerzo, con la felicidad melancólica del orgasmo, me di cuenta de que yo no había jugado ni sudado un ápice. Que el monstruoso agobio de los obstáculos biomecánicos no los había superado yo, ni con tenacidad ni con un &#8220;aprehendizaje&#8221; puntilloso de como responder y crear cada spin (hermoso tu símil con la física teórica). ¡Y que encima había perdido horas sin hacer otra cosa que sentirme Del Potro! Él había vivido y yo había muerto. ¿Me explico? Entonces, empecé a preguntarme y traducir de mis recuerdos cuándo había llegado yo al límite de mi mismo. Y digo, límite físico y mental. Y esa zona, digamos de &#8220;intemperie&#8221;, en el cual un mínimo error corre el riego de sistematizarse hasta la derrota o la muerte, no necesariamente debe buscarse en el tenis o un deporte de alto rendimiento (no hablemos de fútbol), o la carrera impuesta por nuestros padres. ¿Dónde está el último límite de nuestro universo personal? ¿Hemos intentado, antes de morir, llegar a él? ¿Hemos llagado trasponer esa primera puerta, como la de &#8220;Ante la Ley&#8221; de Kafka? Preguntas de dilettante metafísico, pero también de existencialista resignado&#8230;</p>
<p>Un abrazo</p>
]]></content:encoded>
	</item>
	<item>
		<title>Por: Julio</title>
		<link>http://www.nacionapache.com.ar/archives/3405/comment-page-1#comment-109899</link>
		<dc:creator>Julio</dc:creator>
		<pubDate>Sun, 20 Sep 2009 23:04:00 +0000</pubDate>
		<guid isPermaLink="false">http://www.nacionapache.com.ar/?p=3405#comment-109899</guid>
		<description>Estupendo artículo Omar, que describe el proceso de generación del jugador de tenis actual donde la base humana, no solo formativa sino hiper-competitiva, comienza desde una edad sumamente prematura, ya que desde los 9-10 años  se instalan casi los mismos hábitos y parámetros matemáticos y estadísticos de competencia que los del campo profesional.

A tu notable descripción del sentido del juego, apunto un par de características que creo lo hacen más salvaje, y acentúan  la crudeza de la ecuación que relaciona el esfuerzo con la compensación de una  inclusión. 

Como espectáculo capaz de tener significación econónica, el tenis depende exclusivamente de un circuito internacional que es donde están las muy buenas ganancias, no existen circuitos nacionales o regionales con suficiente peso económico para ser salida laboral como en otro deportes. Tengo entendido que los interclubes y circuitos nacionales solo son buena salida profesional en Europa, en Sudámerica son muy superiores los gastos que le insumen a un jugador mantenerse entrenado que lo puede ganar pasando una o dos rondas de un Future.

Otra cualidad especial es la desmesurada duración de los partidos que lo lleva a combinar un deporte de resistencia con uno de precisión. Aparece, aparte de la fátiga muscular extrema, propia de especialidades que solo reparan en ese punto como las carreras atléticas de fondo y ningún otro requerimento más;  el enemigo público número uno del tensista que es la capacidad de repetición:  en ningún deporte se obliga a una inhumana maratón de repeticiones de movimientos y destrezas técnicas de alta precisión como en el tenis. El básquet es el que más se asemeja, pero al ser un deporte de conjunto y al jugarse muchísimo menos tiempo, el número de repeticiones en precisión que le toca a un jugador por partido son infinitamente menores que las de un tenista de elite. Cuando vemos la estadística de un jugador de elite de una liga como la NBA ( pongamos a un Kobe Bryant o un Manu Ginobili ) vemos que ha tirado por ejemplo unas 12 veces para 3 puntos y unas 20 para 2. 32 situaciones de impacto en precisión y bajo extrema tensión en un match. Aún siendo dosificadas sus prestaciones atléticas por la distribución natural producto de la colectividad del juego, suelen ser sus fuerzas dosificadas más aún cuidando sus minutos en cancha para que entreguen su accióin técnica en óptimas condiciones aeróbicas, sin desgastes mecánicos excesivos.

Un tenista puede que tire 32 veces en un solo game, de un partido que cuando llega a 5 set suele tener alrededor de 50 games. Puede un tenista sacar 100 veces bien durante un partido pero siempre necesita una nueva repetición perfecta y su error puede condenar todo lo hecho hasta ahí. Esta sensación de infinitud que lleva ejercer la repetición como necesidad durante tantas horas ( es normal que los partidos disputados en Grand Slams superen las 3,5 horas ) tiene consecuencias sobre la mente del deportista, aparte de las que provoca el desgaste atlético, que por más perfección técnica que haya desarrollado se ve torturado por una sensación de siempre  una más y más inacabable que lo lleva a irregularidades impensadas.


