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La dactilógrafa de Joseph Conrad

josephconrad.jpgPor David Miller (*)

En enero de 1904, mientras su esposo desayunaba con John Galsworthy, Jessie Conrad salió temprano a hacer unas compras, se cayó en la calle y se lastimó ambas rodillas. Al salir de Barker’s, la tienda de departamentos situada en Kensington High Street, cerca de donde Joseph, Jessie y su hijo Borys estaban viviendo, a la señora Conrad se le desprendió el cartílago de las dos rodillas al mismo tiempo y se desplomó en la acera, lastimándose mucho la rodilla que ya se había lesionado en un accidente que tuvo a los dieciséis años. Conrad le escribió a H.G. Wells que eso fue “terrible para ella y una tremenda angustia para mí”, pero la presión del trabajo lo obligó a seguir dictando las últimas partes de Nostromo, “de 11 pm a 1 am”, así como a seguir trabajando con Ford Madox Ford en El espejo del mar. Conrad le escribió a J.B. Pinker, su agente, que podía “dictar esas necedades sin esfuerzo, a razón de tres mil palabras en cuatro horas”. Además de todo esto, Watson & Co., el banco de Conrad, quebró y él se encontró “de pronto, sin banco, sin dinero y sin chequera… una sensación espantosa que todavía me da escalofríos”.

Le comentó a Arnold Bennett que esos “graves infortunios estaban afectando mi trabajo y destruyendo mi tranquilidad”.

Lilian Hallowes se apareció en medio de este predicamento; era una chica a quien Pinker encontró en un despacho de mecanografía y que empezó a trabajar con Conrad en Londres un mes después y, para el 21 de marzo o quizá antes, en The Pent, la casa de Conrad. Éste escribió que se trataba de “una joven de muy buen carácter y eficiente, muy amable en su trato”. También resultó ser muy buena en su oficio y Conrad le comentó a Pinker que “en lo tocante a la joven mecanógrafa, me parece que el mes que pagué en el despacho está llegando a su fin. Ellos me cobran demasiado. Pero como es evidente que, después de Nostromo, quiero que se haga cargo de El espejo del mar y de lo demás, creo que será mejor llegar a algún acuerdo directamente con ella. Tengo una máquina y creo que la chica aceptará quedarse una temporada por £25 libras… si es que puedo garantizarle trabajo durante seis meses”.

(Henry James le pagó exactamente la misma cantidad a Theodora Bosanquet, su secretaria. La señorita Hallowes y la señorita Bosanquet tienen mucho en común; ambas trabajaron para sus respectivos autores durante los últimos años de su vida como escritores, la señorita Bosanquet de 1906 a 1916; ambas vivieron durante bastante tiempo en Chelsea; y ambas murieron siendo ya octogenarias. Aunque James tenía fama de preferir que sus mecanógrafas “no tuvieran opinión”, le habló a su hermano de una “nueva y excelente amanuense, una joven y hombruna señorita Bosanquet”).

La corazonada de Conrad fue acertada. Para el 5 de abril de 1904, la máquina de escribir ya había sido devuelta al despacho de mecanografía y la señorita Hallowes “contratada por seis meses” por Conrad. Un mes después, éste comentó que su trabajo “bien vale lo que le pago”. En sus memorias, Borys Conrad recordaba que “la señorita Hallowes pasaba con nosotros semanas o incluso meses y luego se marchaba durante largos períodos de tiempo hasta que mi padre la mandaba llamar de vuelta, casi siempre enviándole un telegrama, para que retomara su puesto… Creo que el que mi padre no sólo tolerara su presencia en casa, sino que incluso llegara a sentir cierto afecto por ella sólo se debió a que era una buena mecanógrafa y podía quedarse sentada en silencio y sin moverse frente a su máquina, con las manos apoyadas tranquilamente en el regazo, durante mucho tiempo, reaccionando rápidamente al oír una palabra o una ráfaga repentina de frases continuas, que él le lanzaba de manera abrupta mientras caminaba de arriba abajo o mientras estaba sentado en el sillón, encorvado, dictándole directamente a la máquina de escribir”.

Es interesante comparar esta descripción con la que Tekla hace de las sesiones de dictado con Peter Ivanovitch, en el libro de Conrad Bajo la mirada de occidente. “Espera a que tengas que sentarte frente a una mesa durante medio día, con una pluma en la mano. Él puede caminar de arriba abajo por las habitaciones durante horas y horas. Yo solía quedar tan tensa y entumecida que me daba miedo perder de pronto el equilibrio y caerme de la silla”.

