Articulo

Los docentes peronistas #9

peron023.jpgPor Omar Genovese

[Ha pasado bastante tiempo desde Los docentes peronistas #8, el suficiente como para llegar a las puertas de un nuevo período de elecciones donde el peronismo muestra dos vertientes definidas: una, tradicional, casi a-histórica, establecida en el intercambio de referencias de poder sin ningún tipo de prurito; otra, tan original que se encolumna como vertiente natural del ejercicio del “peronismo democrático”, con el que imprime un aura de horizontalidad para accionar en un verticalismo plagado de soberbia y pactos de conveniencia económica. En realidad, la primera vertiente tiene de la segunda como ésta ambición de la primera. Existe, por tanto, un enfrentamiento generacional, sin “trasvasamiento” ni conversión doctrinaria: la diferencia es la forma en que la apuesta en el poder se duplica o intenta perpetuarse a pesar de la expresiva ausencia ideológica. Formas del hacer, pragmatismo explosivo, uno en el otro abreva, pirateando figuras, obligando fidelidades, promoviendo abandonos y filiaciones. El aparente quiebre resulta tan dinámico y expansivo que la oposición termina negociando un lugar en la baraja de espacios a futuro. Orfandad, abandono, territorio arrasado, el terreno político parece quedar en una disputa de carácter: una mujer –la del presidente-, y otra mujer, la del reciente ex presidente. Como conclusión: la candidata, y otra, sin serlo. Batón, escoba y chancletas. Ganará el mejor chisme. Ay de nosotros.]

Verdad Nº  5:

En la Nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.

Esta verdad comienza con un supuesto: la refundación del país. Pero no es tan relevante tal empréstito como el hecho de arrogarse el momento político en que comienza. Una Nueva Argentina supone dos grandes hechos: quiebre histórico con todo lo conocido, construcción de otra historia, distinta, bajo los conceptos de justicia social y doctrinarios del movimiento de masas. La acción peronista no solo modifica la realidad sino su proyección a futuro cuando se hace pasado, justificando todo en una supuesta mejora, como promesa cristalizada, necesaria y suficiente para constituir el cuerpo histórico. Así, los argentinos también se renuevan, cambiando para siempre el sentido de natividad patriótica. En esta refundación, el peronismo introduce el carácter y tono del motor: el movimiento inviste a los hombres de una identidad que los encarna por encima de toda interpretación y crítica. Los hechos hablan y hablarán por todo, plasmados en la historia (la nueva) como concepto de cancelación de inteligencia, reduciéndola a retrato de una sola interpretación, eludiendo cualquier tipio de pensamiento. El peligro de lo otro queda abolido pues el rol de asumir la historia permite todo tipo enunciación posterior, priorizando la acción, vaciándola de contenido y trascendencia. De allí en más, lo que ocurra será inevitable, condenatorio a un futuro atado a una doctrina en acto. Remedio a los males heredados del pasado, sana proyección de la ejecución disciplinada del verticalismo emanado por el líder que, en tan difícil obra, queda al margen: los hombres hablarán por sus actos guiados por la nueva pasión que encarnan.

Pero, ¿qué hará exactamente cada nuevo hombre argentino y peronista? ¿Cuál es la novedad fáctica que impulsará el destino de un país? Y aquí la continuación de la verdad: el trabajo. Pero no se trata de la generalización que el hombre entiende para sí como arrendamiento de la fuerza para la realización de una tarea (especializada o no), es algo más complejo, donde basculan necesidad, obligación y usufructo. Por tal motivo es un derecho, menos natural que obligatorio. El circuito social peronista adhiere a la nueva identidad del sujeto el estigma indispensable: en sus dos vertientes, una que deviene del ejercicio y que genera la dignidad del hombre (peronista), y otra que la sigue pero, en realidad, la precede como deber. Por lo que el enunciado resulta una doble trampa. La dignidad (como universal) no es inherente al ser, sino que el trabajo la genera, y la obligación (deber) crea un estado de dependencia y diferencia individual. Quien salga de los parámetros no será digno, ni como hombre, ni como peronista; otra forma más de acotar la diversidad humana definiendo el campo del posible enemigo, método que –como hemos visto hasta ahora-, reduce la actividad militante a una obediencia singularmente efectiva. Por lo que el entramado socio-peronista actúa a la manera de filtro natural: el que no es digno, el que no se uniforme en ese “hacer”, tendrá otro destino, tal vez castigo. Y, así, otra vez la amenaza o la sombra de un triste porvenir si la conducta osa desviarse. Podemos suponer que impedidos de toda índole, insanos y quienes tienen la desgracia de realizar tareas de tono intelectual (pensar, sin ir muy lejos), son pasibles de sanción. O, al menos, de una mirada atenta, invadida por la sospecha. Si el trabajo de ese otro resiste o evade el control de la trama peronista, el peligro acecha, pues lo que hace (su hacer sin sentido efectivo, tangible o cuantificable) es semilla de conspiración. Y ya hemos visto que el delito por excelencia es pensar en otro sentido.

Lo justo adviene como cierre del concepto general de la verdad analizada. Y es en función del diapasón que vibra entre derecho y deber. La fórmula, sencilla, no deja lugar a dudas: producir, por lo menos, lo que se consume. Vale decir que el sistema de intercambio de energía social debe equilibrarse bajo la lógica del panal: al no cubrir lo mínimo, la expectativa de supervivencia disminuye. Segregación, expulsión, aislamiento, omisión, y cuanto eufemismo quede librado a la sed ejecutora de los obedientes, tendrá como misión mantener la balanza equilibrada. Se exige a la masa dos peligrosas misiones (a la vez, patrióticas y peronistas): valorar el trabajo del otro, cuantificarlo en tanto resultado. El control social, así, pasa del líder al militante y de éste vuelve como reducción del espectro de sombras ideológicas agazapadas. A la larga, el sistema logra efectividad: sumisión o expulsión. En el Edén peronista el trabajo es la actividad elemental, quien no se ajuste a la norma, tendrá un infierno sin dignidad ni justicia.

Si vinculamos la misión del peronismo a la historia que desencadenó por ejercicio de doctrina, contener al capital, moldearlo en su misión política, no en la económica, es su irrisorio plan trunco. Así, apenas una mínima ganancia del capitalista se reinvierte en lo social. El mayor esfuerzo lo realizará el trabajador a través de sus aportes sindicales, sociales y jubilatorios. Por lo que el dador de vitalidad al sistema peronista es quien trabaja. Mientras tanto, la ganancia (alguna vez plusvalía) sigue en su concentración patriótica del lado del combatido capital. En la medianía, como promedio del sujeto velador del trabajo efectivo y la producción mínima de lo consumido, lo digno resulta más del ejercicio del poder, como policía del equilibrio que por satisfacción de las necesidades (básicas o no) de cualquier ciudadano. Palabra, esta última, obviada por peligrosa: señala, fuera del campo de las verdades, la institución de otra letra (insuficiente, mínima) que da un orden al territorio, antecediendo al todo político y a la nacionalidad misma: la Constitución Nacional. Regresando: lo digno, entonces, es mera representación de una orden del orden, apenas gesto disociado de algún fin. Por lo que el plus del trabajo peronista resulta en delación, en un estado incongruente de sospechas y animosidades hacia todo aquello que supere el básico entendimiento militante.

 

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