Articulo

Otras muertes uruguayas

Por Eduardo Espina

Aunque en ese ultimo sórdido momento la muerte vino como siempre, con la íntima soledad que sólo ella sabe usar tan bien, borrando rastros, escondiendo presagios y escribiendo su posdata con invisibles sílabas, igual podemos vislumbrar la sangrienta imagen final. Una postal del abismo, un macabro truco del carpe diem. No necesitamos imaginarlo, podemos verlo, porque la realidad de las cosas impensables como esa genera en tales ocasiones un estado de trágico conocimiento situado entre la imaginación y la visión, pero casi tan perfecto como ambas laborando juntas. En la mesa del muerto, con sus justificados desórdenes de medianoche, había una botella de whisky medio vacía y tres vasos. Para los invitados la botella estaba medio llena, para el anfitrión, medio vacía. Además, un revólver a medias lleno, y la vida, en cambio, vacía del todo. La bala fue lo único que no quedo inconcluso: su ráfaga sin comentarios, su desproporcionado flash.
Para la dicha no habrá reediciones. Su coartada quedo cortada por la mitad. El encuentro fue con ese momento en que la muerte “tiene el terrible don de la proximidad”. Uno de esos instantes supremos en que la realidad evita decir la verdad. Ni siquiera susurros: el silencio hecho ruido fue su único vocabulario. ¿Cuáles, si las hubo, habrán sido las últimas palabras? ¿Alguna frase a la cual el olvido hoy le resta importancia? Estuviera como estuvo (la vida es una botella medio llena, medio vacía), para la muerte sedienta fue un envase fácil de vaciar: se lo acabo de un solo trago. Glup.
Según casi todos los obituarios, ese fue el paisaje inmóvil que rodeó los minutos finales de la vida de Juan Pablo Rebella, quien decidió salir de viaje. Boleto sólo de ida. Lo que faltaba vivir se quedó sin argumento. Con el auto a doscientos kilómetros en un callejón sin salida. La desprolijidad de una violencia elegida vino sin testamento en donde explicar y expiar a grosso modo la decisión. La madrugada cobró una víctima y “presuntas razones” de un acto a solas. Lo mismo que Ernest Hemingway, John Berryman y Theodore Roethke, el suicida llenó el tanque antes de salir, y así salió. De esa forma, el auto no corrió el riesgo de quedarse a mitad de camino. Ahora es Robinson en su propia isla aérea. Su muerte dejó abierto en la cultura uruguaya un agujero grande, pues esas dos películas antológicas que hizo con Pablo Stoll (25 Watts y Whisky), son algo más que una promesa en vías de desarrollo, palabra que por cierto está de más cuando se habla de arte, el que sea: no existen promesas, sólo realidades o nadas completas. Y ambas películas son lo primero.
En alguna parte Silvia Molloy dijo que el Uruguay es un país de raros. Lo ha sido, incluso cuando los raros eran muchos más que ahora, época esta en que la mayoría de los artistas nacionales practican la ortodoxia ideológica y estética. Está de moda ser igual al resto y ser más uruguayo que universal. Una clonación en masa. José Enrique Rodó no podría creerlo. Le cambiaron al país: ya no es el mismo de un siglo atrás. Pero no es mejor. Por lo tanto, los raros, igual que las rarezas estéticas, ya no abundan. Rebella, tal como ahora lo dejó más que claro con su decisión vital, fue uno de esos raros a los que siempre la historia tendrá en cuenta. Un artista que le dijo a la vida, “no, ya no”. Tenía otros planes. Es pues, otro más de los fabricantes de originalidades que ha tenido fin prematuro, porque una muerte que llega a los 32 años es aun adolescente.
El escritor más original que dio este país, Julio Herrera y Reissig, murió el 18 de marzo de 1910 a los 35 años. No obstante, con la escasa porción de vida que le toco, Herrera y Reissig se animó a tirarse a la piscina vacía. Y de allí salio ileso y nadando, con una obra corta pero extraordinaria, en la cual se adelantó una década a las vanguardias. Hoy es canon. En Uruguay, como era necesario que sucediera para originar la contra-tradición que por suerte aun tenemos, fue maltratado, desdeñado. Le pidió ayuda al patriarca Rodó para que lo ayudara a conseguir un trabajo burocrático de mínima paga, pero el entonces político le dio la espalda, diciéndole a Herrera y Reissig que su obra era inentendible. Rodó, siendo moderno, nunca entendió los parámetros estéticos de la modernidad, como tampoco los entendieron los tantos otros uruguayos que consideraron a Herrera y Reissig un desquiciado, un loco, una rareza. Y como tal murió: marginado. Sus ultimas palabras se las dijo a su hermano: “Carlos, me muero sin haber hecho nada”. Para los uruguayos, según ellos, Herrera y Reissig no había hecho nada.
