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Articulo

Altas cumbres

Por Sergio Gaiteri (*)

Cerco un centro di gravitá permanente

Che non mi faccia mai cambiare idea

Sulle cose sulle gente

Franco Battiato

1

Ese domingo se cumplía un año de la muerte de mamá. Dieciocho de mayo, un día así de frío. Mamá había tenido que ser dializada los últimos años de su vida. A todos nos dio la impresión de que se rindió. Aunque nunca se quejó ni nada de eso.

Papá la acompañó cada uno de los miércoles y sábados que ella fue al Privado a hacerse el tratamiento. Durante tres años, todos los días.

Fui con ellos algunas veces. Había que ver cómo quedaba mamá después de cada diálisis. Yo iba por papá. Lo hacía, al menos lo intentaba, para que no tuviera que ir siempre él. Pero no había caso, por más que mamá insistiera en que papá se quedara en casa terminábamos yendo los tres.

Papá y yo esperábamos en la sala. Sentados en un banco contra la pared, uno al lado del otro, casi sin hablar. No es que papá sea una persona de hablar mucho, pero esa hora y media que duraba el tratamiento se quedaba serio, mirando fijo los cuadros de la pared del frente. Concentrado. No sé en qué. Supongo que en mamá, en lo que ella pudiera estar sintiendo. Así, con todas esas jeringas, esos cables.

Volvía a casa y le contaba a Silvana que lo único que sacaba en claro era que sentía que lo estaba estorbando, que lo que papá me quería decir era que la enfermedad de mamá era un problema de él y solamente de él.

2

Gustavo vivió todos estos años en Río Cuarto. Cuando terminó el secundario acá, en Córdoba, se fue a estudiar veterinaria. No anduvo bien. Después se pasó a agronomía. En Río Cuarto tuvo una hija, Catalina. Ahora debe andar por los cinco años. Hace bastante tiempo viajamos con Silvana y los chicos y la conocimos. Muy linda. Nunca vimos a la madre. Él no habla mucho del tema. Lo único que sabemos es que la chica no quiere saber nada con él. Mamá decía que era hija de un estanciero. Sabemos por papá que lo ha denunciado varias veces. Por acoso, por merodear cerca de su casa. Silvana dice que si papá cuenta eso es porque la cosa es mucho más grave. No creo que Gustavo sea un chico violento. No. Por lo menos hasta donde yo lo conozco como hermano.

Papá le tuvo que pagar un abogado. Dos veces. La segunda vez viajó él mismo a Río Cuarto. Arregló todo como pudo. No sé si llegó a hablar con la familia de la chica. A lo mejor sí. Antes de volverse averiguó que Gustavo ni se había anotado en la facultad en los últimos dos años.

Hace algunas semanas Gustavo se vino a Córdoba a vivir con papá. Está sin trabajo, sin mucho que hacer. Camina. Todas las mañanas sale a caminar por la Costanera. Sale de Villa Cabrera y llega hasta la zona del Abasto. No le importa si hace frío o si llueve. Lo veo desde el auto, camino a la oficina. Va rápido, yo diría que casi corriendo. La verdad es que todas las veces que lo veo le toco bocina, pero ni de casualidad me escucha. No levanta la vista, mira el piso. Llama la atención de la gente porque no va vestido de deportista. Ni siquiera lleva zapatillas.

Papá lo espera con la comida lista.

A la tarde, eso sí, Gustavo se pone a ordenar las cosas de mamá. Hay que verlo, tiene mucha paciencia para eso. Mamá fue maestra de primario. Acumuló cajas y cajas de libros, recortes de diarios, revistas de todo tipo. Papá nunca tocó nada. Ni entra al escritorio de mamá.

3

Una costumbre que tenemos con Silvana es ir a ver la primer nevada del año a las sierras. Lo hacíamos solos, cuando nos conocimos. Lo hacemos ahora también con los chicos. Este año invitamos a papá. Nos parecía una buena excusa para que no pase el día en casa. Silvana decía que lo mejor era alejarlo, al menos por ese día, de las cosas que le recuerden a mamá.

Fuimos a buscarlo sin avisarle. Inventó una excusa para no acompañarnos. Dijo que tenía muchas cosas que hacer. Nos reímos. Ni él lo creía. Después dijo que estaba muy resfriado. Eso era cierto. Pero no nos quiso decepcionar. Así es papá, nunca quiere quedar mal con nadie. Menos con los nietos.

No hizo falta invitar a Gustavo. Agarró las llaves del auto de arriba de la mesa y preguntó si él podía manejar. Hice un chiste: le dije que no era lo mismo caminar tan rápido como lo hacía él que manejar un auto por las sierras. No le causó ninguna gracia. Me puse serio y le pregunté si tenía carnet de conducir. No me contestó. Sabía que no tenía. No es que verdaderamente lo supiera, que él o papá me lo hubieran dicho. Era algo evidente. Algo de lo cual hasta los chicos se podían dar cuenta. ¿ Para qué se tomaría la molestia de sacar un carnet alguien como Gustavo?.

4

El itinerario es más o menos el mismo todos los años. De ser posible, el objetivo final es el parador El Cóndor. Casi siempre nos detenemos en una venta de artículos regionales que tiene un barcito con un mirador. Eso está ni bien se deja atrás Cuesta Blanca. Nos preparamos. Tomamos un café o algo cliente y averiguamos el estado de la ruta. Tres veces nos hemos tenido que volver a casa desde ese parador. No es cuestión de arriesgarse. Los chicos lo entienden perfectamente.

