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Dos imágenes en un estanque

Por Giovanni Papini

Traducción de Guillermo Piro

¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, fue que me detuve después de tanto tiempo en la pequeña capital? Cuando iba hacia allí no pensaba en otro motivo que éste.
Volviendo del mar y de las grandes ciudades de la costa sentía el deseo de las cosas ocultas, de las cales estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por la lluvia. Sabía que iba a encontrar todo eso en la pequeña capital donde maestros de clásicas barbas me habían enseñado durante cinco años las ciencias más germánicas y fantásticas.
A menudo recordaba a la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una exiliada (siempre he pensado que también hay ciudades desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero calma y resignada en torno al gran palacio rococó en el que conversa y duerme la corte. En las calles, cada cien pasos, hay un pozo, y junto a cada pozo una fuente, y sobre cada fuente un guerrero de terracota pintado de azul y rojo pálido.
También recordaba la casa donde viví en los años de mi aprendizaje científico. Mis ventanas no daban a la plaza sino a un gran jardín cerrado entre las casas, donde en un rincón había un estanque circuido de rocas artificiales. Nadie cuidaba el jardín: el viejo señor había muerto y su hija, aburrida y devota, consideraba herejes a los árboles y vanidosas a las flores.
El estanque también había muerto por su culpa. De su seno ya no brotaba ningún chorro de agua; ésta parecía tan inmóvil y cansada como si desde tiempos remotos fuese la misma. En cuanto al resto, las hojas de los árboles lo cubrían casi por completo, y también las hojas parecían haber caído allí dentro en los otoños de los siglos pasados.
Este jardín fue el sitio de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Gozaba de la libertad de poder ir allí a cualquier hora, y cuando los maestros no me requerían me sentaba con un libro cerca del estanque, y cuando me cansaba de leer o la luz menguaba trataba de ver mis ojos reflejados en el agua o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansiedad sus lentos viajes al soplo desigual del viento. Algunas veces las hojas se dispersaban o se reunían en el fondo, y entonces veía mi rostro reflejado en el agua y lo miraba durante tanto tiempo que me parecía que existía independientemente de mí, escindido de mi cuerpo, como una mera imagen fijada en el estanque por toda la eternidad.
Fue por eso que apenas llegué a la pequeña capital lo primero que hice fue correr hacia el jardín. Habían pasado muchos años, pero la ciudad seguía siendo la misma. Por las mismas calles estrechas pasaban las mismas mujeres enanas y amarillentas con las cofias ajadas, y los guerreros de terracota, inútiles y ridículos, seguían apoyándose en las empuñaduras de sus espadas azules sobre las frecuentes fuentes.
El jardín también estaba tal como lo había dejado, y también el estanque estaba tal como lo había visto la última vez, antes de regresar a mi patria. Alguna mata de hierba nueva en los canteros, algunas hojas nuevas en el estanque, pero todo el resto estaba tal como en tiempos pasados. Quise entonces volver a ver mi rostro reflejado en el agua y advertí que era distinta, muy distinta de la que recordaba con tanta claridad. El encanto de ese estanque y de ese sitio volvió a apoderarse de mí. Me senté en una de las rocas artificiales y con la mano moví las hojas muertas con el fin de obtener un espejo mejor para mi rostro pálido y transfigurado.
Hacía algunos minutos que observaba mi imagen pensando en las extrañas leyes del tiempo cuando vi dibujarse en el agua otra imagen junto a la mía. Me volví bruscamente: un hombre estaba sentado a mi lado y se reflejaba junto a mí en el estanque. Lo miré absorto. Volví a mirarlo y me pareció que se me asemejaba. Dirigí la mirada al estanque y contemplé una vez más su imagen reflejada en el fondo sombrío. Enseguida comprendí la verdad: ¡su imagen se asemejaba perfectamente a la que yo reflejaba siete años antes!
En otro tiempo tal vez eso me hubiera asustado; seguramente hubiese gritado, como quien se encuentra aprisionado en el círculo de una obsesión invencible. Pero yo ya sabía que sólo lo imposible algunas veces se vuelve real, y por eso no me aterré tanto. Tendí la mano al hombre, que me la aferró, y le dije:
—Sé que tú eres yo, un yo pasado, de mucho tiempo atrás, un yo que ya creía muerto pero que ahora vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin un cambio visible. No sé, ¡oh, yo mismo pasado!, qué es lo que quieres de mi presente, pero no importa lo que pidas, no sabré negártelo.
El hombre me miró con cierto estupor, como si me viera por primera vez, y después de unos instantes de vacilación respondió:
—Quisiera estar un poco contigo. Cuando creíste que habías partido definitivamente yo me quedé aquí, en esta ciudad donde el tiempo no pasa, sin moverme, sin hacer nada, esperándote. Sabía que volverías. Habías dejado la parte más refinada de tu alma en el agua de este estanque y de esa alma viví hasta el día de hoy. Pero ahora quisiera volver a unirme a ti, estar junto a ti, viviendo contigo, escuchando de tu boca el relato de tu vida en todos estos años. Yo soy como tú eras entonces y sólo conozco de ti lo que tú conocías entonces. Tú comprendes mis ganas de saber y de escuchar. Hasta que vuelvas a partir de esta ciudad exiliada del mundo y del tiempo, déjame ser nuevamente tu compañero.
Asentí con la cabeza y salimos del jardín tomados de la mano, como dos hermanos.
Comenzó entonces para mí uno de los períodos más singulares de mi vida, ya entonces tan distinta a la de cualquier hombre. Viví conmigo mismo —con mi yo pasado— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo, en medio del silencio que desde hacía tanto tiempo reinaba en la pequeña capital —¡un silencio que se remontaba al siglo XVIII!—, paseaban por las calles mal empedradas y conversaban sin cansancio tratando de recordar lo que habían visto, los hombres que había conocido, los sentimientos que los habían conmovido, los sueños que habían dejado un gusto amargo en sus almas. Las dos almas —la vieja y la nueva— visitaron la universidad, silenciosa y sepulcral, como un monasterio levantado en la montaña; recorrieron el jardín a la francesa que se encontraba detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más que una sola mirada a las calles sin fin, y fueron hasta el Liliensee, un charco mal excavado que por decreto de los viejos principios había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar esos días de caminatas y confidencias sin que el corazón comience a latir con fuerza!
