Sobre La Virgen del Cerro, de Juan Terranova
Si la crónica poner de relieve la mirada, la visión –por ejemplo, la que ha tenido la señora María Livia Galliano de la virgen María– es por excelencia el objeto que no podría dejar de escapársele al acontecimiento, privilegio de uno –en este caso de una– se llega tarde desde el vamos y es inaccesible. Pone al cronista en el lugar opuesto al del corresponsal de guerra, siquiera del flâneur que cuenta , aunque lo sorprendan y por su novedad lo dejen sin el uso de su lengua, con las cosas de este mundo. Entonces se ve obligado a recoger lo que queda, acto que exige, a tono con el tema, el voto de pobreza. Es lo que hace Juan Terranova en La virgen del Cerro, María Livia y el milagro de la fe, crónica de una peregrinación al Cerro de las Apariciones en donde la vidente aplica su curativa oración de la intercesión. Y ese voto se enuncia en dos párrafos del libro. Uno del autor: “La idea de esfuerzo recorre el concepto mismo de peregrinación”; otro del Evangelio Según San Marcos: “La multitud escuchaba a Jesús con agrado. Y él les enseñaba “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes, que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”. Entonces el cronista debe renunciar a su goce: el libre uso de la metáfora, la interpretación, los géneros, toda la pirotecnia atea del castellano y acogerse a las leyes de la descripción realista que en este caso se utiliza con parquedad y a través de una síntesis que se priva como en el haiku, disolviendo el lenguaje en beneficio de certificar realidad. “Un tipo con gorra, pelo largo atado y tatuajes en los brazos pregunta por su ubicación (…). Antes de empezar la ascensión mujeres cargadas de rosarios se abrazan y se fotografían en grupos. (…) Un techo de media sombra flamea rítmicamente de arriba y abajo cuando sopla el viento. La parte de las gradas más cercana al escenario está reservada para los enfermos y para los lisiados”. El lector que busque pruebas de que el cronista estuvo en el corazón de los acontecimientos no las encontrará en estos registros que evocan al Paul Bowles que, de pie en un bazar de Estambul anotaba en su libreta el stock de los estantes y el resultado era de una inusitada poesía. Porque también aquí Terranova procede a la manera de su objeto: exige fe y lo hace a través de esa prosa elegante en su restricción que, a pesar de acoger a los géneros informativos –el del inventario, el del informe meteorológico y el del catastro–, no deja de hacer estilo, en el sentido de Barthes, como práctica escrita del matiz. En un verdadero sacrificio narcisista, Terranova deshecha la herencia del cronista modernista que obliga a Lezama Lima a hacer la crónica de una almendra en tres páginas de capas geológicas de tropos olfativos o a José Martí a escribir, luego de leer en el New York Herald un caso de violencia étnica sucedido en Nueva Orleáns, una crónica para La Nación titulada El asesinato de los italianos y en donde la sangre salpica al lector. También deshecha la pose del cronista escrachador que, atado al modelo judicial convierte la crónica en sentencia luego de un juicio paralelo. De no haberlo hecho se hubiera ocupado de averiguar en detalle el origen de la donaciones a la obra que sostiene a la virgen del Cerro, establecido el prontuario del Grupo de Artillería número 6, Regimiento 15 Coronel Bolognoesi de Salta cuyos pabellones a 1 y a 2 suelen ser ocupados por los peregrinos o del padre Juan Schak, miembro de la Comisión Arquidiocesana de Salta de discernimiento de las supuestas “manifestaciones de la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús “.
Mucho menos hecha mano del kitsch trash a lo ópera Tommy con su corte de paralíticos psicodélicos y de la estetización de la pobreza, tan común al cronista popular. Por usar términos pertinentes al tema, no cae en la tentación.
Sin embargo, tiene por lo menos un precursor letrado en esta experiencia de escribir como abogado de la afirmación de fe a través de una aparición, Joris Karl Huysmans. En 1858, la pastora Bernardette Soubirus experimentó dieciocho visitas de la Virgen María quien le ordenó cavar un pozo y que bebiera de sus aguas. Ese pozo fue el origen de una fuente curativa y milagrera que inspiró a Joris Karl Huysmans La pasión de Bernadette. La defensa de Huysmans es ética: la niña no miente, la verdad no reside en saber si la virgen se le apareció o no sino en si la niña lo cree. Juan Terranova elige también esa atención sobre la figura del creyente. No se trata de si la virgen habló y que dijo sino a quienes y en guardar los efectos de esa palabra entre los que la acogieron por la fe en la transmisión de uno de ellos.
