Ingreso

Articulo

Las grandes maniobras

Por Nestor Sánchez

[Este relato de Néstor Sánchez fue cedido especialmente por el autor a la revista ECO, publicación de la Librería Buchholz, Bogotá, Colombia, una de las más importantes de América Latina en la década del 60. El texto de Sánchez se publicó en el número 116 de diciembre de 1969. En el índice de ese volumen comparten cartel con Sánchez, Robert Musil (dos cuentos: “El cazamoscas” y “De sutil oído”, magníficamente traducidos por Ernesto Volkening) Ilse Aichinger, Carlos Germán Belli y Walter Boelich, entre otros.]

Una idea terrible me asaltó: “el hombre es doble”, me dije.
Gérard de Nerval

En resumidas cuentas no estuvo abajo el roto que hubiera sido necesario para presenciar desde abajo el primer movimiento, una especie de gesto o mejor dicho ademán común que se buscara todo el tiempo a sí mismo en medio de cierta imprecisión inigualable. Claro que a la total ausencia del roto podría reprochársele gran parte de la lentitud desusada en lo concerniente a los dos, pero sin ningún tipo de dudas se trataba del primer movimiento: ella a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar chileno y él a unos escasos sesenta centímetros de ella que entonces se vuelve con todo el cuerpo y por esa misma causa puede ser mirada a los ojos a tres mil quinientos metros de altura como si solo se dejase mirar, como si solo de esa forma fuese del todo posible la cadencia marihuánica a la que por otra parte la presencia del roto (incluso la lejanía indiferente del roto) hubiera librado de su solemnidad poco menos que intransmisible.

Dejándose observar sin el menor síntoma de ser observada a los ojos y con el fatigado abismo a tan escasa distancia de ambos: ella con tierra extranjera en el pelo y la enorme posibilidad de escribir algún día el Kadish de la Gingsberg que también cree en el olor a la marihuana; él, monsieur Rompococo, como si unos pocos segundos antes terminara de sollozar en el juzgado, mirándola a los ojos hasta el limite tolerable del primer movimiento y por supuesto llegarán un poco mas tarde al hotel de Valparaiso para hacer el amor entre los dos no precisamente como quienes hacer el amor, sino para presenciar en las bocas pegadas lo que el roto ausente no presenció desde allá abajo a la caída del sol, los dos a toda costa iluminados y a sesenta centímetros escasos de distancia entre sí.

Ella que bastante fuera de contexto y mientras se lava en el bidet, dice: pata, la vida es abstrusa, y por el tono empleado, y sobre todo por pata, el descubre con bastante claridad que es hotel ya es el hotel de Lima a eso de las doce del mediodía, el pobre Melville, y lo que en última instancia se le escapa es que el segundo movimiento había tenido lugar en el hotel de Valparaíso, o sea cuando ella había abandonado también pero sin decir una sola palabra y él había pensado en si mismo (o tal vez le había parecido un síntoma) y no supo ni sabría si mirarla o no a los ojos como a la caída de la tarde y con veintiocho palabras decidieron partir lo antes posible de Valparaíso: uno en el primer avión de vuelo regular y el otro en autostop aunque en su caso sin valija; y reencontrarse o no en la plaza mas importante de Lima, junto al cantero.

Junto al cantero y lloraron los dos en el más completo silencio (bajo el ruido pájaros también extranjeros, etcétera), lloraron por los dos movimientos anteriores aunque sin reconocérselo uno al otro dado que el primer movimiento a tres mil quinientos metros de altura aparecía falto de la menor trascendencia y este llorar, en caso de que así pudiera llamarse, no significaba otra cosa que el tercer movimiento americano.

