La singularidad de los plurales
Sobre Del Potro y las condiciones dinámicas del tenis
Por Omar Genovese
Es muy temprano para creer en el deporte con la devoción del esperanzado. También es tarde para esperar del deporte una alegría eterna a nuestras pérdidas constantes.
El análisis del geómetra
El común periodístico adjudica al tenis la cualidad ineludible de deporte “estadístico”. Es más una conclusión por la forma en que se anota el progreso del juego que por el carácter orgánico de su desarrollo. Así, la noción ha viajado de profesores a entrenadores, de jugadores amateurs a profesionales de la información. Hay, si se quiere, un círculo de exactos jueces del conteo, incluyendo ranking y valuación de premios acumulados. La forma en que se estructuran los perfiles de los jugadores de la ATP y WTA, incluyendo todas las asociaciones del deporte, se basa en la información matemática. Es la base sobre la que se construye la valuación deportiva: a mejor perfomance mayores ganancias. La frialdad del ranking, junto con el despliegue del conteo (puntos ganados, games, sets, porcentuales de primeros saques, errores no forzados, e innumerables etcéteras) anticipan ciertas características del jugador, imprimen en él la otra estatura, que representa el silencioso crecimiento entre fracasos y éxitos, la llamada de atención entre rendimiento y paso del tiempo: se establecen, así, pisos y techos, posibilidades ciertas e imaginarias. En el campo de lo concreto, la estadística es la sombra del jugador que se agranda o desaparece, junto con la luz de lo posible. De hecho, no hace más de cinco años, la noción de deporte elitista tomó impulso casi como determinación de una especie: de mil niños-jugadores rankeados entre los diez primeros de las asociaciones de tenis de todos los países del mundo, sólo uno llega a estar –en algún momento de su carrera como profesional- entre los primeros diez del ranking. Pero la pasión de la cifra también oculta lo que no puede contarse, eso que proviene de otros detalles, que bien puede ponerse en términos mecánicos: horas de entrenamiento, horas de juego, cómo vive el jugador la tensión del juego y la carga de stress que representa, desgaste físico y recuperación, cantidad de energía y pérdida de peso en cada partido, y así, hasta el infinito elevado a otro infinito de dispersiones.
Pero todo esto no es más que una estructura de inserción, el territorio mítico al que se denomina profesionalismo, y dentro del que se estructura una escala vegetal por la que deberá trepar todo jugador con ansias de triunfo, de campeón: estar entre los mil jugadores del mundo, estar entre los trescientos, entre los cien, entre los treinta, ser top ten, top five, y el número mágico elemental, uno. Los diversos cortes significan la coronación de un esfuerzo más allá del límite físico, mental, individual (personalidad, concentración, entereza ante la frustración, y otras cuantiosas características del campo psicológico), decía, la diversidad de la calificación marca el destino de cada individuo: será un ex jugador exitoso, un potencial buen coach, mejor entrenador, un futuro jugador rentado en la primera división de un club europeo, gerenciador del tenis recreativo de un club de campo, o representante de alguna marca, por enumerar distintas adaptaciones comerciales de un ex jugador. El árbol del circuito tiene extensas raíces, y en cada uno será virtud continuar afirmándose en esa estructura, o saliendo de ella, para siempre, con el amargo peso del fracaso o con la indiferencia despectiva respecto a la condena que representa haber sacrificado la infancia y adolescencia por una oportunidad, una sola (el valor inverso de ese uno). Es así que el número uno es representación del éxito como de la condena al anonimato y la exclusión. El uno es el primer número y el más alto, tan prometedor como terrible en esa dimensión humana microscópica de cada sujeto esperanzado en el ascenso.
La promesa de un viaje sin retorno
Cualquier profesor o entrenador que valide conocimientos en la Asociación Argentina de Tenis encuentra los principios básicos de ese infierno otro, el de la competición lisa y llana, objetivo esencial y básico: en el tenis no hay empate, siempre hay un ganador. También sobreveviene la definición técnica elemental del deporte llamado “blanco”: enviar la pelota por encima de la red para que pique al menos una vez dentro de los límites de la cancha del rival, es algo que el educando deportivo debe asimilar junto a la noción de límite, con el espacio del otro como territorio a ser invadido por el objeto pelota en términos de dificultad suficiente para obtener el punto. Llanamente: pasar la pelota del otro lado, y que el rival se enfrente con la dificultad. Básico principio, o inicio de un complejo panorama de probables. A medida que quien practica desarrolla habilidades entre espacio-pelota-raqueta, el término tenis adquiere nuevos significados, haciéndose dinámico, más complejo, al punto que la verbalización resulta insuficiente. En lo actual, tenis puede definirse como lo que ocurre entre ese grupo conformado por los cinco mejores jugadores del ranking, y en orden decreciente, lo que se practica es el significado empobrecido, en constante pérdida hasta el tedio del inexperto o casual practicante.
Pero qué es el tenis hoy, de acuerdo a esos cinco superdotados referenciales, preguntarán los observadores más fríos, menos involucrados con su práctica: algo tan simple como ubicar la pelota en el lugar más alejado a la última posición del rival en la cancha, o que la misma llegue a destino con una velocidad y potencia superior a la velocidad de desplazamiento del contendiente. En ese universo mínimo, en el que todas las miradas confluyen con curiosidad y asombro (se trata de los mejores jugadores, los más capaces) aparecen rasgos de máxima en la definición del juego: concentración, táctica, estrategia, presión y fortaleza psicológica. Tal vez no estén ordenados en importancia o valorizados para un jugador modelo, pero esos factores predominan al momento de la competencia entre los top cinco. Tomemos una situación como el último game del quinto set, reciente final del US Open entre Federer y Del Potro. Con saque de Federer, 2-5 en el set, en tres ocasiones el suizo “engancha” la pelota con el marco de su raqueta, o no impacta en el centro. Incluso, el último tanto, el que corona al argentino, surge de ese fuera de foco entre el encordado y la esfera. ¿Qué ocurrió con todo el juego desplegado por Del Potro en ese set? ¿A dónde apuntó todo su juego? ¿Cuál era la característica de la pelota que terminó desestructurando el impacto casi perfecto al que nos tiene acostumbrados Federer? Tales interrogantes son una manifestación temprana de un cambio, de algo que está en un proceso irreversible y al que trataré de describir desde otros ángulos.
