El cuerpo disecado de la Metafísica Occidental
Contribución a la lectura y debate del libro ”La Cosa y la Cruz” de León Rozitchner
Por Leonardo Sai
Dedicado al correntino Joaquìn E. Meabe, con toda ingenuidad y amor, quien no pudo pasar el recurso a Kant… pero aplaude como abogado y perro: mordiendo y moviendo el culito.
La pregunta por la Cosa, por el Deseo, por el Poder son interrogantes que subyacen, a nuestro parecer, en La Cosa y la Cruz, texto fundamental del filósofo Leòn Rozitchner. La génesis del Logos Mercantil en el Logos Teológico; el surgimiento de una férrea racionalidad instrumental en el Edipo Cristiano, su aplicación tecnológica y política sobre el cuerpo, la docilidad así obtenida del “deseo”; la amenaza de muerte, reavivada, cuando se requiere la clausura de una posición deseante efectiva, es decir, revolucionaria; la cuestión del poder en la cultura patriarcal de Occidente, todas problemáticas susceptibles de ser abreviadas en aquellas tres grandes preguntas.
Aquí, breve y aceleradamente, tomando como detonador y excusa La Crítica de la Razón Pura -legitimación filosófica de la ciencia moderna y la mentalidad burguesa- hemos intentado pensar, a través de la fina filosofía materialista, explícita en esta maravillosa obra de León, ese impensado material que determina el modo de lo que podemos saber, de lo que debemos ser, de lo que somos.
Nadie sabe cuanto puede un cuerpo
Spinoza
La pregunta por la Cosa
Kant asume que hay dos y solo dos fuentes posibles para el conocimiento y una diferencia radical entre ambos. Sensibilidad y Entendimiento. Aunque radicalmente diferentes (como Hume de Descartes) y analíticamente separables, son los dos elementos que hacen posible el conocimiento, luego procesado por la Razón(1). Empíricamente, aparecen mezclados. La diferencia, entre ambos, es trascendental(2). Esta diferencia nos re-envía a aquella de la cual surge y la hace posible como condición de posibilidad: Alma y Cuerpo; Espíritu y Materia; Corpóreo e Incorpóreo, Masa y Energía, puras divisiones platónicas. Kant va a disecar lo sensible corpóreo, la intuición, el afecto, como intuiciones puras de la sensibilidad. Al igual que San Agustín, y que todo cristiano, se desliga de lo sensible en lo sensible. El limite de esta separación (materialidad-Idea) será la experiencia empírica; limite que Kant le pondrá al poder de la abstracción racional (el Dios racional paterno de la teología cristiana) para definir en que consiste el conocimiento científico.
¿Qué hace Kant con la materialidad? La vivisecciona formalmente como un aparato lógico y abstracto -simbólico- sin abandonar ese suelo sensible, conservándolo, con el cual constituye la experiencia empírica, es decir, estructura el campo del conocimiento (científico) definiendo un tipo de verdad (científica) Esta operación política en la teoría, en la historia de la metafísica europea, le permite a Kant expulsar a lo incognoscible la comprensión sensible, materialista, de la Cosa (en tanto carne del conocimiento, abstraída como problema lógico en los límites del uso de la Razón) la comprensión teológica de la Cosa (como Ser Supremo, Dios, Alma, etc diferenciadas o como ideas regulativas, focos imaginarios, o ilusiones trascendentales) tejiendo “una alianza conceptual” entre Racionalismo (el Adentro, lo innato) y Empirismo (el Afuera, lo contingente) El resultado es la sujeción del concepto de verdad en tanto verdad científica(3) y la consolidación de la Ciencia como valor y empresa de la Ilustración: lo que el cristianismo le hace a la materialidad y el Capital a la fuerza productiva, Kant se lo hace, sublimado, a la verdad filosófica.
En esta aceptación y negación de la Cosa como sustento real del pensamiento se encuentra la escisión del yo típica de la mentalidad burguesa(4): lo sensible operativizado por instrumentos racionales o es intuición indeterminada (la formulación de una hipótesis de trabajo) o pura (espacio-temporal) Hay que confesar que la solución kantiana es ingeniosa, una buena estrategia de teoría defensiva. Las dos partes en disputa reciben lo suyo: a la sensibilidad, a la materialidad, se le deja cumplir su pequeña función de intuición (la utilidad del método hipotético-deductivo) y a la realidad racional, paternal, se le muestra su debido respeto: Todo es categoría, todo es analítico, bien a priori, bien a posteriori… Pero todo esto ha de ser pagado de un modo u otro, y este éxito se logra a costa de un desgarrón del yo que nunca se cura sino que se profundiza con el paso del tiempo(5). La subjetividad así constituida jamás puede dar cuenta de su origen sensible, de su lengua material, impensada, renegada, por el Logos patriarcal, abstracto e infinito, que suministra, en tanto orden simbólico, las categorías para la sensibilidad y el entendimiento de sí y de los otros.
