El prestigio perdido de los premios literarios en Francia
Por Rosario Grimaldi
No sabemos si la literatura está en crisis,
pero la crisis del juicio literario salta a la vista.
(Julián Gracq, La littérature à l’estomac)
Albert Camus se encuentra de pie ante el rey de Suecia con los brazos abiertos, la mirada anhelante y la boca entreabierta. Camus habla de la nobleza del quehacer del escritor, de la historia de su época agitada, convulsionada; del honor de la literatura que no sólo obliga a escribir sino que compromete a llevar la desgracia y la esperanza de todos los que viven la misma historia; de esa generación de escritores que tiene la misión de impedir que el mundo se deshaga y de restaurar lo que hace la dignidad de vivir y morir. Y solicita que el Premio Nobel, su premio, se transfiera a toda su generación.
Al leer los fragmentos del discurso de Estocolmo y mirar esa foto de 1957, me digo que encarna una suerte de imagen idealizada de lo que nuestra época ha deseado que sea la literatura y la gloria el escritor. Nuestra época cumplía en aquel entonces medio siglo de un terrible despertar.
Cincuenta años después la vida ha retomado su curso normal. El mundo literario francés se rehace, cada año, en sus ritos domésticos. Cuando termina el verano y llegan los días dorados de intenso sol amarillo, aparecen numerosos volúmenes —en 2007, más de 700 novelas de las cuales 106 fueron obra de novelistas debutantes—. Y se otorgan los “premios literarios de otoño”: el Premio Goncourt, el Renaudot, el Femina, el Médicis, el Interallié; y el Premio de la Academia Francesa.
La rentrée littéraire es un evento sorprendente no sólo por su exuberancia sino también por la magnitud del interés que despierta. En todo tipo de revistas, cotidianos y programas se anuncian y comentan los premios, se reseñan los libros. Cuando fueron fundados los grandes premios literarios de otoño (Goncourt en 1903, Renaudot 1926, Femina 1904, Interallié 1930; el Médicis y Premio de la Academia son relativamente recientes) tenían por misión tomar el papel que ya no podía cumplir el sistema académico agotado; el de distinguir las mejores obras. Los premios etiquetan, dan aura y prestigio. Pero su propio prestigio es ambiguo.
No deja de llamar la atención que la reciente muerte de Julián Gracq se haya evocado como si el suceso más significativo de su existencia de hombre de letras fuera que rechazó el Goncourt que le fue asignado en 1951 por Le rivage des Syrtes (El mar de las Sirtes, 2005). La agitación del mundo cultural, el ruido desmesurado alrededor de los volúmenes recién publicados, la precipitación provocada por la necesidad de novedad lo habían irritado. Para denunciar aquel ambiente escribió su panfleto crítico La littérature à l’estomac (La literatura en el estómago). Cuando se enteró de que estaba entre los candidatos al premio hizo pública su decisión de no aceptarlo si era designado ganador.
Pero el Goncourt necesitaba a este escritor que no formaba parte del círculo de poder cultural, y su novela, publicada por un pequeño editor, Jose Corti. La Academia del Goncourt intentaba recuperar un poco su muy mermada credibilidad. (¿Había premiado con demasiada frecuencia a los autores de Gallimard asegurando las ventas de la editorial? ¿Había colaborado en cierta manera con el gobierno de Vichy durante la ocupación alemana?) En todo caso, es evidente que consideramos que ser laureado con el Goncourt concede una gran reputación literaria y, a la vez, admiramos el gesto de los escritores que lo rechazan, porque suponemos que se funda en una autenticidad superior. El galardonado que no acepta el premio gana reconocimiento por su obra y respeto por su gesto. ¿Qué provoca esta actitud contradictoria?
Entre las historias del Goncourt me encontré con las explicaciones de Olivier Boura (Un siècle de Goncourt, 2003) de por qué los premios de otoño se convirtieron en armas de doble filo: la mentalidad francesa desconfía del éxito y el dinero; por tanto, mira con recelo el hecho de que los premios sean un apoyo sistemático de las ventas. No acepta que la literatura sea, entre otras cosas, un producto comercial. Además, los premios se han convertido en objeto de ataques y se han visto envueltos en escándalos. Boura pretende que así se explica el caso de Jean Carrière: alguien que comparte una ideología que valoriza el fracaso, la incomprensión, la lenta y difícil revelación del genio, necesariamente se sentirá muy perturbado ante el inmediato reconocimiento de su obra por “la masa de filisteos”, afirma.
