Articulo

Los docentes peronistas # 10

PeronAdict.jpgPor Omar Genovese

Verdad N° 18: Queremos una Argentina Socialmente Justa, Económicamente Libre y Políticamente Soberana.

La verdad que hoy nos toca resulta por demás llamativa. Por estructura, presenta una forma matemática sencilla (a + b), básica, que permite el intercambio de valores, cuyos resultados no son los esperados (o sí lo son) produciendo un efecto de juego mnemotécnico aunque válido, también contradictorio. Es, como veremos, una trampa para el recuerdo del párvulo militante, casi muletilla para cancelar toda duda posible.

Veamos qué ocurre con la estructura que nos es dada por
(a + b), (c + d) y (e + f)
Intercambiando valores entre los tres binomios, las combinaciones pueden ser:
(a + d), (c + f) y (e + b)
En términos legibles:
“Queremos una Argentina Socialmente Libre, Económicamente Soberana y Políticamente Justa.” A la que llamaremos, primera transposición.

Otra variante del original:
(a + f), (c + b) y (e + d)
En sí:
“Queremos una Argentina Socialmente Soberana, Económicamente Justa y Políticamente Libre.” A la que llamaremos, segunda transposición.

Pero dejemos el digesto combinatorio para más luego. Primero el comienzo. Veamos qué es lo que guarda ese Queremos, a quiénes nombra o invoca. Son varios los sujetos tácitos que están en juego: uno, el sujeto que enuncia, o sea, la luz misma de Perón expresándose como verdad. Dos, la conformación de ese imaginario en acto de aceptación, a saber: el pueblo, sus componentes, militantes, soldados, masa, movimiento; todos ellos, eso sí, de cuño intrínseco peronista. Como surgió en lo que va del análisis de la serie, vuelve a tomar peso específico la inclusión forzosa en el plural, como también la exclusión inapelable del ejercicio de la verdad. Toda verdad peronista, entonces, polariza lo político para excluir cualquier negativa o cuestionamiento empírico. En eso es tajante y marca trinchera, territorio y objetivo a vencer, podemos imaginar que el escenario de la verdad peronista es el del mapa militar, en cuyos rasgos distintivos encuentra materialidad la estrategia a desplegar en todos los momentos históricos por venir. Ahora, que todos están de un mismo lado, uniformados tras las premisas (estamos en la verdad 18, a la que anteceden definiciones de pueblo y su funcionalidad), el Queremos toma el valor simbólico de la marca, el tatuaje que el ideario perpetúa en la transmisión escolarizada. Pero también, el Queremos se apropia de la noción de tiempo, instalando un presente que llega hasta el hoy, involucrando a la dirigencia, a esa continuidad del ejercicio justicialista del futuro que ora preside ora se opone, o en definitiva, también preside cancelando posibles. Es el Queremos la base y la diversidad en acto de las personalidades políticas en pugna, la interna constante por el poder en el movimiento, o muestra de esa salud que lo mantiene en la discusión por el qué será de Argentina.
Cuando el Queremos se organiza ante la palabra mágica (motivo ideal del todo, madre tierra, madre incuestionable de Todos), también elude una posible diversidad humana: Queremos una Argentina. Dos, tres, cuatro, infinitas Argentinas son imposibles. Para un peronista no hay más que unicidad en los símbolos, en los hechos, en ese otro todo que conforma lo real. También es intención: queremos un país, una patria, una tierra, un ideal por fuera de toda soberbia individual. Es, ni más ni menos, que la enunciación de un nacionalismo primitivo (no primigenio), como si el diagrama de cavernas plantara mojones de territorialidad, afinidad económica y común denominador histórico (lenguaje). Con la invocación de la fuerza tribal, el Queremos se establece en el fino balance entre lo que el nosotros dice que somos y lo que los demás (los no peronistas, que también no serían argentinos) dicen que somos. Negación forzada, apropiación escandalosa, el Queremos orina como el mamífero en todo rincón transformándolo en coto de defensa. Tribu y marca, dos pociones que incitan a la violencia.

Volvamos a la que llamo primera transposición:
“Queremos una Argentina Socialmente Libre, Económicamente Soberana y Políticamente Justa.”
En el primer intercambio binómico (o falla de lectura y comprensión no peronista), se engendra lo imposible, lo que nunca será la Argentina. Socialmente Libre: reconociendo el derecho a la libertad de asociarse por cualquier motivo, opinando, pensando, trabajando por ello. La libertad es peligrosa para una estructura que quiere, a toda costa, un solo objetivo. Económicamente Soberana: quiere decir que su moneda tendrá valor unívoco, propio, por encima de cualquier cambio político o puja de poderes, al igual que sus lineamientos de crecimiento y desarrollo estarán por encima de cualquier interés sectorial. Políticamente Justa: que toda minoría, ideología o disidencia, sea respetada como válida, dentro del pluralismo que merece toda oposición. Y que en ello anida la libertad de elegir, de escuchar, de entender, de educarse en sí.