Esta subjetividad moderna, burguesa, que se piensa instrumentalmente en la ciencia, adoradora y escindida, pone a disposición de todas las ciencias, en cada lenguaje técnico, la división del humano, con todos los fetiches que sean necesarios, porque vive de esa división, porque sostenerlos lo requiere su subsistencia como clase privilegiada(6). Volvamos a Kant.
La Crítica de la razón pura comienza con una teoría de la sensibilidad intuitiva llamada estética trascendental. Kant arranca su obra capital definiendo la sensibilidad. Lo primero que afirma es que sin intuición no hay pensamiento. Intuición es la primera relación y la más inmediata que con el objeto pueda mantenerse. Un concepto que carezca de la intuición correspondiente no provoca ningún conocimiento inmediato. Un pensamiento que carece de intuición no tiene objeto a que inmediatamente referirse y es, por tanto, vano; los conceptos que produce vacíos, puesto que el contenido solo lo suministra la intuición. Esta clase de conceptos, vacíos, tienen objetos pero tales no son sino otros conceptos, es decir, imágenes y fantasías. Kant llama, a estos conceptos sin intuición sensible, negaciones: Dicen lo que una cosa no es, nunca lo que es.
Dios es un concepto vacío, no es un objeto sensible sino negativo: nunca se da intuitivamente. Sensibilidad es para Kant la capacidad de recibir la representación según la manera cómo los objetos nos afectan. La sensibilidad nos ofrece las intuiciones, el entendimiento las concibe y forma los conceptos. Todo pensamiento debe referirse, en última instancia, a la sensibilidad. De lo contrario, no hay objeto y el conocimiento no existe. Materia, dice Kant, es aquello que en el fenómeno corresponde a la sensación, al afecto, y Forma a lo que hace que de lo que en él hay de diverso pueda ser ordenado en ciertas relaciones. La Forma se da a priori como formas puras de la sensibilidad, un molde vacío aún sin objeto, a saber: espacio y tiempo son condiciones a priori puras de las intuiciones sensibles.
Todo lo que me afecta lo hace en un tiempo y un lugar determinado. Tales son las intuiciones puras. El fenómeno que se expresa en espacio y tiempo es objeto de mi percepción, es decir, de mi conciencia empírica. Contienen, además de las intuiciones puras, la materia de algún objeto en general, es decir lo real de la sensación, como representación puramente subjetiva, de la que no puede tener conciencia sino en cuanto que el sujeto ha sido afectado y que se relaciona esto con un objeto cualquiera(7). Kant afirma su principio: En todos los fenómenos, lo real, que es un objeto de la sensación, tiene una cuantidad intensiva, es decir, un grado. En la sensibilidad, existe un elemento intensivo, real, pasivo: la afección intuitiva del sujeto, la materialidad del objeto.
Kant someterá a una dura crítica a aquellas ilusiones de la razón en cuyo desvío no pueda hacerse ancla en esta sensibilidad, en una experiencia material concreta: la sensibilidad sometida al entendimiento, como objeto al cual aplica éste su función, es la fuente de los conocimientos reales. Pero la misma (inadvertida influencia de la sensibilidad sobre el entendimiento) en cuanto influye en la acción misma del entendimiento, y lo determina a juzgar, es la causa del error(8). Este elemento real será subyugado por el lenguaje, por el Otro que suministra las categorías puras de la sensibilidad y del entendimiento: Y si pensamos que el advenimiento al lenguaje y la racionalidad adulta -lo simbólico, se dice- aparece como si de golpe en su desenfado se instalara todo armado… y se olvidara entonces de una lengua primera, la materna, que la madre le hablaba con palabras cocidas que eran para el niño sólo cuerpo ensoñado que su voz modulaba, y que desde allí se abrió al sentido… si además pensamos que este primer mundo se origina antes de acceder al predominio implacable del tiempo y del espacio “objetivo” que las categorías tajantes del adentro y del afuera, poco a poco aprendidas, marcarán por medio del lenguaje el orden restrictivo y necesario -metros y minutos- al cual deberá someterse las fantasías intemporales e infinitas de la infancia(9). Con esa experiencia sensible, Kant tendrá preparada su máquina crítica de la razón pura, al mismo tiempo, que subyugará a la Cosa misma, disecada, por las leyes lógicas que la desconocen, formalmente. Sigamos.
Las formas puras de la sensibilidad, el espacio y el tiempo, están en el origen de nuestras percepciones. No son ni propiedades de las cosas de las que tendríamos una percepción previamente confusa, ni conceptos formados por abstracción: son intuiciones puras que fundamentan a la vez construcciones de conceptos (por ejemplo matemáticos) y su contrastación o aplicación. En resumen, hay un conocimiento (formal) que precede a toda impresión empírica. Por ello, el fenómeno no es ni la percepción inmediata de un objeto, ni su concepción a posteriori. De estas formas a priori, se puede proceder a la deducción trascendental de las formas a priori del entendimiento, llamadas categorías. Este es el cometido de la analítica de los conceptos que se pregunta acerca de la posibilidad de los juicios. La facultad de juzgar (el entendimiento) subsume lo diverso representado en la intuición gracias a los conceptos puros o a priori, funciones que permiten sintetizar los datos sensibles o unificarlos en objetos susceptibles de ser conocidos. A partir de su conceptualización, Kant enumera una serie de categorías donde los juicios son clasificados(10). Además de las intuiciones, el “sujeto conocedor” dispone de los conceptos como herramientas de unión entre aquéllas y las categorías: conocer no es más que aplicar el concepto (a priori vacío) en la materia de la intuición (a priori ciega).