Esta vez la ruta todavía no estaba cubierta de nieve. La policía, nos explicó el encargado del parador, por ahora no pensaba cerrarla.

Gustavo se quedó en el coche escuchando radio. Papá le insistió pero no quiso bajar. Mejor, nos dijo en el bar, Gustavo no trajo buen abrigo. Antes de reiniciar el viaje, papá le compró un café y una bolsa de maní tostado. Gustavo se quedó en el asiento del acompañante. Trataba sin suerte de sintonizar una emisora de radio. Silvana no se molestó por ir en el asiento de atrás. Tuvimos que soportar el ruido de las frecuencias un largo rato. Papá le pidió que lo dejara. Gustavo le hizo caso.

5

Nunca habíamos tenido inconvenientes con los chicos. Sé de otros chicos, inclusive de gente grande, que se marean con las curvas. Por el espejo retrovisor vi la cara de preocupación de Maxi; al instante me di cuenta de que se sentía mal. Disminuí la velocidad del auto. Estaba pálido. Le pregunté qué le pasaba. Nada, me dijo. Y ni bien terminó de decir eso se tapó la boca con la mano pero no pudo contener el vómito. Fue peor. Le mojó los pantalones y el pulóver a papá. Yo no podía parar el auto porque en ese tramo no hay banquina. Gustavo escuchó el ruido que hizo Maxi, se dio vuelta, y cuando descubrió lo que estaba pasando empezó a reírse. Una risa estúpida. El auto temblaba por la manera en que se movía en el asiento. Maxi se moría de vergüenza. No aguantó más, se largó a llorar mientras se limpiaba la boca con la manga de la campera. Papá le decía que no era nada, que no se preocupara. Incluso hizo un chiste que no alcancé a oír. Gustavo no paraba de reírse.

6

Pude parar el auto en un terraplén. Cerca de la zona donde está el mangrullo de lata. Hacia frío. Habíamos tenido que abrir las ventanillas por el olor. Silvana se bajó furiosa. Abrió el baúl del Duna buscando un trapo con qué limpiar. No caía nieve, solamente un poco de agua helada. Papá fue caminando con Maxi y Esteban hasta un borde. Se sentaron en una pirca de piedra. Ayudé a Silvana a limpiar el piso del auto con unos diarios. Gustavo no hablaba, no se bajaba.

Terminamos de limpiar y nos acercamos a papá y a los chicos. El valle estaba blanco. Los picos de las montañas parecían al alcance la mano. Atardecía. El frío se sentía mucho más. Papá tenía la vista puesta en un punto lejano, no parecía mirar nada. Le temblaban las rodillas. Todavía tenía mojado los pantalones. Ni siquiera se había sacudido los zapatos. Esteban se dio cuenta de la tristeza del abuelo; le preguntó algo sobre la altura de las montañas o no se qué, pero papá no lo escuchaba.

7

Silvana fue la primera en oír el quejido del arranque del Duna. Me tocó el hombro para avisarme. Estábamos a unos treinta metros del auto. Yo tenía la llave en el bolsillo, pero siempre dejo otra en la guantera por cualquier cosa. Es algo que me enseñó papá.

Nos quedamos mirando cómo Gustavo sacaba el auto a la ruta y lo ponía para el lado de Mina Clavero. Un auto que venía en dirección opuesta le tocó bocina. Gustavo iba por el medio de la ruta y no había prendido las luces. Escuchamos cómo ponía los cambios, cómo se perdía a lo lejos el ruido del motor.

Nos arrimamos a papá para cubrirlo del viento. Le tiritaba todo el cuerpo, los labios se le movían sin parar. Quería decirme algo pero no podía.

Silvana se acercó a la ruta, supongo que quería parar algún auto para pedir ayuda. El día se estaba poniendo oscuro. No pasó nadie. Yo no perdí la calma. Por los chicos: ellos sí que estaban asustados.

Al rato, no sabría decir con precisión cuánto tiempo pasó, quince o veinte minutos, reconocí al Duna viniendo hacia nosotros. Venía sin luces. Silvana le hizo señas pero Gustavo no paró. Pienso que no la vio. Silvana se echó a llorar. Lo insultaba y lloraba. El ruido del motor se volvía a perder a la distancia. Por suerte, unos minutos después pasó una camioneta y sí paró. Bueno, Silvana casi se le tira encima. Ya estaba completamente oscuro. Les explicamos, con vergüenza, más o menos lo que nos había sucedido. El chofer nos dijo que cerca de El Cóndor los había pasado un auto blanco que iba sin luces. Un loco, dijo la mujer.

Nos subimos a la caja. Todos. Menos papá, que se notaba que estaba mal. Lo ayudé a levantar las piernas para montarse a la cabina. Le pusieron un acolchado encima de las rodillas. Antes de cerrarle la puerta le pregunté cómo estaba. Un poco cansado, me dijo al oído.

(*) El presente cuento fue cedido por el autor a Nación Apache y pertenece al libro Los días del padre y otros relatos (Ediciones del Bolulevard, 2005. Sergio Gaiteri, además, publicó Certificado de convivencia y otros relatos (Editorial Recovecos, 2007, Primer premio Fondo Nacional de las Artes 2006). También participó del Premio Clarín de Novela 2008 con su novela Nivel Medio, una de las tres finalistas, obteniendo la primera mención.

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