Cuando Delmira Agustini murió cuatro años después, el 6 de julio de 1914, a los 27 años, sus últimas palabras se las llevó el viento del Sur, mejor dicho, el ruido de los dos balazos que interrumpieron su vida justo cuando recién empezaba a ser parte de una posteridad por anticipado. Fue nuestra gran rara y en ese altar incomparable, de letra y sangre, la mantenemos: for export. Es la poeta más famosa que ha dado América Latina, traducida a decenas de idiomas. Parte de su fama viene no sólo de su obra extraordinariamente original para la época (para esa y aun para esta), sino del violento y joven fin que tuvo. La coincidencia es dramáticamente asimétrica: se anticipó a su tiempo, y la muerte al suyo. Algo que bien no sabemos pasó esa tarde casi crepúsculo cuando Job Reyes, derrotado por el divorcio decretado un mes antes, decidió balearla por la espalda junto a la cama que aun estaba tibia. La muerte llego descalza, en puntas de pie: Agustini murió cuando se estaba poniendo los zapatos. Polainas, los llamaban.
Susana Soca, otra poeta uruguaya imprescindible y por eso tan poco tenida en cuenta, fue una mujer elegante, de fina alcurnia. Su padre es hoy una avenida. Afrancesada por gusto y obligación. Pocas como ella han captado tan bien y con lenguaje suyo las emociones de la imaginación. Susana Soca tenía puestos costosos zapatos franceses al morir a los 52 años, el 11 de enero de 1959, cuando un avión de Lufthansa se estrello en las proximidades de Río de Janeiro. Un error humano: el piloto (no automático) cometió una terrible equivocación al aterrizar. En un país que ha producido demasiados escritores y escritoras de boliche, de pucho y peluca, la elegancia literaria de Soca resulto imperdonable para sus coterráneos, y tanto fue así y es, que incluso hoy sigue estando desterrada de las tantas malas antologías de poesía uruguaya que se publican, simplemente porque la suya es una obra que escapa a los facilismos, liviandades y momificaciones tan de moda en este país desde 1945. Borges escribió uno de sus mejores y mas citados sonetos, “Susana Soca”, al año de morir la poeta. Lo cito entero porque vale la lectura: “Con lento amor miraba los dispersos/ Colores de la tarde. Le placía/ Perderse en la compleja melodía/ O en la curiosa vida de los versos./ No el rojo elemental sino los grises/ Hilaron su destino delicado,/ Hecho a discriminar y ejercitado/ En la vacilación y en los matices./ Sin atreverse a hollar este perplejo/ Laberinto, atisbaba desde afuera/ Las formas, el tumulto y la carrera,/ Como aquella otra dama del espejo./ Dioses que moran más allá del ruego/ La abandonaron a ese tigre, el Fuego”. Pero, aunque Borges le dedico ese soneto cristalino, la obra y vida de la olvidada poeta de Carrasco (resulta imposible conseguir alguno de sus libros) siguen esperando la revisión de sus logros y contenidos. En Hollywood habrían hecho ya varias películas sobre su vida y su muerte a manos del fuego, “ese tigre”, agonizando en la cabina de un avión alemán.
Es lo que nos ha tocado: un país geográficamente chico, con muchas vidas cortas, quizás demasiadas. La gran farándula de la trascendencia uruguaya, la única que en definitiva cuenta cuando el tiempo opina, conoce ejemplos tan raros como de vidas efímeras. Existencias en diminutivo. Parte del estigma o gloria (depende) de ser artista uruguayo incluye saber aceptar tales requisitos que el destino convierte en exigencia. Quienes aquí han sabido –por talento o persistencia– despertar originalidades estéticas, salirse del sino de nacimiento, cargan ese signo como nada accesoria realidad de su identidad.
Primero fue Julio Herrera y Reissig, pero antes Isidore Ducasse, Conde de Lautreamont, (1846-1870), montevideano y genio afrancesado, y luego Delmira Agustini, pero antes Carlos Federico Sáez (1878-1901), el mas grande de nuestros pintores (un mundo propio), muerto como rockero avant la lettre a los 22 años por exceso de vida, por eso más que nada, y Susana Soca, y Juan Pablo Rebella, ahora. Mundos propios, idiosincráticos, Made in Ellos Mismos, que invitan a ponerse de acuerdo con sus disidencias. “Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!…”, escribió Rubén Darío, autor del libro Los raros, en uno de sus poemas mas emblemáticos. Nuestros raros de exportación se han ido llevándose anticipadamente su juventud, pero dejando a cambio obras que pervivirán así, jóvenes, detenidas en su novedad de recién.
Contra eso, la muerte nunca podrá.

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