Si Martín Caparrós quedaba sorprendido en La guerra moderna de que ahora se supiera más de un conflicto bélico por Internet -dejar el campo de batalla en donde a menudo hay larga horas de espera e ir al locutorio, esa era la consigna, rechazar el in situ por los sitios , aunque se estuviera allí-, Juan Terranova naturaliza ese procedimiento. Y lo hace a la manera de un peregrinaje, recorriendo punto por punto y deteniéndose, demorándose en los juzgados sustanciales. Para luego escribir. Por ejemplo describe la plaza 9 de julio de Salta en sus cuatro puntos, enumera los edificios, el Palacio Day, sede del Centro Cultural América, el Cabildo, sede del Museo Histórico del Norte pero se detiene en el Museo de Arqueología de Alta Montaña que funciona en un edificio del siglo XIX, de “estilo neogótico de impronta victoriana”, según el folleto y cuya existencia, detalla, comienza con el hallazgo de las momias de tres niñas incas bien conservadas con sus ajuares respectivos. Ese gesto pedagógico que no vacila en precisar que un cerro es una elevación de tierra aislada y de menor altura que la del monte o la montaña y un locutorio, una habitación a través de cuyas rejas de clausura reciben visitas las monjas carmelitas, pervive la ilusión vanguardista por las antípodas de que La virgen del Cerro, María Livia y el milagro de la fe integre -que me perdone Sudamericana- el archivo circulante de fotocopias que los coordinadores reparten entres los fieles peregrinos que no piensan que la fe mueve montañas sino que debe hacerlos subir a ellas. Hablaba de renuncia narcisista y es cierto: en el libro la primera persona aparece al final casi a la altura del Planetario, lugar del fin del viaje. En contadas ocasiones, Terranova rompen su voto de pobreza para deslizarse en el pecado de ironía. Por ejemplo, cuando enumera: “En la parte de abajo, al lado del baño, un grupo de mujeres canta Lunita Tucumana, mientras se abanican con viejos números de la revista Viva”. O cuando cuenta que Nuestra Señora del Témpano de Hielo alude a una aparición de María en un pueblo llamado The Norrows en el aniversario cuatrocientos ocho del descubrimiento de San Juan de Terranova.
En el epílogo el autor menciona a su amigo Leandro Otero a quien describe como su Virgilio. Ese hombre piadoso que ha llevado en alguna de las peregrinaciones compartidas los mensajes de la virgen en Braile por si encontraba aun ciego, sería su china Carmen, la que guía al coronel Mansilla a la tierra de los ranqueles, su Enriqueta Muñiz, esa periodista que obliga a Rodolfo Walsh a declarar que Operación Masacre podría haber sido escrito en la segunda persona del plural o la Harper Lee que le hizo el entre al Capote de A sangre fría entre los vecinos de Holcomb, sino fuera una figura más fraterna, no un lenguaraz sino un paredro, un corresponsal de la aventura y no un maestro, a la manera de ese Santiaguito Arcos al que el narrador de Una excursión a los indios ranqueles le cuenta que le ha ganado el desafío de comer una tortilla de avestruz en Levoucó, para desplegar desde allí su relato.
Terranova dice haberse sustentado para escribir La virgen del Cerro en el centón, pieza tutora de otros textos a la manera de un collage o de un pastiche. Podría decirse sin desmedro, un refrito, ese género que al relacionar lo que estaba separado organiza el sentido de otra manera, figura por excelencia del acto de leer.
La virgen del Cerro está escrita a la manera de su objeto, decíamos pero también a la manera de la lectura misma y si no hay indicios de la fé del cronista -podría ser un fariseo cortés, un objetivista creyente, un distante bretschiano y no es ninguna de esas cosas-, éste parece ocupar totalmente su tarea en desmentir esa sospecha de Marcos sobre la vanidad de los escribas y entonces hace un libro laico en oración, podría decirse por acumulación de escenas pero en detalle, como si rezara el santo rosario, acariciando además cada una de las facetas de las cuentas, un libro al que podría adjuntarse por añadidura un adjetivo en desuso: edificante.
Este texto fue leído en la presentación del libro de Juan Terranova La Virgen del Cerro, el 5 de julio de 2007


Comentarios (un comentario)
hola juan compre este libro en ezeisa me impreciono ver la tapa cuando lo vi lo agarre para leer en el avion cuando me regresaba a casa francia soy argentina saltena y me quede muy y conmovida realmente con todo lo que reletas en tu libro es asi porque yo tambien pase por alli en el 2002 me da mucho gusto que alguien pueda escribir lo que se siente y vive en el cerro ayer domingo termine de leer tu libro estuve inconsolable mi marido me preguntaba que me pasaba le comente mi esperiencia que se relacionaba con tu libro el mucho no entiende de esto es frances y todabia no lo pude llevar a argentina a mi salta estube 1 mes con mi familia setiembre por las fiestas del milagro hacia 4 anos que no volvia argentina realmente te felicito ,te mando un abrazo y gracias por haber hecho para ti tambien de una hermosa experiencia con la virgen del cerro ,gracias claudia.
claudia / Octubre 22nd, 2007, 7:12 am / #
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