Otra imagen de Dios
Primera imagen: (En el principio creó Dios) Los cielos (y la tierra) (Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera, Rev. 1995). Si bien Moisés escribió el Pentateuco -los cinco primeros libros del Antiguo Testamento-, que comparten Judíos y Cristianos, desde los sectores menos ortodoxos de las iglesias se tomó este principio como una simbología. Desde aquí parten dos teorías principales basadas en dos tipos de fe distintas. Una es aquella que supone que lo que está escrito en la Biblia, como simbología o no, es un mensaje divino. La otra sostiene que Moisés al huir con esclavos de Egipto, debía inventar algún tipo de leyenda que pudiese calmar los ánimos de los recién liberados, que se hallaban exaltados por esa libertad que experimentaban por primera vez.
Aunque ambas teorías nazcan de conjeturas -pues es imposible demostrar una u otra- deberemos reconocer que la segunda tiene un sentido humano. El no desearás la mujer de tu prójimo, tanto como el no matarás, no mentirás y santificarás las fiestas (etc.), intentan repeler los sentidos primarios humanos inherentes a la libertad de acción en función del yo, aquellos que se desatan luego de alguna coacción continua (el viejo postulado de que lo prohibido es la base del deseo). El primer mandamiento, Amar a Dios sobre todas las cosas, supone que con ese principio es inminente el cumplimiento de la ley que lo complementa con los mandatos posteriores. El rayo y el trueno, manifestaciones naturales, resultan un aliciente al miedo, Dios está enojado por la anarquía manifestada por ese pueblo esclavo que de buenas a primeras gana una libertad que nunca hubo tenido y que no sabe usar. Luego después llega la subida de Moisés al monte Sinaí, en soledad, donde habría recibido “las tablas de la ley”. No es conveniente hacer enojar al Dios de nuestro pueblo, aquel que nos dará la tierra prometida; es necesario respetar las leyes.
Lo cierto es que la historia humana nace mucho antes de que Moisés hubiese rescatado a alguien, y muchos cientos de miles de años antes de que existiesen el pueblo Egipcio o el Hebreo como lo era en el Antiguo Testamento, es decir, Dios creó los cielos y la tierra, luego creó a Adán, de su costilla extrajo a Eva, y la multiplicación inicial de los hombres de acuerdo con la teoría bíblica fue a partir del incesto (Adán, Caín u otro hijo macho debería haber tenido relaciones con alguna hija de ese primer matrimonio), única prohibición en las distintas culturas que no tiene excepciones conocidas (Claude Levi Strauss, Antropología Estructural, Paidós, 1987).
Vayamos hacia el Génesis científico (el inicio del mundo). En el siglo pasado, Hubble demostró en el año 1929 que el universo estaba en expansión. Pudo comprobar cómo galaxias lejanas se alejaban, y cuanto más lejanas, con más velocidad lo hacían. El hecho de que se alejasen, era una prueba de que en algún momento estuvieron mucho más cerca, y más aún, de ahí provino –con cientos de ecuaciones y pruebas que lo sustentan- la teoría del Big Bang que dice que el universo era un punto esférico con masa infinita, y que algo provocó una gran explosión que hizo que su masa se dividiese, se expandiera y formase lo que hoy llamamos de universo.
Ese sería el comienzo del universo y del tiempo, qué había fuera de esa esfera no es una pregunta fácil ya que es difícil imaginarse el concepto de la nada. Un postulado dice que si hubo un comienzo del tiempo (esto sería más difícil de explicar ya que deberíamos meternos en la Relatividad que no es objeto de esta tragedia), también debería haber un fin.
A respecto de este fin, existen varias teorías, tomemos la más interesante: en algún momento, aquello que se está expandiendo perderá velocidad, se detendrá, y comenzará a contraerse para así retornar a su posición original hasta llegar a lo que se conoce como Big Crunch (gran crujido) en el que toda la masa del universo se verá comprimida en un punto esférico igual al punto principal, de masa infinita, que originó al Big Bang.
De esta teoría, que es absolutamente factible pero aún indemostrable pues no se sabe el volumen de atracción gravitatoria de las galaxias, surge una figura presente en cada uno de los estados de la evolución del universo: la esfera.
Parménides, antes de Cristo arriesgó “el Ser es semejante a la masa de una esfera bien redondeada, cuya fuerza es constante desde el centro en cualquier dirección”. Calogeno y Mondolfo razonan que intuyó una esfera infinita, o infinitamente creciente, y que las palabras que se transcribieron tienen un sentido dinámico; el teólogo francés Alain de Lille descubrió esta otra fórmula: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna” (Ver “La esfera de Pascal”, Borges, Otras Inquisiciones, Alianza, 1974).
Si el universo hoy en día resulta esférico, no se sabe, pero sí sabemos que un punto con tal característica lo generó y a través de una fuerza atroz se está expandiendo. Cuando esa fuerza se convierta en una fuerza negativa, el universo, a través de otros miles de millones de años, se contraerá hasta llegar a su posición original y permanecerá en ella hasta que otro evento con iguales características que el primero (será la misma masa, la misma materia) lo haga explotar de nuevo para así recomenzar el ciclo y generar las mismas galaxias, las mismas estrellas y un sistema solar igual al nuestro, acontecer vida en su planeta tierra, traer glaciaciones, evolucionar al mono, y la historia es casi conocida… (Digo casi, porque esta vez Dios, el esférico, el todo, antes crear a Adán y sacarle una costilla, lo pensará dos veces.)
Nietzsche predijo esto en el siglo XIX y lo llamó “Eterno retorno”. De física, no sabía nada.

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