Articulo

Del proyecto personal a la constitución colectiva

Por Pablo Hupert

La tesis que quiero compartir con ustedes hoy es un poco oscura: Mal que mal, todos tenemos un proyecto personal. Hacia 2003, un colega y yo nos propusimos dar un curso de historia argentina que se iba a llamar “pensamientos argentinos de las crisis argentinas”. En ese momento, parecía que no había terminado la crisis de 2001 y podíamos, finalmente, ver la utilidad de la historia en el presente (tantas veces reclamada y tan pocas confirmada), pensando cómo otros argentinos que pensaron la crisis en su momento para pensar nuestra crisis. Unos de esos otros argentinos eran los movimientos de 2001-2002: se trataba de elaborar cómo pensaban su situación de crisis tales movimientos. Era pensar nuestro presente: preguntar qué hacer.
La idea de este curso se está concretando recién ahora, y ya es un anacronismo pensar el 2001 como la crisis actual. Ahora, hay que pensar un problema de actual, y aquí la historia conecta una actividad pasada con una actividad presente.
Si clásicamente se ha concebido la historia como un recurso más para tener futuro, hoy la operación historiadora es un recurso para tener presente. En épocas estables, de progreso liberal o desarrollo nacional −épocas con una evolución social más o menos previsible− el presente era un dato y lo que había que discutir, lo que estaba en duda, era el futuro que se venía, qué promesas se cumplirían, qué perspectivas se abrían. En condiciones sólidas, en situaciones estables, la preocupación constitutiva del sujeto era tener futuro.
En situación fluída, en que el presente no es un dato, cuando el único dato es la fugacidad del consumo y la instantaneidad del tiempo, los individuos no estamos en el presente: no tenemos presente, sino que el presente nos tiene a nosotros. Con más rigor: el instante nos tiene a nosotros. Y aún más rigor: el instante nos retiene. Y así nos separa de nuestras potencias.
Hoy, la preocupación constitutiva del sujeto es tener presente. Hoy, la conexión historiadora se opera entre pasado y presente.
Acá viene el problema del proyecto personal: es algo que requiere una actividad que lo supere. Un ejemplo clásico de proyecto personal es el del docente que va a muchas escuelas, tiene muchos trabajos: de la escuela al curso de capacitación, del curso de capacitación a escribir algo para el manual que está haciendo en Santillana, etc. Conozco una profesora así; no puede poner puntos cuando escribe los mails, no puede hacer una pausa cuando cambia de tema. Parece Nikita. En la serie Nikita, en que un agente era herido en misión en Irak y aparecía en la enfermería de la base antes de desangrarse. Esta misma ubicuidad tiene esta docente: prepara una clase para la facultad, después viaja al juzgado en La Plata (es asistente social y asesora en Minoridad), al rato da una capacitación en Olavarría, y así… El proyecto personal se podría resumir de la siguiente forma: si antes una escuela tenía muchos docentes, hoy un docente tiene muchas escuelas. Parece que toda esa dispersión se articula en el proyecto personal, como llave a través de la cual definimos una estrategia y vamos focalizando las tácticas que nos permiten realizarlo.
La tesis es que el proyecto personal es una entelequia, y no tiene una existencia práctica; más bien es una manera de, a través de esa entelequia, prestar nuestro consenso a al trabajo. Esto surgió cuando, en el profesorado Joaquín V. González, viví un conflicto que no pasó a mayores; los militantes estaban disconformes porque para ellos pasar a mayores era cortar la calle, y la crítica era que no había ningún docente que perteneciera a esa institución. La falta de compromiso con la institución producía falta de substancia al conflicto. Los docentes (o cualquiera de nosotros) picotean un trabajo acá, un trabajo allá −situación que confirma el proverbio: pájaro que comió voló. No hay compromiso de ningún trabajador con su lugar de trabajo o con los compañeros de trabajo. Consumimos trabajo, sin producirnos como trabajadores; el trabajo no nos hace. Si clásicamente el trabajador era lo que hacía, hoy quien trabaja consume lo que hace (consumir es lo contrario de producir; el consumo se define por ser extinción; el consumidor se consume en cada acto de consumo, lo que lo obliga a volver a consumir: una dinámica que le evita ser uno). El hecho es que los trabajos también se consumen rápidamente, y no llegan a hacernos, definirnos.
La metáfora de todo esto sería “hoy tuve un día imposible”. Si clásicamente el trabajo era lo que nos hacía posibles, nos daba identidad y pertenencia, hoy más que producirnos, más que hacernos posibles, nos hace oportunos. No somos productores sino oportunistas: no tenemos que dejar pasar ninguna oportunidad laboral que se presente. Así nuestras agendas se vuelven caóticas, imposibles. Tenemos un día laboral compuesto de fragmentos que no llegan a armar un sistema (salvo ilusoriamente, en la entelequia del proyecto personal) y que, por su propio funcionamiento, se sigue fragmentando y nos fragmenta. Noemí, la docente que funciona como Nikita, ha logrado concretar, en parte, su proyecto personal: compró una casa antigua muy grande y la reformó, le hizo un quincho con parrilla en la terraza. Mientras que ahora no tiene tiempo para hacer un asado con amigos en el quincho porque está trabajando para pagar el crédito…
En poco tiempo, el trabajo hoy, el proyecto personal, no constituye sino que nos diluye. Recuerdo la tesis: Todos tenemos un proyecto personal. He aquí nuestro problema.

