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Los jóvenes cuentan los noventa

[A dos días que este blog colectivo -devenido en página web de actualización periódica, caótica y caprichosa- cumpla dos años en el éter intangible de los bits, lo casual hace causal y aparece un texto olfateado por Piro de manera lateral, cita humorística, jugarreta del escribir sin ton ni son entre tanta diatriba campoestatal. Acá hay algo, me dije sonriendo, algo de eso que nadie quiere hablar y oculta tras el manto de la solemnidad silenciosa. Ya no se trata de la defensa de un mecenas -al fin, la casa editora sponsorea este sitio-, sino de cierta mirada ácida, embebida en el más llano resentimiento generacional (el periodista, en sí, fue excluido de la obra, cuestión que flota sin hacer tierra por gravedad tangible) que cuestiona cierta forma de editar, de pensar la narración como fenómeno estacional. En estos días de vacas rifadas por saturación -superpoblado el mercado de Liniers de ejemplares en vías de extinción-, abiertas las rutas del corazón patriótico, qué otra instancia de reflexión podía descarnar el verdadero campo del debate intelectual: lo que se escribe a medida, ¿contiene una idea de lo literario? ¿O es mero reflejo de lo necesario y suficiente del mercado? Recuerdo la máxima marxista sanguinaria: a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades... La realidad sigue siendo injusta, y no es una sola, todo lo contrario. Lo múltiple resulta exponencial, y cada enmienda como bálsamo abre más la herida. De todas formas, seamos honestos, la literatura no sangra. Por suerte. O.G.]

Por Alejandro Seselovsky

Oh, no: otra revolcada de la nueva joven literatura que junta a su nuevos jóvenes exponentes y los pone a saludarse unos con otros en un lugar de Palermo, donde todo es tan nuevo y tan joven.
Esta vez no fue el jam de escritura (se dice cham, recordarán) ni estaba Oliverio Coelho para asegurar vértigo y soltura de la prosa. Esta vez se trató de la presentación de una antología, lo que está bueno porque no estuvieron apareciendo muchas últimamente y siempre es un formato de lo más simpático. Alguien en la editorial Sudamericana creyó que Uno a uno era un título certero y de ninguna manera evidente y así se terminó llamando este agrupado de cuentos que narran o intentan narrar ese territorio todavía tibio, todavía un poco inasible que conocemos como los 90.
Páginas adentro, el libro, nomás desde la tapa, asegura que vamos a encontrarnos con “los mejores narradores de la nueva generación”, lo que viene a ser: Lucía Puenzo, Hernán Casciari, Ariel Magnus, Washington Cucurto, Maximiliano Tomas yotros que completan una lista de diecinueve autores. Páginas afuera, la nochecita en el Podestá, donde una chica Glenda nos da la bienvenida y nos lee algo mitad venta generacional mitad prefacio en vivo, mientras sobran los cuadraditos de pizza y escasea notablemente el champán. Con la mención de cada apellido aparece, o no, una claque más bien tenue que festeja la mención, o no: la chica Glenda dice Vanoli: aplausos. Dice Cucurto: nada. Dice Bruzzone: aplausos. Dice Casciari: nada. Las masas lectoras son así de inestables. En una pantalla, mientras todo sucede, tapas de libros disímiles (uno de Philip Roth había seguro) aparecen y desaparecen una y otra vez, sin ninguna otra complejidad del diseño, constituyendo un documento histórico acerca de cómo fueron los comienzos del videoarte.
Después de la chica Glenda viene el chico Bruzzone, Félix Bruzzone, que lee lo suyo, aunque nadie lo escuche, o pocos lo escuchen, o algunos lo escuchen pero porque están adelante y no les queda otra y otros no escuchen porque están atrás y no tienen ganas de ir hasta delante, como para escuchar. Con la ayuda de la chica Glenda, que no ha tenido la precaución de asegurarse un atril y entonces debe sostener el libro abierto y colaborar con el lento volteo de las páginas para que el autor pueda sostener el micrófono y así leer, Bruzzone lee: no lee, se saca el texto de encima. Ha habido escenas más reconfortantes.
Si se hubiera escuchado algo, es probable que se hubiera escuchado esto: “Dos semanas después –no más– dejé mi carrera de chef. Y como si fuera poco, por esos días Romina vino a verme y me contó que la fábrica de juguetes del padre se había presentado en quiebra. No pasó mucho antes de que todo el patrimonio familiar pasara a ser la casa donde vivían –bien de familia– y el auto de la madre, que como estaba a nombre de un hermano de ella no fue a remate y entonces el padre empezó a usarlo para trabajar de remisero”.
Sin discutir la calidad de los textos, que como en toda la historia de la producción literaria hay buenos, otros muy, otros no, la sensación frente a este blindaje de lo nuevo y lo joven es que a las grandes editoriales se le ven las costuras de sus acciones de marketing y entonces te vas del Podestá con la idea de que estos tipos te la están queriendo vender. Los que saborizan el agua con pomelo también te la están queriendo vender, pero lo hacen bien.
El clima de charlas cruzadas es el clima de tantas presentaciones. Hay que anotar que ni las chicas se pusieron animal print ni los chicos camisas azules con corbatas amarillas, por lo que de ninguna manera vamos a llamar tilinguería al hecho de que en la invitación se leyera, así, textual: “dress code: noventoso”.
Lo que parece imposible finalmente sucede y la presentación termina. Sergio Bizzio, acodado en la barra, aplaude sin ganas y de espaldas. Y Esteban Schmidt, mientras juega con unas bolitas magnéticas, celebra no haberse perdido el peor evento cultural del año. Y eso que también había estado en el jam, en el cham.

Publicado en Critica de la Argentina, página 31, Viernes 27 de junio de 2008.

Comentarios (un comentario)

Cuánta maldad la Seselovsky, en especial cuando cita al fragmento apócrifo… Me hizo sonreír de lado.
Fuera de eso, coincido con lo que comenta Omar al principio sobre la escritura a medida. Es posible que, en contados casos, haya escritores que se puedan defender con alguna dignidad, pero no es lo común. Sobre todo cuando hay, ya, sólo diez años después, una manera canónica de ver los ‘90: la era de “lo ridículo”, “lo escandaloso”, “lo hiperbólico”, las canchas de paddle y el animal print, Menem y sus corbatas amarillas, las bailarinas árabes, Miami, las remiserías y los parripollos. En suma, una visión prolija y bien delimitada -aunque pintoresca- de la que nosotros (?), mentes progresistas, cuentistas jóvenes, gente de Palermo, podemos reírnos con cierta condescendencia. Pero que vende, vende.

Minerva / Junio 29th, 2008, 11:47 am / #

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