Articulo

Por qué blogueo (I)

Por Andrew Sullivan (*)

 

The Daily Dish

 

Durante siglos, los escritores han experimentado con formas que evocan la imperfección de pensamiento, de la inconstancia de los asuntos humanos, y el castigo del paso del tiempo. Pero, tal como evoluciona el blogging como una forma literaria, está generando de un nuevo y esencialmente posmoderno idioma que permite a los escritores de expresarse en formas que nunca se han visto ni entendido con aterioridad. Sus verdades son provisionales, su espíritu colectivo y desordenado. Sin embargo, la interacción que permite entre el escritor y el lector no tiene precedentes, visceral y, a veces, brutal. Y no nos confundamos: se anuncia una era dorada para el periodismo.

 

La palabra blog es la conjunción de dos palabras: web y log (cuaderno de bitácora). Contiene en sus cuatro letras una autodescripción concisa y ajustada: es una bitácora de pensamientos y escritura colocada públicamente en la World Wide Web. En la jerga monosilábica del Internet, Web log pronto se convirtió en la palabra blog.

Esta forma de autopublicación instantánea y global, hecha posible por una tecnología ampliamente disponible desde hace más o menos una década, no permite una edición retroactiva (aparte de corregir errores tipográficos mínimos o pequeños fallos) y excluye del acto de escritura cualquier revisión considerable o larga. Es la expresión espontánea de un pensamiento instantáneo, que no permanece más allá de lo efímero del periodismo diario. Tiene que rendir cuentas de forma inmediata e inevitable a lectores y a otros bloggers, y se conecta a través del hipertexto con referencias y fuentes que lo multiplican. Al contrario que cualquier simple muestra del periodismo escrito, sus límites son extremadamente porosos y su verdad inherentemente transitoria. Las consecuencias de esto respecto al acto de escribir todavía se están asumiendo.

La bitácora de un barco (log) debe su nombre a una pequeña tablilla de madera, a menudo lastrada con plomo, que durante siglos se ataba a un sedal y se arrojaba por la borda. El peso de la madera la mantenía en la misma posición dentro del agua, como un ancla provisional, mientras el barco se movía. Midiendo la longitud del sedal en un periodo de tiempo determinado los marinos podían calcular la velocidad de su etapa (la cuerda estaba marcada por “nudos” equidistantes para medirla rápidamente). A medida que el viaje progresaba, la ruta se marcaba en un cuaderno llamado “de bitácora”.

En viajes marítimos que tenían lugar antes de la radio, el radar, los satélites o el sonar, esos cuadernos de bitácora eran una fuente indispensable para registrar lo que pasaba en realidad. Ayudaron a los navegantes a suponer dónde estaban, qué tan lejos habían viajado y cuánto tenían que estar aún en el mar. Proveían una contabilidad para los dueños del navío y los comerciantes. Fueron diseñados para ser lo más inmunes posible a la falsificación. Lejos de tierra, no había manera posible de corroborar los hechos aparte de la propia narración de la tripulación en medio de una gran masa azul, gris y verde, y en los viajes largos los recuerdos siempre se difuminan y los hechos se dispersan. Una bitácora proveía un recuento lo más exacto posible, tal y como éste podía colegirse en tiempo real.

A medida que avanzas en la lectura de una bitácora, tienes la curiosa sensación de retroceder en el tiempo -justo lo contrario que sucede con un libro. Cuando le unes una narrativa que no fue pensada como tal, parece -y resulta- más auténtica. Las bitácoras, en este sentido, fueron una forma de autocorrección humana. Enmendaban la percepción retrospectiva, las maneras en que seres humanos ordenan y construyen la historia de sus vidas a medida que la recuerdan. Las bitácoras requieren de soltura narrativa porque no permiten conocer el final. Así que tienen una trama pero también una dramática ironía: el lector ya sabe el final antes de que el escritor lo conozca.

