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Del margen al centro sin transición: un cuento muy francés

Por Julio Zoppi

Los deshegelizadores de Marx

Hubo una época donde cada vez que leía la firma en un paper de algún profesional de las ciencias sociales, me preparaba para el inevitable bostezo que me asaltaría durante la lectura. Porque a menudo la esperanza de encontrarme con el temblor de turbinas de ideas pidiendo pista, se desvanecía en la comprobación de que la mayoría de los textos se parecían a esas monografía de facultad que aborrecen del pensamiento propio, casi como algo ilegal, y se esfuerzan en blanquear hasta la última gota del fundamento bibliográfico de lo escrito. Una convención de discurso donde se invierte la lógica creativa; el valor está en demostrar la ajenidad de lo pensado y ofrecer la mayor cantidad posible de pruebas de que lo escrito responde a fuentes externas de referencia. El producto resultante era un típico texto-cita, vaciado de forma, y aterrado de tomar cualquier riesgo, que sólo se empeñaba en demostrar al evaluador que cada párrafo es una trascripción inteligente de algún autor con suficiente reputación.
Pero sucede que el pensamiento sociológico sabe volverse excitante cuando se quita el tufillo a naftalina monográfica y entonces, un zumbido de ventilador de techo nos acaricia la tapa de los sesos con aire fresco hasta infiltrarnos un escozor intelectual; más allá de lo cutáneo, es la experiencia penetrante del pensar desnudo donde hasta la mismísima filosofía se torna una festi-ciencia social. En Nación Apache por suerte se le da contención a esta rara avis de la escritura sesuda. Ahora voy al grano: las particulares piezas que pretendo destacar son la ponencia de Mariano Zuckerfeld y la respectiva presentación auspiciante de Leonardo Sai  -en sí misma una cuota de anticipo crítico sobre dicha ponencia-, que logra el prodigio de trasladarnos al comienzo de la lectura de un texto ya en plena excitación de debate. Y está bien, ¿por qué los prólogos deben privarse de aprovechar ese cielo despejado -que sólo ofrecen las introducciones-, para insertar desde ahí una plataforma de excitación crítica, en vez de desgranar previsibles chupamedismos explicativos que intentan obsequiarle un poco de capital simbólico al texto prologado?
Lo de Zuckerfeld es auspicioso; da cuenta que algo muy poderoso reina despeinadamente en el hogar acogedor del pensamiento posmoderno; es algo llamado “el imaginario”, capaz de erigirse en una verdadera contra-epistemología,  y denuncia a los Los Foucault y Los Deleuze que pretendieron extirpar a Hegel de Marx en pos de hallar la fórmula del relativismo pluralista perfecto, el estadio donde existen diferencias y multiplicidades en un plano ideal de horizontalidad absoluta. Sai dice que rehegelizar a Marx si, pero que Deleuze y Foucault son good fellas malentendidos que nos ilustran sobre una instancia de potencia, de totalidad; el deseo como máquina de libertad, multiplicidad, diferencia y afirmación anterior a la ley.  
¿Habrá que aceptar que todo discurso del sujeto emprende una inevitable totalización, y que la diferencia es una consecuencia a posteriori de la emergencia de la contradicción? Encuentro un trabajo de Orlando Betancor: “El pensamiento desde los bordes: del postestructuralismo a la diferencia colonial y viceversa II”.  Betancor dice -siguiendo a  Negri y Hardt en “Imperio”- que la realidad no es diálectica, y que el colonialismo lo es.  Pero la realidad es dialéctica porque las colonias son parte del colonialismo tanto como los colonizadores. Pese a todo, el autor advierte bien la prevención:
“Lo local no constituye un cielo incontaminado de diferencia, y la alteridad es un producto de un poder colonial que opera mediante la dialéctica, por lo tanto, para ejercer una crítica radical de la modernidad colonialista, es necesario encontrar un tipo de pensamiento que sea capaz de escapar al colonialismo dialéctico que organiza al mundo en categorías binarias”
“La contradicción tiene una función muy diferente que la de expresar la diferencia, ya que la contradicción se resuelve, y el proceso de resolución de la diferencia la reenvía a su fundamento”
Se propusieron extirpar a Hegel de Marx para hallar la pureza de una pluralidad ideal. Pero es menester analizar las contradicciones de la naturaleza humana para entender las contradicciones de las sociedades humanas.
“Existe un modo de pensar muy difundido que consiste en oponer de modo absoluto lo local a lo global, identificando lo global con un proceso de homogenización indiferenciada, y adjudicando a lo local el lugar privilegiado desde el cual se preserva la heterogeneidad y la diferencia”
“Lo global es un proceso cuyo elemento es el flujo capitalista que crea tanto las identidades como las diferencias locales”.

