Articulo

Chacareros y contratistas, la nueva clase media del interior

Por Héctor Huergo
 
La rebelión del campo sorprendió a la sociedad, por su virulencia y firmeza. Estos chacareros apostados en las banquinas, no reparan demasiado en las consecuencias políticas del desabastecimiento de alimentos básicos. Bajo la difusa figura del “autoconvocado”, tienen contra las cuerdas a los dirigentes tradicionales, que están bajo el escrutinio de “las bases”.

Se ensayan teorías para explicar la naturaleza de la protesta. La más simplista es la que acusa de intento de golpe de estado a la oligarquía, los terratenientes o los grupos concentrados. Seguro que si hay algún nostálgico del pasado estará ahora medrando con la situación. Al igual que los dirigentes de la oposición, que intentan llevar agua para su molino. A todos ellos los del campo los miran con desconfianza.

Esta raza de nuevos productores se caracterizaba por cierta tendencia autista, acostumbrados a la soledad de la siembra en una noche de invierno, sólo acompañados desde la chata (ahora rebautizada como la 4×4) por la señora llevándole un sándwich o cebándole un mate en la cabecera. Como en todo el mundo, su punto de partida es una raya entre dos jalones: la lluvia y los precios. Por eso están colgados de los pronósticos meteorológicos y de los informes del mercado. Pero los mueve una mística extraña en una sociedad que clama por la asistencia estatal. Estos chacareros, la nueva clase media del interior, con una ambición de crecimiento que suena “desmedida”.

Es cierto, son ambiciosos, jugados, le vieron la pata a la sota y apuestan lo que tienen en una siembra. No repararon mucho en el “modelo económico” vigente. Así, tras la crisis de precios de los 80, se lanzaron a un crecimiento cada vez más acelerado a partir de mediados de los 90. En apenas diez años, entre 1996 y el 2007, duplicaron la producción física de granos: pasaron de 45 a 95 millones de toneladas. Nadie creció de esa manera.

Esta expansión tiene un cimiento profundo. Los nuevos actores del negocio agropecuario han recibido una fuerte capacitación tecnológica. Comenzaron a viajar al exterior hace un cuarto de siglo. Arrastraron en sus visitas a las grandes exposiciones mundiales, a los fabricantes de maquinaria agrícola. Desarrollaron, por prueba y error, nuevos sistemas de cultivo, como la siembra directa, una revolución mundial que lidera la Argentina.

Cuando llegó la oleada de la biotecnología, la abrazaron por las enormes ventajas que ofrecía. Así, cambió también la composición de la producción, con el avance fenomenal de la soja. Esta se convirtió en la abanderada del desfile: en 1996 se cosecharon 15 millones de toneladas, ahora 45. Tres veces más. Los cereales, trigo, maíz, sorgo, cebada, más girasol y maíz, pasaron de 30 millones de toneladas a 45. Un 50% en diez años. Esto desmiente la idea de que la soja está desplazando a los cereales: crece más rápido porque es más rentable, y es la señal que dan los mercados.

Como la soja vale el doble que los demás granos, la producción agrícola se triplicó en valor, a precios constantes. Y ahora se suma el alza de las cotizaciones internacionales. Si el valor de la producción agrícola a mediados de los 90 era de US$ 7.000 millones, ahora roza 30.000. Como en una huída hacia delante, crecieron en la convertibilidad, digirieron la crisis del 2002 y retomaron tras la devaluación.

Esta es la base económica de los chacareros modernos. Constituyen una red de 300.000 productores chicos, medianos y grandes, acompañados por sus proveedores de insumos, equipos y servicios. La agricultura argentina está transformada: el productor ya no está sometido al límite de su chacra. Más del 70% de la producción se realiza en campos alquilados. Un tractor y una sembradora permiten sembrar 50 hectáreas por día. Son equipos caros que requieren mucha superficie para amortizarse. Así, brotó la figura del contratista, profesionales que constituyen clave distintiva de la nueva agricultura argentina. Siembra, protección de cultivos y cosecha se realizan por contratistas. La mayor parte son pequeños propietarios, que dan servicios a terceros o siembran asociados con el ingeniero agrónomo, el abogado o el médico del pueblo. Los “pooles” son, en su gran mayoría, pequeñas organizaciones que alquilan campos y siembran con gran eficiencia. Los que se organizaron bien, ganan dinero. Aunque pagaban de hecho un impuesto a las ganancias superior al 60%, que sube al 80% con el nuevo esquema de retenciones.

A partir de la configuración de un cluster único en el mundo, se desarrolló un nuevo entramado social en el interior. Los productores reclaman porque sienten que tienen mucho que perder.

Publicado en Informe Especial: El entramado Social (Clarín, 30 / 03 / 08)

Comentarios (2 comentarios)

Este es el mejor análisis que he leido. nadie puede tirar alimentos y dejar de lado a todo un pueblo. Los pequeños chacareros son canallas e idiotas útiles que le hacen el juego a,los poderosos, que en culquier momento arreglas y los dejan de lado. Y hay que contar que cuando el clima los castigó, fueron corriendo a pedir subsidios, que se los dio la Nación,o sea todos los que ahora nos quedamos sin alimentos. ¿No lo pensaron?