Cualquiera que haya blogueado sus pensamientos durante largo tiempo reconocerá este mundo. Nosotros los bloggers tenemos pocas oportunidades de espigar nuestros pensamientos y de esperar hasta que los sucesos se asienten y emerja un modelo claro. Blogueamos ahora, mientras las noticias nos llegan y los hechos aparecen. Esto es parcialmente cierto para todo tipo de periodismo, que es, como su etimología sugiere, una escritura diaria, siempre sujeta a revisiones subsecuentes. Y un buen columnista irá ajustando su posición, juicio, e incluso su lealtad política a lo largo del tiempo, en dependencia de los sucesos. Pero un blog no es tanto escribir diariamente como escribir cada hora. Y con ese nivel de temporalidad, la provisionalidad de cada palabra es cada vez más ajustada -y el riesgo de error o la excitación de la presciencia mucho mayor.

Ningún columnista, reportero o novelista tendrá nunca sus cambios instantáneos o sus pequeñas y constantes contradicciones tan implacablemente expuestos como un blogger. Un columnista puede ignorar o evitar un tema menos visiblemente que un blogger, que coloca sus pensamientos en píxeles varias veces al día. Un reportero puede esperar -debe esperar- hasta que cada fuente haya sido confirmada. Un novelista puede pasar meses o años antes de comunicar sus palabras al mundo. Para los bloggers, el plazo de entrega es siempre ahora. Bloguear, en consecuencia, es a la escritura lo que los deportes extremos son al atletismo: algo más libre, más propenso al accidente, menos formal, más vivo. Es, en muchos sentidos, escribir en voz alta.

Acabas escribiendo sobre ti mismo, dado que eres un punto relativamente fijo en constante interacción con las ideas y los hechos del mundo exterior. Y en ese sentido, la forma histórica más cercana a los blogs es el diario. Pero con esta diferencia: el diario es casi siempre un asunto privado. Su cruda honestidad, su dedicación a marcar la vida a medida que sucede y a recordar la vida tal y como era, lo convierte en una bitácora terrestre. Pocos diarios están pensados para ser leídos por otros, desde luego, de la misma manera que la correspondencia -que suele serlo sólo póstumamente, o como una forma de compilar hechos para un acercamiento autobiográfico más completo. Pero un blog, al contrario que un diario, es instantáneamente público. Transforma la más personal y retrospectiva de las formas en algo dolorosamente público e inmediato. Combina el género confesional con la forma de la bitácora y expone al autor de una forma en que ningún autor había sido expuesto anteriormente.

 

Recuerdo mis primeros agarrones sobre qué poner en mi blog. Era durante la primavera del 2000 y en aquel momento, como escritor freelance, tenía la vaga noción de que necesitaba estar presente “online.” No sabía claramente qué hacer, pero un amigo que dirigía una compañía de diseño de webs se ofreció a crearme un sitio web, y, puesto que yo era tecnológicamente inepto, también accedió a colocar en el mismo varios ensayos y columnas a medida que yo los iba escribiendo, hasta que me llamó un día y me dijo que había encontrado una plataforma en línea tan simple que en lo adelante yo mismo podría colocar todo lo que escribía. La plataforma se llamaba Blogger.

A medida que colocaba columnas o links a libros o viejos ensayos, se me ocurrió que podría colocar también nuevos escritos, escritos que podrían ser exclusivos para el blog. ¿Pero qué? Como cualquier nueva forma, a bloguear no empecé desde cero. Evolucioné a partir de distintas tradiciones periodísticas. En mi caso, tome cosas de mi experiencia con la gran prensa para navegar en un mar virgen. Tuve varias inspiraciones previas: la vieja sección “Notebook” de The New Republic, una revista que, bajo la dirección de Michael Kinsley, había presentado una manera más inglesa de comentario agudo, cortante, dentro de lo que había sido el hgénero más elevado de escritura norteamericana de opinión. The New Republic fue también un pionero del comentario de última página, concebido como una forma más personal, ensayística, del periodismo de opinión. Mezclando los dos géneros, hice aquello para lo que me habían entrenado -e improvisé.

