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LAS PUTAS #1

Por Pablo E. Chacón

Hace unos días una amiga me contó que había estado en Córdoba, en un convento donde unas monjas –de la orden de Las Adoratrices– trabajan con “mujeres en condición de prostitución”, así las llaman, desde mediados del siglo XIX. El nombre de la orden no es una joda. Esta amiga viajó a conocer la experiencia (las monjas están gestionando un préstamo que facilitaría un organismo de crédito internacional), y volvió sorprendida del entusiasmo que esta gente pone en “recuperar” a las mujeres que “hacen la calle”. Las monjas no imponen restricciones a sus talleres (sólo una: que el rufián, si es que lo tienen, se comprometa a no aparecer por el tinglado que –en la misma iglesia– hace de centro de reunión). La reinserción social de las putas parece complicada. Se trata, por cierto, de casos de extrema pobreza, con tres o cuatro hijos mínimo, promedio de edad entre 23 y 25 años, que después de ocho horas de faena logran juntar, cuanto mucho, 15 o 20 pesos. En los talleres, además de trabajar sobre la autoestima, la imagen del cuerpo, consideraciones sobre lo mejor lo peor (para cada una) de sí mismas, etcétera, encuentran una especie de contención, un lugar alternativo a la casa y a la calle, donde pierden la vergüenza, no hay lugar al resentimiento y hacen amigas.
Dicho así pareciera que me estoy refiriendo a un grupo de autoayuda, y a un catálogo de víctimas forzadas a la degradación por una sociedad excluyente que las martiriza y no les ofrece oportunidad de trabajar, porque como todos sabemos, el trabajo (y Evita) dignifican. Sin embargo, en todo esto hay algo cierto: la sociedad argentina es excluyente, martiriza y no ofrece oportunidades para trabajar. Y también hay algo exagerado: porque la exclusión, el martirio y la falta de oportunidades coagulan en una figura, la del sacrificio, digna de un cristianismo trasnochado, de cartón piedra, de causa sui: ¿son todas como la Nacha Regules de Gálvez, sin la suerte de un tipo que las saque de “la vida”, aunque sea un lisiado?
Una vez una puta me contó que no conocía ninguna (puta) que no quisiera dejar de serlo, y juntarse, amancebarse o casarse con un tipo de plata, o con un tipo con algo de resto para mantenerlas sin hacer nada. Las putas no quieren trabajar. La vocación de las putas, me decía, es la vagancia, la pereza, el ocio. Las putas no quieren trabajar. Bueno, es un argumento extraño, porque trabajan, y si se sigue el hilo, en estos casos al menos, trabajan por nada, por casi nada, por los hijos. Entonces, después de ese trabajo, ¿quién querría trabajar? Y convengamos que ni el trabajo (ni Evita) dignifican. Pensaba esto porque estas mujeres están obligadas, empujadas a la calle a trabajar, y también porque hay otras mujeres, en las mismas condiciones, que obligadas, empujadas a la calle, no trabajan como putas. Aclaro: esto no tiene nada que ver con la moral. Estoy tratando de entender una relación social. Así que sigo con las anécdotas.
Era costumbre, no sé si lo es todavía, alrededor de los quince, dieciséis años, que los varoncitos “debutaran” con una puta. Hasta hace poco la isla Maciel era lugar de peregrinación para los “debutantes”. A los “debutantes”, casi no hay que decirlo, nadie les preguntaba si querían “debutar”: los llevaban y listo. El padre, el tío piola, un amigo, hasta conozco el caso de un padre multimillonario que arregló con una puta cara, de lujo como se dice, un encuentro “casual” con su hijo, al que sospechaba o veía afeminado. El pibe tenía quince años. Por ahí era puto. La puta dice que no, o que no parecía. En la isla Maciel quedan algunas putas, pero ahora está lleno de travesaños y de fumaderos de paco, la droga preferida de Rolando Graña, el hombre del peluquín.
También fui uno de esos quinceañeros. Mi tío era un imbécil (sigue siendo un imbécil), pero tengo que confesar que para arrancar no estuvo nada mal. La jovata, que debía andar por los veintidós, veintitrés años, me trató con cariño, me manoseó un poco y se la mandó a guardar. En cinco minutos estaba afuera, todo un hombrecito. No me gustó que se lavara con una palangana, pero el putero tampoco era el Moulin Rouge.
Las putas se anestesian para trabajar. Pastillas, merca, porro, lo que sea. Las muy profesionales (y muy caras) también: cocaína. Habrá excepciones, no las conozco. Las putas no soportan a los tipos, no quieren aprender nada, no quieren enseñar nada, no tienen nada que aprender, no tienen nada que enseñar, no son pedagogas a su pesar, como piensa Román Gubern de las putas que filman porno (el catalán, por si no se sabe, se la mastica). Las putas no soportan la sanata, la soledad trucha, lastimera, llorona, el amor piadoso, la vanidad, el ruido idiota del cliente de alma rota, el vacío que dicen sentir los del alma rota, no creen nada: soportan, simplemente. Y al parecer, pierden algo, no sé qué pero algo pierden, no la sensibilidad, no es que se vuelvan frígidas (eso es un invento culposo de los sexólogos), pero los tipos, incluso los enjundiosos, a las putas les parecen marionetas tiradas de la pija por un piolín desde lo alto. Hay algunas que tal vez disfrutan, no sé, pero disfruten o no, a la hora convenida, cobran y se van. Es un trabajo. Ahora bien: ¿qué clase de trabajo?

Comentarios (3 comentarios)

Un laburo de mierda.
Hace unos años leí un libro de una mejicana Marcela Legarde sobre mujeres encerradas: monjas, presas, putas y amas de casa. Hace muchos años de esa lectura pero la recordé ahora con tu relato.
Una amiga graciosa, dice que iba a un colegio de hnas. adoratrices y que ellas -las adolescentes díscolas, reprimidas y disciplinadas sin eficacia- armaron un grupete llamado las adoratrices del divino bulto.
En fin.

Daniela / julio 8th, 2006, 2:12 pm / #

[...] [La primera parte de este artículo se encuentra acá.]  [...]

NACION APACHE » Blog Archive » LAS PUTAS #2 / julio 10th, 2006, 10:40 am / #

troceltalt

cnaace / noviembre 21st, 2007, 1:19 pm / #

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