Articulo

Manifiesto vomitivo-biológico

Por Marcelo Ballvé

A Oswald de Andrade

Hasta ahora algunos,(1) pero pocos, manifiestos a lo largo del tiempo han puesto el foco en el concepto de la biología o la naturaleza como manera de sobreponerse a lo frustrante de lo humano-real. Las contradicciones que vive el hombre: objetividad/subjetividad, individualidad/colectividad, día/noche; intención/resultado, comunicación/desentendimiento, tiempo/eternidad, miedo/amor—todas se pueden medir como resultado de una equivocación inicial. Es el error que se encuentra en la raíz misma de todo lo racional: pensamos que hay una perfección, un más allá, un paraíso perdido que debemos hallar a través de cualquier medio que esté disponible. Y lo torcemos todo al servicio de este fin. Pero no existe tal fin.

La perfección ya la vivimos y la sentimos aquí y ahora. No puede haber progreso, no en el sentido utópico, solo puede haber mejoras relativas y parciales en la calidad de vidas dentro de los parámetros internos de una cultura u otra. El ideal nuestro de vivir vidas cronológicamente largas, pacíficas, y libres de trabajo arduo podría parecerle un disparate a alguien con una estructura cultural radicalmente distinta a nuestro andamiaje semítico-occidental etcétera.

Volviendo a la idea inicial del desencanto con lo humano-real, entendido como un rendirse ante la muerte, resignarse ante el tiempo, y agitarse ante la miseria de dudas e inquietudes en la cual chapuzamos, se detecta una salida: un unirse con el todo que es el mundo energético material, un sentirse con el cuerpo, un delirar ante el carpetazo cósmico-galáctico del universo, todo real, todo aquí. La muerte es perfecta y tal vez el único alivio. Nos emborrachamos, nos enojamos, ansiamos, y tal vez lo único que nos hace falta entonces es morir. Da lo mismo porque la unión es todo, y si el arrebato conduce o inclina el camino hacia la unión entonces vale también ese trance o arranque místico-romántico o milenarismo del presente aquí-y-ahora. No hay salvación porque ya estamos a salvo y siempre lo estuvimos.

Ahora solo necesitamos descansar en el hecho, como huevos nuevos, dejar que crezca dentro de nosotros este saber. Abarcando esta realidad el artista sirve como chamán de lo ya consumado y sirve para suscitar arrebatos que hagan subir la cortina, nunca apuntando hacia una tierra lejana sino a lo que vemos, soñamos, y sentimos aquí sin tener que mejorarnos ni aprender nada.

El artista no hace, sino que manifiesta, muestra, esconde y comunica sorprendiendo. Sobretodo provoca. El artista-escritor es un ser ejemplar en el sentido que su único propósito es hacer brillar esta perfección ya alcanzada por todos nosotros. ¿Cuál es un método eficiente de hacerlo? Consumiendo trozos de realidad y escupiéndolos mal o incompletamente digeridos, transformados en algo más suave, liquido, y resbaloso. Un arte vomitivo-aditivo. Todo se recuerda y asimila dentro del estomago del artista-escritor-poeta que somos todos. Nada se echa a perder, se absorbe cada partícula y de esas partes que comemos creamos enteros nuevos, sin coherencia, líquidos, torrentosos y movedizos. Estos se mueven por los vericuetos del mundo, las fisuras, las veredas, hacia el gran mar; y todo es continuidad: crear, comer, vomitar, llover, ingerir, fertilizar, enfermar, estornudar, etcétera. Todo es ingrediente y todo gusta. ¡Al banquete!

(1) Ver Manifesto Antropófago, de Oswald de Andrade (1928), Manifesto Neoconcreto, de Ferreira Gullar (1959), y Uma estética da fome, de Glauber Rocha (1965). Gracias a Mario Cámara por provocar este manifiesto al introducirme y esclarecer los textos citados.

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