Así queda delimitado y definido, en forma en extremo resumida, el campo pasivo de la receptividad en Kant. Nos queda averiguar el campo activo del entendimiento, las condiciones que todo conocimiento requiere.
La facultad de juzgar es esa instancia de jurisdicción, de subsunción de los datos (empíricos) a los conceptos generales (entendimiento), como trata de demostrar la Analítica de los principios. Por un lado, los datos sensibles, y por otro, el concepto puro del entendimiento: se pasará de un término al otro de esta polarización del campo delimitado por la estética trascendental, gracias al término medio que es el esquema trascendental: esta representación intermediaria ha de ser pura (sin ningún elemento empírico), y sin embargo es necesario que sea, por un lado intelectual y, por el otro, sensible, escribía el filósofo alemán. El esquematismo(11) es la transposición sensible (pero no empírica) de los conceptos (no determinados) que originariamente se efectúa en la imaginación(12).
Sigue un sistema de principios que establece que las condiciones de la experiencia son igualmente las condiciones a priori de los objetos de la experiencia(13). Estos principios acotan el campo de la experiencia posible, fuera del cual ningún conocimiento objetivo es posible, ya que excede nuestro poder cognoscitivo. El entendimiento no se ocupa, pues, más que de los fenómenos, sean las cosas tal como nos parecen, y no tal como son. Fuera de la esfera fenomenal las cosas residen en sí, inaccesibles. Por este motivo, hay un límite a la Razón. Nuestro conocimiento proviene de dos fuentes fundamentales: la receptividad de las impresiones y la espontaneidad de los conceptos. La dialéctica trascendental extrae así las consecuencias que se pretendían investigar: La razón, condicionada, no puede evitar razonar o especular sobre una última condición que daría razón, por así decirlo, de su condición, proyectándose espontáneamente en el mundo de las ideas suprasensibles. Este paso al límite, que excede el campo definido por la estética, es una ilusión natural propia de la razón misma. De ahí el título de ilusiones trascendentales que Kant da a las ideas, por oposición a los conceptos.
Sobreestimadas en su valor y en el papel que se pretende que desempeñen, así le aparecen las ideas del alma (fruto en psicología de paralogismos), del mundo (fruto en cosmología de antinomias) y de Dios (fruto en teología del ideal de la razón); en cuanto a esto, las ideas no tienen más que una “apariencia dialéctica”, porque suponen un objeto sin predicado, una totalidad sin partes, una causa sin efecto. La dialéctica es la lógica de la ilusión. O, dicho de otro modo: datos de los que no se puede tener ninguna experiencia concreta. Se puede, ciertamente, probar la existencia de Dios, argumentando pruebas ontológicamente (ideas), cosmológicamente (ser supremo) o físico-teológicamente (fin de fines) determinadas; pero supone descender del orden nounomenal (el de las cosas en sí) al orden fenomenal (el de los objetos posibles) La faena kantiana es, precisamente, desmenuzar y destruir estas “ilusiones” que enredan a la razón en antinomias estériles, como pegotes de viejas telas de araña: “… Acaso tengan por fundamento un concepto vacío y meramente imaginario del modo como se nos da el objeto de estas ideas, y esta sospecha puede conducirnos ya por la buena senda para descubrir la ilusión que tanto tiempo nos tuvo extraviados“(14). Por eso, Kant va a decir que la sede de las ilusiones trascendentales no es otra que la Razón Pura, el alejamiento completo de la experiencia, la absoluta licuación material: la Idea plenamente arrancada de su sustento real. El axioma kantiano afirma: sin realidad no hay nada real, sin lo real no hay nada sensible.
La razón tiene pasiones que ignora. Kant elaboró como crítica una metafísica de la metafísica haciendo manifiesta la forma bajo la cual la lengua llamada paterna organizó nuestro pensamiento, concibiendo también una crítica a esa misma lógica -organizada por lo simbólico llevado a su extremo como razón pura- suponiendo, necesariamente para la existencia del conocimiento, una lengua sensible: La Cosa disecada por el Logos. La razón ya no puede dar razón de sí más que a condición de permanecer en todo momento susceptible de fijar sus condiciones, sus objetos, sus límites intrínsecos. Supremacía del Alma sobre el cuerpo = disciplinamiento de la sensibilidad por el entendimiento.
