Teoría del sujeto intrascendental (Capítulo 0)
Por Julio Zoppi
Se trata de un sujeto que se vuelve presa menguante en un doble juego de pesca; ampulosa captura entramada y súbita devolución al agua, asfixias consuetudinarias y liberaciones cíclicas. Los factores de riesgo han sido controlados en un ida y vuelta perverso. Las compuertas sociales fingen abrirse reticentes pero en realidad no dudan en dejar pasar toda la masa que les es posible succionar en cada bocanada táctica. Para luego usar el propio efecto inter-fagocitante de esas masas como filtro de admisión. Abandonaron ya el acto confrontativo de bloquear a cambio de haber enseñado a esas masas a expulsarse a si mismas; de sus mismos demonios exacerbados esperan los procesos degenerativos que les garanticen el ansiado equilibrio.
Se trata de anular la responsabilidad de contribuir al orden tanto como la de buscar su perturbación, la salvación no es más ni el paraíso celestial del reino del más allá que confiamos en que nos premia o nos castiga, ni el paraíso de la justicia ideológica como venganza revolucionaria de un futuro donde los últimos serán los primeros, sino que se trata del nuevo paraíso artificial y drogón de la compasión reventada, la demanda que es incondicionalmente sentenciada a favor en los embriagantes tribunales mediáticos, una sentencia absolutoria dispuesta para todos aquellos que la pidan, porque hay que construir con ladrillos sígnicos una confianza en el oprimido, un ultra-relativismo que sepa decorar su miseria social de orgullo táctico para que se dirija altivo y bizarro desde su purulenta morada al precipicio, como los locos sucios, excitados y trágicos pero felices que le ladran a las estrellas.
En esta era las refinadas tecnologías de la dominación posmoderna, poshumanista, posestructuralista y póstuma se puede explotar al oprimido con total laxitud moral, violarlo en su integridad intrascendental, en su cuerpo de conejillo estadístico, en su plenipotenciaria aura mística, comerle el cerebro como un cuervito rapaz, pero lo único que está absolutamente prohibido es contradecirlo.
Vemos en rodaje una propuesta alternativa de felicidad, sólo que no se trata de un ideal de felicidad con acceso a la realidad sólida, aquella reservada a las élites acumuladoras, sino que se trata de unos efectos especiales que se hacen pasar por ella, operados a control remoto con abundante alcohol, ídolos, atracos, preservativos y armas de fuego. “Puesto que no habremos de darles más derechos para sumar a su ya acaudalada desventura cívica, los relevaremos de sus deberes y responsabilidades oscuras, la clave está en que aprendan a reconocer las oportunidades festivas disueltas en la pobreza amenazadora”. El efecto estupefaciente que se obtiene es bastante parecido.
Hay una forma eficaz de que la masa morigere y neutralice su amenazante tendencia a experimentar un deseo irrefrenable por los manjares sociales de los que se la priva, y es permitirles el alivio de la libre expulsión casi diarreica de sus primarios reflejos de resentimiento operativo. Se obtiene así un producto-masa masa candente, que obedece con esa inflamable maleabilidad de los conversos inconscientes; es consumidora compulsiva de frustración sublimada y adicta a los paliativos retóricos y residuales, a las microexplosiones catárticas que se sostienen desde el sentido político. La política es el arte furibundo de sólo proporcionar las dosis de salud fisiológica necesarias a los pueblos para que soporten la tortura de la supervivencia sin registrar complicaciones que vuelvan la situación inmanejable.
El hambre simbólica y real se mezclan indiferenciadas, la exclusión real y material es soportable, pero la mediática no lo es, de clausurarse significaría una plataforma de inminente estallido. La era humanista es vista como un anticuado sermón de la montaña rusa, una escenografía montada entre un gris diseñador de humos proletarios y otros profesores de la salvación apenas iluminados por las últimas velas de un iluminismo del que supieron dilapidar la fortuna que heredaron de la razón pura, mezclada, sintética o instrumental. Como escribe Peter Sloterdijk, el parque humano es apenas un zoológico evolucionado, la humanidad es una animalidad que supo tener algunos buenos modales, por lo que el poshumanismo viene a clausurar toda moral, a ponerle definitiva bandera de remate a la resistencia. Usando el mismo cinismo que denuncian y aún más potenciado por el frío entrenamiento, aducen que a alguien se le olvidó la pregunta por la esencia del hombre y que nadie ha querido violentar los supuestos del humanismo, esa insolente voluntad de beneficencia, cuando son sus propios supuestos eugenésicos los que cuida de guardar en la mejor caja fuerte. Nada estará bien ni estará mal mientras el sistema-mundo festeje inconmovible cada nuevo aniversario de su salud de hierro al mismo tiempo que se habla en los corrillos de su supuesta decadencia, y siga experimentando orgasmos cada vez más placenteros al compás de altisonantes informes sobre sus supuestas crisis de impotencia. Se habilitan nuevas posibilidades, los Niestzche y los Heidegger se convierten al progresismo juvenil, el mejor negocio del siglo XXI será poner criaderos de homo-sapiens, el fascismo ha sido genéticamente mejorado, ya aprendió a no dar la enorme ventaja de su petulante obviedad mesiánica, ahora sabe elegir bien su disfraz para no desentonar en el carnaval de los discursos complacientes y ha incorporado una intríngulis fenomenal de reingeniería: la tolerancia enésima tiene efectos eugenésicos; no harán falta hornos ni horrendos programas de captura directa, los indeseables ineptos y defectuosos que nadan entre los desechos del mercado se eliminarán solos expuestos a las cancerosas toxinas de su libertad desamparada.
Libertad es el concepto que tiende a ser más asesinado de mil maneras novedosas sin que se note el olor del cadáver: libertad es someter al otro a la imposibilidad de socorro, es garantizar antes que nada la indefensión mínima, mortal e inmóvil; y es clausura de comportamientos reglados; absurdidad de los agrupamientos constructores. Muerta ya por haber sido expuesta a su propia ridiculez la capacidad de cooperación transformadora es la primera víctima fatal del universo.
Ahora queda esperar a que digan de frente de una vez por todas lo que predican en los retorcidos hechos de las manufacturas del poder; que ser burgueses es lo mejor que nos ha podido pasar, si jamás se gozó tanto por tan poco.

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