También a las pocas horas de esa plaza y después de reponerse en un bar, sin ropas en la pieza del hotel con la almohada caída en el resplandor de Lima: él por ella y ella por él como si todavía siguieran abrazados de pie junto al cantero y un par de días más adelante, en el mismo bar donde pretendieran reponerse del cansancio (y de la ausencia de roto en el abismo), no fueran a sincronizar el cuarto movimiento a saber: los dos pies de ella entre los pies de él, los cuatro pies bajo la mesa y ella cree que dice: pata, la alegría es una cosa intratable, mientras el bebe un alcohol nauseabundo por medio de los mismos sorbos que hubiera dado en aquel bar reducido de Valparaíso. No obstante necesita pensar en lo que pensó que pensaban sus ojos (los de ella allá, sobre el vacío), y den cuanto baja la copa y la acomoda sobre la mesa dice que se va para México el menor tiempo posible, pero que le escribirá desde la ciudad homónima al hotel de Lima mientras en ese preciso instante los pies de ella abandonan de a poco los pies bajo la mesa y por supuesto salen y se acompañan por el mundo.

El quinto movimiento, en todo caso, reviste mayores responsabilidades en el tiempo y en el espacio. Se produce cuando ella relee, sola en el hotel de Lima, la carta mexicana en papel de avión y con las vocales tapadas de tinta: enseguida baja corriendo las escaleras, aunque este detalle forma parte de un movimiento estrictamente personal, intransferible, que hasta insinuaría perderse en la naturaleza; o sea movimiento hacia la respuesta sin mucha relación con él porque en ese mismo momento él se dormiría en México o en su defecto dejaría de pensar en su carta releída a media voz por ella en el resplandor inconfesable.

En sus tres carillas de unos pocos días mas tarde (releída por él en un cine de Acapulco cuando cortaron Pierrot le fou), ella había escrito dos veces la palabra querido en el encabezamiento y sin solución de continuidad se refería a la bailarina extranjera en un nigth club deshabitado a partir de las dos de la mañana, que por esos medios pensaba costearse un pasaje a París donde hay poquísimos baños y el frío es intenso y que de repente en ese bar, el mismo bar de Lima desde donde la escribe, un hombre subido a una escalera a dos aguas pinta por medio de una brocha la pared de la derecha en relación con su mesa, y que eso es otra prueba a favor de que la vida continúa, o sea la premonición de que él releerá esa premonición un día cualquiera de casi un año más tarde (eso sí sentado a sombra en una plaza de toros de Barcelona), y que incluso habrá de detenerse en el muy posible remitente de ella en París y aunque no tenga la menor apariencia de tal (en homenaje al tiempo transcurrido), existirá más de un noventa por ciento de posibilidades de que esté por iniciarse el sexto movimiento, con las características siguientes: al promediar la segunda corrida de la tarde y a pesar de que el torero aguanta en uno de pecho, él se levanta y sale a una vereda que da a esa calle adoquinada que da a una fonda y en la fonda extranjera fuma y cree cerrar un pensamiento indeciso relacionado con la cultura occidental, justo en el instante en que ella se deja mirar a los ojos a través del Boulevard Saint Michel, mejor dicho al único ojo que por cambiar a su costado puede dominar el estudiante sánscrito con pantalones de lona quien debido a la referida incomodidad no puede saber lo que ella piensa o porque a lo sumo se trata de un pensamiento de toda la vida a partir de cierto carozo de durazno o el perfume a la pumarola en la antecocina de la calle O’Higgins. Pero en último detalle no incide: se trataría más bien de un movimiento pendular y en apariencia insignificante si se tiene en cuenta, por sobre todas las cosas, el espejismo de cada tiempo personal en un espacio desorbitado. Sólo debería hacerse referencia al séptimo, aunque en realidad tan vinculado con el anterior, tan dependiente de aquella ovación desde la plaza de toros y el estudiante con blu-jeans que no sonríe por nada del mundo a todo lo largo del Boulevard Saint Michel.