La pregunta por el fundamento último de las cosas, por el último nivel de la realidad, ha sido la obsesión par excellence de la metafísica, incluso de la metafísica de la metafísica. Ni siquiera Nietzsche ha podido obviarla, al responderla, invirtiendo y completando, la fórmula schopenaueriana. El olvido de la pregunta por el Ser es el desenvolvimiento de una forma determinada de entender el Ser que, Heidegger comprende, es la esencia de la técnica; esencia metafísica, que, de ningún modo, puede dar cuenta del Ser, en tanto Physis. Esa filosofía que “olvida la pregunta fundamental” otorga, al despliegue del poder científico, una justificación política: No hay Ciencia sin Juicios sintéticos a priori. Kant lo sabe perfectamente. Escribe esa obra monumental del pensar occidental en razón de ello.
La pregunta por la Cosa es la pregunta por esta mater abstractamente racionalizada, la experiencia arcaica con la madre”(15), expulsada hacia lo incognoscible. Este desplazamiento, diagrama y condensa, bajo la forma de un esquematismo lógico, la negación de la materialidad (entendida como reglas generales de la sensibilidad o leyes de la estética) como límite del conocimiento (la Cosa en sí es incognoscible, por eso, no dejamos de pensarla, neuróticamente) No obstante, es, desde ese cuerpo, desde esa mater, que el filosofar de la Crítica hace posible todo su programa.
Kant entiende que esa abstracción (El Ideal de la Razón Pura; Libro Segundo de la Dialéctica Trascendental) que licua todo lo que hay de contenido en la Razón no sirve más que como foco, como regulativo; casi una mera cuestión de uso y de metodología. Ciencia estricta. Sin embargo, de esa ausencia, de ese impensado que se le vuelve límite -limite que, tiempo después, Shopenhauer correrá como Filosofía de la Voluntad- del cual no posee concepto alguno (no es por la vía regia del Verbo, o de las categorías, como se podría dar cuenta) pero que, sin duda, constituye la fuente ineludible de la Crítica; elemento que se resiste, en tanto cosidad de la Cosa, a ser capturado por la pregunta que la interroga en tanto tal.
La cosidad de la sensibilidad es ese elemento inapresable por la estructura del enunciado que se formula la pregunta por la cosidad de la Cosa. Por eso, en tanto que elemento inapresable, pulsional, pleno de vida, la mater de la sensibilidad(16) problematiza la presencia del cuerpo en la historia de la metafísica occidental, no solo como la historia de la negación de su origen arcaico y prohibido, sino como la historia de la inscripción de un tipo de poder en la sustancia desestructurante de esa mater sensible, como una tecnología ejercida sobre la carne subjetivizada y, como afirma León, amenazada y aterrorizada. El objetivo no es otro que el hacer del humano un ente doméstico, dócil y obediente(17). Vayamos más allá de Kant.
Lo que se disciplina en el cuerpo, es esa mater, en esa sustancia sensible, es el goce. La Ley no es sino la imposición de todas las limitaciones propias de la Cultura, pero, fundamentalmente, la imposición de la pérdida de plusgozar (plusvalor) Ser un buen niño, un ciudadano responsable, un trabajador puntual, bien conducido para aceptar que la madre (la materialidad del trabajo) pertenece al Otro (al Capital) que ella llega a existir a partir de que el Otro (negación de un lenguaje sensible anterior a la prohibición del incesto) la tacha con su interdicción; que el pecho es un objeto imposible que existe en un reino alucinado (cuando es la base, lo real, que hace posible todo lo demás y la cultura misma); que la producción que uno hace no puede ser gozada por uno mismo (capitalismo); que uno puede, a lo sumo, especular con ese bien, retardar su entrega, o soltarlo cuando no se lo espera (mierda = dinero) pero que la razón (logos mercantil) del Otro (Capital) acabará por imponerse (lo real de la política es la guerra, su continuación por otros medios); que al límite de esa barrera que es el principio del placer (salario) se superpone la Ley del Otro (contrato de trabajo como velo de la apropiación del goce) y que los goces de mirar, de ser visto, de golpear, de morder, de hacerse pegar, todos ellos quedarán sometidos a la educación, a la represión de sus representantes pulsionales, a la supresión discursiva, a la retorsión sobre sí mismos, a la transformación en lo contrario, al desplazamiento sublimatorio de los objetos y de los fines, al desconocimiento, a la conversión del goce en vergüenza, asco y dolor (a la obediencia, a la reforma, a la conformidad, al rebaño y no a la revolución del orden cultural existente) El motor del deseo es así, psicoanalítica y metafísicamente, aplastado.