Pero después de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a experimentar un tedio inexpresable escuchando a mi compañero. Ciertas ingenuidades suyas, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos de los que hacía ostentación continuamente, me desagradaban. Hablando largamente con él me di cuenta de que albergaba un montón de ideas ridículas, de teorías ya superadas, de un entusiasmo provinciano por cosas y hombres que yo ya ni siquiera recordaba. Confiaba ciegamente en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas.
Su cabeza todavía estaba llena de ese romanticismo impreciso, desproporcionado, hecho de cabelleras desordenadas, de montañas malditas, de bosques oscuros, de tempestades y batallas con retumbar de truenos y tambores; su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre las nubes, tumbas de doncellas amadas, cabalgatas nocturnas, etc.) del que vivían cien años atrás los esqueléticos embusteros melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.
Su orgullo ingenuo, su inexperiencia del mundo, su profunda ignorancia de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, suscitando en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días conseguí reprimir mis deseos de insultarlo o de huir. Pero una mañana, después de que hubo declamado con énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio se estaba convirtiendo en odio.
“Y sin embargo —pensé— este hombre del que me río, este joven ridículo e ignorante, en otros tiempos fui yo mismo. En cierto modo él sigue siendo yo mismo. Durante estos largos años he vivido, he visto, he adivinado, he pensado, y él ha permanecido aquí, en medio de la soledad, intacto, exactamente igual al que yo era el día que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado. Y sin embargo, en aquella época, aún más que ahora, yo me creía un hombre superior, un ser alto y noble, el sabio universal, un genio a la espera. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, a mi pequeño yo adolescente e ignorante y carente aún de refinamiento alguno. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos despreciadores y despreciados tuvieron el mismo nombre, habitaron el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un mismo ser viviente. Después de mi yo presente se formará otro que juzgará a mi alma de hoy como hoy yo juzgo a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo por mí mismo?
Mientras pensaba esto mi viejo yo me hablaba y declamaba. Yo ya no tenía nada que decirle y callaba; él ya no tenía nada que decirme, pero en vez de callar construida frases y recitaba poesías horriblemente largas. ¿Qué había ahora de común entre nosotros? Habiéndose terminado los recuerdos del lejano pasado no podía hablar con él del pasado cercano, de todo mi mundo más reciente de bellezas vistas, de corazones amados y rotos, de paradojas improvisadas alrededor de la mesa de té, y mucho menos del sueño doloroso que invade ahora toda mi alma. Era inútil decirle todo eso: no me comprendía. El sonido de ciertas palabras, que me sugería toda una escena, las asociaciones de ideas provocadas por un perfume, un nombre, un sonido, no decían nada a su alma. Él me rogaba que le hablara, y si yo consentía él me escuchaba con curiosidad, pero sin sentir, sin entender, sin revivir conmigo lo que le narraba. Sus ojos se perdían en el vacío, y apenas callaba volvía a comenzar con sus declamaciones y sus melosidades sentimentales.
Llegó entonces el día en que el odio por ese yo mismo pasado ya no pudo contenerse. Le dije con mucha firmeza que ya no podía vivir con él y que debía huir de su compañía para acabar así con mi disgusto. Mis palabras lo sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron, suplicantes. Su mano me aferró más fuerte.
—¿Por qué quieres dejarme —dijo con su odiosa voz apasionadamente teatral—, por qué quieres dejarme otra vez solo? ¡Durante tanto tiempo esperé en silencio, durante tantos años conté las horas que me acercaban a estos momentos! ¿Y ahora que están conmigo, que te amo, que hablamos de los dulces recuerdos del pasado, del amor, de la belleza del mundo y de los sufrimientos de sus criaturas, quieres dejarme solo en esta ciudad tan triste, tan lentamente triste?
Respondí con una mueca de rabia. Pero cuando me moví para irme sentí que me aferraba con violencia y oí una vez más su voz que sollozando me decía:
—No, tú no te irás. ¡No te dejaré ir! Soy tan feliz ahora que puedo hablar con alguien que puede comprenderme, con alguien que tiene aún un corazón ardiente, que viene de las ciudades de los vivos, que puede escuchar todos mis gemidos y acoger mis confesiones. ¡No, no te irás, no puedes irte! ¡No permitiré que te vayas!
Esta vez tampoco respondí y me quedé todo el día con él, sin hablar. Él me miraba en silencio y me seguía a sol y sombra.
Al día siguiente me preparé para irme, pero él se plantó delante de mi puerta y no me dejó salir hasta que no le hube prometido que durante ese día me habría quedado con él.
Así pasaron cuatro días más. Trataba de escaparme de él, pero seguía mis pasos en todo momento, aburriéndome con sus lamentaciones e impidiéndome, incluso por la fuerza, que me fuera de la ciudad. Mi odio y mi desesperación crecían de hora en hora. Finalmente, al quinto día, al ver que no podía liberarme de su celosa vigilancia, pensé que me quedaba un solo medio y salí resuelto de casa perseguido por su lamentable sombra.
También ese día anduvimos por el jardín estéril donde había pasado tantas horas con su aspecto y su alma, y también ese día nos aproximamos al estanque muerto lleno de hojas muertas. También ese día nos sentamos en las falsas rocas y dispersamos con la mano las hojas para contemplar nuestras imágenes. Cuando nuestros rostros aparecieron, cerca uno del otro en el espejo negro del agua, me volví rápidamente, aferré a mi pasado por los hombros y lo arrojé de cabeza al agua, en el sitio donde aparecía su imagen. Empujé su cabeza bajo el agua y la sostuve allí con toda la fuerza de mi odio incontenible. Él intentó resistirse, su piernas se agitaron violentamente, pero su cabeza permaneció bajo la superficie temblorosa del agua. Después de algunos minutos sentí que su cuerpo se inmovilizaba y se ablandaba. Entonces lo solté y cayó más abajo, hacia el fondo del estanque. Mi odioso yo pasado, mi ridículo y estúpido yo de los años pasados había muerto para siempre.
Abandoné con calma el jardín y la ciudad. Nadie, jamás, se inquietó por lo ocurrido. Y ahora sigo viviendo en el mundo, en las grandes ciudades de la costa, y me parece que algo me falta, algo de lo que no tengo un recuerdo preciso. Cuando la alegría me asalta con su estúpida risa pienso que soy el único hombre que se ha matado a sí mismo y que sigue viviendo.