Primero lo primero
Por Eduardo Aliverti

El hecho concreto que sacude al país no deja espacio para medias tintas. Se está con o se está contra el lockout del “campo”. Y esto está dicho esencialmente, aunque no sólo, desde dentro del ejercicio periodístico y respecto de la cobertura de lo que sucede.
Se escuchan posicionamientos ambiguos, siendo suaves, que terminan armando una ensalada indigerible entre que “lo importante es sentarse a dialogar”, que “las dos partes tienen su cuota de razón”, que “hay que bajar los decibeles”, que “la dirigencia agropecuaria fue desbordada por las bases”, que “es una locura la soberbia gubernamental y las acciones patoteriles de D’Elía y los camioneros”.
Esos ensaladeros son básicamente los pusilánimes, los mediocres, los que carecen de formación intelectual o ideológica sólida, los que no saben qué opinar y menos que menos, ni aun por intuición, de qué lado ponerse. Pero no son subjetivamente tramposos. No les da la cabeza, simplemente, o, en el “mejor” de los casos, carecen de poder mediático para decir lo que en verdad piensan o sienten.
Hay, en cambio, una fauna periodística con dos nutrientes: una está presa de que su negocio es el denuncismo antikirchnerista a rabiar, porque su target son los sectores culturalmente molestos de las clases medias urbanas; la otra, derecho viejo, está ligada a los intereses ideológicos y comerciales de sus multimedios, que le hacen el coro al “campo” con la amplificación desnuda, vacía, espectacularista, del tilingaje cacerolero y de las lágrimas de cocodrilo de gente que se cree la dueña del país.
Una parte entre significativa y sustancial de la facturación de los grandes medios proviene de los emporios agropecuarios, de modo que a otro perro con el hueso de la independencia periodística en el tratamiento del lockout del “campo”. No mientan más. Basta de disfrazarse.
El hecho concreto es que este paro salvaje generó un desabastecimiento cuyas víctimas, por vía inflacionaria, son los sectores más desprotegidos de la población. El hecho concreto es que los mismísimos protagonistas del paro reconocen que lo que está en juego no es perder plata, sino dejar de ganar alguna. El hecho concreto es que salieron a disputar el espacio público en defensa de sus intereses, a costa de joderle la vida a la mayoría de la sociedad porque esto no es un corte de calles en el centro porteño que perjudica la llegada puntual al trabajo.
¿Están a favor o en contra del hecho concreto?
Díganlo de frente. Todo lo demás es anecdótico mientras no haya esa toma de posición definida frente a un episodio de esta magnitud.
El segundo aspecto, paradójicamente, es que todo eso que se transforma en anécdota por obra de idiotas útiles y cómplices viene a ser nada menos que el núcleo de lo que debería discutirse.

En el turno gubernamental, la situación deja claro que (como en la gran mayoría de las áreas estratégicas) en el desarrollo agrícola-ganadero se carece de un proyecto de mediano y largo plazo que no sea explotar de soja, continuar aprovechando la demanda internacional de materias primas, recaudar con las retenciones y sentarse a tomar mate viendo cómo crecen las reservas del Banco Central.
Por fuera de eso –y no solo como responsabilidad del Gobierno, que la tiene en primer grado, sino del conjunto de los actores sociales no hay debate ni señalamientos alternativos que le importen mayormente a nadie.
Quiénes son los principales beneficiarios de esta danza de agro negocios; qué será de la tierra con este esquema de virtual monocultivo, con crecientes riesgos de contaminación de todo tipo; cómo es posible que el 85 por ciento de la producción, en un territorio de cadena agraria, sea llevado por el más caro de todos los medios de transporte, que es el camión, mientras la recomposición de la red ferroviaria destaca como su estrella el montaje de un tren bala; cómo se explica que en este granero del mundo que puede darle de comer a 300 millones de personas haya un tercio de la población pobre e indigente; con qué se traga que más del 90 por ciento de los agentes del campo sean productores pequeños y medianos, y trabajadores rurales, pero casi la totalidad de la superficie en cultivo esté en manos de un puñado de terratenientes…
El Gobierno viene eludiendo ese debate, al igual que los grandes medios de comunicación aliados a los fiesteros agro exportadores. Y un buen día, oh sorpresa, resulta que los fiesteros quieren más todavía y paran el país –no hacia dentro de sus cotos, donde siguen cosechando– ayudados por la bronca de los más débiles de la cadena, que les sirven de mano de obra piquetera. El contexto de muñeca política, nula o escasa, que tuvo el oficialismo para manejar el escenario es de segundo, tercer o último orden. El tono soberbio de Cristina, D’Elía corriendo de la plaza a los que de todas maneras se iban a ir apenas llovieran dos gotas, el uso de las huestes de Moyano como fuerza de choque, estructuralmente son pelotudeces. El partido no se juega ahí más que como sección secundaria.
Se juega en cómo se reparte la torta y para qué.
Sin embargo, que el Gobierno se apropie de una parte de las rentas descomunales del “campo” no puede ser puesto en duda como derecho del Estado, en tanto lo estatal es concebido como regulador de los desequilibrios sociales.
Es atrozmente cínico sostener que uno se deja meter la mano en el bolsillo por el fisco sólo si ve que eso es devuelto en el mejoramiento de la calidad de vida de la sociedad. ¿Desde cuándo les importa a estos tipos que las rentas del Estado vuelvan al pueblo en salud, educación, vivienda, servicios públicos?
La discusión primaria no puede basarse en si es justificable la atribución del Estado para tomar porciones de lo que produce la economía.