No solo son trascendentales las diferencias entre la sensibilidad (afecto, goce, materialidad originaria) y el entendimiento (Ley del lenguaje) sino incompatibles. El lenguaje ordena y obliga a vivir convirtiendo las aspiraciones al goce en términos de discurso articulado (recordemos que, para Kant, la inadvertida influencia de la sensibilidad sobre el entendimiento es el Error) Lo que se demanda y desea debe ser legítimo. Del goce originario no queda sino la nostalgia de la vida feliz. El cuerpo, yacimiento ilimitado de goce, es ahora vaciado, progresivamente. Del goce del ser al goce fálico. De la Cosa absoluta solo quedan objetos fantasmáticos y fetichistas. Un plusgozar, residual, compensatorio por tener que tranzarlo con el Otro que solo da quitando, plusvalía producida por el trabajador que en el acto mismo de la producción le es arrebatada, quedándole un remanente conocido como placer, bajo la forma humilde del salario, que relanza todo el proceso y lo sujeta a presentarse al día siguiente; goce perdido, apropiado por el Capital: valor usurario, libra de carne, entregada a Shylock (Otro = Capital) Para tener y para conservar la vida se ha debido aceptar la pérdida de la bolsa: Nunca se acaba de perdonar al ladrón.
La pregunta por el Deseo
Si negamos la materialidad del deseo, abstrayéndolo de todo contenido, embalsamado en tanto formalidad estructural de una posición lógica (igual que Kant hace de la sensibilidad una categoría lógica que organiza las leyes de la estética) su fuerza material, su máquina pulsional, queda dividida, separada, en tanto cuerpo vivo, desestructurante, y apresado por el férrea instrumentalidad del Logos Occidental -en el principio fue el Verbo, esto es, supremacía de la Idea, de la Razón, del Concepto, de lo abstracto infinito y lógico sobre lo concreto singular y sensible; pisoteándolo, hasta reducirlo a la Nada(18), el Vacío(19), el Huevo Cósmico(20), la Locura(21)… por hacer referencia arbitraria a algunas formas de la disecación filosófica- a través de una operación política sobre la carne. Es el primer disciplinamiento que sufre el cuerpo conceptualizado como amenaza de castración.
El “deseo” ya no es deseo, ya no evoca, prolongándose en lo social histórico, el ensueño vivido bajo el “socialismo maternal” sino que se organiza, pavorosamente, en íntima persecuta, bajo un sistema que re-aviva, de ser necesario, la huella de la primera amenaza de muerte: innovación tecnológica sobre la subjetividad, glorificada por el psicoanálisis como un culto a la castración, cuya episteme es la teología cristiana: la lengua ya no es aquella que pasa, como leche, de la madre al hijo, nutriéndolo de sensaciones, sino un lenguaje, separado del cuerpo, cadena de significantes, lógica y binariamente, articulados, desde afuera, como si no existiese sostén alguno, como la piedra grabada soportaba las leyes divinas que Jehová le dictó a Moisés al bajar del monte… lo que sostiene al espíritu ahora es el espectro afectivo e imaginario del padre amenazante… que aniquila el sentimiento amoroso del ensoñamiento y suplanta la madre viva por una madre muerta(22). La traducción psicoanalítica reza: la palabra mata la Cosa. La subjetividad resultante es una subjetividad aterrada, obediente y deudora. El deseo así constituido, como legítimo, es el deseo de ser deseado por el Otro. Pero ese Otro que no es sino el Amo que goza al esclavo porque lo venció en su lucha a muerte; dueño de la Historia y del plusgozar. Este Amo de la Historia es el Capital. ¿Cómo este Amo se apropia del goce del esclavo? ¿Cómo el Capital extrae la mater de esa sensibilidad que produce valor mediante el trabajo?
Podemos actualizar en nosotros mismos, en nuestra experiencia cotidiana, esta apropiación de energía, de apropiación de lo afectivo, de este elemento cariñoso, amoroso, sensible, poético, acumulado por el Otro, puesto que vivimos en una sociedad capitalista. Es la obra de arte que se sueña, abrazado en lo nocturno pleno de imaginación, materializada en un cuadro, en un papel, en el cemento. Esa obra, un trabajo cualquiera, jamás podría nacer de un equilibrio de fuerzas. El trabajo apropiado y acumulado es siempre plustrabajo. Todo aquél que puede crear algo lo hace desde el exceso, como el artista, o desde la ascesis, como el Santo. Se crea por extremo de las fuerzas; no hay creación de término medio. Crear es quemar energía. La obra nace del goce de las fuerzas, de ese plusvalor que el Capital retiene para sostenerse, abstractamente, como dinero, como significante; libido humana que alimenta el Orden Simbólico. En esa intimidad del humano con su creación existe un valor único, afectivo, creativo, hecho con ese cuerpo maternal que motoriza la fantasía, que regó el narcisismo del niño, que lo abrazó y lo hizo un ser capaz de producir vida. De ese afecto primario que desencadena el trabajo y se materializa en lo externo se pasa a la serie general abstracta de la moneda, al valor mercantil: De la poesía del trabajo a la objetividad abstracta espectral. No solo en la poesía-poesía habla la madre sino en lo íntimo creativo que el humano pone en su trabajo como una realización de sí que el modo de producción capitalista invierte, des-realizándolo, en la producción material de la vida: amistad vuelta publicidad, llanto vuelto estrategia de marketing político, escucha del sufrimiento vuelto alquiler del aparato psíquico, capacidad de nutrir: pechos y vientres rentados.
