El concentrado silencio de un libro
Por Mori Ponsowy
Cuando me preguntan por qué no voy a la Feria del Libro nunca sé qué contestar y digo cosas como “porque hay demasiada gente y mucha luz”, “porque los libros cuestan lo mismo que en las librerías” o, simplemente, “porque me deprime”. Pero la verdad es que ninguna de esas respuestas es del todo cierta y si las doy es para salir del paso. En el fondo, yo misma desconozco el origen de mi aversión.
Criticar la Feria del Libro diciendo que es un evento comercial, que convierte el libro en mercancía, o que los asistentes son en su mayoría personas que se interesan por los libros sólo una vez al año, me parece cierto e injusto a la vez. El libro se ha convertido en mercancía gracias a la democratización de la cultura y esto es un logro de nuestro tiempo. Por otra parte, ¿no es acaso positivo que haya miles de personas que se interesan por los libros al menos una vez al año? ¿No es bueno que haya nacido toda una industria alrededor del libro, una industria que genera puestos de trabajo y hace más variada la oferta editorial? ¿Qué hay de malo en que una vez al año se monte una feria para mostrar las novedades y captar nuevos lectores?
Y, sin embargo, siento rechazo.
Decidí ser escritora a los doce años. Caminaba de noche por un pueblo de España cuyo nombre hoy no recuerdo. Las calles estaban vacías. Me gustaban los adoquines del piso, el silencio a mi alrededor, la libertad que sentía andando mientras los demás dormían. En una esquina doblé a la izquierda. Vi una ventana iluminada, la única de la cuadra. Estaba entreabierta. Me acerqué. Un concierto para piano sonaba sin estridencia, con cuidado de no dañar el silencio nocturno. El sonido de una máquina de escribir se mezclaba con las notas del piano, como si las teclas quisieran cantar. ¿Quién era ese desconocido que estaba despierto, como yo, a altas horas de la noche? ¿Qué escribía, tan importante, que no podía esperar a hacerlo con la luz del día? Hubiera querido tocar la puerta y abrazarlo.
Creo que cuando alguien se enamora primero de los libros y, después, de la escritura, es porque ahí se encuentra cómodo y se siente bien recibido. O, al menos, más cómodo y menos solo que en el mundo cotidiano. Porque en los libros encuentra un hogar donde puede andar a sus anchas, sin cuidarse las espadas. Algunos libros, esos que nos enamoran, nos muestran que no somos los únicos en hacernos ciertas preguntas, en no entender, en cometer errores o en sentirnos fuera de lugar.
¿Qué hay de todo esto en la Feria? Nada. La Feria del Libro se hace en el mismo lugar en el que antes o después se exponen automóviles o ganado, y se comercializa con el mismo criterio que Expo Management. En vez de prepararse teniendo en cuenta que quienes aman los libros suelen ser personas reflexivas, muchas veces tímidas y hasta socialmente torpes, la Feria los iguala a todos bajo el mismo rubro: consumidores.
Aquella noche no me atreví a tocar la puerta.
Querer vender libros no está mal. Lo que está mal es la forma. A la Feria le falta calidez, espacios de recogimiento, sillones cómodos donde tumbarse a leer.
Y silencio. El sonido de un piano invisible, lejano. Y veladores sencillos, con lucecitas que enciendan historias en la noche de alguien, en vez de tanto spot.
El presente artículo se publicó en La Voz del Interior, el 18/05/2008.

Comentarios (3 comentarios)
Es muy fácil criticar a la Feria. Este texto sobra (salvo por la anécdota peninsular) porque es hijo de una ensoñación totalmente irreal: es imposible hacer íntimo algo multitudinario. Va hasta en contra de mi (escaso) pudor: yo no iría a tirarme en un puf a leer ante una multitud, por más veladores y pianos lejanos que haya. Para eso, mi casa. Tampoco entiendo a los que se instalan en el Ateneo, cual pancho por su casa, a leerse la Divina Comedia de cabo a rabo.
¿Por qué digo que es irreal la expectativa? Porque es evidente que la maximización del uso del espacio se debe a temas de costo. E ignorar que cada centavo que una editorial “invierte” en promover libros se lo quita al autor o al lector es, también, escupir para arriba.
Al problema de conciencia con la parte “comercial” de la Feria le veo el mismo origen que al de vivir en un sistema capitalista: hasta para comprar alimentos tenemos que ir a lugares no muy diferentes, y hasta para pagar hacemos colas. Detesto todo eso: detesto ir al supermercado, detesto hacer trámites, detesto los shoppings, sus cines y sus gregarios y ruidosos patios de comidas. Nada tienen nada para ofrecerme, nada que me tiente. Pero estoy dispuesto -¡vaya si lo estoy!- a soportar las desgracias del mercado editorial y el sistema capitalista en general por algo que es una de mis obsesiones: los libros.
Cuando leo en público lo hago exactamente por necesidad, por alienarme del entorno que me sofoca, necesitado de ignorarlo. No voy a la feria a leer, voy a buscar libros. Escasamente, acudo a alguna conferencia que me interese (siempre que no signifique una cola de una hora o apretujarse).
Lo que hay que echar en falta es que no haya MÁS ferias de libros, ferias para los que no van a la Feria o para los que quieran ir a leer con pianos de cola tocando Gershwin.
Nunca entendí este reclamo. Ni siquiera queda claro a qué luna le ladran.
Fender Gebiet / Mayo 29th, 2008, 9:11 am / #
Fender, parece que no te queda claro absolutamente nada. ¿Estás buscando publicidad? ¿Visitas para tu blog?
Charles Marx / Mayo 29th, 2008, 11:40 am / #
Excelente artículo.
En pocas palabras ilustra la soledad que siente quien verdaderamente ama a los libros, y que no basta ir a un lugar para encontrarlos nada más. Es necesario tocarlos, degustar sus letras, mirar cada página. Hay un tiempo para encontrarse con un libro, y un cierto silencio que acompaña ese acto.
Cordiales saludos.
Mercedes
Aqueos (Ma. de las Mercedes Ávila) / Mayo 30th, 2008, 5:13 pm / #
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