LAS PUTAS #2
[La primera parte de este artículo se encuentra acá.]
George Simmel pensaba que la relación sexual entre un hombre y una mujer no es todo lo simétrica que pudiera parecer (Filosofía del dinero). La mujer se entrega entera, el varón sólo en parte. El hecho de que la prostitución sea sobre todo un asunto femenino, al parecer poco tiene que ver con las desigualdades sociales. La apreciación continúa hoy a pesar de la relativa igualdad (económica) entre los sexos, o los géneros. La mujer elige un varón (particular); el varón, a la mujer (en general). Se infiere entonces que la sexualidad mercenaria satisfaga a los varones más que a las mujeres. Pero ¿cómo “más”? Puede ser que por razones que no resultan claras haya mujeres que se acomodan a esta forma de relación (sexual) mejor que a otras, no lo sé. La puta, éste es un punto, no siempre forma parte de una red de extorsión, no siempre está controlada por un proxeneta. Elisabeth Badinter, que hasta la fecha no muestra credenciales de misoginia, dice que hay que diferenciar la prostitución impuesta de la elegida. Igualmente, impuesta y elegida son términos laxos, arbitrarios. Sospecho que siempre hay un proxeneta, y que esa diferencia no existe. Hagamos por ahora una pregunta: ¿cómo entender la creciente fundación de prostíbulos para mujeres?
No me estoy refiriendo al derecho de las mujeres a usar y abusar de su propio cuerpo. Si se asegura que la clave de la prostitución no se encuentra en las mujeres que venden su cuerpo como en los varones que necesitan una sexualidad vicaria, entonces hay un malentendido. Si el altruismo fuera un bien general, ¿no existiría la prostitución? En las comunas sesentistas se supone que se practicaba el amor libre, que la idea era inventar una nueva sociabilidad. Y todo marchaba sobre rieles hasta que apareció el convidado de piedra: el celoso. Seguro que terminó con el ojete a la miseria, pero ya no es posible hablar de comunidades y amor libre sino de otra cosa, no sé si mejor o peor.
Hay una novela de Rafael Cansinos-Assens, de quien Borges dijo había sido su primer maestro. La novela es de 1924. No me acuerdo el título. La leí por el ‘76-’77. Bueno, se percibe la idea de que un prostíbulo puede ser un lugar respetable, dentro de ciertos márgenes. La decoración, el ambiente de una casa de señoritas podían dar la impresión de una casa de familia, de que las pupilas estaban cuidadas. Desde luego, hay circunstancias peores para las putas arrastradas. Pero mal que bien, el burdel era una suerte de hogar sustituto para aquellas aisladas de cualquier otra forma de parentela o amistad.
Practicar la arqueología a veces puede resultar atroz.
Dice Quintiliano Saldaña en 1929: “El ápice de actividad sexual, la prostituta, es estéril, y sus raros engendros, los mánceres, nacen degenerados, deficientes o perversos. Vástagos de hombres libertinos nunca fueron geniales. Don Juan no procreó”. En este estado de cosas, la suerte de la puta está echada, es como decir que uno, cualquiera, alguien se va de putas porque a diferencia de las mujeres, que no saben lo que quieren, las putas sí: dinero, y después de echarse un polvo, uno, cualquiera, alguien vuelve a su casa desfogado, virtuoso, saludable, higienizado. La idea de que garchar libera tensiones es otra estupidez de sexólogos, o de psicólogos contaminados por Wilhelm Reich. La experiencia parece indicar que se puede estar sin garchar todo el tiempo que se quiera, o que se puede garchar una, dos, tres, mil veces, ¡en una misma noche!, porque se trata del deseo, y no de un cociente ideal entre semen acumulado (para la reproducción) y otro liberado (para el placer laico), entendiendo que la reproducción también se cumple liberando semen, pero no con prostitutas. Acá retornamos a lo esbozado en la primera parte. La doxa sexológica (incluido Reich), contra su declamada ideología marxista, piensa la sexualidad en término de individuos, cuando en realidad lo que hay es un dispositivo, la institución prostitución, que permite un encuentro, una relación social inédita (como entre analista y analizante), que es sexual, y que puede no andar o andar de maravillas (que lo digan sino algunas analizantes). No hay sexualidades vicarias sino relaciones sociales (sexuales) que admiten la idea de estructura: si la relación sexual (social) no marcha, no hay sexualidad vicaria que la haga arrancar.
Es en este juego de mutaciones y permutaciones que el dinero activa un plus que la prostitución como trabajo (“nosotras somos trabajadoras del sexo”) no puede saldar. Es la hipoteca del putañero, y el destino manifiesto de la puta, con las excepciones de rigor.



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