Discurso inadecuado
Por Omar Genovese
País extraño. Tantas palabras y pocos resultados para el entendimiento.
La madre de Isa López -dueña de inolvidable voz/chillido-, transfirió a su único tesoro, luz de vida, la obsesión por lograr “una expresión perfecta”. Lo despertaba machacando máximas porchianas, con largas frases de El desierto de los Tártaros (cierta traducción falsaria del “club de lectores”); y, a veces en melodía falsete, con la desesperada canción del enamorado nerudezco. En los días de infante, Isa despertó exaltado al teatro de operaciones materno. En ese círculo, era interferencia el mundo, amenaza al destino de todas las palabras.
¡Cuidado!, recomendaba madre: la gente es mala, escucha lo que le conviene. No tardó mucho en sufrirlo, entre compañeros de estudio y hormonas lascivas invocando el mayor de los mundos. Era Ludmila bella, con mirada sediciosa, mixtura de aprendizaje televisivo y cierta práctica errónea de la seducción. Obligado por volumen, Montero paseaba con peinado de gigoló engominado. Era todo él macho alfa, ganador sin oponentes. Rumoreaba a Ludmila frases de amor simplonas, la tomaba de la mano en los recreos. Pasó durante la hora de gimnasia, en la que Isa trataba de esquivar toda actividad simulando lesión u ocultándose inmóvil en el arco. Amontonados para un corner, Montero pedía la parábola para sí. “Dámela, dale, acá.”
-Eso mismo dice Ludmila, en mapoteca, a manos de diez o doce.
De la irrigación sanguínea yugular al foco de patadas y golpes, medió un instante, breve como el dolor en costillas y tórax. Isa desmayó para despertar entre olores quirúrgicos y una lesión de por vida: carecía de sentido la retina izquierda. Ojo, con lo que escuchas por cosas de chicos.
¿Por qué lo que dijo? Años más tarde: debía pronunciar la frase, para “corregirla”. Sin resonancia, el texto no era material. Debía tomar aire y, en el acto, aspirar a ser bello.
Pese a las secuelas de leer por la calle sin atender al tránsito (y un camión lo atropelló sin más, lisiándolo en ambas piernas), estudió para compensar el pulso del decir, con la ayuda hereditaria de una fortuna desde tías sombrías en recuerdos. Merodeaba entre gentiles, tratando de percibir lo que se decía, cómo era la voz anónima del parloteo tribal. Con los años, la silla de ruedas ya era parte de sí y obedecía como fiel siervo al capricho.
Fue en un atardecer primaveral, entre mesas alejadas frente a la barranca del río, cuando el mimético anonimato que da la invalidez atrapó el diálogo de un grupo de muchachos pragmáticos. Decían del cargamento proveniente de Santa Cruz de la Sierra. Comentaban -pensando que aquella sombra era eso y no un cerebro bebiendo la fidelidad de los términos-, sobre aumentar distribuidores, precios, retornos rápidos en efectivo. Debían disfrutar la ganancia de tan gran negocio. Imprevista, los atrapó una voz. Era Isa, dictando para toda posteridad:
-Los traficantes van primero por el bolsillo, luego por el alma. Son parásitos de la ansiedad que multiplican.
Giraron la cabeza, y uno de ellos –tal vez jefe-, miró hacia el bar. Sin testigos a la vista, secundado por dos edecanes, tomó la silla por detrás, corriendo hacia el pequeño abismo de la barranca. Isa pensó: “barranca abajo, al fin un destino literario”. Silla y cuerpo rebotaron entre el barro y basura plástica, hasta caer contra el agua, un brazo roto, ahogándose en el marrón del agua cálida. O creyó decir eso, moviendo los dedos de la mano sana, para marcar la falla de la frase que pensó y no podía pronunciar. Había una sola palabra a destiempo, molesta, en retorno: extinción.
Publicado en Suplemento Cultura del Diarioi Perfil, 16 de diciembre de 2007.

Comentarios (2 comentarios)
[...] Minificción entrometida 2 Discurso inadecuado. Autobombo al 100%. [...]
Minificción entrometida 2 « el fantasma / Diciembre 19th, 2007, 10:57 am / #
[...] Algo más que un cascarrabias de idea fija y discurso inadecuado. [...]
mínimas / Diciembre 19th, 2007, 2:05 pm / #
Dejar un comentario