El Rock, una ilusión sin porvenir
Por Gabriel Muro
Mientras que en el dominio de la Naturaleza ha realizado la Humanidad continuos progresos y puede esperarlos aún mayores, no puede hablarse de un progreso análogo en la regulación de las relaciones humanas, y probablemente en todas las épocas, como de nuevo ahora, se han preguntado muchos hombres si esta parte de las conquistas culturales merece, en general, ser defendida.
Sigmund Freud, El Porvenir de una Ilusión
El obituario del rock podría fecharse con el 5 de abril de 1994, noche en la que Kurt Cobain se inmolaba por los pecados de MTV y de toda una generación psíquica y políticamente cosificada. El rock se encarnó en un hombre, lo cual es extraño tratándose más bien de un anticristo superstar. Contradicción en sus términos: el anticristo desprecia a sus fans. Pero continuemos. De ahí en más solo se han sucedido nuevas fechas de vencimiento para un producto ya demasiado rancio o bien completamente museificado en su senil heroísmo. El No Future punk se encarnó en Kurt Cobain de una manera fatal, de una manera mucho más conciente que en Sid Vicious. La tragedia del rock nada tiene que ver con el “sentimiento trágico” del dionisiaco coro griego, sino con la tragedia a secas, la de los tipos que chocan contra sus propias creaciones, sus propio yoes vueltos fetiches, el pathos del rockstar que es superindividuo y a la vez súper masivo, donde ya no sabe si es más popular que Jesús, si se compadece o si siente simpatía por Dios. Es la tragedia de lo que quedó trunco, de lo que no llegó a ser lo que era. De ahí que tantos rockeros célebres compongan el panteón de las muertes jóvenes, en la flor de su plenitud creativa. El rock dio desde el principio señales de que no iba a poder realizar su misión histórica, la de trastocar radicalmente los valores y los modos de vida.
La obra de arte en la época de su reproducción digital
Una de las grandes invenciones del rock ha sido precisamente el recital de rock, experiencia transfigurante que nada le debe al público de butaca ni al orden de masas fascistoide. Es verdad que, como planea Enrique Symns, el escenario es un lugar de poder, y los fanáticos siguen al líder, como al rocker lunático de The Wall. En verdad habría una perversión del fanatismo de masas en el rock. Esos gritos histéricos que el rock despertaba en sus comienzos, esos trances de LSD, esos gritos y chiflidos, ese descontrol, que como en el teatro de la crueldad de Artaud, se propagaban como la peste preocupando a padres y a sacerdotes ¡qué lejos que estamos hoy, aquí, en este multitudinario y ordenadito Quilmes rock, donde las empresas de bebidas te cercenan ya completamente, midiendo y cartografiándolo todo!. El concierto de rock entre alambre de púas y ejércitos de seguridad privada es la deriva final de un rito social que se quema muy despacio. Sin embargo, la desgracia del rock se vio temprano, en aquel fatídico festival de Altamont donde los Stones contrataron a los Hells angels para oficiar de guardianes. Fue la primera estocada.
Hubo siempre una tensión fundamental al interior del concierto de Rock: la liberación dionisiaca y la desinividualización erótica junto a la posibilidad de que todo se deshaga a través de la violencia absurda. Esta segunda opción ha sido siempre el mejor caldo de cultivo para los defensores del orden y la seguridad. Es la otra tragedia, la de Cromañón y los jóvenes sin salida, siquiera de emergencia. Republica Cromañón, un nombre que de alguna manera homenajeaba al hombre salvaje primigenio, el hombre no mediado por la cultura, el hombre que aún no sabía nada acerca de normas de seguridad. La peor noticia es que ha quedado completamente atrás una idea propia del concierto de rock en sus orígenes, donde había una ética en común no dirigida ni institucionalizada que propiciaba el fluir de la ceremonia prescindiendo de todo control policiaco exterior. El rock no es una identidad, ni una ideología, sino un movimiento permanente de desidentificación y de autonomía, de lucha contra el sujeto trascendente a la vez que una modalidad rítmica de crear nuevos lazos sociales. De hecho, la práctica de intercambio libre de archivos a través de Internet tuvo su origen en Napster y la autoorganización de miles de usuarios dispersos que fundaban una nueva forma de intercambio musical vía download y de la alteración de la lógica monopólica del mercado discográfico (aunque Metálica prefiriese dejar que el mercado, los abogados, representantes y accionistas se encargasen de la circulación musical llevándose su propia plusvalía como estrella asalariada). Acaso este ha sido el último grito de libertad y a su vez la emisión de una nueva fecha de vencimiento que ha dado lugar a una escucha mucho más aislada, hiper saturada de mp3 que nunca se llegarán a escuchar, con Ipod patrocinado por U2. Entonces ¿qué queda cuando las identidades mercantiles anfitrionan los conciertos de rock?
