Articulo

La materia de la que están hechas las novelas

Por Gabriela Liffschitz

En el año 2045 James ya no es joven, de hecho tiene casi 70 años. Ha vivido una larga vida que sólo ahora descubre que ha sido una mentira, pero más que un engaño, se da cuenta ahora, se ha tratado de una ficción que la textura de la experiencia no logra hacer real.
James Farrel está sentado en un cuarto del castillo que hasta hace unos pocos minutos habitaba con su amada esposa Sara. El sigue allí, pero Sara no, ella ya no vive allí ni en ninguna parte, está muerta, después de 45 años de plácida convivencia, de amor y abnegación mutua, James la ha matado. Recién ahora puede percibir como durante todos estos años sólo pudo tocar la superficie de su vida. James fue engañado, profundamente engañado, por eso tocaba sólo contornos, porque en la profundidad estaba la traición.
Los ahogados, la primer novela del joven inglés Richard Mason, es una construcción admirable en varios sentidos. En primer lugar un tratamiento extraordinario de una trama ya de por sí interesante y magistralmente lograda, –donde no falta ningún condimento para lograr  un legítimo interés como amor, odio, envidia, asesinato, suicidio, y planes maquiavélicos– da como resultado una exposición bella y singular de los grandes conflictos y sentimientos del hombre. “Había intriga, belleza, pasión, la materia de la que están hechas las novelas” las mejores, podemos agregar.
En segundo lugar la novela está escrita admirablemente –porque ante la evidencia no le resta a uno más que confiar en la veracidad de la cuidada traducción de Isabel Ferrer– en una lengua que rescata lo más noble de cada palabra, lejos del slang y de los bajos fondos. Un lenguaje puro, prolijo y conservador, un lenguaje con el que se espera se digan grandes cosas y que nos remite rápidamente a los clásicos a los que Los ahogados rinde culto o se aferra como a la luz de un faro guía, pero que en los resultados no tiene nada que envidiarles, de hecho tal vez tenga algunas cosas para agregar. Los ahogados parece estar escrita entre los escenarios aterciopelados del siglo XIX –en cuyos salones podríamos encontrar a Henry James– a pesar de que el relato transcurre en los ‘90 donde Farrel se ve llevado por el acto que acaba de cometer, porque es allí, en los comienzos de su vida, alrededor de sus 20 años que piensa pueda encontrarse el echo inicial, ese acontecimiento que sin querer haya propiciado toda otra serie de acontecimientos: su vida. Y en esos ‘90 extraños por lo ausentes de modernidad o por lo inmersos en una clase que por lo alta sobre pasa toda intervención real del tiempo, sucede Los ahogados. Allí las mujeres se confeccionan especialmente fastuosos vestidos para las no menos fastuosas fiestas que se realizan en amplias mansiones. Allí las cartas se envían por correo y escritas a mano en grandes o apretados caracteres de tinta, en esos noventas donde hay joyas y fracs y sirvientes y mucha cicunspección y mucha cortesía, hay también amistades entrañables que sobreviven al elegante toque de la distancia mundana.
Por último todo lo dicho se resignifica si tenemos en cuenta que Los ahogados fue escrita por un joven de sólo 19 años que claramente pertenece a la clase que con mohines del siglo XIX reedita para el siglo XX.
Richard Mason ha construido una verdadera obra maestra –tomando en cuenta todo lo dicho– un mundo fascinante donde el joven James Farrel vuelve en el recuerdo a enamorarse de Ella, vuelve a compartir con su gran amigo Eric una alocada e intensa estancia en Praga y vuelve a ver su mundo derrumbarse entre los maremotos que el amor, el deseo, la envidia y la culpa pueden provocar. Envidiable.

Esta reseña fue escrita por Gabriela Liffschitz para ser editada en la extinta revista Gargantúa, en 2001.

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