Del centro de gravedad al impacto profundo
Los preparadores físicos especializados sostienen que es uno de los deportes más difíciles, sino el más difícil de todos. De inmediato aclaran: de todos los deportes que no son de riesgo, vale decir que no forman parte de ese difuso ejercicio humano que contempla la muerte como un componente de la práctica (del automovilismo a ala delta, del boxeo -en todas sus variantes- a la inmersión por apnea). También observan que es el único deporte donde existen cuatro componentes para quien lo ejercita: el propio cuerpo, la raqueta, la pelota y los límites de la cancha. Velocidad, fuerza, habilidad técnica y precisión. Además, anticipación, visión periférica, coordinación gruesa y fina, resistencia aeróbica y anaeróbica, velocidad de recuperación, concentración, táctica, estrategia y capacidad de improvisación. No hace mucho, Gastón Gaudio sufrió el ace de un rival y expresó a viva voz: qué tonta la pelota, me pifió. En la humorada expresa algo esencial, el límite espacial de la cancha-red y la pelota siguen igual, lo que ha cambiado son las raquetas y quien las utiliza, la tecnología y la técnica que ejerce el nuevo biotipo de jugador.
Las raquetas de fibra de carbono fueron reemplazadas, a mediados de los 90, por nuevos compuestos mixtos de fibra de carbono y kevlar, hasta la actualidad cambiaron formas, composiciones y perfiles (menor resistencia al aire), pesos y balances, dando por resultado raquetas más flexibles y sensibles al uso de la fuerza y aceleración de los golpes. Otro aspecto que las componen -y produjeron otro cambio-, fueron las nuevas cuerdas sintéticas rugosas, monofilamentos y demás compuestos que transfieren nuevas características a las pelotas, distintos efectos, otro tipo de ángulos de pique y efectos hacia el cuerpo del rival. Como toda innovación, hubo un tiempo de convivencia entre las técnicas de los jugadores acostumbrados a las viejas armas y los llegados sobre lo novedoso. A ese período corresponden la presencia de Ríos, Agassi, Hewitt, Nalbandian y Federer juveniles. Grandes sacadores versus grandes devolvedores de saque. Potentes reveses a dos manos (o derechas a dos manos) contra derechas a una mano pegadas a la carrera, saltando, invirtiendo la posición en la cancha, acertando en velocidad las contrapiernas. Eso sí, aumenta el juego de fondo, el desgaste de golpe tras golpe, al que los comentaristas dieron en llamar “juego mental”, por sobre el juego impuesto por el ex número uno, Sampras. Se hace imposible jugar con saque y volea, la pelota viaja a una velocidad igual o mayor a la del saque. Tampoco alcanza con sacar y ver qué pasa, el sacador debe recuperar su posición y reaccionar a tiempo para mantener la iniciativa. Y así, una y otra vez, pero con un condicionamiento cada vez mayor: la ortodoxia pierde importancia frente a la necesidad contingente. Los jugadores ya no pueden jugar a dos o tres metros de la línea de fondo (Franco Squillari) sino en la línea, intentando aprovechar la potencia y velocidad del rival, pegando de sobrepique (Agassi, Hewitt).
Nalbandian y Hewitt jugaron la final de Wimbledon 2002, allí prevaleció la velocidad de desplazamiento, de manos y aceleración del golpe de Hewitt; pero también fue la puesta en juego del nuevo biotipo en el desplazamiento y potencia de los golpes de David, quien se planteó como el nuevo paradigma a vencer: de frente a la cancha, desde el centro de la base, domina el juego desde todos los ángulos que hacen al rival terminar el juego subido a los carteles laterales de publicidad. Un juego de nuevo físico y nueva física, la de los efectos increíbles, cambios de ritmo, aceleraciones imprevistas e insólitas. Todo concentrado en un ahorro de desplazamientos y ajustes de pies para transferir al juego una situación de dominio inexpugnable. En ese paralelo, Federer comenzó a trabajar con el departamento de biomecánica de Basilea, aplicando correcciones técnicas que dan por resultado (más la incorporación de Roach para el aprendizaje del revés como golpe de ataque) una mayor capacidad de dominio estratégico. El producto está a la vista: ya no importan las superficies ni los rivales, al imponer una capacidad de juego con tantas variantes (se calcula que Federer, con su derecha, puede imprimir 14 efectos distintos a la pelota en las tres dimensiones del pique) el triunfo está casi asegurado, y la mayor parte de los partidos se convierten en un ritual de entrenamiento para el suizo.
Pero el paradigma de los cambios tiene más correlatos. Tomo dos casos. Uno marca el cenit y caída del talento como principal recurso; la segunda, el último triunfo de la potencia pura sobre la técnica. Se trata, en el primer caso, de la final de Roland Garrós entre Gaudio y Coria, partido tildado de dramático y mediáticamente malo. Ni una cosa ni otra. Gaudio y Coria son los últimos dos talentosos, reacios a entrenar, uno con un físico privilegiado, el otro con serias dificultades por falta de peso y masa muscular, y en ese combate dispar, la desigualdad dio el triunfo a quien pudo sostener físicamente un plan de juego. Sería la última final de esas características en la historia del tenis. De ahí en más sólamente los jugadores entrenados, formados para la alta competencia bajo un régimen y disciplina integral, serán los actores de la transformación. Formado en España, en la escuela de desplazamiento lateral de salto en salto, Marat Safin, con una mente iluminada por la estabilidad y constancia (haciendo ejercicio de la frase “una vez en la vida…”) dio cuenta de Roger Federer en la semifinal del Abierto de Australia (2005). Era la última vez, también, que la súper potencia de un físico demasiado enorme para el tenis triunfaría sobre la técnica y solidez del suizo. Vendría Nadal, pero ése es otro caso, una diagonal trazada desde lo inhumano e inaudito.