Contracultura
El rock siempre ha tenido que ver con la idea del salvajismo, de algo primal como el golpe de una piedra. Ya sea por los pelilargos andróginos, los gritos guturales y las fachas desvencijadas. Sin embargo, esta es sólo una ilusión que sólo podía confundir a viejos vinagres, como los suegros oligarcas de los personajes hippies del joven Palito Ortega (quién hoy cuida paternalmente de Charly García) que al final de la película reconocían la “humanidad” del hippie cantando al unísono. El rock es eminentemente cultural, no hay salvajismo rescatado, así, la monstruosidad del rockero (Manson), su androginia, su carácter único y singular, su aura, el rockero como superhombre. La contracultura, dice el Indio Solari, se alimenta precisamente de los desechos de la cultura: el cómic, la literatura beatnik o la música de los esclavos. Cultura marginal, desde la influencia de los románticos en los Dark hasta el dandismo de los mod. El rock le debe mucho más a la cultura decadente del cabaret berlinés de entreguerras que a las formaciones nazis posteriores. Más cerca de Kurt Weill (según Morrison) que de Leni Reifensthal (según Roger Waters). Mucho más en común con el teatro de la crueldad (Iggy Pop) que con Verdi (Rock sinfónico). La cultura entendida ya no freudianamente, como apaciguadora de los instintos, sino Nietszcheanamente, como el resultado del combate entre los instintos. El rock pone en escena esa lucha instintiva electrificándola, la lucha de la guitarra contra la batería, la voz aguda y sin fondo de Robert Plant, la guitarra partida de Thownshend o la incendiada de Hendrix.
La estética moderna, con Kant, se funda en la caída de los ídolos y en la muerte de Dios. En la ruptura del lazo del hombre con el mundo a través de una divinidad que asegure su identidad y la de las cosas. La estética moderna podría definirse de hecho como esa experiencia mediante la cual el sujeto se deja violar por el objeto, perdiéndose los dos a orillas del caos, o lisa y adornianamente, la estética como forma histórica y a la vez sensible de la dialéctica sujeto objeto. El rock rompe con la tradicional autonomía áurica e ideal del arte y lo electrifica, le da cuerpo y una orientación combativa. Para el Nietzsche romántico la música expresaba casi idealmente la tragedia de la existencia. No así el rock, en donde la música funciona como catalizador, como detonante sensual hacia un espacio afirmativo, por ello vehiculizador de sentimientos y aspiraciones colectivas. El rock fue antes que nada un movimiento social, un catalizador de aspiraciones sociales que por otro lado nunca se realizaron, volviéndose una posposición permanente (¿qué otra cosa es la cultura según Freud?). Hay que decirlo una vez mas: el rock fracasó en su inserción en la realidad, en la fuga hacia la creación de nuevos territorios existenciales. Hoy el rock se sigue alimentando de los deshechos de la cultura, pero de la chatarra en la que se volvió la misma cultura dominante, por lo que el rock se vuelve respetable, una expresión cultural más que ya no espanta a nadie, ni a Palito Ortega ni a sus suegros, y menos a sus nietos.
En verdad, lo novedoso del Rock fue su asunción de una unión, por primera vez, entre placer y revolución (The Clash). Tanto la cultura liberal como la marxista habían escindido el placer de la revolución. Por un lado la revolución del placer, la revolución sexual del amor libre (simplificada en su explicación posterior por la mera aparición del anticonceptivo) y por otro lado el sacrificio revolucionario. El rock hacía ver y sentir, por primera vez, “el placer de la revolución”, sin embargo, fue todo un sueño que pronto se terminó, the dream is over, merry xmas, a comprar regalos de navidad, y a esperar al dealer helado hasta el culo con la mente ansiosa y vaciada.
La cultura Rock ya no desafía al orden social, ya no pretende trastocar el orden del ocio y del trabajo, ya no te seduce obsequiándote las flores del mal. El adolescente refugiado en su habitación solitaria, aislándose de un presente hostil, sólo era libre el fin de semana, creándose una esfera de falsa libertad. Hoy, cincuenta años después en el desarrollo de la errancia nocturna, nada ha cambiado. El fin de semana sigue siendo esperado como panacea en discotecas, drogas sintéticas, peleas callejeras, moda hedonista y vaciamiento simbólico. Sin embargo, todo sigue igual, el lunes hay que volver al mismo trabajo de mierda o a rascarse el culo sin nada que hacer (No Fun).
El rock se convirtió en una hermosa forma musical gracias a su capacidad de crítica e inventiva social, condición propiamente popular. Hasta que la dimensión de sentido y crítica no sea recobrada, (si esto acaso aun sea posible) el rock continuará con su deriva posmoderna, frívola o autodestructiva, atada de pies y manos por la industria del ocio, incapaz ya de superar sus contradicciones constitutivas por dejar de percibirlas como tales.
Rock is over, if you want it


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