Entre 1904 y 1924, hubo cuatro periodos en los que la señorita Hallowes trabajó para Conrad. El primero de 1904 a 1905 para acabar de mecanografiar Nostromo. El 26 de agosto de 1904, Conrad le escribió a Pinker para comunicarle: “Ella ha hecho un muy buen trabajo. Creo que le pediré que regrese el 15 de octubre, por seis semanas más, para dictarle los documentos que faltan”; y volvió a escribirle el 17 de octubre, desde Princes Square en Bayswater, cuando ella trabajaba con Conrad en Benavides (que más tarde se titularía Gaspar Ruiz). Justo antes de la Navidad de 1904, Conrad observó que “la señorita Hallowes se quedará en Londres hasta la primera semana de enero”. La familia Conrad viajó a Capri más tarde, en 1905, pero nada indica que ella los haya acompañado en ese viaje.

Ella pasó una parte del verano de 1905 en Francia y, poco después, ese mismo otoño, murió Warren, su hermano más joven. A partir de octubre de 1905, Conrad empleó los servicios de Elizabeth Wright, una prima de su esposa, como mecanógrafa (”a £3 libras por mes, poniéndola a prueba el primer mes… Su taquigrafía es buena; hasta ahora, escribe muy lento a máquina, pero sin errores. Hay que reconocer que es una novata para la mecanografía”). Ella también trabajaba para Jessie y cuidaba de Borys, por lo que viajó con la familia a Montepellier, en diciembre de 1906; sin embargo, exasperó tanto a Conrad que, en marzo de 1907, la envió de regreso a Inglaterra: “La señorita Wright es tan tonta. No tiene remedio”, le escribió a Pinker. Y luego reiteró: “No tiene nada en el coco”.

La señorita Hallowes no volvió sino hasta que pudo trabajar para Conrad durante un periodo de tres meses, con ausencias, del 29 de septiembre hasta el 10 u 11 de diciembre de 1908, en Someries; trabajó en una novela que entonces se titulaba Razumov y también en los capítulos 2, 3 y 4 de Some reminiscences (que más tarde se llamaría Crónica personal). El 30 de septiembre de 1908, Conrad escribió: “La señorita Hallowes empezó a trabajar conmigo ayer, martes. Está mecanografiando una copia en limpio de Razumov que al menos tiene, en total, unas 62 mil palabras. Le dictaré ya sea mis Reminiscences que (por lo que veo y por un montón de comentarios) se publicarán en forma de artículo… o bien como un cuento. O incluso, si me siento bien de ánimo, como novela tal cual. De cualquier modo, su salario, que será de unas £25 libras no será dinero malgastado. Es lo que ganaba en 1904-5 aunque, claro, ella trabajaría gratis si yo se lo permitiera”.

En 1911, Conrad volvió a escribirle a Pinker: “Supongo que a usted no le importaría pagarle a la señorita Hallowes, en caso de que ella pueda volver a trabajar conmigo”. Tres meses después, Conrad la pierde de vista, aunque entra en contacto con su hermano mayor y, el 28 de enero de 1913, le escribe a A.E. Loder, secretario del Sailor’s Home de Londres: “A un amigo mío, el Sr. G. Hallowes, funcionario del correo, le han ordenado que haga un largo viaje por barco, por motivos de salud. Me gustaría saber si, hoy en día, se puede conseguir un pasaje a Australia en un buque que zarpe de Londres. Él podría iniciar la travesía en abril”.

Semejante correspondencia sugiere que existía una relación familiar más cercana entre Conrad y la señorita Hallowes de lo que antes se creía.

Parece ser probable que, entre 1905 y 1916, cuando Lucy Hallowes murió en el asilo de Saint Peter en St. Albans, la señorita Hallowes se dedicaba principalmente a cuidar de su anciana madre. Aunque el testamento materno señala que la dirección de la hija es el número 11 de la calle Oakley, en Chelsea, la correspondencia de Conrad muestra que, en 1908, la señorita Hallowes vivía en Blessington Road 3, Lee, South East London.

Poco antes de la última fase durante la que la señorita Hallowes trabajó con Conrad, en 1917, el autor le escribió a Pinker: “¿Qué le parece si contratamos a la señorita Hallowes medio tiempo para que tome dictados y también para que mecanografíe el manuscrito? De todos modos, alguien tendrá que hacerlo y creo que la chica [que entonces tenía 47 años] me será de utilidad en muchos sentidos”. El 28 de noviembre de 1917, Conrad escribió desde Hyde Park Mansions: “Veré a la señorita Hallowes mañana y llegaré a un acuerdo con ella para que me dedique unas horas todos los días. Estoy seguro de que me ayudará mucho”.

