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Adiós, Guillermina

guillermina-y-adelquiPor David Wapner

 

(Nota introductoria a la conferencia publicada aquí.)

 

Cuenta la memoria de Ana, mi compañera, que en 1974, cuando el interventor-rector de la Universidad de Buenos Aires, Ottalagano, de funesta memoria, dejó cesantes a su madre, Guillermina Garmendia de Camusso, y a Nelly Schnaith, estas amigas, doctoras en filosofía y letras y, ahora, ex profesoras de la facultad de filosofía, quisieron no desesperarse, y buscaron juntas, un trabajo alternativo. La habilidad manual no era su fuerte, más bien, era una sombra muy tenue frente al brillo intelectual de estas dos grandes mujeres. Por eso asombró que hayan decidido crear moda. Se les ocurrió una especie de chal con flecos. Muchos flecos. La tela, frazada. Tomaron tijeras, se pusieron a cortar. Frazadas, flecos. Cosieron flecos a las frazadas, que ahora se llamaban chales, en variaciones. Toda la familia participó, en doble jornada de trabajo,  en esa cocida de flecos. Cuando tuvieron varios ejemplos disponibles, llamaron a una amiga en común, Griselda Gambaro, para que les consiguiese algún cliente del “ambiente” artístico. La dramaturga las llamó a los pocos días: “tengo a la Tana  Rinaldi“. Bajo los efectos de la impresión que les causó tal  ”salto cualitativo”, las dos filósofas argentinas prepararon  la operación Rinaldi. El dibujante y escultor Roberto Distéfano, esposo de la Gambaro, preparó un catálogo de figurines: modelos livianas que hacían flamear chales que flotaban de casi ingrávidos.  Hubo presentación, con la diva in mente, y allí, en mitad del “desfile” de las modelos ideales de Distéfano, hicieron su aparición las pensadoras, agitando chales y  flecos, un poco más gruesos que el trazo del dibujante: “Bravo Chicas“, alentó Mangieri. La Rinaldi se hizo eco del evento y las chicas fueron a visitarla. La diva se probó las prendas, dio unos giros, dijo que lo pensaría. Ahí acabó el experimento.

Las amigas, Guillermina y Nechi, dieron clases de filosofía en bares, hasta que se pudo.

Hace ya una semana, el 18 de marzo, se nos fue mi suegra Guillermina, la mamá de Ana. Guillermina Garmendia de Camusso, tucumana, pensadora, “maestra de pensar”, como escribió su amiga, la escritora María Victoria Suárez, tenía 86 años. Ciudadana ilustre del distrito de Morón desde el año 2008, al igual que su esposo, el director de cinematografía Adelqui Camusso. Fue madre de dos hijas, Alcira y Ana. Había vivido más que mis padres, que no llegaron a ancianos, y desde que ellos me dejaron, ella me cuidó como a un hijo. Yo quise a mi suegra.

La conocí en 1987, ella recién regresaba de su exilio en Colombia. Cuando estaba por publicar mi primer libro en el sello Libros de Tierra Firme, Mangieri se enteró de que andaba noviando con Ana Camusso, se sorprendió: “¿con la hija de Guillermina?” Desde aquel momento pasé a ser “el yerno”. Fueron grandes amigos. Hace veinte años me daba un poco de bronca esta situación. “¿Cómo está tu suegra?” “Mandale saludos a Guillermina, decile que la llamo.” O, cuando mi relación con Mangieri no era tan buena, ella: “¿Sabe usted que hablé con José Luis?, y me dijo que… “, o, “‘¿cómo se llama aquel poeta que, Mangieri me dijo…?”. Cuando José Luis se fue, él primero, el año pasado, procuramos que no se enterase de inmediato, pero alguien le pasó un Página 12. Quedó muy triste.

A Guillermina le debo el haberme sacado de un estado de pánico mediante el uso de Spinoza, “persistir en el ser, persistir en el ser“, me decía, durante un posoperatorio, en 1992.

Pedía reciprocidad, como requerimiento básico para nuestra relación hijo-yerno / madre-suegra. La reciprocidad, bien entendida, es una prueba difícil.

Desde que nos fuimos con Ana y Chiflo a vivir a Israel, procuró llamarnos casi todos los días, sobre todo, desde que descubrió las ventajas de las  tarjetas telefónicas para larga distancia.  Puntualmente, cada quince días recibíamos de su parte un sobre de papel madera, bien grueso, equipado con largas cartas manuscritas, y una selección anotada y comentada de recortes de la prensa argentina.

Estuvo aquí, en Israel,  hace exactamente diez años, y todo lo que veía le maravillaba  (el Mediterraneo, el desierto, los beduinos, los disfraces de purim, la tierra sosa de un parque seco). Así fue toda la vida, y la última vez que hablamos con ella, nosotros en España, ella internada en un hospital de San Justo, estaba maravillada del periplo que estábamos haciendo.

