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Articulo

Amelia Rosselli

Por Valerio Magrelli

Traducción de Guillermo Piro

 “Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los suicidios retornaron a un ritmo incesante”. Así, en su último libro, Erando Affinati comienza el triste cálculo que liga a una veintena de escritores a una muda familia de dolor. Campo de sangre (Mondadori) habla de un viaje de Venecia a Auschwitz, y es justamente con el lager de fondo que el narrador coloca la escuadra de intelectuales y artistas que, en esta segunda mitad del siglo, se quitaron la vida. “Poetas y narradores”, comenta Affinati, “aun evocando el silencio, trabajan con el lenguaje: se asemejan a los nigromantes, en equilibrio entre la vida y lo ignoto, cuyo gesto expresivo debilita esa distinción. Cada una de sus palabras se arrastra en el vacío del que, por contraposición vital, deriva”. En realidad faltan muchos nombres a este trágico llamado, y por otra parte para muchos de los citados no es posible instituir un nexo directo entre la muerte voluntaria y el peso de la Shoah. Sin embargo, nos conmueve ver que, más de medio siglo después del fin del conflicto, la lista se cierra con el 11 de febrero de 1996. En esa fecha (la misma del aniversario de la muerte de Silvia Plath), Amelia Rosselli se arrojó por la ventana de su vieja casa en via del Corallo, en el centro de Roma. Considerada entre los máximos poetas italianos de posguerra, amada por su generosidad y su altruismo, dotada de un carisma que transmutaba cada una de sus lecturas públicas en una experiencia de rara concentración, la autora de Variaciones bélicas sigue siendo una presencia vivísima en el mundo literario. Lo demuestran una serie de libros aparecidos en el lapso de pocos meses, bastante distintos entre ellos pera unidos por la necesidad de recordarla. Mientras la editorial Garzanti prepara la edición de su obra completa con el título Poesías (a cura de Emmanuela Tandello, con prólogo de Giovanni Giudici), mientras la editorial Feltrinelli programa El epistolario Rosselli. 1917-1942: las cartas de Carlo, Nero y Amelia Rosselli a los Lombroso-Ferrero (a cura de Marina Calloni y Lorella Cedroni), tratamos entonces de detectar sus apariciones, a veces fugaces, en algunos textos. Junto a la novela-ensayo de Affinati podríamos colocar, por ejemplo, el poema de Antonella Anedda Por un feliz invierno (publicado en una plaquette fuera de comercio por Edizioni En plein), que lleva a modo de epígrafe la frase A la muerte de A.R. Pero es sobre todo en las prosas de Qué son los años (Fazi Editore) donde Anedda habló más ampliamente de la poeta desaparecida, dedicándole el capítulo Diario. Son pocas e intensas páginas centradas en el tema de la partida, del deber, del sacrificio. “Se fue”, dice una frase de su Diario obtuso, “se fue sin decir a nadie que se iba; se iba y era obediente a otros en su irse”. Según Anedda, la violencia de su lenguaje fue la de una palabra alienada pero no distante; por el contrario, es muy cercana y riesgosa. Sin embargo, para despedirse de su recuerdo, su amiga elige una imagen finalmente pacificada, digna de un pintor como Georges de la Tour: “Amelia tenía una belleza diáfana que sólo las curas de los últimos años estaban oscureciendo. Era frágil, pero capaz de dar protección. Un día, en todo su edificio se cortó la corriente eléctrica, y ella permaneció serena en su lugar, sentada en el sillón. Cuando para uno de los huéspedes llegó el momento de irse, ella lo acompañó hasta el último escalón llevando entre los dedos una vela”. Distinta, aunque próxima en el afecto, es la evocación de Renzo Paris ofrecida en Chicos perpetuos y otras historias de poetas (Marcos y Marcos). En un capítulo dedicado justamente a la Sibila de via del Corallo, Paris insiste más bien en el tormento que