En los siete años restantes de su relación profesional, el puesto de la señorita Hallowes evolucionó gracias a que llegó a convertirse en un miembro más, discreto e intermitente pero a la vez familiar, del hogar de los Conrad. Éstos relatan algunas escenas en donde aparece la señorita Hallowes, a su sombra. En Joseph Conrad as I Knew Him, Jessie describió a Conrad fumando junto a la señorita Hallowes: “Conrad, en un impulso por ahorrar, decidió usar un encendedor de piedra y acero. En un ataque de distracción, guardó esa cosa en su bolsillo sin apagarla. Pronto, su secretaria, que estaba sentada a su lado trabajando, comentó, olfateando el aire con repugnancia, ‘Señor Conrad, huele a que algo muy feo se está cocinando aquí’”.

Por las demás tareas, no secretariales, que la señorita Hallowes llevó a cabo entre 1918 y 1923, como puede verse en la correspondencia de Conrad, queda claro que ella era más que una asistente literaria. En mayo de 1918, Conrad observó que “la Srita H. lleva a John a la escuela” y, dos meses más tarde, durante las vacaciones escolares, comenta que “John acompañó a la señorita Hallowes al banco”. Un año después, el escritor la envió a Londres “a encontrar algún lugar donde podamos vivir y a disponerlo todo para nuestra estancia allí” y, mientras ella se dedicaba a eso, también le pidió que fuera a ver a Hugh Walpole “para dejarle, en el Ministerio, una pequeña caja de cartuchos que se compraron para el arma automática de Borys para poder transportarla aquí”. En julio de 1919, “se le encargó comprar una nueva máquina de escribir dado que la actual se ha dado por vencida después de 14 años de servicio”.

Por si fuera poco, ella realizó el trabajo que se describe en el Cuaderno Hallowes (que ahora forma parte de la Biblioteca Bodleian); al iniciarse la década de 1920, la señorita Hallowes estaba corrigiendo las galeradas de las ediciones limitadas de Doubleday y Heinemann, así como otras ediciones de las obras completas y esta labor desplazó todo lo demás. La mayor parte de su trabajo consistía en revisar las viejas ediciones, compararlas con las nuevas galeradas y contestar las cartas de los corresponsales de Conrad. En 1921, mientras estaba con la familia Conrad y con Pinker en Córcega, revisó las pruebas finales de Notes on life and letters y la mitad de las galeradas de El rescate. Conrad le dictó El pirata y ella trabajó en esta obra hasta el final.

Algunos detalles dejan entrever cómo era la relación de trabajo entre ambos. Bruce Harkness refirió que “John Conrad me dijo que la señorita Hallowes le dio el diccionario Fenby a su padre”, aunque reiteró que “estaba seguro de que Conrad nunca usaba diccionario”.

Otra pista aparece en una carta que Conrad le escribe a Eric Pinker en 1922 donde, confiando en el criterio de la señorita Hallowes, menciona que ella le ha sugerido que Sybil Thorndike podría representar “de forma admirable el papel de la Sra. Verloc”, en relación con el reparto, de la versión para teatro, de El agente secreto. El comentario parece indicar que ella era aficionada al teatro.

Durante los últimos meses que vivió su esposo, Jessie Conrad señala que, “mientras yo estaba de nueva cuenta de visita en el asilo, mi esposo y su secretaria encontraron una casa que él no quiso alquilar sino hasta que yo pudiera ir y emitir el voto decisivo”. Y, en su última carta, que le escribió a Eric Pinker tres días antes de morir, Conrad explicó: “Estoy esperando a que la señorita H. regrese para enviarte mi nuevo artículo para el periódico. Ninguna mecanógrafa podría entender ese embrollo. Pero ella sí”.

Ese fin de semana se celebraba el August Bank Holiday y también el cumpleaños de John Conrad, quien cumplía dieciocho años. John, junto con Borys, la esposa de éste y Philip, su hijo de siete meses, llegó esa noche a las ocho. Conrad murió doce horas después.

No se sabe a ciencia cierta si ese fin de semana, como se había planeado, la señorita Hallowes llegó a Oswald’s, la última casa donde Conrad vivió en Kent. El Kent Herald informó que la secretaria estuvo presente en el funeral de Conrad, el siete de agosto, y que una corona de flores con el nombre de ella fue colocada junto a la tumba.

