Articulo

Sobre escritores, humoristas y genios

Por Julio Zoppi

[Pasados unos días de la lamentable muerte del Negro Fontanarrosa, quedaron sonando dentro de mí en una rara frecuencia algunos de los innumerables ecos que se pudieron registrar en los medios.]

Curioso fue en un caso encontrar como uno de los problemas que preocupó a varios fue establecer qué era el Negro: sí humorista, escritor o dibujante. Una de las formas de la estigmatización cultural se manifiesta en como los medios nominan o de-nominan públicamente a los artistas, que término escogen para definir lo que se establece como su profesión u ocupación principal, cuyo resultado a partir de allí constituirá toda una sentencia social inapelable por el sólo hecho de su repetición. Con el nombre se hiere, se enajena y se condena más de lo que se habilita o construye la identidad del artista.

Pero creo que la preocupación por hallar la clasificación justa del fallecido, ese celo excesivo por hallar el término correcto, en realidad está reflejando la tensión muy grande que existe entre el mundo de la escritura –léase literatura– y el mundo del humor, especialidad creativa que no cuenta con una estructura histórico-cultural que la defienda. La orfandad cultural del humor en tanto su carencia de formalidades instituidas y protección corporativa lo coloca en un lugar marginal en el espectro de reconocimientos oficializados. En eso influye –entre otras cosas– que no exista una carrera universitaria de “Licenciado en Humor” y que su práctica no eleve el curriculum intelectual del artista como si lo elevan, paradójicamente, otros estudios que poco aportan al ímpetu creador. Las fuerzas regentes de los poderes culturales son muy crueles en la administración de las membresías. La dicotomía Humorista vs. Escritor parece dividir perfectamente las aguas; en un caso se es en serio, en el otro se es en joda. Llamarlo escritor a Fontanarrosa a muchos les parecería un exceso de reconocimiento más allá de ponderar el peso relativo de su obra escrita propiamente dicha en relación a las obras de humor gráfico o historieta donde el texto se combina con el dibujo, ya que sólo nombrarlo como tal implicaría su calificación para integrar alguna categoría superior que integran los escritores por el sólo hecho de serlo. “Humorista” en cambio significa reservarlo a un lugar más tranquilizador para las escalas de valores que parasitan en las mentes de los críticos literarios; estabiliza y mantiene dentro de territorios de limitado alcance que determinan un techo imposible de volar; a lo sumo se puede aspirar a ser parte de algún tipo de academia de arte popular, y por supuesto, menor. No faltó también alguno que para achicarlo aún más llegó a escamotearle el “Humorista” y lo arrinconó contra las cuerdas del “Dibujante”, bajando por la línea de un habitual mecanismo de descrédito que consiste en oficializar el reconocimiento a través de uno de sus atributos auxiliares de la expresión.

Pero para beneficio de los humoristas –y de la informalidad disciplinaria en la que se hallan insertos–, el sentido común de la cultura popular ha mostrado una tendencia histórica a favorecerlos con notable generosidad a la hora de entregarles el calificativo de “genio” o “genial” mucho más frecuentemente que a otros artistas de diversas índoles. Si recordamos por ejemplo el caso de Charles Chaplin, es probable que el adjetivo más usado para mencionarlo en todos los tiempos haya sido el de “genio”, término que muy raramente se haya aplicado con tanto consenso a otra clase de artistas o intelectuales de similar nivel de excelencia. Creo que la clave está en que el mensaje artístico del humorista no debe ser reconstruido a través del proceso arduo y extenso de la asimilación de una obra sino que se inyecta en el torrente sanguíneo del público mediante hallazgos puntuales que son verdaderas gemas de pura comunicación humana. La célula básica de la producción creativa del humorista se podría definir como unos chispazos o unas llamaradas de sentido que por su brevedad y concisión son capaces de concentrar mejor el brillo que cualquier otra forma. Un humor que desnuda la profunda ridiculez de toda lógica ya que usando sus reglas puede llevar a hacerla decir lo contrario de lo que dice, puede convertir  su verdad en mentira, su sabiduría en estupidez, su grandeza en pequeñez, su sensatez en desmesura, su compasión en agresión. El humor conlleva siempre el descubrimiento accidental de alguna contradicción que resulta literalmente fatal para la soberanía de la lógica imperante en el discurso aludido. Así el humorista pierde la batalla del bronce intelectual pero gana la de los efectos en los lentos corazones del público. Mientras un artista cualquiera en el mejor de los casos conmueve, el humorista causa estragos silenciosos; tras la risa o la mueca risueña que nos provoca no está el estertor pasajero de la carcajada sino la risita profunda de un discreto recocijo interior, tal vez la risa del alma.

