Palabra despreciada
Muchas veces, la literatura se encuentra en la disyuntiva de tener que elegir entre dos caminos: de un lado, repetir las formas, cumplir con el mandato de la novela convencional, mantener el orden, reproducir lugares comunes (los personajes deben estar bien construidos, la prosa tersa, los diálogos verosímiles). Es bastante poco probable que ese tipo de literatura nos depare algo interesante pero, en cambio, en cantidades abundantes, asegura el funcionamiento y la preservación de la industria editorial, del mercado literario y de la prensa llamada cultural.
Pero también hay otro tipo de literatura que se pregunta por la forma (para ponerla en cuestión) y se interroga sin cesar sobre las cuestiones básicas: cómo se escribe y cómo se lee. Este segundo camino adopta formas múltiples, diversas y hasta contradictorias. Es por eso que la disyuntiva no es binaria. No hay de un lado un camino y del otro, otro. Las cosas son de otro modo: de un lado, un único camino; y del otro, infinitos.
Entre esos tantos modos antisolemnes, críticos y descentrados, hay uno que consiste en entender la novela como un inmenso receptáculo, una multiprocesadora, un reservorio de materiales diversos que, combinados, funcionan de un modo implacable. Alguna vez Daniel Guebel dio esta definición de su literatura: “De un lado, ingresa una serie de materias primas bien reconocibles, y del otro, sale una cosa nueva, que no se reconoce de dónde viene”. Dentro de esta tradición extrema, acabo de leer dos novelas, ambas de jóvenes escritores chilenos, que están entre lo más interesante que leí últimamente (lamentablemente sus libros no se distribuyen en Argentina, pero no dudo de que tarde o temprano circularán por aquí).
Una es Caja negra, de Alvaro Bisama, publicada en Chile en la editorial Bruguera en 2006. Nacido en 1975, columnista de la Revista de Libros de El Mercurio, la novela lleva un título programático: el texto es una caja negra en donde confluyen fragmentos, impresiones, citas y anotaciones, hasta el punto en el que es difícil reconocer la existencia de una trama, de una progresión narrativa. Todo cruzado con una impronta pop, deudora del humor del cómic. Como si la novela de Bisama se instalara en ese punto en el que la vida sirve para desembocar en un libro. O mejor dicho: libros hay uno, pero vidas hay muchas. Por lo tanto, el libro se convierte en la escritura de esa multiplicidad, de ese exceso de sentido. La novela como una forma de la desmesura.
La otra novela es Navidad y matanza, de Carlos Labbé, publicada este año en España en la pequeña y muy linda editorial Periférica. Nacido en 1977, Labbé antes publicó la novela Libro de plumas. Navidad y matanza es una novela extraordinaria, por momentos perfecta. En un artículo aparecido en Babelia, Labbé escribe: “Un libro nos enfrenta a personajes de múltiples caras, que son una sola”. Y así funciona su novela: como una interrogación sobre los desdoblamientos de la identidad, sobre la bifurcación de la trama y el arte de la digresión; como un rompecabezas siempre incompleto o un juego de enigmas donde en realidad no hay ningún enigma, ni tampoco ningún juego. La incerteza como experiencia literaria.
También programático, el mencionado artículo de Babelia está lleno de pistas para leer su propia obra. Primero, la novela sobre la que Labbé eligió escribir: El rincón de los niños, de Cristián Huneeus, el texto más experimental de uno de los grandes excéntricos de la literatura chilena. Y luego, la genealogía en la que ubica a Huneeus: entre Mauricio Wacquez y Juan Emar, autores de novelas tan geniales como extrañas. Genealogía que Labbé construye bajo el paradigma del “anatema de la multiplicidad y la evasión”, rasgos que describen a su propia novela.
Y quizás allí resida parte del encanto de ambos libros: en su dimensión programática. Programático es una palabra hoy despreciada, mal usada, y hasta olvidada, pero que sin embargo está en el origen de lo más radical que dio la literatura moderna y contemporánea.
Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil el 5 de agosto de 2007.

Comentarios (un comentario)
Escribí esto en mi blog hace un mes, creo que no queda muy lejano a lo que ha apuntado Tabarovsky:
La novela: instrucciones de uso
He leído ya muchos acercamientos a la novela de Labbé, y, como me sucede casi siempre, tengo la impresión de que muchos de ellos no han leído el libro. Sus textos parecen apuntes impresionistas, apenas comentarios de un par de detalles del texto, del tono general de la historia.