En otro sentido más filosófico, entiendo que que el tenis moderno acaba por ser un paradigma casi puro del funcionamiento del sistema de exclusión-inclusión y la utopía del éxito en las sociedades de mercado. La inclusión de unos pocos a fuerza de la exclusión de una inmensa mayoría, nunca tan perfectamente encarnada. 

Cuando se materializan estas excepciones como Del Potro, Nadal, o por casi cualquiera de los 50 primeros del ranking, aparecen a la luz los correlatos conceptuales que terminan de coser la brutal mentira en el sentido común  “Esto demuestra que con sacrificio se llega”, “Se demuestra que cualquiera puede lograrlo”. Se hace un uso político de estas situaciones de encumbramientos deportivos. Son  las mentiras puestas en status de verdad de sentido común con las que se apuntala el sistema de exlcusión. La inclusión de uno entre millones se da por prueba irrefutable de la lógica virtuosa del sistema, una lógica a la que se presenta como  justa y  melodramática, que hasta tiene cierta simpatía por los humildes de origen que desde remotos pueblos llegan a hacer sus sueños realidad. Pero la inclusión siempre excepcional  del número uno es la que prueba la exclusión de los cientos de miles, la excepción es utilizada para legitimar una regla contraria a la naturaleza del sistema. Se trata por todos los medios de abolir e invertir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta. Lo que demuestra la llegada de uno y el fracaso de 10.000 es que con esfuerzo no se llega, dado que de esos 10.000 seguramente habrá al menos 3.000 que haya hecho el sacrificio y el esfuerzo mayor o igual que el que llegó.

Esta verdadera  “lógica de lotería” es usada por el poder económico como una especie de usina de capital simbólico que tiene por objeto demostrar algo así como que sacarse el loto es prueba de que la actual sociedad cualquiera puede hacerse rico, lo que proyecta colectivamente un sofisma de devastadora falsedad: si cualquiera puede hacerse rico ganando la lotería en esta sociedad todos podemos ser ricos. 

El modelo conceptual de la excepción como falsa demostración de la contradicción  a la regla – o una regla de significado inverso-  es tan antiguo como la humanidad y es usado como manipulación y consuelo de masas. El referente  simbólico más original es el del perdón; para demostrar su “humanidad” y darle una recompensa emocional a las masa, los emperadores perdonaban a uno de cada cientos de miles de condenados a  muerte, o bien solían cada tanto slavar a algún  gladiador de los que se sacrificaban en los entretenimientos. 
 
En definitiva, lo que tratan es de abolir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta.  Que uno solo se salve entre millones lo únioc que prueba es la condición asesina del sistema, ya que la insignificancia estadística de uno entre millones va de la mano de la significancia de la abrumadora realidad ultramayoritaria. 