En la segunda transposición:
 “Queremos una Argentina Socialmente Soberana, Económicamente Justa y Políticamente Libre.”
Encontramos cierta serie de disparadores ideológicos de índole libertaria. Una Sociedad Soberana reconoce el valor de la vida por encima de cualquier preferencia de los sujetos que la conforman. Tales diferencias enriquecen el conjunto social, organizando y desorganizando aquellos nidos de poder que tienen por único objeto el sojuzgamiento de sus partes. La soberanía social se conforma entonces por la diversidad, aboliendo las nociones de raza, credo o posesión de bienes. De ahí que será Económicamente Justa, eliminando la noción de valor a través de la moneda y elementos preciosos. Regresando al concepto de intercambio básico para una vida ácrata, despojada de los abusos de la especulación y explotación laboral. Será económicamente justa una sociedad que mantenga a todos, y cada uno de sus miembros, con los necesario sin necesidad de títulos ni escrituras. Por ello será Políticamente Libre, ya que partirá de una ideología que niega el poder como fin último de la política. No habrá ciudadanía, ni elecciones, ni fraguas de lucha por el control social. Las comunas serán solidarias, respetuosas, organizadas en torno a la educación, el crecimiento individual y la mejora de las condiciones de vida. No habrá padres, madres, hijos indivisos. La política libre involucrará a todos ellos como partícipes sociales de la educación, convivencia y preservación de la vida y libertad de sus partes.

Si bien las dos trasposiciones tienen su propio peso específico fuera del justicialismo, es por él que la maraña doctrinaria las evoca y cancela, dejando como única la combinación definitiva. Huele la verdad a otra cosa, pero el resultado es muy otro. Ahora, finalmente, volvamos a la verdad 18.

Queremos una Argentina Socialmente Justa, Económicamente Libre y Políticamente Soberana.

El Queremos resulta definitivo como lacre de lo que imagina el líder (o su verdad en acto para el liderazgo militante): una Argentina. ¿Habla de un país? ¿De la Nación Argentina? ¿Del Estado? ¿O es todo eso y mucho más? Es lo último en una ecuación exponencial: abarcamos todo, dice, desde el pasado al futuro colegiado en la verdad que sentencia, a través de ella, como única metodología de pensamiento ante la duda (que como sabemos, es imposible cuando la verdad se hace mandato estableciendo un orden). Entonces, en esa región que el justicialismo construye a través de sus cuadros, el logro tripartito será posible como Socialmente Justo. A saber: lo social no como ocurrencia entre los actores en tensión por distintos intereses, sino por hacer justicia a través de un implícito reparto de fortuna. En eso es remitente a otras profundidades políticas emanadas por el líder: qué es lo mejor para el cuerpo social peronista, qué es lo justo. Trabajo, pan, felicidad peronista, paz social, beneficio para la patria. El conjunto evoca un ideal de vida argentina y peronista, a la vez iconográfico que comprensivo desde el control social. Pues para que sea justo debe estar regulado desde una visión que a la vez juzgue y aplique la norma. En eso interviene el Estado, o la parte de él que conviene a la puesta en juego de la verdad. Porque la Libertad Económica a la que se refiere en continuo: ¿habla de libre comercio entre todos los componentes sociales? ¿Libertad de impuestos? ¿Libertad de monedas? ¿O es una libertad en cuanto a lo que el Estado-Nación-Madre, debidamente alineado a las verdades, debe decidir en cuanto a qué debe producirse, qué venderse o dónde enriquecer? Lejos del liberalismo, apartado de la planificación socialista, lo Económicamente Libre dispara una sombría neblina de imprecisiones que implican más una autorización al oportunismo mercantil que a la defensa de los intereses de una Nación. Extraño es entonces que se concluya con una Política Soberana: si la justicia es a lo social, lo que la regulación económica a la libertad, ¿acaso el nuevo territorio será lo político por encima del suelo de la Nación? Dicha soberanía política resulta un abismo de reinterpretaciones donde se incluye la cultura cipaya, la traición y el antipatriotismo. Clasificaciones de recurrente urgencia, y englobamientos comúnmente dignos de sospecha hacia quien señala lo que se debe incluir o excluir (o eliminar). Siguiendo: si la Política será digna de Soberanía, ¿qué será del verdadero suelo del país? Bien, he aquí la dentadura de la trampa. La presidente, en uno de sus discursos fervorosos contra la supuesta oposición agrícola, desembarcó en la playa de lo verdadero como peronismo. Dijo: el peronismo no combate al capital. Es de público conocimiento que la famosa Marcha, como fuente inagotable de fervor nativo, unió y dividió a través de ese versículo. Mágicamente (disculpen, no encuentro un término más adecuado), la presidente vino a sanar una realidad política: atravesado por la época, definitivo, el peronismo va con el capital, con la acumulación de medios de producción, con la plusvalía, la acumulación de riqueza, la desigualdad y diferencias de clase, la explotación de los hombres y la pobreza por desocupación. Tres representantes antecedieron a la dama de referencia, y cada uno a su manera, también gobernó para el capital, con el capital, aunque dos de ellos fueron la encarnación misma del capitalismo salvaje (Juan Pablo II se oponía a dicha metodología de explotación, por dar un referente no exento de intereses contrapuestos), uno a través de la privatización impúdica, el otro por la pesificación asimétrica violenta.

La actualización histórica de las verdades produce un choque entre lo enunciado y lo actuado. En este estadio de poder justicialista, prebenda social, maniqueísmo político y economía esclavizada resultan los divisores comunes de las aguas patrias. De un lado, miseria e ignorancia a manos de un pobre que administra pobreza; del otro, el capitalismo peronista engordando a sus anchas, sin ningún límite más que la negociación de un espacio que no le pertenece por más que lo enuncien: Argentina, ese hueso flaco entre fauces de chacales.

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Pedro Paso / Abril 17th, 2008, 12:52 pm / #

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