Los saltos que señalo son también parciales, más bien indicios de un conflicto en ciernes: ¿cuál es el modelo humano triunfal que predomina en el tenis? En el cambio de la tecnología, en las finales de Grand Slam donde la coronación significa el imperio de un estilo de juego, es donde se concentran todas las expectativas, y también donde todos los jugadores se exigen al máximo en todos los niveles. Pueden existir otras finales, otros torneos de menor resonancia, pero ninguno como ésos cuatro grandes: cada uno con sus superficies, públicos, horarios, con los cuadros de competencia con tantas variantes de dificultad, también son los más extensos en los que se define cada partido a los mejores 3 de cinco sets. Todos los jugadores preparan el calendario anual pensando en ellos, reservan energías o trabajan aspectos técnicos, cada uno centrado en las contingencias que afectan el momento previo a cada torneo.
Pero vayamos a Nadal. Hay una curiosa anécdota: cierto jugador profesional quería pelotear como adaptación en las canchas del club donde se formó el Rafa, en Manacor. No había con quién y un socio del club le sugirió que lo haga con el nene de 14 años, el mismísimo Nadal. Al cabo de media hora, el profesional retornó frustrado: “Es imposible pelotear con ese chico, todas las pelotas pican por encima de la cabeza, ¿con qué le pega?” Todos los deportes tienen su cenit profesional gracias a la difusión televisiva, sin ella, la estructura de crecimiento del juego sería imposible. El tenis no es ajeno al fenómeno, al punto que la lente de las cámaras ha creado un falso saber del espectador, cierta posición entre juez de silla (que determina la bondad o maldad de un pique, hoy coronada por el conocido ojo de águila, entre multimedia y replay de jugada, extraño híbrido que se ocupa solamente de la parábola de la pelota) y comentarista deportivo especializado. El espectador, por el despliegue de realismo en las transmisiones, está prácticamente conminado a ser parte analítica, a que su deseo o preferencia se concentre en las partículas menos visibles de la competencia. El estar ahí, desde diferentes ángulos, crea una simulación de dominio de lo que ocurre, un saber, por demás falsario. Tomemos un sólo ejemplo: las carreras de la Fórmula Uno. Si observamos una carrera por los planos de todas las cámaras que bordean el circuito, difícilmente encontremos relación entre lo que perciben nuestros ojos y la velocidad real del vehículo, 340 km/h. Desde los planos medios y distantes, la apariencia es de una extrema lentitud, la fuga en perspectiva de la lente impide la expresión realista de la profundidad de campo. Fenómeno óptico que el cine ha sabido eludir con trucos de puesta en escena o desde el montaje mismo (eliminando fotogramas para, por ejemplo, aumentar la velocidad con que se cierra una puerta). La solución que encontraron los directores de transmisión tiene que ver con la paradoja de colocar ojos en miniatura para… lograr la visión introspectiva (cámaras en autos y/o cascos, hacia adelante, hacia atrás) o la noción de paso en velocidad (cámaras al ras del piso, en curvas o finales de recta). Tal avance dio nueva dimensión al dramatismo de la competencia: el mundo pudo ver la cabeza desarticulada de Senna siguiendo la trayectoria de la muerte. En 2008, Willeneuve Jr. visitó el país (y en estos días ha regresado a la Argentina para correr en, creo, TC2000), compitió en distintas categorías, luego de pasar por la F1 y la IndyCar. En uno de los reportajes promocionales, el piloto se entretuvo manejando en los simuladores virtuales donde los pilotos argentinos entrenan sus habilidades. “Sí, es muy bonito, es más que un videojuego, muy real. Pero le falta algo: el efecto de la fuerza G. Eso es imposible de simular.” Para suplir el defecto, las transmisiones de la F1 hace tiempo que colocan un círculo donde los colores señalan la dirección hacia donde empuja la fuerza de gravedad. Ya en la cancha de tenis, el fenómeno no deja de plantear cierto estándard de transmisión: por cuestiones de dinámica del juego, la cámara se encuentra en posición elevada, captando a los dos jugadores desde atrás. Así se tiene perspectiva del recorrido y distancia, como en el caso del fútbol donde la cámara registra una tercera parte del terreno pero desde una perspectiva lateral que da sensación de la geometría del traslado del juego. En algunos torneos, existen cámaras a nivel del piso, detrás del jugador, en diagonal. Es ahí que, salvando esa cuestión insatisfecha de visión panóptica, se puede apreciar un 60% de lo que realmente ocurre: altura, velocidad y efecto de la pelota hacia arriba. Lo que es imposible de percibir es cómo y cuánto esa misma pelota se desplaza hacia el cuerpo del jugador que la recibe. En sí, los espectadores televisivos de tenis, lo son de las trayectorias y ejecuciones generales del juego, no de la dimensión real de la dinámica de la competencia.