Hagamos una conexión con 2001, pensemos la actividad de los movimientos de 2001 y 2002 para referirnos a nuestra actividad hoy. Pensar es pensar la pregunta ‘¿qué hacer?’. La pregunta es si podemos, con una conexión historiadora entre la actividad del hoy y la actividad de 2001, pensar qué hacer, definir alguna política subjetiva (perdón por la redundancia).
¿Qué fue 2001-2002? Varias crisis, sin duda (económica, política, etc.); lo que acá interesa es la crisis subjetiva. Pero, más que nada, interesa lo que hicieron los movimientos −en las inmediaciones de 2001− con la crisis subjetiva. Una conexión historiadora extrae un concepto de los hechos pasados para pensar con él los hechos del presente. Vamos a extraer un concepto con el que quizá logremos un principio político de pensamiento, de acción, para que lo que hagamos nos haga.
Conceptualmente, 2001 se puede resumir en dos características: el poder de veto y la potencia de constitución.
• El poder de veto es lo que más se recuerda (la caída de De la Rúa, las caídas de los sucesivos presidentes en los días siguientes, el adelanto de las elecciones por parte de Duhalde luego de la masacre de Avellaneda). Esto no es lo más interesante (en todo caso, es lo que Kirchner logró domesticar, y es gracias a este pasaje del veto al voto que Macri pudo ganar).
• La potencia de constitución de los movimientos de 2001 y alrededores es mucho más activa. La asamblea barrial constituía vecindad y construía barrio. Los piquetes construyeron algo clásicamente imposible y sin sentido: un trabajador desocupado (a veces uno no se da cuenta del oxímoron ‘desocupado’ y ‘trabajador’; y si no lo advertimos es por efecto de la construcción piquetera). Las empresas recuperadas produjeron trabajadores. Acá cerca está la Maderera Córdoba que tiene un fileteado que dice ‘Guapo el que trabaja’. Ahí hay producción subjetiva: se produce una subjetividad guapa a partir del trabajo; pero, como el trabajo no es ya un dato sino algo a construir, nos juntamos para tenerlo. La potencia de constitución de los movimientos es potencia de constitución de subjetividad.

A esta potencia también la está domesticando el kirchnerismo: los vecinos estamos embarcados en proyectos personales, los piqueteros están supeditados a los planes sociales y el clientelismo que los rodea (o consiguieron trabajo), las empresas recuperadas están siendo convertidas en cooperativas (y en las cooperativas en vez de compañeros hay socios).

Alguien: Cuando hablás de constitución, ¿decís que nos arrebatan esa potencia de constitución? ¿Vos decís que Kirchner nos arrebata la potencia de constitución?
No sé si nos roban tal potencia, pero por algún mecanismo nos separamos de esa, nuestra potencia. Deberíamos decir que nos hemos separado ella, no que nos la han arrebatado. En general las potencias que tenemos son desconocidas porque nos limitamos a los poderes: a lo probable y no a lo posible. En nuestra situación tenemos la fortuna (y la responsabilidad) de conocer una de nuestras potencias. Esta potencia es la instalada por 2001. No la han reprimido, ni nos la han sacado. Lo que nos ha separado de ella es el depositar confianza en el poder. El poder, por supuesto, lo tiene el gobierno, lo tiene Fidel al dar el discurso en la facultad de Derecho, lo tiene el sentimiento popular de necesitar un gobierno. Hemos abdicado de nuestra potencia de constitución en nombre del poder de reconstitución. Nietszche decía que las fuerzas reactivas no son más fuertes que las fuerzas activas: no es por su fuerza que las dominan, sino porque logran separar a las fuerzas activas de lo que pueden (a través de los recursos del débil: el resentimiento, lo objetivo, la culpa, el deber, la tranquilidad u otro).
Lo que habría que ver entonces no es si se robaron nuestra potencia, o quién fue, −ni siquiera si fuimos nosotros los que la dejamos caer− sino pensar cómo unirnos con ella, cómo activarla.

Los partidos políticos de izquierda añoran el poder de veto, un bien perdido que hay que recuperar. Más interesante es continuar la potencia de constitución, más aún que recuperar un bien es continuar con una actividad. Si con el proyecto personal el presente nos tiene, si con él no podemos estar presentes y somos consumidos, estar presentes y producirnos no depende de un proyecto personal sino del colectivo que constituya. Pensar el presente es pensar nuestra imposibilidad subjetiva. Si pensar es inventar posibles, hablamos de configurar una subjetividad. Pensar el presente, entonces, es pensar la posibilidad subjetiva.

No se trata de recuperar el poder de veto para hacerlo poder de gobierno, sino de continuar la potencia de constitución que el 2001 dejó instalada en nosotros.

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