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Jugar mejor / Una respuesta a Eduardo Galeano

Por Gabriel Fernández

Bueno, a esta altura del partido, va una consideración temática.
Yo sé que algunos estarán suponiendo que estamos metiendo demasiado fútbol en la discusión. Sin embargo considero que a la luz de lo que está ocurriendo en Medio Oriente y a la luz de los desafíos latinoamericanos, este tema no es antojadizo ni está fuera del asunto.
Así al menos lo evidencia la percepción que han tenido varios colegas y la que en el artículo que se incluye después señala el admirado Eduardo Galeano.
Es cierto lo que apunta el oriental: este mundial se presentó como bandera antirracista y ha resultado, por su desarrollo y por su entorno, un intenso cruce de racismos varios.
Paradojas del mundo occidental, único al cual se le ha ocurrido hablar de derechos humanos cuando es el principal violador de los mismos. En general, el oriente habla poco de racismo y de derechos humanos. Suele ser víctima de su avasallamiento.
Sin embargo creo que Galeano, en ese texto, igual que suele suceder con los que traspolan fútbol y política como si fueran equivalentes directos, reflexiona fuera del recipiente, como señalaran los valiosos Les Luthiers.
En el decurso del análisis, da la sensación de establecerse un vínculo entre: mucho dinero en danza– intereses políticos — mal juego. En base a ese esquema, se dice que este fue un mal mundial, jugado conservadoramente, porque el dinero y la política corrompen el aspecto lúdico del deporte.
Créanme: es una macana.
Todos los seleccionados pusieron en las canchas lo mejor que tenían. Que, por ejemplo, Ronaldinho jugara por debajo de su nivel, no guarda relación alguna con las empresas que lo esponsorean. De hecho, el hombre perdió plata… por jugar mal.
Luego, es absurdo criticar a Italia por marcar férreamente a, por ejemplo, Zidane, o a cualquier creador de juego del equipo rival. ¿Qué deberían hacer? ¿Dejarlo crear? Eso no es fútbol, es autoboicot, es ir al bombo.
La gracia del juego es que no se sabe cómo va a salir. Que aún contando con los mejores jugadores, y Argentina es un ejemplo claro, se puede perder ante un rival ordenado o, simplemente, que patea mejor los penales.
Si a priori los poderosos planteles de Argentina, Brasil, Francia, Holanda, tuvieran asegurado el triunfo, el torneo sería verdaderamente un fiasco.
Que los talentosos jueguen en los momentos decisivos. Y que los marcadores,  marquen. Que los arqueros, atajen.
Eso es el fútbol.
Galeano en su artículo lamenta que los equipos africanos se hayan ido del mundial y dice que el mismo se transformó en una Eurocopa. No se me ocurre otra respuesta que: para quedarse tendrían que haber jugado mejor, integralmente. Y listo.
¿Es posible? Lo demostraron, en otras ocasiones, Nigeria y Camerún, por sólo citar dos ejemplos.
No se observaron bombeos arbitrales importantes, salvo un penal para Italia, que luego fue perjudicado en la final con otro penal inexistente, lo cual si no me equivoco, habla a las claras de cierta equidistancia, aún en el error, de los arbitrajes.
A ver si me explico: el fútbol no es política, aunque todo tenga que ver con todo en términos muy generales. Los insultos van y vienen; a veces los proferimos y a veces los recibimos. Es claro que Zidane nos cae simpático porque resultó discriminado. También es cierto que los defensores franceses jugaron, ante los equipos africanos, con singular rudeza.
Jugar bien no es hacer exhibicionismo, aunque eso a veces resulte agradable. Es disponer un mecanismo colectivo en base a las capacidades de los jugadores que se poseen con el objetivo de superar al rival en el campo de juego. No existe habilidad sin rival. No existe gambeta plausible sin buen marcador. No existe remate al ángulo sin espléndidos arqueros.
Todo es parte del juego.
Si los jugadores son talentosos, el mecanismo cobrará brillo singular y será grato de observar. Si no, puede funcionar de todos modos, con cierta chatura. Lo interesante de este deporte, a diferencia del básquet por ejemplo, es que contar con estrellas no garantiza el resultado.
Hay que jugar.
Ser una potencia mundial, como Estados Unidos, digamos, no garantiza ser campeón de fútbol.
Y, si se quiere buscar una relación entre temas, bueno, señalémoslo: los pueblos sometidos necesitan “jugar mejor” con los medios que cuentan, para vencer a sus opresores. De otro modo se quedan lamentando derrotas.
La balcanización latinoamericana es un ejemplo claro y el sectarismo argentino, la frutilla en la crema. La división de los pueblos árabes, que no logran respaldar colectivamente a Palestina, es otro; transparente.
Así como el famoso Materazzi, nadie regala nada. Si somos mejores, o si estamos a nivel, debemos demostrarlo. Maradona o Pelé lo lograron en momentos clave: ante marcadores tremendos, salieron airosos. ¿O alguien piensa que no los tenían rodeados?
Ambos fueron víctimas de insultos racistas en Europa: el primero por cabecita negra sudaca y el otro por negro. Se dieron el gusto de pasear su talento y sus triunfos ante el mundo. Vistiendo las camisetas de Argentina y Brasil. No la de Francia.
No está mal denunciar que somos víctimas de racismos y discriminaciones. Pero, la verdad, hay que batallar mucho para eliminarlas. Hay que construír proyectos nacionales trascendentes e incluyentes para superarlas.
Creo que el texto de Galeano incurre en la peor de las autoexculpaciones: llegar a decir que es mejor así, que mejor perder que participar de un juego en el cual –al no poder ganar– debemos denunciar por corrupto.
Guarda con eso. Viene bien para seguir tocando fondo en las más variadas actividades.
Abrazos.

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