¿A qué viene tanta cuestión por lo que nos llega como imagen si estábamos por el Nadal niño? Es que Nadal tiene que ver con la puesta en juicio de la visión del espectador, comentaristas y periodistas del rubro. Hay que eludir graciosamente (de qué otra manera hacerlo, ¿no?) el compendio de eufemismos con los que la comunicación ha tratado de “narrar” qué es Nadal, incluso intentó adjudicarle virtudes que son incompatibles hasta con un supuesto héroe de la mitología helénica. Nadal es para el tenis el último escalón de una evolución-adaptación y también el primero de una decadencia del concepto general de entrenamiento de alto rendimiento. Es el límite, material, físico, práctico. Hay dos tradiciones respecto al tenis: una, la que contempla el estilo de los golpes, la capacidad técnica como expresión estética; la otra, que privilegia potencia, velocidad y despliegue físico. Entre ambas concepciones el duelo existió hasta que llegaron las nuevas tecnologías de raquetas y encordados, a partir de ello ya la disputa produjo una fusión en un solo objetivo primitivo del deporte: ganar, cómo sea, dónde sea, pese a todo. A la puesta en práctica de eso la llaman mentalidad de campeón, y apareció tras leyendas como Vilas, Borg, Connors y McEnroe; pero esa corona de nuevo súper jugador cambió los propios requisitos. Un estudio encargado por la ITF a una empresa especializada en biomecánica, midió cuántas veces gira sobre su propio eje la pelota desde el momento del impacto hasta que llega a la raqueta del jugador rival (en física cuántica, por ejemplo, se denomina spin al giro sobre su eje las partículas elementales). La muestra tomó a varios jugadores del ranking. El promedio de vueltas dio por resultado 3.500, llegando a 4.000 en algunos casos. Federer puede llegar a 4.500 vueltas con su golpe más poderoso, la derecha. La pelota de Rafael Nadal oscila entre 4.500 y 5.500 vueltas, en los golpes ganadores. Otro aspecto de Nadal es cómo confluyen en él la posición frontal al juego, el desplazamiento lateral y diagonal con explosión de largada de cien metros llanos, el freno y cambio de ritmo, y –a la vez y durante el desplazamiento- realizar el golpe desde posiciones insólitas, incongruentes con la realidad del juego, incluso, contra todos los cánones de la ortodoxia docente, aún a riesgo de lesiones irreversibles. El trabajo de entrenamiento para llegar a esto dice mucho sobre dónde puso el límite y cual es el efecto de ese traslado para los rivales. Una de las observaciones sobre el juego del mallorquí, concentrándonos en su movilidad y gestos técnicos, observándolo sin importar el destino de la pelota, es que hay algo de la cadena cinética, cierta armonía de las articulaciones que se ha roto, que no corresponden con la probabilidad de la física del movimiento. Tobillos, rodillas, cadera y escápula superior, son las cuatro bases que en conjunto sustentan el golpe de la quinta cadena, la final, conformada por brazo, antebrazo y muñeca. En Nadal, mientras los tobillos están frenando, las rodillas se orientan en sentido contrario, la cadera se mantiene firme, los hombros giran tomando impulso para que la mano, finalmente, ejecute un drop. ¿Cómo anticipar, cómo leer lo que es capaz de hacer con su cuerpo? Con semejante carga de spin en la pelota e imprevisibilidad en el juego, la suma de golpes estadísticos aumenta la cantidad de errores no forzados de los rivales, vale decir, conduce al error asistemático del rival, desorientándolo, sacándolo de foco. Su reinado y leyenda efímera, se basó en esa ventaja sorpresiva, que en el porcentaje genera la noción de defensa inexpugnable: la pelota, cómo sea, siempre vuelve y pica con un efecto y “peso” fuera de toda previsión. Así, en la sumatoria de todos los factores, la voluntad por el triunfo se ve degradada y la frustración demuele cualquier tipo de resistencia de los rivales.
¿Qué hicieron con Nadal para llegar a esto? En la serie de reportajes que genera la ATP para acercar a los jugadores al público, hay uno por demás ejemplar, en el que Davydenko explica cómo se entrenó desde niño: horas dentro de la cancha, seis, siete, ocho, pegando una y otra vez. Sacrificio y sacrificio, saturación y más saturación. Un estilo soviético, sonreía. Reconocía que ya no se forman jugadores de esa manera, por suerte para las nuevas generaciones.
Uno de los ejercicios que Nadal realizaba con su equipo llamó la atención de algunos entrenadores argentinos. Detrás de la línea de fondo, sentado en un banco de madera de frente a la cancha, con raqueta en mano, Rafa debía devolver todas las pelotas enviadas por su entrenador sin levantarse del banco. No importa qué hagan pies, rodillas y cadera, el tren superior puede responder a cualquier contingencia o imprevisto. En términos de habilidad conjunta, coreográfica, el centro de gravedad del jugador está en función del golpe. No importa su posición o velocidad, el centro de gravedad del cuerpo siempre debe estar en función del golpe. Se produce entonces, ante la insistencia de mantener el juego, un desgaste de los rivales que brinda una oportunidad tras otra para definición del punto. Es entonces que la profundidad (tanto lineal como diagonal) de la pelota de Nadal termina con cualquier resistencia, e instala un nuevo concepto en el juego: el rival debe impactar la pelota, en lo posible, por fuera de los límites de la cancha, cuanto más alejado del fondo y alejado de las líneas laterales, su cancha, su terreno de juego, resulta enorme tanto en perspectiva como en capacidad física para defenderlo. El resultado: una especie de pérdida de distancia, que tanto sufriera Federer en la final de Wimbledon a favor del Rafa.
Pero la noción de sacrificio, de ejercicios de coordinación y potencia inverosímil, también tienen un techo: el desgaste físico, y la respuesta técnica de jugadores y entrenadores que, a la larga, terminan adaptándose y descubriendo cómo jugar ante semejante desafío. Pero, ¿quiénes tienen la capacidad para dar una respuesta?
Habilidades y antropometría en acción
¿La transformación del tenis corresponde a las características físicas de los nuevos jugadores? La respuesta está en el ranking, en los ascensos de esa camada comprendida entre los 20 y 24 años, que muestran una proporción novedosa, más cerca del basket y la natación, que de la cátedra histórica de la ATP. El primero en llamar la atención, hace diez años, fue Juan Ignacio Chela. En golpes definitorios de revés o derecha, el metro noventa del flaco saltaba para darle mayor velocidad a los golpes. Cuando en un reportaje radial se le preguntó a Chela cómo era jugar contra Agassi, respondió: “si pestañeás, la pelota ya pasó…, todas las pelotas van rápido y al lugar donde más te molestan.” A su estatura se antepuso, siempre, la dificultad de traslado. Pero en él ya se gestaba la nueva forma de impactar la pelota, pasando la cadera, saltando, desplazando el centro de gravedad hacia el golpe. Y otra vez, Nadal. Hay un partido significativo, donde la cámara, a ras del piso, mostró dónde pegaba Rafa (a qué altura de su cadera) y dónde impactaba Hewitt: por encima de su hombro, incluso, de su cabeza. El australiano sufrió el desgaste de correr a lugares distantes entre impactos, también debía agregar el salto, el esfuerzo por encontrar esa pelota y darle potencia para bajarla antes del límite del otro lado. Ganó Nadal fácilmente (Roland Garrós, 2006).
