Articulo

In memoriam

Por Leonardo Moledo

No se puede decir que Claudio Uriarte fuera especialmente simpático ni estable, pero esos no son más que detalles ante una inteligencia privilegiada y una lucidez especial para mirar los problemas sin los prejuicios de lo políticamente correcto.

No se puede decir que Claudio Uriarte fuera socialmente apreciado, pero sí que en sus notas desnudaba una realidad que las creencias muchas veces infantiles que dividen al mundo en izquierda y derecha y no pasan de un análisis superficial ocultaban bajo un disfraz que muchas veces tiene muy poco que ver con la realidad.

No se puede decir que estuviera al tanto del rumbo de la música rock, pero sí que conocía muy en profundidad la música clásica, y aun en ese terreno sus gustos se apartaban de lo convencional.

No se puede decir que fuera un técnico, pero sí que en la revista Clásica escribió una vez un artículo que demostraba un conocimiento de los distintos aparatos de sonido capaz de dejar pasmado a cualquiera.

Y se puede decir que escribió Almirante Cero, una biografía de Massera, denunciando tropelías y los aspectos más oscuros de uno de los principales agentes de la dictadura genocida.

Claudio Uriarte murió el sábado pasado, y con él se pierde una voz capaz de penetrar hasta el fondo de los fenómenos sin dejarse alterar por los falsos cantos de sirena de la dicotomía izquierda-derecha y denunciando aquello que bajo el disfraz de la izquierda llevaba adelante una política reaccionaria y viceversa.

No era fácil tratarlo, pero su cultura no se limitaba a lo musical o a la política internacional, sino a una gama de literatura amplísima que desdeñaba el libro pasajero y demoda.

Claudio Uriarte murió el sábado, y aunque su enfermedad hiciera que no escribiera hace mucho en el diario, se seguirá sintiendo la ausencia de una voz diferente y profunda, capaz de ver detrás de los conflictos las razones históricas, geográficas e intelectuales y que operaba como un bisturí sobre una realidad compleja y permitía un gran privilegio: entender en vez de encasillar.

El sábado pasado Claudio Uriarte murió al caer de una escalera, vencido por el quién sabe qué y se perdió una inteligencia en acción que no será fácil recuperar.

In memoriam.

Este artículo apareció en Página/12 el 1 de agosto de 2007.

Comentarios (un comentario)