La pregunta por el Poder
Si consideramos que Edipo no es otra cosa que un molde, un rito de la familia burguesa, para la cesión del poder bajo la cultura patriarcal judío-cristiana, hay una escena que suscita nuestro pensamiento y lo condensa. Se trata de la película El Padrino.
En la tercera parte de este brillante e imprescindible film de Francis Ford Coppola vemos al jefe de la mafia, Michael Corleone, maduro, viejo, con todos sus negocios lavados legalmente, con Fundaciones y cheques jugosos donados a la Santa Iglesia. Nos importa una de las escenas hacia el final de la película: el traspaso del poder de La Familia al sobrino Andy García. Andy García esta enamorado de la bella hija de Michael Corleone. Michael lo sabe: ¿Qué le estás haciendo a mi hija? Le pregunta desde el reposo hospitalario, luego del infarto que le provoca la zorra traición de un viejo cretino. Corleone entiende que es una situación peligrosa por el creciente poder que va adquiriendo Andy García, hijo de Sonny (hermano asesinado de Michael-Al Pacino) y futuro heredero de The Family. Se opone irremediablemente a la unión con su hija. Primero, tienta (sabiéndolo incapaz) a la traición a García poniéndose a disposición de Luchessi, mafioso y financista. Una vez Andy infiltrado y asegurada la trama del asesinato de Corleone, García desnuda el complot. Corleone, cansado y triste por la muerte de su querido amigo, Don Tomasino, pide a Dios una oportunidad y promete que de tenerla no pecará más. Aparece el ambicioso García, cuenta el complot, pide la orden, declara su lealtad. Corleone sabe que no da más. Es la hora de la cesión. Pero el poder pide un sacrificio: No te casarás con mi hija, deberás renunciar a su amor. García siente el puñal, y acepta. Al Pacino se retira, avejentado. García siente el sillón. Los cortesanos se acercan, se presentan, besan su mano.
El poder exige un sacrificio. Sacrificar lo que más se ama por el acceso al poder. Eso es el esquema edípico: No tendréis el poder sin pagar el cruel precio por la vida que elegisteis, te castigo donde más te duele pues habéis probado la fruta prohibida. Esta es la verdadera fruta prohibida. No hay que buscarla en figuras del familiarismo burgués ni en los secretitos de alcobas incestuosas. El modelo patriarcal tiene que ver con una posición paranoica respecto del ejercicio del poder y de su cesión: Edipo es puro límite, es el arte tejido por el Padre paranoico en la subjetividad del infante.
¿Podríamos concebir en esa misma escena un traspaso no resentido del poder? ¿Podemos concebir una cesión del poder de quien lo ejerce, desprendido, alegre, sin deseo de infinito, sin querer ser continuado por nada ni por nadie: ¡Haced lo que te plazca! ¡Tirad los dados! ¡Repartid tus naipes! ¡Erigid tu reinado y desgárrate! ¿Es acaso imposible un Padre gozoso y eficaz que reconoce en su hijo no su duplicación narcisa sino completamente otra cosa, una diferencia absoluta? ¿Es acaso esta pregunta el sintomático Ideal de quien escribe? ¿Se trata de un Padre que en realidad es una madre disfrazada? ¿Un Pater maternal? ¿Una queja de joven?
Todo lo contrario. Es el justo entendimiento de que la cesión del poder patriarcal -porque de eso trata Occidente- en el drama de los varones, no necesariamente tiene que ser reaccionario, paranoide y judío(23), sino, genuinamente, revolucionario, generoso y ateo.
Síntesis y conclusión
¿De que hemos estado hablando? ¿De un texto? ¿Qué tiene que ver Kant con Martín Scorsese? ¿Puede hablarse abstractamente de “preguntas sobre el deseo, el poder, La Cosa? ¿Cuál es el sentido de este puchero conceptual?
Hemos aprendido de la lectura de La Cosa y la Cruz que la racionalidad cristiana ha constituido una tecnología de poder aplicada a la subjetividad. El cristianismo aterroriza el deseo y momifica todo lo corpóreo en la Idea. Prepara la docilidad de los cuerpos al modo de acumulación y sometimiento capitalista. El cuerpo, lo sensible, debía ser derrotado. El Ser tenía que ser pensado como abstracto e infinito, una serie eterna y sin historia: ser el plan divino de Dios, desenvolverse en espiral el guión omnipotente del Logos. Cada vez que, nosotros, sujetos de este Logos, osamos pensar lo social histórico y su singularidad específica, sin pensar que es desde ese espacio negado y escindido, fetichista y cómplice, que enunciamos nuestros “juicios”, nuestras “categorías”, sin problematizar esa materialidad disecada por la historia del pensamiento, no hacemos otra cosa que desconocer la sede del verdadero poder que se nos oculta: el poder de las masas, el poder social, el poder del cuerpo. Cuando la subjetividad es pensada sin historia, sin batallas reales, sin problemáticas de la sociedad funcionando a través de esa singularidad, hacemos de nuestro deseo lo que San Agustín con Dios: un cuerpo abstracto, negativo, castrado, sin historia, sin carne.