La realidad es que los premios son un “sistema de poder y de intereses” con consecuencias muy ventajosas para el autor, agrega. Le aseguran una gran popularidad, por lo que muy probablemente su obra se editará en la edición de libros de bolsillo; y con el tiempo, el autor puede encontrarse, incluso, entre los clásicos de la lujosa edición la Pléiade.
El autor de la novela L’Epervier de Meaux (trad. esp.: El gavilán, 1973), Jean Carrière, fue galardonado con el Goncourt en 1972. Obtuvo, así, celebridad y fortuna: el público compró casi dos millones de ejemplares, fue traducido a 14 lenguas, la crítica le dedicó unos 400 artículos elogiosos. Pero en El precio de un Goncourt Carrière hace público su resentimiento por el daño que le hizo ese premio violento y excesivo, que lo esterilizó durante los siguientes 15 años y lo sumió en una grave depresión.
Los que lo conocieron describen a Jean Carrière como un hombre salvaje, tímido, ingenuo, que amaba el silencio, los monasterios y soñaba con ser “jardinero del campo”. El premio le aportó una gloria efímera, lo puso bajo los reflectores del “circo” —para usar una expresión de Gracq— y después de El gavilán, la crítica nunca más volvió a ocuparse de sus obras. El precio es caro y no todos quieren —o pueden— pagarlo. Anotemos de paso que Julián Gracq no sólo rechazó el Goncourt; tampoco quiso que su novela fuera editada en libro de bolsillo. Y, sin embargo, ha sido el único escritor que en vida ha sido editado en la Pléiade.
Mientras escribía este texto, en la revista Time apareció un artículo que proclamaba la muerte de la cultura francesa y que algunos se han tomado muy a pecho. El periodista del Time observa cómo, a pesar de su profusión y de la asombrosa resonancia que tiene en el interior del país, la cultura francesa no alcanza a imponerse, como antaño, por la “excelencia dominante” de sus escritores, artistas y músicos.
En lo que toca a la literatura, antes tuvo una gran audiencia, con autores como Molière, Balzac, Sartre, Camus… Ahora, apenas algunas de las novelas publicadas en el otoño de 2007 serán traducidas. El elegante estilo de sus obras de ficción admiradas en Francia no gustan en el extranjero; tampoco las abundantes novelas “introspectivas” de los últimos tiempos. Por otra parte, los franceses recelan del éxito comercial. De suerte que, mientras que los escritores estadunidenses piensan que deben trabajar mucho y tener éxito, éstos creen que deben ser intelectuales. En Estados Unidos, si un artista tiene éxito, se piensa que es bueno. En Francia, si tiene éxito es tachado de “comercial”, observa el autor.
¿Se refiere a la ausencia actual de grandes autores en Francia o a su incapacidad de producir obras que puedan exportarse? Porque los grandes periodos creadores no pueden generarse por meros cambios de comportamientos o mentalidades. La creatividad es un principio imprevisible. El hecho de que no exista un gran público para las obras literarias francesas no prueba que no existan allí grandes autores vivos en nuestros días.
Los premios de otoño de 2006 registraron un gran evento: Jonathan Littel, un escritor franco-americano que cosechó un gran éxito en el medio literario francés con su novela Les Bienveillantes (escrita en francés. Trad. esp.: Las Benévolas, editada por RBA), recibió el Goncourt y el Gran Premio de la Academia Francesa. Algunos calificaron el volumen de obra maestra. Gran narrador, Jonathan Littel describe los horrores de la guerra a través de los ojos de Max Aub, un miembro ficticio de la SS que narra sus memorias imaginarias.
¿La recepción entusiasta del público y de la crítica literaria —que entre otras cosas cuestionó su conocimiento de la mentalidad y cultura alemanas, la verosimilitud de su personaje principal— le darán una reputación duradera? Se prepara ya la edición de su novela en libro de bolsillo; ¿se editará algún día en la Pléiade?, ¿se quedará en el rango de los best-sellers como predicen algunos? ¿Sus 12 traducciones le darán un lugar entre las obras de la literatura universal? Littel tiene una clara idea del éxito y el dinero. Su agente literario supo ofrecer el libro en el mercado editorial francés y conservó los derechos de traducción para el autor.