La marginofilia, esa pasión inexplicable

El pobre -o marginal, excluido, necesitado, colonizado, oprimido, omitido, empobrecido, ex explotado, ex obrero, ex sujeto de clase desfavorecida- fue el sujeto que la posmodernidad lanzó al protagonismo como categoría universal. Fue construyendo un imaginario en cuyo interior maduraron desde una dramaturgia social del marginal hasta una propia epistemología. La operación tuvo un necesario acto de fundación semántico: hacer sinónimos los sustantivos “pobre” y “marginal”; “pobre” y “excluido”. Aparece el excluido mezclado con el discriminado, en esto la posmodernidad capitalista -el famoso capitalismo cognitivo- y el postestructuralismo coincidieron; era insostenible incluir al pobre dentro de una categoría central de la operatoria social; el pobre adaptado era incompatible con un discurso y una estructura de hiper-producción de sentido que lo necesitaba afuera para dar el rol de héroe contraofensivo.
La posmodernidad hizo del pobre su propio héroe de ficción pero no pudo quitarle ineluctabilidad a su destino y condición material, necesitó eternizarlo.  El capitalismo en primer lugar legitima la unión entre la pobreza y la marginalidad como sinónimos porque la segunda es la prenda de control sobre el poder de la primera. El pobre cumple una función social, hacer los trabajos más penosos, y por otro lado cierra sus servicios como un regulable consumidor; la filosofía le da identidad como sujeto de veneración, como el valuarte anti-transformación de la historia. Así, la pobreza no solo se vuelve algo deseable y necesario para el funcionamiento eficaz de la máquina del capitalismo posmoderno sino un status intocable e intachable para la izquierda posmodernista, en su concepción consolatoria de lo filosófico-político.

El derecho espectacular
Es el derecho irreal a través del cual se ofrece a cierto sector o grupo social la posibilidad de ser destinatario de un rol protagónico en una ficción ideológico-política. El derecho a ser el sujeto central de un discurso de reivindicación. Hay una pobreza que debe ser celebrada y  no transformarla. La salvación del sujeto excluido no es liberarlo de su exclusión material a través de consumar la  inclusión -algo que se juzga ya imposible, indeseable y anacrónico- sino ofrecerle a cambio una compensación psicológica que consiste en un discurso terapéutico, basado en la promesa de eximirlo de cumplir ciertas reglas y responsabilidades. Establecer un derecho a cierta revuelta del deseo como redistribución del ingreso. Se trata de volverlo estrella por un día, o por un discurso; darle a través del derecho espectacular lo que se le niega a través del derecho real. De ahí la incomodidad que hace desprenderse de los lazos hegelianos, la dialéctica supone un avance incontenible hacia la resolución de las contradicciones; incumbe a las batallas de sentido y deseo, establece un rol insospechado para la negación que es la afirmación; la oposición como fase necesaria de la confirmación. El postestructuralismo en cambio reniega de la resolución porque elige el camino inverso, la falsa disolución del problema al volverlo discurso, su continuidad encubierta, el uso de la negación como límite consagratorio.
El pobre -excluido, marginado, colonizado- es la figura del ilustre pluralismo y el objeto de toda esa revolución de ficción: reserva del rol protagónico de la película, aunque esa película sea el mero documental de su condena miserable. Parecen preguntarse: ¿por qué buscar que un pobre deje de serlo? Se trata de respetar la diversidad, no de imponer ideas totalizantes de bienestar. ¿Qué clase de fascista somos para pretender que el que vive en una choza sin agua potable se vuelva un pulcro burgués? “Educarlo para garantizar que acceda una mayor igualdad de oportunidades?” ¿Qué es eso? ¡Qué concepto tan arcaico, oscuramente burgués y represor de “igualdad”! Evidentemente se querrán presentar estos ideales como un exceso de la modernidad, o un resabio reaccionario, para cauterizar toda grieta de cambio posible al establecer que igualdad no es que todos accedan a la lectura, sino incluir en una nominación de igualdad tanto al analfabeto como al letrado; o bien clausurar el mecanismo dialéctico proponiendo un regreso al karma donde los últimos son presentados como deudores morales de los primeros. Se trata de descomponer el sistema de relaciones que los diferencia, y celebrar su derecho como a ocupar un lugar en el espacio deconstruido del deseo, que es un no-espacio, un espacio desmaterializado, azotado por el dominio de los ricos, pero vuelto discurso, mapa, panfleto, concepto. No se trata ya de “dar de comer al hambriento” -simplismo anacrónico- sino de preservar el hambre como valor, autorizar su rebelión conceptual, el derecho a ser y seguir siendo hambriento en tanto sujeto tácito de rebelión y desobediencia en el mundo del lenguaje, suficiente cima de una revolución que opera como comedia reivindicatoria.
Pero ese tipo de desobediencia no es suficiente, porque entre otras cosas resulta ilusoria, es una ficción; una operación de discurso exenta de lo real; el poder tiene la capacidad de evitar toda desobediencia. Las “desobediencias” exhibidas como ejemplos son auto-reclusiones, auto-esclavitudes; reivindicaciones adolescentes de algunas fortificaciones aisladas del mundo.
Hegel bien decía que el hombre no es libre si no obedece a la ley; lo que no quiere decir que deba obedecer a la ley capitalista ni que ella no pueda ser contradicha por contar con la ventaja de constituir una aparente inmanencia, esa es tan sólo la pretensión de esencialidad capitalista de apropiarse para sí del concepto de ley y de inmanencia. Sin ley no hay subjetividad social ni libertad; es el fin de la adolescencia filosófica francesa, la teoría juvenil del paraíso del deseo; un mundo de individuos idealizados y atomizados en un hiper-pluralismo carente de todo vínculo comunitario que andan deseando “libremente” por ahí, es incompatible con la noción más elemental de la naturaleza humana. Vivir en sociedad es un destino ineluctable del individuo porque cada individuo no existe por sí mismo sino como resultado del fluir de su especie. La libertad sin ley es sólo el imperio instintivo de la naturaleza humana donde la interdestructividad es una pulsión inevitable. La construcción de la ley es el primer paso ineludible para construir la relación social no interdestructiva-cooperativa.
El de “multiplicidad” es un concepto mentiroso, un truco barato de discurso; no hay inmanencia y ni hay multiplicidad anterior al orden socializante; puesto que esa multiplicidad es apenas una división socialmente impuesta basada en categorías casi parroquiales. Deleuze y Guattari quisieron vetar al psicoanálisis por izquierda; acusarlo de ser la teoría de la familia como la célula represora del orden burgués. Si el Edipo es el capitalismo, el cuento cierra ante un Freudolacanismo que nos presenta al Padre como orden social instituyente de la subjetividad y la Madre como la tentación perniciosa de permanecer existencialmente nonato.
El deseo nace con la ley porque con la ley se hace deseo, emerge como deseo subjetivizado; la ley no es una imposición ni un invento capitalista por más que el capitalismo la use para su provecho. La ley es el concepto fundante del deseo y de su socialización; sin ley queda la pura mismidad de una masa de energía que hace implosión: no existe la otredad sin ley.