Un jugador de tenis por encima del metro noventa siempre fue condenado a jugar dobles. En el single se lo tenía por torpe, lento, incapaz de mantener la solidez de la repetición en la estrategia de juego. Hoy no sólo predomina la estatura, sino cómo está conformado el cuerpo, cuáles son las proporciones entre sus partes. El box tiene claro ese concepto desde hace años, algunos parámetros que utiliza contemplan el alcance de brazos, contorno toráxico, largo de piernas… todo en función de anticipar cuál es la estrategia y el entrenamiento que se debe aplicar según el rival a vencer, más allá de lo contingente de una pelea.
Federer y Nadal, no es casual, tienen la misma estatura y peso: 1,85 m. y 85 kg. Uno junto al otro, queda clara la diferencia de proporciones físicas. Mientras Roger luce más estilizado, Rafa adquiere la presencia de un velocista de 100 m. Es más, en calidad de ahorro de energía/velocidad de desplazamiento, Federer demuestra una mayor efectividad, pero la potencia está en aquella contextura violenta, tan cercana al desafío del torero como a la actitud de un centrodelantero del fútbol alemán. Ambos fueron vencidos por Del Potro en el US Open reciente, el tandilense con 1,98 y 83 kg. Pero con un largo de brazos y piernas (y altura de caderas) que producen –gracias a la movilidad adquirida por el entrenamiento de Davin- un ajuste natural a los endemoniados efectos de ambos líderes del ranking. Es más, el quinto eslabón de la cadena cinética (brazo, antebrazo y codo) tienen en Del Potro una extensión capaz de transmitir una palanca poderosísima y aceleración inusual a cada golpe. Y, además, si es necesario también salta al golpear. ¿Qué es entonces lo que envía contra la cancha del rival? En términos vulgares podemos referir a una pelota en llamas, que en el dialecto tenístico significa: Del Potro quema la pelota. Pero, ¿cómo la quema? La esfera amarilla aumenta en velocidad a medida que describe la parábola hacia el pique en campo rival y, al hacerlo, sale lanzada con más aceleración aún. Para hacerla efectiva, su equipo de trabajo (preparador físico y entrenador) fueron dosificando el nivel de exigencia hacia el dominio de la situación del juego, incluso llegado el momento de los tantos definitorios: ventajas, iguales, en sets points con o sin saque. La final del US Open contra Federer, mostró a un Del Potro que, progresivamente, fue aumentando la intensidad del juego (velocidad y profundidad de los golpes) hasta provocar los vacíos necesarios para que su pelota en llamas pasara, luego del pique, a más de dos o tres metros de su rival. Ahora se preguntan, con todo derecho, ¿cómo hizo para mantener semejante potencia intacta hasta el quinto set, tras más de tres horas de juego? Hay una evidencia que surge del piso de intensidad con que jugó Del Potro los últimos diez games. En todos ellos, tuvo cada vez más control sobre el tiempo en la toma de decisiones del rival. A mayor intensidad de juego en todos los golpes, se apropió del centro de la cancha y llegó a jugar, hacia el final, entre la línea de fondo y de saque. Federer no tuvo tiempo de armar los puntos, su problema fue, en esos diez games, encontrar la pelota con el centro de su raqueta. Ni la devolución, ni la volea, menos los drops podían contrarrestar la velocidad y efecto de la pelota. Incluso, la devolución del argentino aumentó en profundidad, reduciendo el espacio de Federer al distante ángulo de su revés, sin posibilidad de invertirse y pegar de derecha: sus golpes quedan a mitad de cancha a merced del golpe incendiario.
Esto mismo (que en menor intensidad ocurrió con Nadal) tendrá que repetir Del Potro para escalar posiciones en el ranking y, si las lesiones no reaparecen, llegar a 1 ó 2 del mundo. Pero hay otros como él, en una generación comprendida entre los 21 y 24 años, jugadores de gran talla, algunos livianos otros más pesados: Murray (1,90, 84 kg.), Monfils (1,93, 80 kg.), Cilic (1,98, 82 kg.), Isner (2,06, 111kg.), Querrey (1,98, 91 kg.), Ancic (1,96, 82 kg.). Cada uno puede trabajar en el mismo campo que Del Potro, aumentar velocidades de traslado, mejorar los golpes para el impulso del peso y palanca física, incluso la concentración y resistencia a la frustración (que se definen como fortaleza mental). Estamos frente a una nueva generación cuyas medidas físicas acortan distancias, ocupan más espacio en la cancha y reducen los tiempos de respuesta de los rivales. Ya no son las raquetas, sino los nuevos cuerpos que se abren paso entre la tradición y la resistencia de quienes provienen de las primeras adaptaciones a la tecnología. En ellos está el gérmen de un incendio: ¿cómo será un partido entre dos juegos como el que mostró Del Potro?
