Ingreso

Articulo

El niño, la madre, la buhardilla

Por Marie Howe

Traducción de Mori Ponsowy

El niño

Mi hermano mayor va por la vereda, adentrándose en la noche de los suburbios;
remera blanca, jeans—hacia el baldío al final de la calle.

Los chicos lo llamaban Hangers Hideout, un lote abandonado, una cancha
cubierta de maleza, muebles viejos tirados aquí y allá,

perchas de metal tintineando en los árboles como campanas de viento.
Se va de casa porque nuestro padre quiere cortarle el pelo.

Dentro de dos días me convencerá de que lo busque—tú sabes
dónde está—y le hable: Sin reprimendas. Lo prometió. Me acompañará

una pequeña fila de chicos en piyamas, sus voces como las primeras ranas de primavera.
Y mi hermano caminará a casa delante nuestro, y mi padre

le afeitará toda la cabeza, y mi hermano no le hablará a nadie
por un mes, ni una palabra, ni pásame la sal, nada.

Lo que pasó en casa les enseñó a mis hermanos a irse, a caminar
por las veredas sin mirar atrás.

Yo era la niña. Lo que pasó me enseñó a seguirlo, quienquiera que fuese,
pronunciando su nombre una y otra vez.

La madre

En su vejez temprana las uñas de los pies se curvan sobre sus dedos
de forma que cuando avanza por la cocina algunas hacen clic.

Por tercera vez el médico le ha advertido que se le van a ulcerar
las piernas si no se pone crema.

Tan reacia está a tocar su propio cuerpo, a  cuidar de él—
la misma mujer que tantas noches permaneció de pie junto a la escalera del desván

sobre el rellano, en bata,
junto al cesto de ropa sucia, inmóvil

como una estatua en ese juego que juegan los niños,
mientras su esposo subía a tumbos,  tartamudeando hasta el cuarto de su hija.

Después, suave la voz vigilante de una niña, alegando razones,
elevándose, y la primera bofetada,

y el chirrido de la silla de su hijo empujada hacia atrás,
el aire espeso con sus escuchares,

y de nuevo la voz de la niña, llorando quedamente, el crujir de su cama…
En el juego, alguien debe tocarte para hacerte libre

y sólo entonces eres humano otra vez.

 

La buhardilla

Alabado sea mi hermano mayor, el chico de diecisiete años que vivió
conmigo en el desván, príncipe exiliado endurecido en el encierro,

áspero, encorvado sobre su tarea nocturna, construyendo un edificio imaginario
en el tablero de dibujo que le dieron en la escuela. Sus herramientas fulguran

bajo la lámpara del escritorio. Es duro como el lápiz que sostiene
dibujando una línea recta a lo largo de su regla.

Príncipe de la torre, joven rey, alabado sea el chico
dispuesto a enfriar su sangre y demorar su corazón. Construye

una estructura con tantas puertas que hay silencio al fin,
y cuando nuestro padre sube pesadamente las escaleras del desván,

él no lo escucha pasar por el pasillo. Mi hermano reconstruye
los cimientos. Levanta una hoja de plástico transparente

para examinar la plomería más de cerca,
—casi no escucha los resortes de mi cama cuando mi padre se sienta—

se pregunta dónde podrá ir la caldera, porque
donde está ahora no sirve. Y no es sino cuando golpeo la puerta

tras el hombre que una vez más baja la escalera a tropezones
que mi hermano aparta la vista de su trabajo. Sé que le duele

levantarse, tocar mi puerta, entrar. Y cuando pone su brazo delgado
sobre mis hombros temblorosos,

no sé si sabe que construye un mundo en el que un día yo pueda amar
a un hombre—Se sienta ahí sin decir nada.

Alabado sea.
Casi no se atreve a rozarme.

 

Comentarios (un comentario)

Sencillamente, extraordinario.

Pablo Chacón / junio 19th, 2006, 1:49 pm / #

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