Mi villana favorita
Por Jorge Mayer
Domingo electoral. Por primera vez voy a votar bien temprano en la mañana. La excusa para hacerlo es la presencia de un amigo del alma, que viaja 700 kilómetros con tal de ser autoridad de mesa. Una vez, está bien; dos, se soporta; tres, ni ebrio ni dormido. O sea que almorzaremos juntos. A la tarde, si es que el clima acompaña, tomaremos mate en la playa, veremos corretear a nuestros hijos, todo eso, lo más lejos que se pueda.
Pero antes hay que ir a votar. No muy temprano, a ver si, en una de esas, me toca la desgracia de ser autoridad de mesa. Nunca me tocó. Si pretendieron notificarme, no pudieron. Hace tiempo que no vivo en el domicilio que figura en el padrón. Y además, por razones de fuerza mayor, me convertí en afiliado de un partido político. Pero si te pescan, te pescan. Así que salgo diez y media pasadas. Tengo una larga caminata antes de llegar. Camino despacio. Este supo ser mi barrio. Está igual desde hace quince años. La única señal de progreso es la sede central de un sindicato; el comercio más próspero, una armería.
El pavimento luce más negro que nunca, todavía fresco el maquillaje de brea que ha de improvisar toda ciudad que se jacte de pujanza. Mucha gente por la calle. Padres con sus hijos, señoras con el bolso de la compra. Cana por todas partes, unidades móviles de la prensa, combis tapizadas de afiches de lo más sonrientes.
Mi mesa es la 65. Tengo cinco tipos adelante y demaiadas ganas de mandarme a mudar. Pienso que a la tarde puede ponerse peor y me quedo. No tengo buena memoria para los rostros, pero tengo la impresión de que los de la mesa son las mismos que en el comicio de setiembre.
Llega mi turno. Si no fuera por la resaca, estaría eufórico. Cuento ocho boletas de candidato a presidente, pero no está la que yo busco. Me inquieto. Decido convertirme en salvador de la patria y reclamar que faltan boletas. Cuando agarro el picaporte de la puerta, compruebo que estoy encerrado. Hago un poco de ruido. El presidente me socorre, paternal:
-Se quedó encerrado el amigo, les dice a los otros.
-Faltan boletas, digo yo, y miro que la fila es cada vez más larga. Consulto la hora. Son casi las once. Odio la impuntualidad, en particular la mía.
Se meten los cuatro que estaban en la mesa y otros cinco o seis tipos y una mina que lleva una bolsa que acaso contuviera boletas. Nunca lo supe. Elegí quedarme a una prudente distancia hasta que el presidente me hizo una seña para que pase.
Esta vez, precavido, no cierro del todo la puerta. Miro las boletas. No está la que busco. Ahora me indigno. Me dan ganas de salir y gritarle a todo el mundo que no hay boletas de mi candidato. Es evidente que nadie va a llevarme el apunte. Si mi candidato tuviera un mísero fiscal, hubiera dejado su boleta. Pero no hay tal. Estoy apurado. No me gustan los escándalos. Me suben los calores en el rostro. Tengo el saco lleno de pelos rubios de gato. Tal vez me estén mirando. Me miran. Lo siento en la espalda. No me decido entre otros dos candidatos. No quiero votar en blanco. No quiero quejarme de que faltan boletas. No quiero estar un segundo más allí dentro. Sospecho que, al verme ir de pupitre en pupitre, el tipo que me está mirando dirá:
-Frío…. Frío… Cuidadito con lo que hacés.
Agarro cualquier boleta, menos ésa, la doblo en dos y la echo al sobre.
Estoy nervioso. Me tiembla la mano. El sobre se resiste a entrar en la boca de la urna. Imposto un saludo amable y ostensible para los garantes de la transparencia del acto electoral. Doy media vuelta y busco la puerta. Mastico rabia. Dos meses pensando a quien votar y vengo a tomar la decisión en el cuarto oscuro, por descarte, en menos de diez segundos.
Afuera busco el auto de mi amigo. Me llama a bocinazo limpio. Le digo que tengo un vino en casa. Que a la tarde se va a poner feo para matecito en la playa.
Se cumple mi profecía.
A la noche pusimos la tele. Daban Gatúbela. Tuve ganas de llorar.

Comentarios (4 comentarios)
Lo importante es que no hayas metido “esa” boleta, el cargo de conciencia por complicidad involuntaria debe ser terrible de soportar por cuatro largos años (serán cuatro?)
Maguila / Octubre 30th, 2007, 9:42 am / #
[...] Hace muy bien Mariano, de El Buen Salvaje, en llamar a esta intensa narración El Matadero 2.0, porque como dice Jorge Y. de la G. en los comments, esa intensidad está en línea con la filigrana de la violencia política que fueron dibujando la refalosa y el matadero, la fiesta del monstruo, el fiord, y otros. (nota: ese texto fue citado en La Barbarie, y, al parecer, escrito como comentario en La Nación. No pude rastrearlo, pero no estaría mal intentarlo.) Me salgo de la vaina por continuar este hilo, pero es un trabajo que puede hacer bien Josefina Ludmer. El otro texto apareció en Nación Apache, y lo firma Jorge Mayer. En él se narran las peripecias de un hombre que va a votar (uno más bien atento al lado fútil del comicio; más desganado que melancólico; más dominguero que shakespeareano) y que, en el momento de hacerlo, no halla boletas de su candidato favorito. [...]
Tapera » kristina / Octubre 30th, 2007, 11:04 am / #
Maguila, no seas gorila!! (alguien tenía que decirlo)
charly GR / Noviembre 1st, 2007, 1:06 am / #
[...] Publicado por jorgemayer on Octubre 31, 2007 Anoche publiqué un texto en Nación (qué dicen, apaches, tanto tiempo), nada de otro mundo, que ha tenido como eco una elucubración nada melindrosa en el blog Tapera. Se agradece la mención. [...]
Parroquiales « días.de.darcy / Enero 16th, 2008, 7:43 am / #
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