Normas de ingreso al rectángulo áureo
La llegada del tandilense al puesto 5 del ranking, su primer Grand Slam, todo a pocos días de cumplir 21 años, abre otros interrogantes. ¿Se acorta la vida útil de un campeón? ¿Esto es consecuencia inmediata del vertiginoso ritmo de juego de los partidos y el nutrido calendario profesional? ¿Cuánto desgaste produce la carrera amateur y profesional hasta llegar a ese puesto? ¿Qué se debe hacer para llegar a eso? Del Potro, como tantos adolescentes, pertenece a una nueva camada que pudo superar el entrenamiento más allá del límite (donde un jugador puede vomitar por el sobre esfuerzo y volver de inmediato a la cancha para continuar el partido). Es más, superar esos estados de descompensación en una pretemporada, con temperaturas por encima de los 35 grados, a pleno sol, es la forma en que se plantea el futuro de un tenista: no hay dónde esconderse, lo único que queda es continuar. Pero no todo es tan extremo, lejos está la actualidad de las maratones premio-castigo que sufrieron Agassi o Selles, o las ocho horas militares de Davydenko. El entrenamiento, hoy día, es en cancha, en situación de juego, en táctica y toma de decisiones. La repetición o acumulación y desgaste, generan más pérdida que ganancia. Habrá picos de entrenamiento hasta el agotamiento, pero serán cada vez menos, en búsqueda de un estadio de normalidad o flujo del juego por encima del común de los profesionales. Pero, ¿todas las promesas de jugadores tienen capacidad de saltar por encima de ese límite? Y aquí llegamos a los plurales, esos anónimos dispersos por allí, menores aún, sin experiencia de vida, guiados por distintas circunstancias familiares, a punto de ofrendar una importante fracción de su formación individual a favor de un lugar en el rectángulo áureo de los verdaderos profesionales. Esos espectros que en algún momento comprenderán la diferencia entre jugar (divertirse) y jugar a ganar, obligarse a ganar, ganar cómo sea… Existe una gran transferencia del ansia familiar por salir de una situación económica desfavorable (en fútbol se multiplica por miles) a través de la profesionalización del vástago; también aparece con frecuencia esa cuestión primitiva, tribal, por la cual el niño-fuerza de trabajo debe retribuir al núcleo de sangre por su crianza: una deuda implícita imposible de saldar y que genera dominios muchas veces inexplicables. Es en la formación del jugador, en el aprendizaje, donde los entornos de convivencia muestran sus peores defectos y escasas virtudes. Tanto el desapego por la actividad del jugador como la persecusión de cada una de sus manifestaciones, producen un nocivo resultado: agotamiento, falta de voluntad, abandono. Ya por saturación de la insistencia o por falta de estímulo, en sociedades sin estabilidad económica y jurídica, como la nuestra, las necesidades de los que están fuera de la cancha se extralimitan. Ése saber televisivo del espectador al que hacía referencia más arriba, hace carne, y la mayoría de los padres adquieren dotes divinas de entrenador, psicólogo, manager y preparador físico. Por poco, algunos no son médicos deportólogos o kinesiólogos. En general, existen más tíos Tony (Nadal) que sobrinos con futuro.
Dentro de los límites políticos e históricos que arrastra la AAT, existen planes de desarrollo, capacitación y formación de tenistas profesionales. Nalbandián y Coria pertenecen a una de las primeras camadas del seguimiento y apoyo. Del Potro también. Pero he aquí un modelo que enciende la alarma: se ha generalizado el síntoma por el que si un jugador no pega el salto profesional entre los 15 o 16 años, prácticamente, está condenado al interclubes de por vida. La progresión: comenzar a los 4 / 5 años, estar entre los 10 mejores de los 9 a los 11 años, ser primero o segundo del ranking nacional a los 12, entre los 13 y los 14 ganar a jugadores 2 ó 3 años mayores. Y en los 15 a 16 adquirir un porte físico de 18 ó 19, jugando con serias posibilidades de ganar Torneos Future y hasta Challenger. Vale decir: en 9 ó 10 años, a partir de un nene de jardín de infantes llegar a un pichón de súper-hombre. Pero, ¿cómo lograrlo con una raqueta, pelotas, zapatillas, vestimenta adecuada y clases de algún profesor? Es ahí, en ese instante en que las glándulas están por salir volando a hacer lo suyo, que el jugador con condiciones es llevado al terreno de la medicina deportiva: alimentación, suplementos dietarios, preparación física, formarán un trípode que rendirá frutos en escasos meses. Enfrentará el grupo familiar la pregunta profesional, ¿ustedes saben lo que tienen que hacer con su hijo…? Y entonces el párvulo, el infante prometedor de un talento tenístico, recibirá otro tipo de suplementos. Pequeño ganado capaz de ser algo superior, pequeño espécimen que tal vez, después de muchísimos fracasos, errores y sufrimientos llegue al punto neutro del cansancio y abandono. Durante esos años, la familia perderá una pequeña fortuna en medicación, consultas, planes de entrenamiento, materiales para la práctica, preparación física… Serán un aporte más a la raíz de ese amplio vegetal gigante llamado tenis profesional. El alto rendimiento, la formación para ello, no existe. Sólo la coincidencia entre el talento y firmeza anímica en un jugador en formación -y todos los aspectos sobre los que trata el presente artículo, pero en estado elemental-, con el adecuado entrenamiento y tratamiento posterior para su acceso a un nivel superior de capacitación técnica (ya sea por la AAT o por la vía independiente), puede abrir la puerta al rectángulo áureo del ranking ATP. En el tránsito, cientos de frustraciones, o contratos leoninos con pools de inversores (maquillados como “sponsors”, verdaderos financistas de incursiones en los torneos de más bajos premios) para los cuales la garantía es una fructífera ganancia en dólares o euros. De esos desesperados manotazos financieros, está aquél contrato infantil que la patria potestad convirtió en una cuantiosa indemnización a pagar en contra de lo producido por Paola Suárez. Algo que nos trae una cruda realidad, entre un stud de caballos de carrera y un tenista promisorio, ¿dónde invertir?
Pienso en el vacío legal, la desprotección y sometimiento a las normas de un mercado, al que se somete un niño-jugador desde el vamos. Eso de convertirse en vidriera ambulante… Si todo sale bien, será profesional, pero si no es así, ¿qué tipo de resentimiento queda como flujo indomable? ¿Qué frustración y tiempo irrecuerable se cargará como lastre por el resto de una vida? Desde el lugar –y demos un contexto formal- de la UNICEF, las promesas tenísticas en desarrollo pueden ser materia de discusión respecto a uno de los aspectos del abuso y trabajo infantil. Les dejo la sombra de una duda exponencial. Queda lo otro, la desesperación por mantenerse en competencia, el error y horror de la puesta en juego del propio cuerpo en suplementos medicinales prohibidos. Pero lo dejo para otro día, es que para los argentinos, en un contexto de fasificación criminal de medicamentos, ciertos detalles pueden ser tediosos.
Pero no todo es un calvario de ejemplos, rescato lo otro, ese plural que menciona Juan Martín Del Potro al hablar de sus triunfos y carrera. Con ello involucra a un equipo, que lo acompaña, sostiene, forma y cuida deportiva y humanamente. En eso, el campeón es privilegiado, y reconoce -al decir nosotros- que si bien está solo en la cancha, para estar allí, debe contar con ellos: son algo así como el combustible que lo impulsa y da sentido a la trayectoria. Mientras tanto, observen con cuidado a esos nuevos jugadores argentinos, cómo la técnica de enseñanza y el entrenamiento privilegia los proyectos de torres, pequeños grandes que, esperemos, tengan la suerte de contar con un apropiado entorno humano extradeportivo.