El trabajo subjetivo abstracto tal como es representado por el trabajo enajenado, como propiedad privada, tiene por correlato el Deseo subjetivo abstracto, tal como es representado por el teatro familiero de la neurosis privada (Papá-Ley-Yo-Deudor-Madre-Goce) La economía política hace el primer trabajo, el psicoanálisis urbano el segundo. Al sujetar el deseo al deseo del Otro somete al Sujeto a la historia de amos y esclavos, esto es, a la derrota de su efectiva subversión.
Dijimos que Edipo es también un molde en la cesión y dramática del poder. La ley nos dice: No te casarás con tu madre, no matarás a tu padre. Y nosotros, sujetos dóciles, nos decimos: ¡Luego esto es lo que quería! Edipo es la forma judío-cristiana del amor. Si el deseo es reprimido se debe a que toda posición genuina de deseo, por pequeña que sea, tiene motivos para poner en cuestión el orden establecido de una sociedad, los poderes que la gobiernan. No porque el deseo sea asocial sino porque, justamente, el deseo es social, porque existen pulsiones sociales, porque la sociedad no soporta posiciones deseantes verdaderas, esto es, cuando el deseo hace máquina con el poder de una mayoría políticamente organizada.
Notas
(1) “Todo nuestro conocimiento arranca en los sentidos, pasa de ellos al entendimiento y termina por último en la razón, por encima de la cual no hay nada superior para elaborar el material de la intuición y ponerla bajo la suprema unidad del pensamiento” Pág; 259; De la razón pura como sede de la ilusión trascendental en Critica de la Razón Pura; Immanuel Kant.
(2) Para el maniqueo San Agustín (La cosa y la Cruz, Pag; 259) el Dios Madre, sensible, es sustancia viva, sexuada, mortal; magma femenino divino, placeres de la carne, fuente de pecado. Del otro lado, el Dios Padre es racionalidad, sustancia diferente, eterna, abstracta, pura.
(3) Adecuación de la representación a lo real.
(4) Estudios sobre la mentalidad burguesa; José Luis Romero
(5) Escisión del Yo en el proceso de defensa; Freud; 1938
(6) Basta el ejemplo de nuestro trágico presente argentino: Inmensas agroindustrias y pools de siembras (con semillas genéticamente alteradas y patentadas[6]) extrayendo los nutrientes de la tierra, castigándola con monoculturas devastadoras, concentrándola, desertificándola en el abstracto financiero a donde re-envían sus ganancias globales. No ha hecho otra cosa el Capital, ese Dios amado de San Agustín, con el humano, con su materialidad, con su subjetividad.
(7) Anticipaciones de la percepción; Pag; 198; Critica de la Razón Pura; Immanuel Kant.
(8) De la ilusión trascendental; Critica de la razón pura; Immanuel Kant; Losada; 1984.
(9) La mater del materialismo histórico; León Rozitchner.
(10) La cantidad (juicios universales, particulares o singulares), la cualidad (juicios afirmativos, negativos o infinitos), la relación (juicios categóricos, hipotéticos o disyuntivos) y la modalidad (juicios problemáticos, asertóricos o apodícticos); estas formas lógicas dependen respectivamente de las siguientes categorías: unidad, pluralidad, totalidad (relativas a la cantidad); realidad, negación, limitación (relativas a la cualidad); sustancia-y-accidente, causa-y-efecto, reciprocidad (relativas a la relación); y posibilidad, existencia y necesidad (relativas a la modalidad). Por otro lado, toda experiencia supone “la unidad sintética de lo diverso en la apercepción”, o sea, un orden que las categorías garantizan: ese es el objeto de la segunda deducción trascendental. Ahora bien, esta unidad no es otra que el sujeto del cogito. Éste no se plantea unilateralmente: si el sujeto cartesiano es reflexivo, el kantiano es igualmente transitivo. Ni intuición, ni concepto, la unidad del “yo” es, además, la posibilidad o el poder originario de la conciencia de oponerse a un objetivo cualquiera antes de experimentar los objetos tal como son. Esta predisposición a anticiparlos es llamada apercepción trascendental.
