Seguridad, territorio y comunicación
Por Gabriel Muro
En estos días las aguas se vuelven a agitar con discursos políticos y económicos que pugnan por decir la verdad acerca del país, acerca de lo que necesita, de lo que es, de lo que le falta. Debates incesantes (y no poco interesados) acerca de la dirección que puede o no tomar esta sociedad. Los temas candentes son la seguridad, el territorio y la comunicación, pero los tomaremos en lo que tienen para nosotros de común: la distribución de la riqueza. Los dos bloque en pugna, a saber: el kirchnerismo y la oposición, se presentan a sí mismos como las únicas alternativas posibles. Se trata de despuntar el vicio maniqueo y de poner en orden las razones profundas de esta disputa para poder crear las condiciones, por fin, de una auténtica política de la verdad.
Seguridad
Por todos lados y por todos los medios se habla aquí de seguridad. Sin embargo, esta se nos aparece como una noción vaga y vaciada de contenido. Los dispositivos de seguridad aparecen como dispositivos poblacionales globales que determinan una economía del peligro, un estudio pormenorizado de costos y probablidades del comportamiento de la población para así poder dar con técnicas globales de mantenimiento de la seguridad. Lo que sobrevuela hoy en la Argentina ya no es esa idea de seguridad sino una regresión en la tecnología penal, o por lo menos un cambio en la dominante: se privilegia el castigo antes que la regulación poblacional. Lo que exigen los vitalicios de la mano dura y la pena de muerte es el castigo brutal y ejemplar sin importar el trasfondo social que produce violencia. La farándula y sus fans salen al cruce y muestran los dientes. Quieren más policía, más represión, y hasta pena de muerte. No saben cómo reaccionar frente a los elevados niveles de violencia. No pueden reaccionar porque pretenden mantener las antiguas buenas formas de la civilidad, cueste lo que cueste: el saludo al vecino, al policía de la cuadra, el mate en la esquina, misa y familia los domingos (o el shabatt de los viernes). No quieren ver el proceso de descomposición total que se haya bajo las capas de asfalto, y muchas veces en sus propias casas. No quieren ver la pobreza extrema (aunque la vean todo el tiempo, todos los días), ni el grado infernal de degradación psíquica y existencial al que han llegado las nuevas generaciones de excluidos en la argentina. Se trata de sujetos completamente despolitizados y atemorizados, una combinatoria fatal. A ellos se les pliega la burguesía VIP. Éstos no salen a la calle, la calle ya no cuenta, es un lugar meramente de tránsito, desde Puerto Madero o el microcentro hasta Pilar. Sin embargo, pueden ser interceptados en el camino, y eso ya los inquieta. Nadie está a salvo, dice el multimillonario Tinelli. En todo caso se rasgan las vestiduras en el Club House, o entre partidas de golf. Frente a esto, sin embargo, algunas voces con expreriencia en el trabajo en los asentamientos, alertando sobre las verdaderas razones de esta violencia desmedida: la desigualdad social y simbólica. En las villas el peligro es mucho más grande que en los barrios de clase media. Allí los jóvenes son reclutados por las bandas desde muy chicos, son maltratados y puestos a prueba a través de códigos brutales. Librados a su propia suerte, poco tiempo pasa antes de que caigan abatidos por sus propios tiros o que maten por veinte pesos. Da igual, porque para ellos el futuro ya pasó. Su situación existencial podría definirse como post apocalíptica. Es la distopía de la sociedad selvática donde la única solución, nos quieren hacer creer, es el encierro: el autoinfligido, el country, la biosfera cheta, o el castigo de la prisión, con todo su horror indiferente.
Reemerge la demanda del castigo brutal en el marco de una sociedad descompuesta, incapaz de producir poblaciones integradas, se quiere regresar al castigo binario de vida o muerte, porque vivimos en una sociedad que se sabe incapaz de solucionar los altos márgenes de exclusión que la azotan, y por ello ya no cree en el cálculo de probabilidades.