 

Guillermina había nacido un 24 de Febrero de 1923 en San Miguel de Tucumán, hija de Alcira Frías, maestra y directora de escuela, y de Guillermo Garmendia, Contador público y anarquista. Inició su carrera docente a los 17 años cuando se recibió de maestra en la Escuela Normal. En forma paralela ingresó a la Universidad Nacional de Tucumán. Su proyecto era estudiar matemática, su pasión, y en esa carrera permaneció dos semestres, hasta que un acontecimiento produjo un cambio en su forma de pensar: la conferencia, Los griegos y el pensamiento antiguo, dictada por Rodolfo Mondolfo, gran filósofo italiano, marxista, humanista y judío, exiliado de la italia fascista y sus leyes raciales. Mondolfo era el director del Instituto de Filosofía de aquella universidad;  deslumbrada, Guillermina se pasó a esa facultad de inmediato, para estudiar con él. Trancurría un momento inédito de la Universad de Tucumán. Luminarias del pensamiento europeo que huían del nazismo, buscaron refugio en la Argentina pero la mayor parte de sus universidades, encabezadas por la de Buenos Aires, le cerraron las puertas. Solo la de Tucumán y la de Córdoba los admitió, de modo que Guillermina se formó con maestros de la talla de  Rodolfo Mondolfo, y los esposos Elizabeth y Roger Labrousse. Tras licenciarse, obtuvo la beca italiana gracias a la cual pudo doctorarse en la Universidad de Roma.

 

Entre sus publicaciones se encuentran: Sartre: estudio preliminar, ,selección y traducción de textos (CEAL, Buenos Aires, actualizado y reeditado en 1977 como “El pensamiento esencial de Sartre, colección “Grandes éxitos del CEAL”); los fascículos Sartre y Marcusse, para la mítica colección “Los Hombres” (CEAL, Buenos Aires, 1971); Tomas Hobbes y los orígenes del estado burgués, en coautoría con Nelly Schnaith (1973, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 1973); Proceso a Rosas, en coautoría con Nelly Schnaith (1974, Caldén, Buenos Aires). Deja inédita una obra, “Religión y Filosofía: Un ensayo sobre Nicolás Malbranche“, filósofo ocacionalista francés del siglo XVII,  que conocíamos como “El Malebranche”, en cuya escritura y corrección Guillermina trabajó casi veinte años, hasta sus últimos días (nos acabamos de enterar que el libro está concluído y que una colega filósofa está encarando su próxima publicación).

 

Al regreso de su exilio, la UBA no la reincorporó, bajo el argumento de que su cesantía se dio durante un gobierno constitucional, no era la dictadura, todavía. Pero de la democracia tampoco recibió indemnización alguna por la quema de su biblioteca de más de 5000 ejemplares, cuando los militares allanaron su casa de Castelar en dos oportunidades, durante 1976,  y que afortunadamente habían abandonado advertidos del peligro por su yerno Gabriel.  Estos últimos años estaba esperanzada en un proyecto de ley de reparación histórica para los exiliados durante la  última  dictadura, que el poder ejecutivo nacional, a pesar de sus promesas, nunca tuvo interés de impulsar.  Se dedicó, desde 1990 en adelante, a formar grupos de estudio y pensamiento filosófico, con sicólogos, médicos, escritores. Ese trabajo la hacía feliz.

Pero siempre recordó a Colombia. En los agradecimientos preliminares de su último libro, “Experiencia y filosofía: de la finitud a la eternidad (Buenos Aires, Colihue,2004), Guillermina escribe:

Agradezco a colegas, estudiantes y amigos colombianos que durante diez años me permitieron continuar trabajando en filosofía en universidades de ese amado país.

Otros están contando,  y escribiendo, en  este momento,  sobre ella (leer, por

favor, este texto de Rubén Kotler, que enlazo aquí).

Yo, su hijo-yerno, la estoy extrañando.

Le cedo, ahora, la palabra; vaya, a continuación, la desgrabación de una charla suya fechada en el año 2004, en algun lugar de la ciudad de Buenos Aires. La  encontramos en el disco rígido de la computadora.

Bravo, Guillermina.

Comentarios (un comentario)

Tuve el agrado de conocer esta gran filosofa, madre de mi amiga Anita. Siempre sentí mucho respeto por ella, sabia de su gran talento como filosofa. Desafortunadamente, nunca tuve la oportunidad de hablar con ella, ni de escucharle una conversación sobre estos temas en los que ella escribió sus libros. Tratare de conseguirlos para leerlos y así poder llenar un vacío con sus escritos. Sé que adoro a su hijita artista y que estuvo agradada conmigo cuando decidí partir con Ana Gabriela a estudiar arte a México.
Le envío un abrazo a ese infinito donde disfruta de la música del silencio y de la danza de la quietud.
Amelia

Amelia / Marzo 29th, 2009, 10:23 am / #

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