Sucede lo mismo en el humor cuando habita el campo de la actuación teatral o cinematográfica; por más que se escriban todo tipo de proclamas políticas acerca de la igualdad entre el drama y la comedia, el actor dramático goza de una prerrogativa de incuestionable superioridad avalada en el peso de dictámenes institucionales y en cambio el cómico es víctima de la connotación intrínsecamente bufonesca y menor que le da esa misma designación. La sola definición de la disciplina teatral general como “arte dramático” y de la escritura teatral como “dramaturgia” pone las cosas en su lugar; para el drama el favor de las academias, para el humor un lugar en el sentimiento popular. No creo que existan estudios estadísticos que demuestren tan rotundamente que grandes actores y obras dramáticas no hayan sido tan populares como las cómicas, y que los que hacen llorar no hayan sido recordados tan entrañablemente como los que hacen reír, pero se trata como expresé en el párrafo anterior, de la singular naturaleza contenedora que deviene tras la comunicación humorística. Tal vez se les haga pagar a los humoristas un precio por esa “facilidad” que tienen para descargar sus mensajes artísticos puros en el tan inaccesible y escurridizo corazón de la gente que  obviamente tiende a ser más efusiva, agradecida y retributiva en sus sentimientos con aquellos que la hicieron reír que con los que la hicieron llorar.

Poco importa que seguramente Fontanarrosa sea eternamente negado como “escritor” por pelafustanes de academia o improcedentes aspirantes a escritores malditos que andan por ahí, pero las reacciones intelectuales y afectivas tras su muerte han sido las de un merecido reconocimiento general.  Su humor gráfico unía un brutal talento para penetrar a punta de ironía en la fuente inagotable de esas contradicciones de la sensibilidad argentina, con la frescura grotesca de un caricatura de pocos y precisos trazos. En mi caso, también disfrutaba mucho leyendo sus cuentos, no sólo eran una proyección de su humor de historieta sino que también abundaban en pequeñas sátiras y parodias respecto de la propia literatura y algunos de sus estereotipos.

A diferencia de 0svaldo Soriano, al Negro no le interesaba que lo admitieran en ninguna facultad ni en ningún cánon literario, pero ¿quién dijo que escribir cuentos con humor o de humor no es escribir, o yendo más lejos aún, no es literatura? A esta altura del partido no vamos a creer que sólo los que novelan tragedias desgarradas en lenguaje poético o ponen entre tapas el producto catártico de sus esquizofrenias son los únicos que ameritan llevar el  fatigado rótulo de escritor. Menos que menos habiéndose entronizado a tanto vacuo espécimen y con una crítica literaria cuyos signos de dudosa salud son la celebración del plagio, la periodistización de las temáticas y un supuesto modelo estético de clausura que pasa por creer que la única literatura posible es la literatura de la literatura. Es que muy a mi pesar cada vez son más los que creen en esa leyenda urbana que dice que para recibirse de escritor sólo basta con leer lo que escribieron y escriben los otros. ¿Será el mal duelo que se ha hecho del prócer Borges lo que hace que muchos empachados de tinta se anoten en la de “escribo porque soy un gran lector”? La literatura necesita recuperar a escritores que se animen a escribir de lo que viven también, no sólo de lo que leen. Seré un utopista ingenuo pero todavía espero algún día leer a ese escritor de campo de batalla, ni maldito ni salvaje, modestamente épico en su terca y deslumbrante autenticidad, que sea capaz de quemar todos sus libros el día que enfrente la primera página en blanco.