Ilustración de Giovanni Costetti (1874-1949), Doble autorretrato, 1920.

Comentarios (7 comentarios)

_estremecimiento. esto es bellísimo.
dice mi yo pasado terminado de ahogar al presente.

aydesa / julio 25th, 2006, 10:19 pm / #

Esta traduccion figura en algún libro ?, por que use parrafos de una traduccion de papini, para una muestra que hice sobre la ciudad, y que saque de unas conferencias de arquitectura que se dieron en venezuela con el tema de filosofia de las ciudades, se mencionaban los textos de papini, calvino, delleuze etc, gracias alejandro

http://al-jazerra.blogspot.com/ / julio 26th, 2006, 12:14 pm / #

está en una antología que sacó (o está por sacar) ediciones cántaro, sobre el tema del doble.

Guillermo Piro / julio 26th, 2006, 2:12 pm / #

Hay una excelente traducción publicada hace unos años en un medio periodistico. El traductor creo que se llamaba Daniel Azetti (Pierre Menard, un poroto.)

Saludos.-

acteon / julio 28th, 2006, 10:25 am / #

[...] Para los que no lo han visto aún este texto de Giovanni Papini, traducido por Guillermo Piro en Nación Apache. [...]

Plaza Constitución / Dos imágenes en un estanque / julio 31st, 2006, 1:21 pm / #

He conocido este autor pq estaba buscando imágenes de estanques…
Me ha sorprendido que uno de ellos lleva barretina, y por eso me pregunto si hay algo de catalán en todo esto? Los catalanes se nos ha exiliado de españa a golpe de dictadura…
En fin un saludo a todos desde Barcelona

guillem / abril 26th, 2008, 7:02 pm / #

YO QUIERO SABER CUAL ES EL TEMA PRINCIPAL POR FAVOOOOOOOR

FDHDFHBB / julio 28th, 2011, 12:17 pm / #

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