Para qué se usa esa retención es un debate que viene después, y que los fiesteros pretenden poner antes. Propiciadores, mandantes y socios de cada dictadura que asoló al país, la única novedad de esta oligarquía, a la que hoy quedaron pegados sectores dirigentes del agro con propuestas históricamente progresistas, es que el gran capitalista agrario tradicional cedió terreno frente a un conjunto limitadísimo de transnacionales y grupos locales, introductores de la valorización financiera de la tierra a través de sus fondos de inversión. Concentración extranjerizada, pero en el fondo semántico, como categoría política, los mismos intereses de la derecha oligárquica de toda la vida.
¿A favor o en contra de su lockout? Para empezar a entenderse desde un lugar tan concreto como la medida que lanzaron. El resto lo discutimos después.

Osvaldo Croce / Marzo 31st, 2008, 7:21 am / #

No hacen falta invasiones
Por Eduardo Rosa
27/03/08.-

El martes los argentinos asistimos a la muerte de lo que podría llamarse “objetividad periodística” para escuchar y ver por las pantallas un monocorde libreto escrito con poca imaginación pero con una unanimidad de lenguaje que asombra.
Pero esto no es casual. Los medios de comunicación han tomado el lugar que antes ocupaban las fuerzas armadas y son los nuevos misiles en una guerra de engaños.
Engaños pre-fabricados y dirigidos a crear en la imaginación colectiva el siguiente escenario:
• Hay una sublevación generalizada.
• El gobierno no actúa porque está acorralado Y si se decidía ceder a lo pretendido:
• Ya no hay gobierno.
• El camino para todo es la presión.
Esto no es nuevo, ya se hizo para desestabilizar a Allende en Chile con la huelga de camioneros, que ahora se sabe por documentos desclasificados que fue fogoneada desde la embajada Norteamericana.
Y se está ensayando con el deslinde entre la Bolivia rica y pobre.
La lección es “no se debe –en Hispanoamérica– pretender ser Estado-nación más allá de lo formal”.
¿Cómo nos engañan?
Los medios comenzaron su desinformación: Vimos como los piqueteros, ya no eran los que interrumpían las rutas sino los que las querían usar. Los que las taponaban pasaron a llamarse productores.
Vimos que tapar todas las rutas del país con el propósito manifiesto de establecer lo que antes se llamaba bloqueo, y que lo hacía una escuadra enemiga a la que había que combatir a cañonazos ahora es una inocente protesta, que debe respetarse y abrirse cediendo a sus pretensiones. A eso lo llaman manifestarse.
El bloqueo tiene el propósito confeso de rendir por hambre, como en una guerra. Una guerra entre compatriotas.
Vimos que cinco mil personas eran, para la TV “el pueblo de Buenos Aires”, fotografiados con planos cerrados y nunca de arriba para que parezcan una multitud. (80.000 evangelistas días antes fueron solo eso: evangelistas).
Vimos que otras personas que decidieron contramanifestarse, para que no se dijera que todos los porteños pensaban igual pasaron a llamarse los piqueteros de D’Elia, porque debían ser presentados como feos, sucios y malos.
Entonces la cuestión se centró en “piqueteros contra vecinos”, como si esos llamados reiteradamente “los piqueteros de D’Elía” no fueran vecinos y no se hubiesen también autoconvocado. No eran “gente”, eran otra cosa.
¿Y en las rutas que pasaba?
Según los medios pertenecientes monopólicamente a Clarín o La Nación estaban por un lado los “campesinos”, las rubias “familias Ingalls” como los vio la Carrió, mientras los otros, los impresentables, los feos sucios y malos perdían sus jornadas de trabajo con los camiones parados.
Los buenos podían tajear las cubiertas de los camiones, mientras mil cámaras estaban esperando una, aunque sea una reacción de los camioneros para caerles con todo el peso de la opinión parcialmente informada.
Mientras la numerosa porción de la clase media, la consumidora de zonceras, como lo definió Jauretche, los tilingos que siempre aspirantes a ser aceptados como parte de la clase “gerente” se sintieron llamados no ya a defender intereses que no eran suyos sino a algo más audaz: a voltear el gobierno.
¿Y ahora que sigue en el libreto de los medios?
Ahora esperan el saqueo.
Miran el tablero de ajedrez y prevén el próximo movimiento.
Tal vez ya lo estén organizando, no es difícil hacerlo.

df / Marzo 31st, 2008, 8:15 am / #

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