Cartógrafos

En un comentario sobre “Vigilar y Castigar” Deleuze decía que Foucault era un “cartógrafo”; ¡son todos cartógrafos! Pero cartografiar un concepto no es deshacerlo; como descubrir que todo tiene que ver con el poder no significa liberarse del poder. De vuelta; es un pensamiento derrotista -aunque no por ello innecesario- que toma a la mera negación como transformación emancipadora, confunde el descubrimiento de una situación con su resolución, como si ponerla en términos de discurso fuera suficiente para aniquilarla.
La “línea de fuga” habla precisamente de esa falacia; y se encuentra con Holloway; la negación como suficiente escape al poder; la fuga es fuga a un no lugar, a un sótano -geográfico o libresco- exento de influencia del poder, pero ¿qué clase de libertad es fugarse a un sótano? La negación del poder no proporciona libertad, es apenas una racionalización barata de la más abyecta esclavitud. El error de Deleuze es identificar sólo al capitalismo con el orden social, poniéndole atributos que son de orden existencial y no exclusivos o identitarios del capitalismo. De ese error original siguen otros; creer que el anticapitalismo es el anti-orden y que hallar la rebeldía en la ontogénesis del impulso pre-socializado permite eludir la máquina capitalista que vigila, encierra y castiga.
De este imaginario que alardea con que toda regla es represiva, y que el átomo primigenio de la libertad se halla en el magma de la ausencia de reglas -la libertad como impunidad individual del deseo-, derivan todas las teorías  progresistas “blandas”, derrotistas, adolescentes y pálidas de catacumbas. Los más mundanos vattimos y tonis negris: la anti-psiquiatría, el abolicionismo, todao ese lamento contrario al sentido común; luchar para que los depredadores marginales que mendigan harapientos un lugar en los bordes de la ineluctabilidad capitalista, obtengan cierta impunidad en su desarticulación social,  como si esa posibilidad revirtiera el sentido único del orden capitalista establecido que reserva la verdadera impunidad del goce a los poderosos, como si la ruptura se lograra a través de poner en práctica un juego fantástico de simetría pseudo revanchista.
La sencilla clave de la invulnerabilidad posmoderna del capitalismo es siempre saber atender en ambos lados del mostrador. El posestructuralismo se vuelve la teoría que consagra el puro individualismo y ofrece al capitalismo el protagonista perfecto para su más convincente comedia dramática de masas; un consumidor degradado en su rol político pero con el consumens instintual encendido y desbocado que lo vuelve un perro adolescente que atomiza sus rezongos hasta hacerlos incompatibles con cualquier noción de lo social. El rescate de su descomposición como emancipación y las peores enfermedades como signos de salud. Es cierto que someterse a las reglas impuestas por el más fuerte favorece siempre al más fuerte, pero una sociedad que promueve la ausencia de toda regla no sólo que también favorece al más fuerte sino que garantiza su eternidad.
No hace falta matar al Padre para matar al capitalismo, basta matar al Dios Padre Capital y dar vida a la Madraza Existencial.