Comentarios (4 comentarios)
Estupendo artículo Omar, que describe el proceso de generación del jugador de tenis actual donde la base humana, no solo formativa sino hiper-competitiva, comienza desde una edad sumamente prematura, ya que desde los 9-10 años se instalan casi los mismos hábitos y parámetros matemáticos y estadísticos de competencia que los del campo profesional.
A tu notable descripción del sentido del juego, apunto un par de características que creo lo hacen más salvaje, y acentúan la crudeza de la ecuación que relaciona el esfuerzo con la compensación de una inclusión.
Como espectáculo capaz de tener significación econónica, el tenis depende exclusivamente de un circuito internacional que es donde están las muy buenas ganancias, no existen circuitos nacionales o regionales con suficiente peso económico para ser salida laboral como en otro deportes. Tengo entendido que los interclubes y circuitos nacionales solo son buena salida profesional en Europa, en Sudámerica son muy superiores los gastos que le insumen a un jugador mantenerse entrenado que lo puede ganar pasando una o dos rondas de un Future.
Otra cualidad especial es la desmesurada duración de los partidos que lo lleva a combinar un deporte de resistencia con uno de precisión. Aparece, aparte de la fátiga muscular extrema, propia de especialidades que solo reparan en ese punto como las carreras atléticas de fondo y ningún otro requerimento más; el enemigo público número uno del tensista que es la capacidad de repetición: en ningún deporte se obliga a una inhumana maratón de repeticiones de movimientos y destrezas técnicas de alta precisión como en el tenis. El básquet es el que más se asemeja, pero al ser un deporte de conjunto y al jugarse muchísimo menos tiempo, el número de repeticiones en precisión que le toca a un jugador por partido son infinitamente menores que las de un tenista de elite. Cuando vemos la estadística de un jugador de elite de una liga como la NBA ( pongamos a un Kobe Bryant o un Manu Ginobili ) vemos que ha tirado por ejemplo unas 12 veces para 3 puntos y unas 20 para 2. 32 situaciones de impacto en precisión y bajo extrema tensión en un match. Aún siendo dosificadas sus prestaciones atléticas por la distribución natural producto de la colectividad del juego, suelen ser sus fuerzas dosificadas más aún cuidando sus minutos en cancha para que entreguen su accióin técnica en óptimas condiciones aeróbicas, sin desgastes mecánicos excesivos.
Un tenista puede que tire 32 veces en un solo game, de un partido que cuando llega a 5 set suele tener alrededor de 50 games. Puede un tenista sacar 100 veces bien durante un partido pero siempre necesita una nueva repetición perfecta y su error puede condenar todo lo hecho hasta ahí. Esta sensación de infinitud que lleva ejercer la repetición como necesidad durante tantas horas ( es normal que los partidos disputados en Grand Slams superen las 3,5 horas ) tiene consecuencias sobre la mente del deportista, aparte de las que provoca el desgaste atlético, que por más perfección técnica que haya desarrollado se ve torturado por una sensación de siempre una más y más inacabable que lo lleva a irregularidades impensadas.
En otro sentido más filosófico, entiendo que que el tenis moderno acaba por ser un paradigma casi puro del funcionamiento del sistema de exclusión-inclusión y la utopía del éxito en las sociedades de mercado. La inclusión de unos pocos a fuerza de la exclusión de una inmensa mayoría, nunca tan perfectamente encarnada.
Cuando se materializan estas excepciones como Del Potro, Nadal, o por casi cualquiera de los 50 primeros del ranking, aparecen a la luz los correlatos conceptuales que terminan de coser la brutal mentira en el sentido común “Esto demuestra que con sacrificio se llega”, “Se demuestra que cualquiera puede lograrlo”. Se hace un uso político de estas situaciones de encumbramientos deportivos. Son las mentiras puestas en status de verdad de sentido común con las que se apuntala el sistema de exlcusión. La inclusión de uno entre millones se da por prueba irrefutable de la lógica virtuosa del sistema, una lógica a la que se presenta como justa y melodramática, que hasta tiene cierta simpatía por los humildes de origen que desde remotos pueblos llegan a hacer sus sueños realidad. Pero la inclusión siempre excepcional del número uno es la que prueba la exclusión de los cientos de miles, la excepción es utilizada para legitimar una regla contraria a la naturaleza del sistema. Se trata por todos los medios de abolir e invertir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta. Lo que demuestra la llegada de uno y el fracaso de 10.000 es que con esfuerzo no se llega, dado que de esos 10.000 seguramente habrá al menos 3.000 que haya hecho el sacrificio y el esfuerzo mayor o igual que el que llegó.
Esta verdadera “lógica de lotería” es usada por el poder económico como una especie de usina de capital simbólico que tiene por objeto demostrar algo así como que sacarse el loto es prueba de que la actual sociedad cualquiera puede hacerse rico, lo que proyecta colectivamente un sofisma de devastadora falsedad: si cualquiera puede hacerse rico ganando la lotería en esta sociedad todos podemos ser ricos.
El modelo conceptual de la excepción como falsa demostración de la contradicción a la regla – o una regla de significado inverso- es tan antiguo como la humanidad y es usado como manipulación y consuelo de masas. El referente simbólico más original es el del perdón; para demostrar su “humanidad” y darle una recompensa emocional a las masa, los emperadores perdonaban a uno de cada cientos de miles de condenados a muerte, o bien solían cada tanto slavar a algún gladiador de los que se sacrificaban en los entretenimientos.
En definitiva, lo que tratan es de abolir una vieja máxima nunca tan verdadera: la excepción confirma la regla, no la refuta. Que uno solo se salve entre millones lo únioc que prueba es la condición asesina del sistema, ya que la insignificancia estadística de uno entre millones va de la mano de la significancia de la abrumadora realidad ultramayoritaria.
Abrazo
Julio / Septiembre 20th, 2009, 8:04 pm / #
Omar, tu ensayo ha superado con creces mis expectativas. Es “quirúrgico” como diría Julio, aunando un estilo analítico como el que me gusta practicar (y que no siempre me contenta) equilibrando lo técnico y lo sensible.
