El texto
Por David Wapner
El rey es adecuado.
Aunque no lo justifico.
El tema
En el borde de la calle, al costado de la salud, se ha negado un principio elemental. Un hombre no puede pertenecer a nadie, ni siquiera a sí mismo. ¿Qué hace el hombre? Mira la tormenta y dice ¡ay! ¡ay! ¿Qué otra cosa puede hacer? El lamento, la danza, la risa. Todo sirve para evitar la tormenta: alabanzas a la tormenta, diatribas a la tormenta, reflexiones acerca de la tormenta –ahí están los meteorólogos. Ya nadie duda de nuestra soledad. Salvo, a no ser que. Puedo tener alegrías. Puedo engendrar palabras que conducirían a sentimientos alegres. Puedo decir “otros ya han experimentado esto y cosas mucho peores “. Y ya no están. Puedo decir que el fin del mundo ya sucedió y por lo tanto no es nada improbable. En diferentes escalas. Desde el cataclismo universal que experimentaron los dinosaurios hasta la muerte de Teresa en Cutralcó. En el medio están los holocaustos. Los judíos seguimos siendo judíos pero a algunos nos han salido plumas, los labios se ven perturbados por sustancias córneas; algunos hemos logrado volar, estrellados a veces en el océano, otros, desplazados de un hemisferio a otro.
El refugio
Los gatos, en tanto, sienten que están en peligro.
No bien encuentran un hueco nuestro, allí se meten.
¿Los perros? Van detrás de los gatos.
La filosofía se hace trizas. Vengan, animales míos, a mis brazos. La casita de ustedes, qué felices son bajo un techo.
¿Y los pájaros? Los pájaros, ya lo dije, son los dinosaurios.
Escribir como modo de pensar, este invento de la especie, a veces nos es grato, para qué decir cosas de las que luego nos arrepentimos. La zaga humana, la gran historia multiestilística.
Sin embargo, parece que no. Un enviado me ha dicho que tiene noticias. Algunas son novedosas; otras, en cambio, son la retahíla de siempre, aquel concatenamiento de acoconteceres llamado acontecer. ¿La vida es así? ¿Mi mano cuando se estira te alcanza? ¿Comprendés mi sintaxis? ¿Puedo hablarte sin que me malentiendas? Mi corazón late y, aún así, llega un segundo después.
El estilo
Ahora que lo pienso bien, aborrezco este estilo. ¡Este estilo que te habla! ¡Lapicera! ¡Perrito! ¡Gatarín y gatarina! Animalitos míos, querría decirles que los quiero tanto. El sol, al que persigo desde hace años, a veces está en un rincón incómodo para mí. El sol, a quien busco interceptar, se merece un cachetazo. Un bife, decía mi viejo. ¡Biflo y Bifo son hermanos! A Bifo lo inventó mi papá; a Biflo, yo. Sin embargo, cuando me surgió Biflo, no pensé en padre alguno.
El recurso
No bufles más, digo a perrito. Perrito me dice que él no bufla, que se trata de una acusación mía que tengo que probar. Perrito, te digo así porque imagino que sólo perrito puede buflar. Ahora, si perrito es feliz porque bufla y bufla, no soy quién para obstruir la buflada. Mal que bien, yo estoy aquí y nadie me ha dicho lo que yo ahora digo a perrito. Yo, aquí, mucha honra a perrito. Aunque así no se puede pensar. No es lo mismo y no es discriminación a perrito. Por mí, que bufle lo que quiera. Nadie impone (a él) un lenguaje determinado, nadie le dice “decí esto y esto que que eso y no otra cosa es lo que tenés que decir”. Un método que no falla nunca es decirle “perrito, bufle” y perrito no bufla porque perrito no obedece.
El efecto
Así, entre otras cosas y entretenimientos, se espera que pase una tormenta. No hay ciencia que impida elucubrar cosas tan fantásticas e improbables como estas. Nadie hay tan razonable y si lo hay es impostura. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es la razón de la cosas que hace. Los actos de nuestra vida son en buena parte mecánicos. Lo comprobé desde muy joven cuando, en trance de fumo, yo hablaba con mi padre del modo habitual en que lo hacía todas las noches durante su cena-almuerzo. En forma simultánea, yo mismo observaba y pensaba en el diálogo que yo mismo entablaba con mi viejo, que jamás sospechaba mantener charla con un hijo drogado.
El pudor
Hay textos míos de los que me avergüenzo.
Algunos fragmentos de este podrían ser de aquellos.
No, claro, cuando pido a perrito que bufle; tampoco otros. Es que la literatura es irreflexiva. Al surrealismo, la reflexión acerca de la irreflexión lo transformó en algo parecido a la idea que el surrealismo tuvo de sí: gestos, flexiones. Detesto mis reflexiones. No sé pensar y eso me pone al margen de otros que sí saben cómo estructurar sus ideas y expresarlas con soltura y virtud. Hay zonas escritas por mí que no habría que leer. ¿Y por qué, entonces, el esfuerzo para escribir textos que, incluso a priori, quiero destruir? ¿Existen justificativos para la literatura? ¿O se es víctima de una compulsión que hay que justificar de algún modo?
El deseo
Nada nos hace inmortales, ¿qué tipo de inmortalidad es esta, cuando ya no estamos? La inmortalidad así entendida, ¿es altruista en extremo o egocéntrica e insoportable?
Quiero tu trascendencia, perrito. Querría que te veas igual que yo cuando me veía a mí mientras estaba fumado, pensado y evocado por otros, mientras vos mismo sos el que no está, víctima de una droga de potencia absoluta.
Resultado
¡Plena alegría! ¡Mínima felicidad! Escándalo de la sangre, ¿por qué tanto borbotón? Las manos, cuya función es rascar la cabeza, no tienen uñas. ¡Muy bien! ¿Qué va a ser de ellos, ahora? ¡Plena alegría, mínima felicidad!
(Publicado originalmente en “Flora de Selva Negra-Almanaque” (Dunken, 1998), obra en la que participaron Ezequiel y Manuel Alemian, Sebastián Biachi, Juan Desiderio, Guillermo Neo, Federico Silva Pintos, Fulvio Franchi, Nestor Colón, Fabián Vique, Carlos Sibila, Ana Camusso y Marcelo Tomé. La presente versión ofrece mínimos cambios con respecto a a la original. N. del A.)

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