Articulo

Barranca abajo

Por Oliverio Coelho

En muchos escritores la especulación con el fracaso suele desencadenar, o bien una serie de libertades paradójicamente estructuradas, o bien el fin de la escritura. A partir de un doble fracaso, o mejor dicho, gracias la convergencia de la catástrofe amorosa y la conciencia de un destino literario que nunca será debidamente valorado, Daniel Guebel teje un monólogo que se presenta, en principio, casi como el diario de una separación, y que termina aniquilando lo que la literatura le restó a la vida. Hay pasajes conmovedores, otros grotescos y delirantes, todo en un tono estructurado, un registro que, por potente, sólo puede provenir de esa reserva que el escritor, como un fondista, se reserva para los últimos metros. Esos metros finales son, claro, siempre, un espejismo producido por la desesperación del sobreviviente.

En Derrumbe hay variantes de lo que Guebel, en su obra previa, había mostrado desmedidamente. Todas las novelas anteriores –genialidades transformadas en espejos convexos que devuelven la imagen del fracaso, según el narrador– retornan astilladas pero apuntalan, sin embargo, un discurso confesional: ese tono moribundo e impúdicamente lúcido que, desde las Memorias del subsuelo a Lolita, ha contenido la genealogía de ese elemento tan común aunque desprestigiado por tibio y conformista en algunos astros contemporáneos: la ironía y la parodia. Daniel Guebel, por el contrario, ha llevado estos elementos a límites extremos, intolerables para muchos, y de ahí, quizás, el malentendido –el prestigio nocivo– del que se queja el narrador.
En definitiva, la escritura urgente de Derrumbe permite que la vida siga después de un final virtual y que, a fin de cuentas, se novele la fantasía de una resurrección. Una resurrección en la que lo que se recupera, a costa de un par de piernas, no es una mujer ni el prestigio literario, sino una hija. El narrador protagonista, en una aceleración que no empalidece el tono del libro, se transforma en un pordiosero, vive en las cañerías, envejece, devora ratas, termina tullido en un hospital y finalmente, iluminado, salta de la cama y monta, en un remedo vernáculo del “levántate y anda”, un par de beatíficas muletas que en el entorno le hacen un guiño expiatorio para que reencarne, ya no como hombre, sino como padre.

Publicado en el número de enero 2008 de Los Inrockuptibles.

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