Comentarios (4 comentarios)

Pero qué manera de buscar enemigos y armar jaleo con toda cosa que resulte a tiro, Julio. Es lástima: yo ya estoy casi seguro (y no es que me crea un aludido, eh, un lector, escritor, o alguna combinación de ambos identificable como tal) que si hay algo que de ningún modo sos es un “utopista ingenuo”. Tu voz ya suena como la del mero incordioso, algo así, que ansía hacerse oír a como dé lugar, pegando un plano cercano al rostro en la “polémica” producida.
Es lástima -para mí, que me creía otra cosa cuando te leía.

J. Hernán Anganuzzi (Puck) / Julio 25th, 2007, 11:11 am / #

Hernán, no se que creías cuando me leías, pero puede que estuvieras tan equivocado antes como lo estás ahora. No escribo para ganar amigos ni enemigos desde el momento que ganar amigos o enemigos no constituyen mi deseo ni mi objeto en este momento, y si lo fueran no usaría la escritura para eso ya que conozco otros medios más eficaces para lograrlo.

Podrías haber dado tu punto de vista sobre el tema expuesto, si es que te interesaba exponer una idea diferente a la mía, eso me parece más productivo que ocuparte de descalificar los motivos de mi escritura de modo tan berreta; que si yo busco “hacerme oir” o soy “un incordioso”. Todo el que escribe se hace oir, vos por lo que se tenés un blog y publicás tus cosas, ¿cual es el problema? ¿No te hacés oir también? ¿O será que vos creés que endulzás los oídos correctos y yo no? No entiendo lo que aparece como un cuestionamiento a mi derecho a expresar mis ideas.

Por otra parte creo que llevar las cuestiones de opiniones estéticas a términos de establecer amigos o enemigos a partir de ello me parece un despropósito y de una desubicación enorme. ¿Cómo funcionaría eso? Los formalistas debieran esperar ganarse la enemistad de los funcionalistas, los románticos la de de los simbolistas, los figurativos la de los abstractos, en fin, Hernán, a mi lo que da lástima es que te empantanes en unos esquemas de convivencia cultural que en mi humilde opinión son en extremo desubicados y estrechos.

Si tu objetivo en la escritura si es ganar amigos es respetable, pero hay algo elemental; eso es tan relativo que cuando vos creés que estás ganando amigos, tal vez estés ganando enemigos y viceversa, pensá que hasta yo pude haber ganado amigos con este artículo cuando vos creés que ganaba sólo enemigos.

Julio / Julio 25th, 2007, 5:22 pm / #

No sé si el Negro era o no escritor, a la manera de quien tiene una chapa que dice doctor, abogado o arquitecto, y tal vez él mismo no se reconociera como tal. Y sin embargo no cabe duda de que el Negro era un gran escritor, en cuanto a su manejo de la palabra, de los estilos y de la magia que con estas cosas debe ser capaz de armar quien a las letras se dedica. No cabe duda en cuanto a los roles de dibujante y humorista. De todos modos, los rótulos…

Fontanarrosa fue más que un dibujante, un caricaturista, un gran humorista y un magnífico escritor: fue un verdadero filósofo de la vida cotidiana, y supo manifestarlo a través de los medios que tuvo más a mano, esos que manejaba mejor.

Si tuviésemos que envidiar al Negro, seguramente podríamos hacerlo por su habilidad para el dibujo, por su humor, por su capacidad para escribir… y por su lucidez impecable.

Germán Serain / Julio 30th, 2007, 11:03 pm / #

yo me la re banco que venga el que quiera que la hacemos cuando quieran a donde quieran que me duran 1/2 round

J. Hernán Anganuzzi (Puck) / Noviembre 19th, 2007, 6:38 pm / #

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