Apenas tres semanas después, la señorita Hallowes le escribió a Eric Pinker, el primero de septiembre de 1924, desde casa de su hermano George:The Sheiling

Colehill

Wimborne

Dorset

Estimado Sr. Pinker:

[...] Quisiera abordar un asunto relacionado con la novela inconclusa; es algo en lo que he estado pensando mucho y como, según entiendo, dicha novela se publicará tal y como está, quisiera aprovechar esta oportunidad para tratar este asunto con usted. Como usted bien sabe, el señor Conrad hizo muchos cambios en la última parte del manuscrito y acabó trasponiendo las últimas dos partes. No sé si esto esté claramente indicado en el manuscrito y me interesa mucho que la novela se publique exactamente como el señor Conrad quería; por ello me permito llamar su atención sobre este punto. Me parece que el Sr. Curle se llevó el manuscrito para hacerse cargo de él y, por supuesto, no sé si las partes estaban dispuestas como debían quedar finalmente o si aún estaban acomodadas en el orden anterior.

Quisiera saber asimismo si los albaceas me permitirían quedarme con la máquina de escribir marca Corona que usé para trabajar para el señor Conrad. Además de asociarla con su trabajo (que es tan importante para mí), esto representaría una enorme ayuda para mí, dado que ahora debo conseguir un nuevo trabajo y me sería de gran utilidad.

Mucho le agradeceré su amable ayuda en este asunto.

Atentamente,

L.M. HallowesLa solicitud de quedarse con la máquina de escribir no le fue concedida; ésta se exhibe actualmente en el Canterbury Heritage Museum, al que fue donada por los descendientes de Conrad.

La referencia a “un nuevo trabajo” muestra claramente que la señorita Hallowes debía compensar el salario de £200 libras al año que Conrad le pagaba. Es probable que, durante el tiempo en que ella trabajó con Conrad, hubiera épocas en las que también lo hacía para otras personas. El 8 de mayo de 1905, en la posdata de una carta que le escribió a Galsworthy, Conrad contesta la pregunta que le hace su amigo: “La señorita Hallowes se encuentra ahora en París, en donde pasará algunos días, así que me es imposible decirte lo que ella planea hacer. Sólo sé que volverá a Londres este mes”. Mucho después, en octubre de 1919, Conrad le pidió a Pinker: “Por favor extiéndale a la señorita L. Hallowes un cheque por £7 libras, cantidad que le pedí prestada hoy, y envíeselo a Oakley Street 11, Chelsea, S.W. 3.”. Es interesante observar que en esa dirección también vivía Daisy Ashford, la autora de Los jóvenes visitantes, cuya publicación, poco antes ese mismo año, obtuvo un enorme éxito comercial. Puede ser que la señorita Hallowes haya trabajado para esta autora. También existe la posibilidad de que, en 1923, lo haya hecho para Edmund Candler, corresponsal de guerra y autor de The unveiling of Lhasa, quien vivía cerca de Hendaya, en el país vasco francés.

Al morir Conrad, la señorita Hallowes tenía cincuenta y cuatro años y debe haberle sido difícil conseguir otro trabajo. Después de la muerte del escritor, no parece haber tenido ningún contacto con la familia a quien conoció durante más de veinte años. En las pocas ocasiones en que hablan de ella en sus memorias, cada uno de los Conrad comete un error: Jessie escribe su apellido con faltas de ortografía, Borys la llama “la señorita M. Hallowes” y John dice que su hermano es arquitecto.

Según cuentan sus propios familiares, ella se fue a vivir a Godalming, en Surrey, y más tarde regresó a Dorset, a Bournemouth, en donde murió el 17 de octubre de 1950, en el China Hall Hotel, situado en el número 41 de Wimborne Road. Las causas de su muerte quedaron asentadas como miocarditis aguda, regurgitación mitral y arterioesclerosis. La dirección que aparece en su testamento, hecho en mayo de 1948, es c/ o Westminster Bank, Kensington High Street (cerca del lugar donde Jessie sufrió una caída en 1904, lastimándose las rodillas) y también aparece la dirección del lugar donde murió. Dejó una cantidad de £5 mil 825.15 libras para sus dos sobrinos y su sobrina. También dejó sendas cantidades de £100 libras para el Sailor’s Home and Red Ensign Club y para The Royal National Lifeboat Institution, algo que puede interpretarse como una señal de aprobación hacia Conrad.