Ya había escrito con anterioridad para internet, colaborando en un listserv de escritores gays y ayudando a Kinsley a iniciar una forma más discursiva de escritura en línea para Slate, la primera revista publicada exclusivamente en la Red. Tan pronto como comencé a escribir así, me di cuenta que la forma online recompensaba un tono coloquial, inacabado. Durante uno de mis primeros experimentos guiados por Kinsley, éste me urgió a no pensar demasiado a fondo antes de escribir. Así, pues, escribí como si escribiese un e-mail, con tan sólo una pizca más de circunspección. Esto es arriesgado, desde luego, como podrá atestiguar cualquiera que haya clicado Enviar en un momento de cólera o dolor. Pero bloguear requiere aceptar esos riesgos, más una voluntad de caerse del trapecio que de fallar a la hora de dar el salto.

A los pocos días de usar la forma, ya estaba enganchado. La simple experiencia de ser capaz de comunicar directamente mis propias palabras a los lectores era una estimulante liberación literaria. Al contrario que la actual generación de escritores, que nunca han hecho nada más que bloguear, yo conocía de primera mano lo que significaba la alternativa. Había editado un semanario impreso, The New Republic, durante cinco años, y escrito incontables columnas y ensayos para numerosos medios tradicionales. Y durante todo ese proceso me había irritado, como sucede a muchos escritores, ante los interminables retrasos, revisiones, política de oficina, peleas editoriales y recortes de último minuto debido al espacio que trae consigo la edición sobre árboles muertos. En comparación, bloguear -incluso para una audiencia de unos pocos cientos de personas- era intoxicadoramente libre. Como tomar un narcótico.

Era obvio desde un principio que se trataba de algo revolucionario. Desde la aparición de la imprenta, cada escritor ha deseado una manera de publicarse a sí mismo y alcanzar -instantáneamente- a cualquier lector sobre la tierra. Cada escritor profesional ha pagado algunos derechos de peaje esperando la aprobación de un editor, o sufriendo la incompetencia del editor, o siendo reducido a polvo literario por una legión de revisores de datos y correctores. Si a todo ello añades el tiempo que un escritor tenía que emplear antaño en buscar una editorial, impresionar a los editores, adular a los propietarios y revisar las galeradas, encontrarás toda otra vida enterrada en esos intersticios. Pero con un click en el botón de Publicar, todos estos problemas se evaporan.

Por desgracia, como pronto descubrí, esta súbita libertad llegada desde lo alto fue inmediatamente remplazada por una insurrección desde abajo. A los pocos minutos de colocar yo algo, incluso en los primeros días, los lectores respondían. El correo electrónico parecía haber desatado su bestia interna. Eran más brutales que cualquier editor, más quisquillosos que cualquier editor y más emocionalmente inestables que cualquier colega.

De nuevo, es difícil exagerar lo diferente que es esto. Los escritores pueden ser sensibles, almas vanidosas que requieren el gentil cuidado de editores, y extrañamente susceptibles a los golpes recibidos por los reseñistas. Sobreviven, en su mayoría, pero la delgadez de sus pieles es legendaria. Aún más: antes de la blogosfera, reporteros y columnistas estaban ampliamente escudados frente a este tipo de ataque directo. Sí, podían llegar las cartas al editor y se podían anular suscripciones. Pero los reporteros y columnistas tendían a operar dentro de un relativo santuario, respondiendo tan sólo ante sus editores, no ante los lectores. Durante largo tiempo, las columnas fueron esencialmente monólogos publicados frente al aplauso, los murmullos apagados, el silencio, o un distante abucheo. Me habían destrozado antes -pero de una forma amorfa, distante y con retraso. Ahora la respuesta era instantánea, personal y brutal.