El comment de Julio, del cual comparto varias de sus premisas, ahonda en el aspecto “humano” de tu cierre y de alguna manera lo complementa. Sin embargo, hay “algo” que quería expresar luego de verme todo el partido de Del Potro vs Federer que se me escapa, y que no necesariamente tiene que ver con la especificidad del tenis. Por supuesto, la biomecánica me resulta pasmosa y el carácter inhumano de las estadísticas (de una fatalidad absolutamente engañosa) de alguna manera evidencia que lo “inhumano” (o sobrehumano o infrahumano) niega al individuo. Pero lo cierto, es que pasé horas sentado en una tensión contenida, lanzando vectores virtuales en las dimensiones acotadas de la cancha (y acotadas por la insuficiente visión teletransmitida), y que al finalizar, agotado por el esfuerzo, con la felicidad melancólica del orgasmo, me di cuenta de que yo no había jugado ni sudado un ápice. Que el monstruoso agobio de los obstáculos biomecánicos no los había superado yo, ni con tenacidad ni con un “aprehendizaje” puntilloso de como responder y crear cada spin (hermoso tu símil con la física teórica). ¡Y que encima había perdido horas sin hacer otra cosa que sentirme Del Potro! Él había vivido y yo había muerto. ¿Me explico? Entonces, empecé a preguntarme y traducir de mis recuerdos cuándo había llegado yo al límite de mi mismo. Y digo, límite físico y mental. Y esa zona, digamos de “intemperie”, en el cual un mínimo error corre el riego de sistematizarse hasta la derrota o la muerte, no necesariamente debe buscarse en el tenis o un deporte de alto rendimiento (no hablemos de fútbol), o la carrera impuesta por nuestros padres. ¿Dónde está el último límite de nuestro universo personal? ¿Hemos intentado, antes de morir, llegar a él? ¿Hemos llagado trasponer esa primera puerta, como la de “Ante la Ley” de Kafka? Preguntas de dilettante metafísico, pero también de existencialista resignado…
Un abrazo
Miguel S. / Septiembre 21st, 2009, 11:30 am / #
Agradezco a ambos por las intervenciones. Cuando terminé de escribir el texto sentí que era insuficiente, que le faltaban otros aspectos. Pero, también pensé, por algún lugar debía ingresar al territorio que bien se excluye con el escudo del estrellato mediático y marketinero. La escala, para el consumidor del espectáculo, es más un atrio para la veneración que una referencia para disfrutar la competencia. Hacia el final, la deriva sugiere la cuestión del dopping. Que es la inclusión desde el borde de la norma, cuando las sospechas han tocado a los más promocionados, ejemplares jugadores. ¿Canallada? Del momento que circula el dinero, como apuesta, como publicidad estática y animada, cuando el premio es el cheque, la operatoria del arrebato por ambición se instala, como natural. Alcanza el tintinear de unas monedas para se materialice el tahúr. Como ese espectador fatigado sin participar, angustiado y en stress por la sublimación de lo que ocurre, cree disfrutar de algún borde simbólico de esa gloria. Por nacionalismo, admiración o simple transferencia simpática. Un estar en el lugar del otro desde un lugar ninguno. Hay, Miguel, una gran pérdida de la objetividad en ello, en el olvido de sí, en el olvido del verdadero estado a-dinámico del que ve. Bajo el sospechoso signo de artes visuales resucita el término fascinación, un estado en que la mirada ya nada puede cuestionar, y menos aún el motivo de su estado. Hay una imagen fuerte: ingresar a la cancha de tenis rodeada por las gradas (el estadio del BLAT o la mismísima cancha del complejo de Lugano, donde se jugó alguna vez la Davis). La dimensión del entorno resulta intimidante, la pequeñez del sujeto se multiplica como si las tribunas fueran espejos hacia el cielo. Muchísimos jugadores no soportaron el miedo escénico que implica jugar en lugares así. El espectador, lejano a todo eso, vive el engaño saltando por sobre todo e instalándose en una especie de prepotencia futbolística, típica, que apela a la agresión tribal, a la toma de territorio, a la destrucción del otro. Los estadios de tenis profesional meten miedo. De hecho, hacer abstracción de eso, es casi lindante con la insanía; o da para la sospecha que sólo un insano suicida puede permanecer concentrado solamente en el juego. En contrapartida, ¿llegaremos a las minicámaras de tv transmitiendo desde la cabeza misma del jugador? ¿Alguna cámara instalada en la raqueta? ¿Qué dimensión tendría lo emitido? ¿Sería aceptable para el mercado que sustenta al tenis profesional? Para culminar el experimento teórico einsteniano: ¿qué mostraría una cámara en la pelota? No recuerdo el nombre, pero hubo un cineasta experimental en Súper 8 que ató la cámara a una soga y la hizo girar a gran velocidad. Sus películas experimentales eran eso deformante que transcurría sin otro corte que el final del rollo, colores deformados, formas deshilachadas, fuerza centrífuga en la pérdida de la forma. Una manifestación de la pérdida del punto, o el punto ciego de la visión. Algo que ocurre en los pilotos al superar en 3 veces la velocidad del sonido, sólo el instrumental del avión les brinda verdadera noción del espacio que ocupan. Y ahí la próxima generación de intromisiones: ¿qué pasaría si los tenistas lucieran ropas sensibles a los desplazamientos y que los mismos se reconstruyeran in situ en un programa de tres dimensiones? ¿Tendríamos un replay de jugadas con el análisis cinético del error de quien perdió el punto? ¿Cómo entrenarían con semejantes armas de análisis? Allí, las repeticiones lograrían un uso milimétrico de la coordinación fina. El tenista sería, casi, una membrana sensible de habilidad minimalista y velocidad insuperable. Un arrebatador del movimiento entre la invisibilidad y la detención del tiempo, terrible riesgo para la paradoja: el tenis futuro como reconstrucción de movimientos inaccesibles para el espectador.
OmarG / Septiembre 22nd, 2009, 4:59 pm / #
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Esclavos niñales « el fantasma / Diciembre 4th, 2009, 9:47 am / #
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