(11) Michel Foucault hace una re-interpretación magistral de este concepto kantiano. Nos habla de Enunciados. Trabajar con enunciados es el trabajo del archivo. El enunciado, lo que SE dice, son las condiciones formales que permiten la posibilidad del discurso: una época no preexiste a los enunciados que la expresan… ¿Qué diferencias vale destacar entre Foucault y Kant? Si bien en Foucault las visibilidades, formas de ver, y los enunciados, formas de decir, son elementos puros, condiciones a priori bajo las cuales todas las ideas se formulan y los comportamientos emergen, en un tiempo determinado, se trata de la experiencia real, y no la de toda experiencia posible, como en Kant; están del lado del “objeto”, de la formación histórica, y no del lado del Sujeto Universal (el a priori es histórico). Deleuze dice que se trata de un neokantismo característico en Foucault porque las visibilidades forman con sus condiciones una receptividad, y los enunciados, con las suyas, una espontaneidad: “… no bastaba con identificar receptivo con pasivo y espontáneo con activo. Receptivo no quiere decir pasivo, puesto que hay tanta acción como pasión en lo que la luz hace ver. Espontáneo no quiere decir activo, sino más bien la actividad de Otro que se ejerce sobre la forma receptiva. Ya era así en Kant, en el que la espontaneidad del Yo pienso se ejercía sobre seres receptivos que se la representaban necesariamente como otra. En Foucault, la espontaneidad del entendimiento, Cogito, es sustituída por la del lenguaje (el “existe” lenguaje) mientras que la receptividad de la intuición es sustituída por la de la luz (nueva forma del espacio-tiempo) A partir de ahí se explica fácilmente que exista una primacía del enunciado sobre lo visible: La Arqueología del saber puede reivindicar un papel determinante de los enunciados como formaciones discursivas. Pero las visibilidades no son menos irreductibles, puesto que remiten a una forma de lo determinable que no se deja en absoluto reducir a la determinación. Esa era la gran ruptura de Kant con Descartes[11]: la forma de la determinación (yo pienso) no se basa en un indeterminado (yo soy) sino en la forma de un puro determinable (espacio-tiempo) El problema fundamental es el de la coadaptación de las dos formas, o de los dos tipos de condiciones, que tienen distinta naturaleza” Gilles Deleuze; Foucault; 1984.
(12) El concepto de “perro”, antes de ser la experiencia actual del susodicho animal o la enumeración de sus caracteres propios, significa primeramente “una regla según la cual mi imaginación puede experimentar, en general, la figura de un cuadrúpedo”; en resumen, es una imagen (un esquema) al que el concepto se refiere inmediatamente: ésta no es ni reducible al contenido concreto de una intuición, ni a la pura y simple reproducción mental de un objeto cualquiera.
(13) 1) los axiomas de la intuición, todo fenómeno comporta una magnitud espacio-temporal extensiva; 2) las anticipaciones de la percepción suponen un contenido material de toda percepción futura; 3) las analogías de la experiencia, que regulan las uniones entre los fenómenos, ya que todo fenómeno es, según la permanencia, la sucesión o la simultaneidad; 4) los postulados del pensamiento empírico en general, que son lo posible (satisfaciendo a las “condiciones formales de la experiencia”), lo real (satisfaciendo a las “condiciones materiales” de la experiencia) y lo necesario (satisfaciendo a las “condiciones generales de la experiencia”).
(14) Representación escéptica de las cuestiones cosmológicas por todas las cuatro ideas trascendentales en Critica de la razón pura; Immanuel Kant; Losada; 1984.
(15) La mater del materilismo histórico; León Rozitchner.
(16) Con esta expresión queremos acentuar el mater del materialismo dialéctico, esto es, los elementos “irracionalistas”, decididamente, no dialécticos en el sentido lógico de la teoría marxista de la subjetividad. Así, el concepto de “fetiche” en Marx no es en sí un “concepto dialéctico” sino el presupuesto inconsciente mismo de la dialéctica mercantil.
(17) A esto León Rozitchner lo llama el ejercicio del poder del derecho paterno.
(18) El mundo como Representación y Voluntad; Schopenhauer.
(19) Se puede consultar cualquier libro sobre Zen al respecto para ver disecado hasta el absoluto lo materialidad como desapego.
(20) Anti Edipo, Gilles Deleuze y Felix Guattari. También sobre este concepto en Mil Mesetas, de los autores mencionados.
(21) Historia de la Locura en la época clásica; Michel Foucault.
(22) La mater del materialismo histórico; León Rozitchner.
(23) En el cristianismo no se cede jamás el poder: el hijo permanece hijo, no hay padre real. A diferencia del Edipo judío, no puede ni revelarse… le basta ver el crucifijo para ver como termina si lo intenta.

Comentarios (3 comentarios)
Acabo de terminar de cursar la materia de Rozitchner y ese libro me voló la cabeza… aunque no tengo nada interesante que aportar, ja.
Saludos!
Minerva / Julio 3rd, 2009, 11:51 am / #
Minerva:
Mataría tu opinión sobre la cátedra Rozitchner en la Facu de Sociales. Al terminar la cursada, me parece, uno se da cuenta que hay veces que los textos son lo único que valen… y creo que es lo que te pasó a vos (también).
Un abrazo y gracias por pasar por el site.
Leonardo Sai / Julio 3rd, 2009, 3:05 pm / #
Hoy conocì a Leon en su estudio ¡Què ser tan precioso, tan encantador! Por supuesto que hay mucho màs que un texto que “vuela la cabeza”. Ademàs de sus pensamientos, de una lucidez singular y pasiòn polìtica, hoy me di cuenta que Leòn, cuando esta tranquilo, tiene una sonrisa hermosisima, una sonrisa que hace de sus ojos dos pequeñas lìneas, una sonrisa plena, realmente plena de filosofìa.
Abrazos a todos,
Leonardo Sai
Leonardo Sai / Julio 20th, 2009, 7:20 pm / #
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