signó toda la vida de la escritora. Hija y nieta de dos hermanos asesinados por el régimen fascista, Amelia Rosselli quedó marcada por un luto inolvidable, que se tradujo en una gran familiaridad con el sufrimiento. Nacida en París en 1930 de madre inglesa, después de haber vivido en Inglaterra y en los Estados Unidos, volvió a Italia en 1946, pero viajó mucho (sus estudios musicales le llevaron a menudo a Alemania), buscando casi mitigar ese desarraigo originario. Paris ilustra bien este lado negro, amenazado por la enfermedad y la desesperación; algunos pasajes son verdaderamente terribles: “Las sombras de la noche la asechaban. Yo ya no era su joven amigo cuidadoso y atento a sus necesidades, estaba sufriendo una metamorfosis peligrosa. El regreso estuvo lleno de imprevistos. Bajamos muchas veces del 600 para permitir que desaparecieran esas sombras que la estaban agobiando. Se sentaba en el guard-rail, volvía a subir al auto y me ordenaba que diera las vueltas más absurdas para llegar al centro. Los demás conductores miraban, desconfiados. Cuando entramos en su casa estábamos agotados. ‘Por fin se fueron’, me dijo, como si hubiésemos conseguido escapar de algo terrible”. Su obsesión por ser perseguida, controlada, buscada, continuaba bajo otras formas, asomándose en la vida de todos los días para después estallar al improviso: “Se la veía a menudo pelear con éste y aquél, por lo general transeúntes, asestando carterazos, corriendo y persiguiendo espías y satélites”. O bien, como ha dicho en otra escena piadosamente anotada: “Hizo falta toda la calma y la sonrisa de una anciana señora para hacerla bajar de un plátano de la calle a orillas del Tíber, adonde se había trepado para huir de la CIA. Gritaba contra el cielo de Roma, según ella lleno de satélites-espía que la torturaban desde lejos”. Desde lejos: en esta idea de la tortura a distancia está toda la soledad de una criatura cuya infancia fue mutilada por la Historia. Espontáneamente uno recuerda lo que Nadezda Mandelstam contó de su marido Osip, prisionero en un gulag estalinista. El tema de las disfunciones acústicas representa uno de los puntos más dolorosos de su libro Contra toda esperanza. En el universo concentrado, la gradual confusión entre pesadilla y realidad culminó con la murmuración de que cual los verdugos, para acabar más rápidamente con la moral de los detenidos, transmitían las grabaciones de algunas voces-tipo pertenecientes a madres, hermanas o esposas. El descubrimiento de Mandelstam de las Voces tiene algo de análogo con el control satelital de Amelia Rosselli. Monstruosa y persecutoria, la telaraña sonora en la que el gran poeta ruso temía estar atrapado reaparece cincuenta años después transformada en las alucinaciones de la escritora italiana. El último testimonio de esta breve, casual selección, es Alessandro Fo, con una poesía aparecida en la revista “Semicerchio”. Titulado De una guía de Roma, el texto habla de tres poetas de la capital desaparecidos en el lapso de pocos meses, o sea Dario Bellezza, Elio Filippo Accrocca y Amelia Rosselli. Para convocarlos, el autor les cede la palabra, haciéndoles hablar con versos extraídos de algunas de sus obras más conocidas. En el caso de Amelia Rosselli, el fragmento de Variaciones bélicas dice: “Fui, volé, caí temblando en los/ brazos de Dios, y que este último suspiro/ sea todo mi ser”. Ahora la voz vuelve a ella, y tal vez este es el mejor modo de terminar, recordando a una mujer que tuvo la fuerza de responder a la amputación con la palabra.

Comentarios (un comentario)

[...] [Oportunamente ya se habló en este sitio de Amelia Rosselli. Aquí un texto de Valerio Magrelli, aquí otro de Pier Paolo Pasolini.] [...]

NACION APACHE » Blog Archive » La libélula / Julio 29th, 2006, 1:26 pm / #

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