Los premios no son sucedáneos del veredicto del tiempo. Sin embargo, siguen siendo una tradición viva con sentido y actualidad, más que por el valor de las obras que selecciona, por su poder de incitar a la polémica. La premiación de Las Benévolas suscitó interrogantes sobre la naturaleza de la obra literaria en relación con la descripción de los horrores de la guerra, sobre la ética que fija límites al uso de la imaginación y el respeto a los sobrevivientes, relativos a la responsabilidad del escritor que da la palabra y destaca las “cualidades humanas” de los verdugos de la guerra. La premiación de esta nueva novela con el tema de la Segunda Guerra Mundial y la originalidad de su enfoque invitó a numerosos críticos, universitarios, historiadores, voces de franceses y alemanes, al público atento a discutir las respuestas a la pregunta: ¿qué esperamos de la literatura?
Journal, el diario de Jacques Brenner, novelista y jurado del Premio Renaudot, que apareció en el otoño de 2006 es un testimonio de primera mano de las prácticas usuales en el medio literario, de los métodos oscuros en el trasfondo de los grandes premios atribuidos cada otoño. El hecho de que los nombramientos de los jurados sean vitalicios permitió que los editores construyeran una red de compromisos, como el pago desproporcionado por trabajos pequeños o ficticios, la publicación de libros olvidados y otras promesas de publicación a veces no cumplidas; así como arreglos entre editores, como el “tú me das tus votos en el Goncourt y yo te doy los míos en el Renaudot”, devela Brenner. A los que creen distinguir a los honestos de los manipuladores les demuestra que se engañan.
¿Por qué no denuncian todo esto los principales actores: editores, críticos y jurados? Porque los premios impulsan las ventas. Y sería difícil intentar una reforma de esta estructura que ha funcionado hasta ahora y que beneficia, muy especialmente, a las principales editoriales. Ellas obtienen ganancias por la venta de libros o a través de algunas editoriales medianas que les pagan por la distribución, cuando alguno de sus autores es premiado.
Ha pasado un año y el otoño de 2007 llega con sus tonos ocres a la placita de Juana de Arco en Epinal. Frente a la estatua está una librería modesta, la mejor de la ciudad que, como es frecuente en estos tiempos, sobrevive difícilmente a la competencia desigual de las ventas por internet, de las ofertas en supermercados, de las grandes cadenas de librerías. La dueña me envía una nota con el último paquete de libros: los premios este año no son alentadores. ¡Pennac ya se vendía bien sin necesidad del Renaudot!, se lamenta. Por su parte, los medios de comunicación apenas si tuvieron una anécdota para redactar sus comunicados: J.-M. G. Le Clézio, el célebre escritor y miembro del jurado del Premio Renaudot, que se encontraba en Corea del Norte, dio su voto por teléfono provocando que el premio se otorgara a un autor que no estaba entre los finalistas: Daniel Pennac por Chagrin d’école (París: Gallimard, 2007; podríamos traducirlo por: Las aflicciones del mal alumno).
Mientras leía Chagrin d’école me preguntaba: ¿por qué eligió Le Clézio este volumen para el Premio Renaudot? Le Clézio goza de una especial reputación de integridad, en gran parte debida al hecho de que se mantiene retirado de los medios literarios. ¿Será que el libro le gustó porque lo atrae la inocencia de la infancia, la juventud por su fuerza salvadora, y porque prefiere el lenguaje sencillo? Nadie habla de obra maestra y la crítica apenas sí se ocupó de él. Pero tuvo una buena acogida popular. Sabemos que las grandes obras, esas que “cuentan de veras”, no se gestan en secuencias y ritmos regulares. Pero las pequeñas también son literatura.
En La littérature à l’estomac (1949) Julián Gracq condena la actitud del pueblo francés que cuenta con la existencia de sus grandes escritores a ojos cerrados, porque ni siquiera los lee. Es como si el lector promedio hubiera decidido que la reputación de los escritores le viene de un lugar al que no tiene acceso, del cual le llegan reputaciones ya hechas y mensajeros que por ningún motivo rechazaría, explica. En nuestros días se lee aún menos. Y la actitud de asentimiento a los juicios impuestos probablemente es mayor, pues existen nuevos medios para imponerlos.
A pesar de su desmesura, de su mala reputación y de que su juicio no siempre es de fiar, los grandes premios de otoño —que de alguna manera son también nuestros premios, pues compartimos el mismo mundo cultural— se han convertido en una tradición que mantiene vivo el ambiente literario.
La generación de Camus vivió el comienzo de nuestra época. Nosotros tenemos un extraño presentimiento de fatalidad, el temor de estar viviendo su fin. ¿Cuánto tiempo aún sobrevivirá nuestro mundo literario imperfecto antes de ceder al cosmos predeterminado de las leyes mundiales del mercado, el de las mentalidades uniformes que consumen los mismos productos?

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