Abrazo</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Estupendo artículo Omar, que describe el proceso de generación del jugador de tenis actual donde la base humana, no solo formativa sino hiper-competitiva, comienza desde una edad sumamente prematura, ya que desde los 9-10 años  se instalan casi los mismos hábitos y parámetros matemáticos y estadísticos de competencia que los del campo profesional.</p>
<p>A tu notable descripción del sentido del juego, apunto un par de características que creo lo hacen más salvaje, y acentúan  la crudeza de la ecuación que relaciona el esfuerzo con la compensación de una  inclusión. </p>
<p>Como espectáculo capaz de tener significación econónica, el tenis depende exclusivamente de un circuito internacional que es donde están las muy buenas ganancias, no existen circuitos nacionales o regionales con suficiente peso económico para ser salida laboral como en otro deportes. Tengo entendido que los interclubes y circuitos nacionales solo son buena salida profesional en Europa, en Sudámerica son muy superiores los gastos que le insumen a un jugador mantenerse entrenado que lo puede ganar pasando una o dos rondas de un Future.</p>
<p>Otra cualidad especial es la desmesurada duración de los partidos que lo lleva a combinar un deporte de resistencia con uno de precisión. Aparece, aparte de la fátiga muscular extrema, propia de especialidades que solo reparan en ese punto como las carreras atléticas de fondo y ningún otro requerimento más;  el enemigo público número uno del tensista que es la capacidad de repetición:  en ningún deporte se obliga a una inhumana maratón de repeticiones de movimientos y destrezas técnicas de alta precisión como en el tenis. El básquet es el que más se asemeja, pero al ser un deporte de conjunto y al jugarse muchísimo menos tiempo, el número de repeticiones en precisión que le toca a un jugador por partido son infinitamente menores que las de un tenista de elite. Cuando vemos la estadística de un jugador de elite de una liga como la NBA ( pongamos a un Kobe Bryant o un Manu Ginobili ) vemos que ha tirado por ejemplo unas 12 veces para 3 puntos y unas 20 para 2. 32 situaciones de impacto en precisión y bajo extrema tensión en un match. Aún siendo dosificadas sus prestaciones atléticas por la distribución natural producto de la colectividad del juego, suelen ser sus fuerzas dosificadas más aún cuidando sus minutos en cancha para que entreguen su accióin técnica en óptimas condiciones aeróbicas, sin desgastes mecánicos excesivos.</p>
<p>Un tenista puede que tire 32 veces en un solo game, de un partido que cuando llega a 5 set suele tener alrededor de 50 games. Puede un tenista sacar 100 veces bien durante un partido pero siempre necesita una nueva repetición perfecta y su error puede condenar todo lo hecho hasta ahí. Esta sensación de infinitud que lleva ejercer la repetición como necesidad durante tantas horas ( es normal que los partidos disputados en Grand Slams superen las 3,5 horas ) tiene consecuencias sobre la mente del deportista, aparte de las que provoca el desgaste atlético, que por más perfección técnica que haya desarrollado se ve torturado por una sensación de siempre  una más y más inacabable que lo lleva a irregularidades impensadas.</p>
<p>En otro sentido más filosófico, entiendo que que el tenis moderno acaba por ser un paradigma casi puro del funcionamiento del sistema de exclusión-inclusión y la utopía del éxito en las sociedades de mercado. La inclusión de unos pocos a fuerza de la exclusión de una inmensa mayoría, nunca tan perfectamente encarnada. </p>
<p>Cuando se materializan estas excepciones como Del Potro, Nadal, o por casi cualquiera de los 50 primeros del ranking, aparecen a la luz los correlatos conceptuales que terminan de coser la brutal mentira en el sentido común  “Esto demuestra que con sacrificio se llega”, “Se demuestra que cualquiera puede lograrlo”. Se hace un uso político de estas situaciones de encumbramientos deportivos. Son  las mentiras puestas en status de verdad de sentido común con las que se apuntala el sistema de exlcusión. La inclusión de uno entre millones se da por prueba irrefutable de la lógica virtuosa del sistema, una lógica a la que se presenta como  justa y  melodramática, que hasta tiene cierta simpatía por los humildes de origen que desde remotos pueblos llegan a hacer sus sueños realidad. Pero la inclusión siempre excepcional  del número uno es la que prueba la exclusión de los cientos de miles, la excepción es utilizada para legitimar una regla contraria a la naturaleza del sistema. Se trata por todos los medios de abolir e invertir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta. Lo que demuestra la llegada de uno y el fracaso de 10.000 es que con esfuerzo no se llega, dado que de esos 10.000 seguramente habrá al menos 3.000 que haya hecho el sacrificio y el esfuerzo mayor o igual que el que llegó.</p>
<p>Esta verdadera  “lógica de lotería” es usada por el poder económico como una especie de usina de capital simbólico que tiene por objeto demostrar algo así como que sacarse el loto es prueba de que la actual sociedad cualquiera puede hacerse rico, lo que proyecta colectivamente un sofisma de devastadora falsedad: si cualquiera puede hacerse rico ganando la lotería en esta sociedad todos podemos ser ricos. </p>
<p>El modelo conceptual de la excepción como falsa demostración de la contradicción  a la regla – o una regla de significado inverso-  es tan antiguo como la humanidad y es usado como manipulación y consuelo de masas. El referente  simbólico más original es el del perdón; para demostrar su “humanidad” y darle una recompensa emocional a las masa, los emperadores perdonaban a uno de cada cientos de miles de condenados a  muerte, o bien solían cada tanto slavar a algún  gladiador de los que se sacrificaban en los entretenimientos. </p>
<p>En definitiva, lo que tratan es de abolir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta.  Que uno solo se salve entre millones lo únioc que prueba es la condición asesina del sistema, ya que la insignificancia estadística de uno entre millones va de la mano de la significancia de la abrumadora realidad ultramayoritaria. </p>
<p>Abrazo</p>
]]></content:encoded>
	</item>
</channel>
</rss>