Y es así como el blogueo encontró su propia respuesta frente al defensivo contraataque del periodismo establecido. Ante las acusaciones de falta de inexactitud y falta de profesionalidad, los bloggers podían señalar el salvaje e inmediato escrutinio de sus lectores. Al contrario que los periódicos, que pueden eventualmente publicar correcciones en un recuadro apartado del error original, los bloggers tenían que corregirse en el mismo espacio y en el mismo formato que el error original. La nueva forma era más responsable, no menos, porque no hay nada que impulse más la profesionalidad que ser públicamente humillado por una torpeza. Desde luego, un blogger puede ignorar un error o simplemente negarse a reconocer sus fallos. Pero si persiste, será arrasado por sus competidores, asaltado por los comentaristas y abandonado por los lectores. En una era en que la prensa tradicional se encuentra acosada por escándalos tan distintos como los de Stephen Glass, Jayson Blair y Dan Rather, los bloggers han sobrevivido el primer asalto por su propia valía. Con el tiempo, de hecho, los altos estándares que se esperaban de parte de los bloggers con más tráfico se han convertido en mayor responsabilidad, transparencia y puntillosidad entre los poderes periodísticos que ya existían. Incluso los columnistas del New York Times se han visto forzados a admitirlo cuando se han equivocado.

El blog, desde luego, ha seguido siendo un medio superficial. Por superficial, simplemente apunto que el bloguear recompensa la brevedad y la inmediatez. Nadie quiere leer un tratado de nueve mil palabras en línea. En la red, los links de una sola palabra son tan legítimos como las diatribas de mil palabras -de hecho, a menudo son más valorados. Y, como me dijo Matt Drudge cuando busqué consejo del maestro en 2001, la clave para comprender un blog es asumir que se trata de una emisión, no de una publicación. Si deja de moverse se muere. Si deja de remar, se hunde.

Pero la superficialidad escondía una profundidad considerable -una gran profundidad, desde una perspectiva distinta a la que podía ofrecer la prensa tradicional. La razón era una simple innovación tecnológica: el hipervínculo. Un columnista de la vieja escuela puede escribir ochocientas palabras brillantes analizando o comentado, por ejemplo, un nuevo informe de un equipo de estudios o una encuesta científica. Pero al leerlo en papel tienes que aceptar como acto de fe la presentación del columnista, o ser convencido por una breve cita (que siempre puede estar fuera de contexto). En línea, un hipervínculo a la fuente original trasforma la experiencia. Sí, algunas frases de enlace pueden no ser tan satisfactorias como una columna entera, pero la habilidad de leer el material original instantáneamente -con tanto cuidado o descuido como prefieras- puede añadir más contexto que cualquier cosa impresa. Incluso la cita escogida por un blogger puede ser comprobada, sin esfuerzo alguno, contra el original. Esta innovación, que antecede a los blogs pero ha sido popularizada por éstos, es cada vez más común en el periodismo establecido.

Un blog, en consecuencia, cabecea sobre la superficie del océano pero está anclado en aguas mucho más profundas que aquellas que la prensa impresa es capaz de explotar tecnológicamente. Le resta un poco de poder al escritor, desde luego. El blogger puede apañarse con menos y tener menos pretensiones de autoridad. Es -más que cualquier escritor del pasado- un nodo entre otros nodos, conectado pero incompleto sin los links, los comentarios y los rastreos que hacen la blogosfera; en el mejor de los casos, una conversación más que una producción.

 

Un escritor completamente consciente de ello y en paz con la provisionalidad de su propio trabajo no es nada nuevo. Durante siglos, los escritores han experimentado con formas que sugieren la imperfección del pensamiento humano, la inconstancia de los asuntos humanos y el paso humillante y castigador del tiempo. Si se compara el incesante vagabundeo, los diálogos inquisitivos y no resueltos de Platón con los tratados definitivos y lógicos de Aristóteles, se ve la diferencia entre el espíritu de un escéptico llevado a la escritura y un espíritu que busca sacar alguna finalidad de la discusión. Tal vez la mejor pieza de apologética cristiana, los Pensamientos de Pascal, no son sino una serie de vagas, cortas e incompletas punzadas de discusiones, observaciones y ensimismamientos. Su falta de conclusión es lo que los hace tan atractivos -polémicamente más atractivos que un pulido tratado de Aquino.