Y en resumidas cuentas presentir, cada uno por medio de su minúscula alquimia, que a su debido tiempo llegará el día y la hora precisa, el avión casi de utilería echando reflejos bajo la infaltable intensidad del sol que no puede ni debe omitirse porque a lo sumo quien espera algo del sol después de meses o años, si coincide con alguien en este mismo sentido, debe entregarse a la evidencia o permanecer otro poco adentro del avión francés (ella), o buscar deliberadamente el otro extremo del salón del aeropuerto italiano (el), para que la distancia permita ver la cara del otro corriendo en dirección a la cara del otro y ella con el pelo ahora suelto que se agita atrás, con un bolsón de mano, con las rodillas; y la boca si se quiere algo entreabierta de él un cuatro (o a lo sumo cinco) de agosto muy caluroso corriendo hacia ella sobre el piso encerado del aeropuerto de Milán. El séptimo movimiento sólo completa cuando ella, debido a eso de abrazarlo a la carrera, hace colgar él que por su parte la levanta unos doce centímetros y gira algo sobre sí mismo porque tiene una amiga íntima en Milán y fumarán marihuana en el altillo de la amiga de la amiga, Carla Dominici corrompida y buena como una dulcísima flor del valle del Po.

Entonces se observarán (desde ya que juntos) esa vela sobre el plato sobre la alfombra de Carla en Milán; entonces los bordes santificados de las cosas mientras viene la risa común y el que suena adentro de la risa común y el que suena adentro de la risa es Gato Barbieri como pocas veces podría uno imaginarse que la fuera dado sonar a un argentino; y la amiga de él no cree levantarse para abrir la ventana y por supuesto aparece el roto ausente abajo acompañado por un perro rojísimo que le está lamiendo los tobillos: entonces la violencia aburrida de Valparaíso rota hacia un azul índigo que cabe en el ruido a bidet (ese ruido y no otro) y la pobre vela tiembla porque él dirá después la pobre vela mientras resultan como dos movimientos fijos y exactos y sumados al resto, sumados de la misma forma en que una media verónica puede sumarse a la parábola infinitamente sánscrita y las dos cosas al disco de Gato diciéndole todo el tiempo certo, certo a Don Cherry, aunque las tres de por sí no completen el total colombiano (la yerba rubia más dulce del mundo, todas las voces) porque a pocos pasos falta la veleidad santa de Carla en cuclillas ignorándose sumada al octavo y noveno movimientos sumados entre sí, inseparables.

Y enseguida habrá una mano que busca y encuentra con extrema lentitud a la otra mano, ellos dos que un rato más tarde saldrán a la calle oscura de Milán con el propósito secreto de cenar uno frente a otro en una total ausencia de compañía.

Y ella, de haberlo percibido con un poco menos de oscuridad, hubiera dicho (o casi exclamado) que cualquiera de aquellas dos tardes sentada obscenamente en el bidet se parecía tanto a un plato de macarrones con excesivo queso rallado sobre el tuco, aunque en este caso lo hubiera perturbado bastante su reincidencia abstrusa en las comparaciones inútiles dado que a los quince días (o a lo sumo a un par de meses), él habría puesto en orden sus papeles y tramitando un pasaje y tramitando un pasaje al sur de Afganistán, esa aldea indígena en el sopor y los bichos canasto mientras ella, bastante más flaca a causa de la gripe italiana, se dedica a caminar cada tarde por las mismas seis o siete calles de la ciudad de Milán una vez confirmada como traductora para Feltrinelli Editore, sin hijos por parte del pintor rumano que ya para aquel entonces la ama como a sí mismo.

Y él, por supuesto con la piel color Afganistán, escribiéndole una madrugada de lluvia a la dirección de Carla Dominici, o en su defecto negándose a escribir por razones obvias, por la ausencia de un motivo más o menos explícito hasta dar de cara al décimo movimiento que a pesar de las apariencias adversas guarda en su núcleo una precisión fuera de toda posibilidad de cálculo (eso sí alguien lamía un helado bajo un toldo color naranja y la bicicleta altísima ocupaba el resto de la calle en barranca): décimo movimiento donde con toda claridad puede apreciarse un ámbito deletreable, si se quiere nítido que, en resumidas cuentas y más allá de las imprecisiones de ambos, abarca lo que sigue de una manera intermitente y textual: nada de lo que quisimos será olvidado.

Transcripción de Ezequiel del Mármol

Comentarios (un comentario)

En varios movimientos, la música de Sánchez, sin pausa, sin sosiego.

inx / julio 29th, 2006, 3:33 pm / #

Dejar un comentario