El gran libro amarillo de los concursos

Por Gustavo Nielsen
El sistema de los concursos de arquitectura es el más valorado por la democracia argentina, porque es limpio, abierto a toda la población y el que ha dado mejores resultados a lo largo del tiempo. Desde 1825 hasta hoy, múltiples concursos han sido formulados, algunos que llegaron hasta la construcción de los edificios, otros que quedaron solamente en las ideas. Cientos de arquitectos, ingenieros, planificadores, sociólogos, pensadores y artistas de distintas disciplinas han pasado dejando sus huellas, ampliando la discusión. Los temas que competen a las ciudades suelen ser demasiado complejos como para que una sola persona o gobierno tome una decisión. Eso era lo que solía pasar durante los gobiernos militares, y únicamente porque las leyes eran las de la dictadura; hoy la adjudicación directa es imposible, impensable, absurda y demodé.
Un concurso es así: se plantea un tema, un programa, una cantidad de requerimientos para salvar un edificio o un sector urbano en crisis y convertirlo en algo que sirva a la comunidad o a un interés, ya sea privado o público. Puede ser una remodelación o una construcción nueva sobre un lote libre. Un asesor arma las bases, se llama públicamente a apertura y los interesados se presentan. Hay una fecha de cierre y un lugar adonde enviar los paneles mínimos requeridos. Después un jurado de notables se organiza para estudiar los proyectos presentados y dar un veredicto. Si el concurso es vinculante, normalmente se construye; si el concurso es de ideas, sirve para discutir temas en jornadas públicas y oposiciones. El mecanismo suele ser el que mejores soluciones obtiene en tiempos más cortos: buenos edificios y lugares públicos o privados consensuados con entidades vecinales y organismos de gobierno, para que sirvan para todos.
La Sociedad Central de Arquitectos, con sede en Montevideo 940, es la entidad que mejor organiza concursos de arquitectura y urbanismo de la Argentina. Garantiza limpieza, efectividad y gran anuencia de profesionales.
Actualmente hay cerca de diez concursos que aún no han sido entregados, y dos o tres por fallar. La SCA se asocia con los Colegios de Arquitectos o Ingenieros de todo el territorio nacional, más la Ciudad y el Gobierno, como manera de abarcar la cuestión federalmente.
La última buena noticia es que acaba de salir el gran libro amarillo, el que se ve en la ilustración. Es un volumen notable en el que el arquitecto Rolando Schere compiló todos los concursos hechos en el país por la SCA desde su inauguración hasta nuestros días. Ciento veinte años de hacer lo mismo son la garantía de la institución. El libro es notable por su sola presencia: mide 31 x 24 x 5 centímetros de ancho, pesa un poco más de tres kilos y medio y tiene una tapa tan dura que parece indestructible. Adentro figuran los casi seiscientos concursos que se hicieron hasta el año 2006, antesala de los mejores edificios del país. Y aquí debemos nombrar, por ejemplo, la Aduana Nueva, la Bolsa de Comercio, la Iglesia Redonda de Belgrano, el Correo Central, la ciudad de La Plata con todos sus edificios administrativos, la Basílica de Luján, el Hospital de Niños, el Palacio de los Congresos, la Torre de los Ingleses, el Mercado de Abasto, el Honorable Concejo Deliberante, el Monumento a la Bandera, el Automóvil Club Argentino, el Hospital de Pediatría, la Biblioteca Nacional e infinidad de centros culturales, salones de conciertos, conjuntos de vivienda social, plazas y parques diseminados por todo el país. Con autores tan diferentes como Meano, Buschiazzo, Cristophersen, Sacriste, Vilar, Baliero, Beretherbide, Borthagaray, Álvarez, Testa, Frangella, Manteola, Roca, Llauró, Soler, Minond y muchos más.
La aparición de este libro es una Fiesta para la arquitectura local.
Consultado el compilador sobre las rarezas de la historia, cuenta que el ejemplo más ridículo lo encontró en 1928, cuando la Municipalidad estaba queriendo abrir la Plaza San Martín sobre una barranca que en ese momento no existía, y su lugar estaba ocupado por el Pabellón Argentino que se trajo de la Exposición Mundial de París de 1889. Ese Pabellón funcionó como el primer Museo Nacional de Bellas Artes, pero la verdad es que era como un tapón decimonónico, algo que impedía ver y gozar del río. La decisión de demolerlo fue municipal a pedido de las entidades vecinales. Muy correcta, a mi modo de ver. Pero algo pasó en el medio de la pila de escombros, algo que tal vez tuvo que ver con la culpa o con la traición. Los pintores y escultores lograron quejarse tan fuerte que el gobierno llegó a pensar que hubiera sido mejor, tal vez, no activar la picota. Entonces llamaron a un concurso idiota: volver a levantar un edificio en el mismo lugar para que cumpliera la misma función que el demolido. Por suerte la voz de los vecinos que habían logrado abrir el vacío para poder construir la plaza se hizo escuchar más que la de los artistas, con lo que se detuvo el concurso. La ubicación alternativa que se le buscó al nuevo edificio del Museo es la que conocemos hoy de Avenida del Libertador, y lleva la firma del arquitecto Bustillo.
Hay otros concursos destinados al fracaso, como el que hizo la gestión de Telermann para la Plaza de Mayo, sin concenso previo con historiadores y vecinos de Buenos Aires. Los concursos que se hacen simplemente para legitimizar poderes casi nunca dan buenos resultados. Igual le sirven a la matrícula y a los ciudadanos para poder discutir qué tipo de ciudad se quiere. Instalan temas, promueven intercambios que normalmente exceden los suplementos profesionales para tomar la legítima expresión en notas de opinión y cartas de lectores. La gente se da cuenta cuando la obra es una imposición o cuando es necesaria e inteligente. Y está bien que reaccione, para eso son las democracias.
Han quedado afuera del libro los simpatiquísimos concursos de los Oasis Urbanos que la Ciudad de Buenos Aires está realizando para la zona Sur con interesantes resultados, simplemente porque se hicieron después del 2006. Son espacios públicos no ortodoxos, ganados a lotes baldíos, construcciones obsoletas o plazoletas descuidadas. Van a ser una inyección de vida a la ciudad, y seguramente saldrán en el siguiente tomo del libro, para lo cual esperamos que no pasen otros ciento veinte años.
También le pregunté al compilador, Don Roli Schere, qué obra de Buenos Aires construida por adjudicación debería haber sido, a su opinión, concursada. Pensó un rato, acariciándose el mentón. “¿Para vos?”, repreguntó. “El obelisco”, contesté. “Bueno, pero era otra época”, reflexionó en voz alta, como afirmando la imposibilidad de la adjudicación a dedo de una obra de esa importancia hoy en día. “Además, iba a ser difícil encontrar un profesional mejor que Prebisch”. Parecía que me iba de la presentación sin su respuesta, cuando se le iluminó la cara. Entonces construyó el siguiente acertijo: “¿Por qué Puerto Madero fue concursado en su Master Plan, en su trama urbana, en sus áreas verdes y no en los edificios y áreas privadas, donde los comitentes han salido, simplemente, a buscar firmas y marcas?” Para pensar.


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