O tomemos las brillantes polémicas de Karl Kraus, el editor y principal escritor de Die Fackel, que se complacía en irritar constantemente a la autoridad con aforismos cortantes y súbitas ráfagas de invectivas. Kraus disponía de algo raro en su momento: la capacidad financiera de autoeditarse. Ello le garantizaba una ausencia de preocupaciones que ahora está al alcance de cualquiera que pueda permitirse una computadora y una conexión de Internet.

Pero tal vez el blogger avant la letre quintaesencial fue Montaigne. Sus ensayos fueron publicados en tres grandes ediciones, cada una de ellas más larga y compleja que la anterior. Escéptico apasionado, Montaigne corregía, añadía y amplificaba sus ensayos en cada edición, volviéndolos tridimensionales a través del tiempo. En las mejores traducciones modernas, cada ensayo está anotado, frase a frase, párrafo a párrafo, con pequeñas letras (A, B y C) para cada una de las ediciones, ayudando al lector a ver como cada reescritura añadía o subvertía, enfatizaba o ironizaba, la versión anterior. Montaigne vivía su escepticismo, atreviéndose a mostrar cómo un escritor evoluciona, cambia de opinión, aprende nuevas cosas, cambia de perspectiva, crece -y todo esto, lejos de ser algo que necesite ser escondido tras una capa de autoridad inmutable, puede ser una virtud, una nueva manera de considerar las pretensiones de autoridad, texto y verdad. Montaigne, en gran medida, también llenó sus ensayos con miríadas de eso que los bloggers llamarían external links. Sus propios pensamientos se entrelazan y complican con aforismos y anécdotas de otros. Investigadores de sus fuentes señalan que muchas de esas “citas” estaban deliberadamente fuera de contexto, añadiendo capas de ironía a una escritura que ya estaba saturada de dudas empíricas.

Bloguear en consecuencia consiste en dejar que tu escritura vague, mantenerla al alcance de la mano, abierta al escrutinio, permitirle flotar en el éter durante un tiempo y dejar que otros, como hizo Montaigne, te empujen hacia la verdad relativa. Un blogger se dará cuenta de ello casi desde el mismo comienzo. No es sorprendente que algunos de los que nos escriben emails saben más del tema que el blogger. Enviaran links, historias y hechos, desafiando la cosmovisión del blogger, a menudo rechazándola directamente, pero más a menudo, añadiendo contexto, matices y complejidad a una idea. El papel del blogger no es defenderse contra esto, sino abrazarlo. En esto se parece al anfitrión de una cena. Puede provocar discusiones, tomar incluso una posición apasionada, pero también debe crear una atmósfera en la que otros quieran participar.

 

Link artículo original: http://www.theatlantic.com/doc/print/200811/andrew-sullivan-why-i-blog

 

(*) Andrew Sullivan ( 10 de agosto de 1963) es un periodista, activista y blogger británico. Vive en EEUU desde 1984. Fue redactor de The New Republic de 1991 a 1996. Actualmente colabora en The Atantic y otros prestigiosos medios. Tiene un blog personal, The Daily Dish. Se lo considera pionero en el uso del blog como herramienta de comunicación y uno de los iniciadores del periodismo 2.00. 

 

(Traducción: JCC y NGV)

 

[La segunda parte del presente artículo, aquí.]

Comentarios (2 comentarios)

[...] Andrew Sullivan en Nación Apache, para todos aquellos parias marginales que reniegan de todo oficio. [...]

Feliz día del trabajador blogueril « el fantasma / Mayo 1st, 2009, 8:52 am / #

[...] 4, 2009 http://www.nacionapache.com.ar/archives/3017 Posted in akurion, consultas y medios, glob, la nave de los locos, la representacion, mis [...]

Por qué blogueo (I) « akurion4 / Mayo 3rd, 2009, 9:16 pm / #

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