Terriotorio
El campo argentino, conformado como bloque interclasista, vuelve al paro. Este sector tan peculiar no da tregua en sus reivindicaciones. Poco tiene que ver este campo con el de hace cincuenta, treinta o quince años atrás. En el último decenio ha sufrido transformaciones tecnológicas y estructurales insoslayables propiciadas por la devaluación y la revalorización de la tierra a través de la reconversión del sistema financiero. La soja aparece como el yuyo milagroso, ya no se le reza al gauchito gil, sino a la oleaginosa transgénica. El proceso mismo de producción se ha vuelto rizomático. La tierra es arrendada por un chaquarero que le alquila al gran terrateniente y aquel a su vez le alquila a otro chaquarero. Las divisiones entre grandes, medianos y pequeños terratenientes es menos clara, aunque por supuesto, siga existiendo. La concentración de la tierra en pocas manos es una problemática grave, que de hecho se ha agravado en los útilmos años, al igual que en el resto de la estructura económica. En lo alto se encuentran los pooles de siembra, propios de la dinámica financiera terciarizada. Se mueven en diagonal y le alquilan sus tierras a los chaquareos para arrendarlas a gran escala. Habría, entonces, un desarrollo en los modos de producción agrícolas, al compás del desarrollo financiero y tecnológico del siglo XXI, que determinan un nuevo orden campestre. Como platea el pensador Gustavo Grobocopatel, la sociedad del conocimiento ha llegando al campo. El mismo gobierno que propició esta desregulación financiera del campo ahora se vuelve su principal adversario. El gobierno no pretende una nueva política agraria, ni se plantea una desconcentración de la tierra, sino simplemente un férreo control impositivo sobre la soja, ese oscuro objeto de deseo. Todos se disputan la bendición de la soja, un cultivo de doble faz, como todo fetiche: produce riqueza y a su vez arruina la tierra, siendo fuente de las más celosas disputas. Todos la quieren sacar a bailar.
El gobierno, con su habitual ejercicio íntimo (doméstico) del poder, continúa siendo incapaz de generar algún tipo de movilización social que lo respalde. Actúa solitariamente, pregonando en medio del desierto conyugal, sin llegada social fuera de la red de intendentes, punteros, y algunos pocos gobernadores. No han conseguido conquistar a ningún sector del campo, no han logrado desactivar la alianza campera interclasista, ni proponen algún tipo de transferencia de recursos desde el campo a la industria. Luego de la derrota de la 125 solo han mascullado resentimiento, preocupándose tan solo por la manera de conservar el poder hasta el 2011. Capaces hasta de aliarse con Saadi y Barrionuevo en una provincia electoralmente insignificante a nivel nacional. Solo desean retenciones a la soja, ese canto de sirenas que enloquece a los marineros. Porque no se trata tan sólo de la distribución de la riqueza, cuestión vaga y de muy corto alcance, sino de los modos posibles de producir riqueza de forma sustentable y en manos de los propios productores.
Lo que hoy está en juego es el modo de acumulación de capital y la organización de la fuerza de trabajo en el marco de la crisis global. El modo de acumulación no se revierte por el solo decreto de coparticipar las retenciones de la soja. En todo caso, el verdadero fin de esta medida es contener la desocupación creceinte, seguir haciendo pagar a los productores de soja, y ganarse la influencia de intendentes del territorio sojero nacional. El verdadero problema político de nuestros días se da en relación a las divisiones binarias que azotan al país y al mundo. La cuestión acerca del afuera y del adentro. El adentro en este caso vendría a ser el productor de riqueza del campo, el cual, de todas formas, solo puede dar trabajo a una minoría por las propias características del mundo agrario. La inclusión solo puede darse a través del capital industrial y propiamente tecnológico, incluyendo a la agroindustria, el cual exige urgentes políticas de incentivo, de las cuales el gobierno carece completamente, limitándose a mantener el orden macroeconómico y pareciendo creer que después el derrame hace el resto del trabajo. Una versión torpe del círculo virtuoso de Perón.
Comunicación
El gobierno anuncia el plan de reforma de la ley de radiodifusión. Un paso importante hacia una descentralización de los medios y de la información, en una sociedad cada vez más tecnificada y al mismo tiempo excluyente y vaciada de política. Porque esta es una de las claves: pensar la lucha en los términos de la sociedad tecnológica y de control en la que ya vivimos. Esa sociedad ya llegó a la argentina (de la mano de Menem), de una manera salvaje, devastadora, por lo que la transformación de la estructura comunicacional es urgente. Sin embargo, cabe dudar de un gobierno que se lanza a esta aventura casi seis años después de haber tenido la oportunidad, justamente hoy cuando su brillo se eclipsa y cuando tiene de principales enemigos a buena parte de los grandes medios de comunicación que alguna vez, no hace tanto, tuvo de aliados incondicionales y a los cuáles prorrogó sus licencias.
Sobre esto veremos qué sucede, es un paso necesario, aunque promovido por intereses coyunturales. Si la ley se aprueba no habrá que agradecerla como una dádiva, sino utilizar los nuevos espacios comunicacionales para continuar ejerciendo la crítica como desafío a lo existente, porque hoy la comunicación es la soja de las poblaciones.


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