Será porque las transmisiones entre este y el otro mundo existen o porque presentimos que algo sucede más allá de nuestra propia historia personal pero de algún modo lo supe.
Estaba sentado al fuego, aquí en el fin del mundo, pensando en el “Página 12” de principio de los 90. Ese que albergaba en un mismo espacio a figuras como Tomás Eloy Martínez, en el Suplemento Cultural, Julio Nudler en Economía, Salvador Benesdra, en Internacionales. Entonces pensé en Claudio Uriarte que trabajaba con Benesdra, y de quién era compinche en la redacción. Ambos hablaban un idioma que yo desconocía. Su intelectualidad era tan divertida como pasmosa. Entre los dos parecían haberse leído todos los libros de este planeta.
Claudio tenía por costumbre leer durante horas “The New York Times”, también “Times” y “Newsweek”, luego charlaba con Benesdra y otros, generalmente jóvenes que lo admiraban, de música clásica y opera, gastronomía, política y economía internacional, flamenco, literatura, filosofía, vinos, todos temas de los que era experto. Mejor dicho, un erudito.
Vestía rigurosamente de negro. Zapatos negros, remera negra, pantalones negros y llegaba puntualmente atrasado a la redacción a las 6 de la tarde con una gotita de agua cayéndose del pelo.
Con los años lo nombraron editor de Internacionales con lo cual debió apurar su arribo algo que según me contó lo tenía a mal traer. Les gustaba vivir con una singular forma de elegancia. Por eso se deleitaba en el vino de variada gama, la literatura de Proust, el té inglés, la alta cocina, las conversaciones regadas por ideas inteligentes y originales sin importar de donde provinieran. Podía sentirse cómodo tanto en un barrio tranquilo aunque humilde como en un hotel cinco estrellas. Entendía del sabor de la típica empanada y el caviar del pacífico.
Su prosa periodística era excepcional. Extrañamente nunca sentí que se lo apreciara demasiado en el ámbito en el cual trabajaba.
Su trabajo había logrado una gran cantidad de admiradores y también de retractores. Son cosas que suelen pasar con quienes tienen puntos de vista independientes.
Recuerdo en especial columnas en las cuales denostaba de los comics, de Carmina Burana y del culto al rock. Lo hacía con tanta vehemencia que uno, a pesar de no estar de acuerdo, no podía más que sentirse intrigado ante tanto argumento. Tal vez Claudio conservaba muchas palabras en su alma. Y todo exceso conlleva pasión y caos. Así era él, una suerte de espejismo literario, un personaje, un ser de fábula marciana, sensible y extrovertido.
Hará cerca de un año, conversamos con Carlos Torrengo, periodista y columnista político de “Río Negro”, acerca de invitarlo a dar una charla. De lo que él quisiera. No sé que habría pasado.
Creo que fue Erwin Pérez, periodista de “El Nuevo Herald” de Miami, el que me contó que él y Federico Monjeu, se juntaban en un bar para tener reuniones de trabajo que desembocaría más tarde en una revista de análisis musical. El bar terminó transformándose en la verdadera redacción del magazine.
Claudio podía confundir a cualquiera. Amaba a Camarón de la Isla, y lo cantaba con pasión. También era fanático de “Terminator: el día del juicio final”. Una copia del filme de James Cameron, que él consideraba una especie de suma filosófica hollywoodense acerca de las posibilidades del bien y del mal, descansaba junto a sus libros. Nunca le faltaban las ganas ni la oportunidad de enseñársela a un amigo en su televisor de 21 pulgadas con sonido envolvente.
Sus artículos iluminaron el periodismo gráfico de la Argentina puesto que no ahorraban en maestría ni deseo de ser comprendidos. Uriarte era un erudito cierto, pero no un genio renegado.
En la red aun pueden leerse sus artículos más exquisitos. Algunos versan sobre cultura popular, otros sobre tecnicismos como la fidelidad de un equipo de sonido pensado para escuchar ópera.
Uriarte tampoco carecía de valor. Cuando a mediado de los 90 fue enviado al exterior por “Página 12”, fue como cronista de la invasión de las fabelas por parte del ejército del Brasil. El periodista se adentró más allá de la información oficial y cuando todos aseguraban que ya no había más narcos y que la situación estaba controlada, compró un poco de cocaína como cualquier otro de vecino del vecindario más pobre del país carioca. Sus crónicas fueron escritas en caliente y en primera persona. Cuando volvió a la redacción le llovieron las felicitaciones. Estaba asombrado, como si no se lo mereciera.
Tenía tres novelas inéditas. Y aunque le habían ofrecido publicar alguna de ellas, él estaba convencido de que la única manera de hacerlo era las tres al mismo tiempo. Por eso permanecen hasta hoy durmiendo el sueño eterno. En su notebook albergaba también un diccionario de lo más ocurrente que albergaba decenas de definiciones acerca de la vida y la muerte. Lo cotidiano y lo inesperado.
Pienso en periodistas brillantes y no puedo evitar sentir que hay algo en común, una cierta sincronía en sus muertes por muy diferentes que fueran entre sí. Julio Nudler, capituló de cáncer de tanto consumir el humo de los otros. Miguel Briante murió al caerse del techo de su casa que estaba arreglando, Salvador Benesdra se lanzó al vació desde un piso 15 y una de las últimas personas que lo vio con vida fue el propio Uriarte. Claudio, como un fantasma literario fugado de una novela de Gabriel García Márquez, se cayó de una escalera dándose un golpe fatal.
No sé si esto nos indica algo de la condición de periodista en la Argentina o es pura coincidencia. En serio, no lo sé.
Tenía 48 años.

claudio / Agosto 17th, 2007, 11:47 pm / #

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