Jessie Conrad escribió que la señorita Hallowes “solía afirmar que, cuando ella muriera, encontrarían grabadas en su corazón las galeradas de las obras de Conrad. Puede que así sea; por lo que parece, era una correctora muy eficiente”. El testamento de la señorita Hallowes no menciona una caja de libros (quizá la colección Concord de Doubleday; en 1923, Conrad le escribió a Doubleday diciéndole “que la señorita Hallowes se ha afanado con una devoción infinita en preparar y corregir el texto de todas esas ediciones. Yo iba a regalarle la colección de Dents, pero se ha enamorado de la Concord”). Sin embargo, la mayor parte de la colección que tenía la señorita Hallowes de las obras de Conrad quedó afectada por el agua. Su ejemplar de La línea de sombra (tercera impresión, con fecha de 1917), que incluye una dedicatoria, se vendió en diciembre de 1990 por £140 libras y la sobrina nieta de la señorita Hallowes heredó un ejemplar de El rescate en donde el autor escribió a mano las últimas líneas de la novela. Al dedicarle este libro y firmar “De su amigo, J.C.”, después de conocerla durante más de diecisiete años, Conrad inauguró la costumbre familiar y escribió el nombre de pila de su secretaria con faltas de ortografía.

Lo que sabemos sobre la señorita Hallowes está documentado principalmente en las cartas de Conrad y en las memorias de Jessie, Borys y John Conrad. Pero, ¿acaso hubo momentos en los que Conrad, un novelista que se inspiraba en la vida misma, se basó en la vida de la señorita Hallowes o de su familia para escribir sus novelas?

El 26 de octubre de 1905, un revisor encontró el cadáver de Warren, el hermano de la señorita Hallowes, en el compartimento de primera clase de un tren, cuando éste paró en Beckford, Gloucerstershire, de camino a Cheltenham.

Poco antes, Warren Hallowes había comprado un revólver de seis cámaras por diez chelines en Evesham, diciendo que esa misma tarde participaría en un concurso de tiro en Cheltenham. Tenía puesto un abrigo delgado y anteojos de oro; junto a su cuerpo se descubrieron dos cartas (una de ellas dirigida a su madre), junto con varios cartuchos sobre el asiento empapado de sangre. Se dictaminó que la causa de muerte había sido “una herida provocada por disparo de revólver, que la víctima se infligió a sí misma estando fuera de juicio”. Warren Hallowes tenía treinta y siete años de edad.

La desolación que las embargó a ella y su madre fue una de las razones por las que la señorita Hallowes no pudo trabajar para Conrad en octubre de 1905, después de que éste despidiera a la señorita Wright. Pero las secuelas del suicidio de Warren Hallowes quizá le inspiraron a Conrad la escena con que principia la segunda parte de Bajo la mirada de occidente, cuando el maestro de idiomas refiere cuál fue la reacción de la señorita Haldin y de su madre al enterarse de la muerte de Victor Haldin. Esta escena parece estar matizada por la pena reciente de la señorita Hallowes:Tenía un pañuelo en las manos y tiraba de él con nerviosismo.

-No voy a olvidar a mi madre -dijo ella-. Antes éramos tres. Ahora somos dos… dos mujeres. Ella no es una anciana. Puede que viva todavía muchos años más. ¿Qué podemos esperar del futuro? ¿Qué podría darnos esperanza y consuelo? [...]

-Dicen que el tiempo puede suavizar todas las amarguras. Pero no creo que tenga ninguna influencia sobre el remordimiento. Es mejor que mamá piense que otra persona es culpable de la muerte de Victor, a que la relacione con alguna debilidad de su hijo o con alguna falla propia.Cuando ella y el maestro de idiomas se despiden, lo hacen con un apretón de manos, expresivo y cálido:Su mano fuerte y bien formada poseía una franqueza seductora, una especie de virilidad exquisita. No sé por qué ella se mostró tan cordial conmigo. Tal vez creyó que yo la comprendía mucho mejor de lo que en realidad podía hacerlo. A mí siempre me pareció que sus frases más precisas poseían enigmáticas prolongaciones que se desvanecían en alguna parte, más allá de mi alcance. Me veo obligado a suponer que ella apreció mi atención y silencio. La atención fue muy sincera, como ella pudo darse cuenta, de modo que el silencio no podía interpretarse como frialdad. Esto pareció dejarla satisfecha.Esto es prácticamente lo único que sobrevive de la señorita Hallowes. Tal vez puedan hacerse más hallazgos en las bibliotecas y también habría que llevar a cabo un análisis textual sobre su trabajo con Conrad.

Por lo demás, la señorita Hallowes está fuera de nuestro alcance… pero nos deja la sensación de su silenciosa y devota atención.

(*) Miller. Director de la agencia literaria Rogers, Coleridge & White.

Original: © The Times Literary Supplement

(Traducción: KR)

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