Creo que hay que volver al libro, leer el libro, para poder entenderlo. Para poder, al menos, asumirlo. En la página 157 del mismo aparece la descripción que nos regala el propio autor:
Es un juego. No una novela.
No hay historia. Sólo reglas.
O, lo que viene a ser lo mismo, el lector no debe transitar por las páginas que lo componen buscando una historia, una estructura novelesca, sino que debe entrar en un tablero en el que tan sólo existen unas reglas: avanzar saltando las casillas que nos permitirán entender una historia u otra.
El lector va cayendo en una serie de casillas del tablero, observen que los capítulos no siguen el orden habitual, sino que son una sucesión de números sin orden aparente: el de las casillas en las que ha ido cayendo el narrador -¿el lector?- para leer -¿vivir?- una historia u otra. No es casual que en la dedicatoria del libro se aluda a los que intentaron llegar a la última casilla.
¿Y qué se va encontrando ese jugador a medida que avanza por el tablero? Pues varias historias: la de un grupo de estudiantes de ciencias aficionados a la narrativa que aceptan formar parte de un experimento con hadón y que escriben una novela a catorce manos, la de un periodista que investiga la desaparición de dos hermanos durante una exclusiva celebración en la costa chilena que termina con un éxtasis de odio producido por la misma droga: el hadón, o la historia de un adolescente y su chófer que se divierten robando toallas en las playas que visitan a bordo de su Cadillac. Los personajes, los jugadores, que deambulan por el tablero junto al lector van cambiando de nombres, de personalidades, pero siempre tenemos la sensación de que se trata de las mismas personas, de un juego de máscaras, ¿de rol?, en el que cada uno traza su historia ateniéndose tan sólo a las reglas acordadas antes del inicio.
Por supuesto, como jugadores que son, construyen un mundo ficticio en el que desarrollar el juego, y lo hacen a través de numerosas referencias. Desde la novela de Chesterton, El hombre que fue jueves, puesto que cada uno de los estudiantes que están escribiendo una novela que se envían por correo electrónico acepta usar como máscara uno de los días de la semana, hasta la obsesión paidófila de Lewis Carrol y su Alicia –así se llama la pequeña de los hermanos. Pero también aparecen Edgar Lee Masters y su Antología de Spoon River, y no desdeña la cultura popular que le permite elaborar escenas orgiásticas o enclaustramientos experimentales del tipo de los que vemos en muchos filmes de ciencia ficción o anticipación –al fin y al cabo toda historia de anticipación habla del presente y toda ficción histórica habla del futuro.
Pero, y ahí es donde radica la verdadera novedad de la novela de Labbé –porque los experimentos constructivos y la concepción de la novela como juego tiene ya algunos años, más que yo como mínimo-, lo más interesante de este libro es el modo en que espera llegar al lector. Todo aquel que se centre en la reconstrucción del puzzle se está desviando del verdadero objetivo de la novela, que es poner en duda el mundo en el que nos movemos –plantear serias dudas sobre la diferencia que exista entre ficción y realidad- mediante la experimentación de esos vasos comunicantes. No tanto enunciarlos, aludir a ellos como lo haría un periodista, o tratar de analizar sus mecanismos y causas, como haría un científico, sino construirlos ante el lector para que este transite por ellos. Si Navidad y Matanza es un juego, un tablero por el que discurrir, la labor está más que conseguida, puesto que vamos viviendo poco a poco esa experiencia del juego –no creo que las similitudes con los juegos de rol sean casuales- y nos sumergimos en el mundo que se nos propone, en el delirio sin sentido de la celebración del alto copete que sirve como excusa de una de las historias, en el sórdido mundo de los Vivar, en las ambiguas relaciones entre los personajes, en la aparición de seres extraños y fantásticos como unas sirenas, en el desdoblamiento de los personajes. Todos esos recursos, sabiamente administrados, levantados como edificios ante el lector, nos permiten contemplar, vivir, esta historia de un modo único. Uno no lee este libro, lo vive, lo transita, y ahí reside lo radicalmente novedoso de la propuesta de Labbé, un autor para el futuro con un presente resplandeciente.
Carlos Labbé Navidad y Matanza Periférica, Cáceres, 2007
Antonio Jiménez Morato / Agosto 11th, 2007, 8:17 am / #
Dejar un comentario