El mito del escritor
Todo el tiempo se cumplen aniversarios. De la muerte de Borges, del nacimiento de Borges, de la publicación del libro de tal escritor, del regreso del exilio de tal otro, de la aparición del mamotreto de las obras completas de otro más, etc., etc., etc. Los escritores nacen, se desarrollan, y mueren (en eso no se distinguen de las plantas y del resto de los mamíferos), sólo que, en algún momento, reciben ese tipo de homenajes cargados de sin sentido. Supongo que debe ser parte del oficio y no hay porqué ofuscarse. Como de costumbre, Osvaldo Lamborghini decía algo genial: “No hay escritor, por mediocre que sea, que alguna vez no se haya encontrado con alguien que le dijera: ‘¡Cómo me gustó tu libro!’”
¿Qué sentido tiene homenajear a los escritores? El escritor olvidado es sacado de su despecho póstumo bajo la figura aterradora de la mesa redonda. Se cumple el ritual de la memoria, de la lucha contra el olvido, hasta el próximo recuerdo y el próximo olvido, y así sucesivamente.
Supongo que todos escribimos buscando alguna clase de reconocimiento. La pregunta es cuál. En esta época donde la memoria y el recuerdo parecen ser obligatorios, donde la memoria es un deber y no una experiencia, donde proliferan todo tipo de tesis, libros, artículos, conferencias, programas de televisión, subsidios estatales, becas doctorales y prebendas generales en nombre de la memoria; quizás el olvido sea una de las grandes formas de consagración literaria. Llegar a ser aquel autor del que nadie nunca habló, el único lector de un libro que ningún otro leyó; he aquí una utopía literaria.
Recuerdo en los ’80, los años en que el estadio Obras se llenaba para ir a ver a Piero y Marilina Ross, los jóvenes estudiantes de sociología se alistaban para irse de vacaciones a las Brigadas del Café en Nicaragua, y en los bares de Palermo Viejo se tiraba la cáscara del maní al suelo; en esos años Cortázar vino a Buenos Aires. Creo que fue su último viaje a Argentina. Amigos en común (quizás operados por el propio escritor, quizás no) intentaron armar un encuentro con el Presidente Alfonsín. Pero el encuentro nunca se concretó. Alfonsín no tenía ojos más que para Sábato, el hombre del Informe sobre ciegos. Hasta el día de hoy llegan los ecos de aquel encuentro frustrado, del error del presidente en no recibir al gran escritor, en no homenajearlo, en lo injusto de la situación. Quienes piensan así, quizás tengan razón. Cortázar bien merecía el encuentro. Pero a mí siempre me recorrió una duda: ¿Por qué un escritor desearía ser recibido por el presidente? ¿Qué idea de la literatura y el reconocimiento se encuentra cifrada en ese gesto?
Roberto Bolaño es un buen escritor chileno, que escribió una gran novela sobre el tema de la memoria y el olvido, llamada Estrella distante; quizás uno de los textos más radicales y críticos que se hayan escrito sobre el tema. Pero esa novela (como casi toda su obra) tiene un problema: la imagen de escritor que construye. En sus libros, el escritor es alguien que, por esa mera condición, está llamado a vivir una vida interesante, llena de aventuras, de persecuciones detectivescas, de enconos apasionados, de experiencias intensas. Por el banal hecho de ir a un taller literario, uno puede desde encontrar al amor de su vida, hasta ser secuestrado. La mitificación de la figura del escritor aparece desplegada en todo su esplendor. A veces tengo la impresión de que si se le saca a Bolaño esa mitificación, de su obra no quedaría nada. Pero por detrás del mito, Estrella distante perdura como la novela más aguda que se haya escrito sobre las dictaduras y los desaparecidos (la otra es Los planetas, de Sergio Chejfec).
Todos los escritores, de una u otra forma, han escrito sobre esos dos mitos: el mito del texto y el mito del escritor. Y el mito permanece. Pero también existe otro programa: intentar suspender el mito, abolir las jerarquías, sospechar de los reconocimientos, huir de las consagraciones. Ese es un programa tan viejo como la literatura misma, pero tan imperioso como la novela futura.
Este texto fue publicado el 30 de julio de 2006 en el diario Perfil.
Ilustración de Alen Lauzan Falcon


Comentarios (6 comentarios)
Siempre resulta atractiva la idea de sacudir un poco los altares. Acerca de la búsqueda de reconocimiento, recordé la frase de Monterroso: “Digan lo que dijeren, el escritor nace, no se hace. Puede ser que finalmente algunos nunca mueran; pero desde la antigüedad es raro encontrar alguno que no haya nacido”. Ahora: aunque recién empiezo a leer a Bolaño, puedo ver que hace uso intenso de la ironía. ¿No puede ser un rasgo irónico más en Bolaño adjudicarle al escritor semejante cantidad de vivencias extremas?
Vero / Julio 30th, 2006, 1:01 pm / #
Es cierto lo que dice DT sobre los escritores, pero existe una justificación: la vida de un escritor no tiene por qué ser más amena que la de un albañil, pero los libros los escriben -generalmente- los escritores, entonces narran de lo que conocen, de escritores. Que cuando aparece un escritor sabiendo más de minería -Rivera Letelier, un prescindible chileno, por caso- o de cine -Puig- o de lo que fuere, se producen cosas extrañas. Lo que salta a la vista es cuando un escritor habla de lo que no conoce, de lo que toca de oído.
Ahora, en cuanto a los homenajes, es cierto que son una impostura, pero a la vez conforman una breve señal del Estado como diciendo: ¡miren a lo que se dedicó este tipo durante 30 años, consiguió vivir de eso y hasta sobrevivió para contarlo! Merece un homenaje. Lo mismo podría merecer un carpintero, pero tienen menos prensa.
Gaby / Julio 31st, 2006, 8:43 am / #
Tal vez lo que lleve a homenajear escritores a los Estados (mejor dicho, a quienes conducen o administran los Estados) sea culpa, una oscura culpa innominable, invisible por lo general para quien la siente. No por lo que le pueda haber pasado o no al escritor sino por lo que la literatura hace, o suele hacer, o se supone que hace, y que arroja sobre los otros haceres una luz que no los favorece. No está mal que algunos sientan culpa a veces por algo. Huir de los mitos, sí, o más bien de las mitificaciones, y en particular de la mitificación del escritor. ¿No se puede prever, sin embargo, un mito de la demitificación? El demitificador como vaca sagrada, la literatura que exhibe la demitificación de la literatura para mitificarse o, peor, dejar mitificado a quien la hace.
Freidemberg / Julio 31st, 2006, 7:50 pm / #
El escriba pertenecía antaño a una casta superior. Quien escribe inmortaliza lo efímero, le da continuidad a lo improbable. O por lo menos me parece que esa es una percepción implícita desde los comienzos.
baker / Agosto 3rd, 2006, 9:40 pm / #
Creo que a Lamborghini le hubiese gustado conocer a un albañil con ambiciones literarias y que, pese a todo, se resistiera a ser invariablemente puto.
Omar / Agosto 4th, 2006, 8:40 pm / #
Me olvidaba: lo triste (o la ignominia) está del lado de quien funda un mito prolijo en ambos campos, del lado del texto y del escritor, para hacerlo efectivo como fama, estando siempre ausente. Adivinen a quién me refiero.
Omar / Agosto 4th, 2006, 8:42 pm / #
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