Foucault brave Foucault

Siguiendo en parte a  Daniel Bensaid en “La discordancia de los tiempos,  el sueño del postestructuralismo era suponer posible un paso “sin transición” entre el capitalismo y algún tipo de sistema libertario ideal (¿neocomunismo?), donde los marginales fueran los muchachitos de la película, para evitar caer en los fracasados escenarios de la regimentación forzada de los capitalismos de estado y toda otra repetición simétrica de sus estructuras genéticas de poder. Pero resulta una ingenuidad insalvable ya que  al mismo tiempo se reconoce el status de la materialidad inviolable del poder capitalista establecido, lo que vuelve todo un mero juego literario.
No debiera desaprovecharse la enseñanza foucaultiana: la capacidad de encarcelar a sus elementos destructivos es el indicador clave del desarrollo de las civilizaciones. Una buena cárcel y un buen manicomio pueden incluso ser los indicadores de la emergencia de una sociedad libre en el devenir de la refriega de las contradicciones, así como la eficacia del sistema inmunológico es el indicador clave de la salud de un organismo. La aceptación de la dialéctica pasa por aceptar que siempre habrá una sociedad con enemigos de la libertad que deberán ser derrotados, suprimidos, neutralizados, para que esa libertad sobreviva. Siempre habrá escoria que encerrar, vigilar y castigar,  no habrá paraísos absolutos del deseo múltiple sin enemigos jurados; los paraísos omni-fraternales solo existen en la consolación escapista de las religiones teístas o en la fugas adolescentes de las compasivas ideologías posmoides;  la dialéctica Hegeliana nos puede estar mostrando  la antipática ineluctabilidad de la lucha y que sólo de la resolución de las contradicciones surgirán los grados crecientes de libertades gozables. Foucault debe ser leído correctamente y es hora de revisar el onanismo carcelofóbico que como epidemia ha regado a las academias sociológicas progresistas posmodernas, que parecieran creerse en serio que puede construirse por generación espontánea una sociedad “pluralista”, donde nadie necesite ser encerrado. Algún día será posible alcanzar el ideal de una sociedad ornitológica libertaria, pluralista, que no requiera de ninguna clase de jaulas pero mientras tanto no creamos que sin el encierro temporario de los cuervos va a haber algún minuto de libertad posible para las palomas.

Comentarios (2 comentarios)

Gracias Julio por tus palabras, por el nervio y la pasión. No estoy de acuerdo en casi nada de lo que afirmas sobre Foucault y Deleuze, amigos de la vida, como diría Mann. Pero es un desacuerdo menor, teórico en lo que respecta a los conceptos. Como bien deleuzeano que soy, aplado tu peculiar hegelianismo, todo lo que hay de condensado para seguir pensando, sin voluntad de resolverlo, o de atarlo con piolines, sino devenir de la escritura, esa que busca el concepto, como los dedos cuando martillan las teclas del pensar que busca descubrirse para sí.

Un abrazo,
Leonardo Sai

Leonardo Sai / Noviembre 24th, 2008, 10:16 pm / #

Gracia Leo, asi es :martillar las teclas es martillarse los dedos y enfrentarse a veces con el pleno horror de lo pensado. En mi caso, con Foucault y Deleuze puede que no seamos del todo amigos pero eso no quita que les rinda tributo: nadie trazó mejores mapas de esta sociedad que ellos.

Como dijo un personaje de no se quién mientras contemplaba con alguien como el fuego acababa de destruir por completo el templo: “… lo bueno es que esto recién comienza..”

abrazo

Julio / Noviembre 25th, 2008, 8:06 am / #

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