Articulo

El neo republicanismo

Por Nicolás Enrique Puente

Pero el hecho es que no es en modo alguno verdad que el número sea “ley suprema”, ni que el peso de la opinión de cualquier elector sea “exactamente igual”. También en este caso los números son un simple valor instrumental, que dan una medida y una relación: nada más. ¿Qué es, por otra parte, lo que se mide? Se mide precisamente la eficacia y la capacidad de expansión y de persuasión de las opiniones de pocos, de las minorías activas, de las élites, de las vanguardias, etc., o sea, su racionalidad o historicidad funcional concreta.

Exceptuando al trotzkismo, la oposición política en Argentina parece encontrarse sumamente preocupada por el estado de situación de la división de poderes, de allí que buena parte de ella, luego de la licuación de los grandes partidos nacionales, haya agregado a las nuevas denominaciones partidarias la palabra república en cualquiera de sus posibilidades. Sería nada más que un fenómeno curioso si fuera simplemente una cuestión de denominaciones, pero en verdad el término cobra sentido político en tanto que contiene una acusación al poder ejecutivo por ejercer o intentar establecer un “hegemonismo”. Esto equivale a  decir que el presidente de la nación estaría llevando a cabo un avance ilegal, indeseable y peligroso sobre los otros poderes del estado, especialmente sobre el parlamento, y que tal accionar estaría perjudicando también la calidad de vida de muchos ciudadanos.
Las opciones de oposición que mencionaremos a partir de ahora como neo-republicanas pertenecen por propia definición a la derecha, vaya paradoja en tanto que ésta expresión política ha acompañado, o ha sido protagonista principal, en todos los golpes de estado (negación absoluta de las instituciones republicanas) en la historia de nuestro país. Podríamos establecer dos posibles respuestas: o se trata de haber entendido y aceptado finalmente la importancia de las instituciones de la democracia liberal y la competencia electoral, o se trata de una adhesión oportunista afincada en la necesidad de ser y hacer oposición frente al avance del poder ejecutivo.
Sugestivamente este reverdecer del republicanismo se da en un contexto en donde la política, forma de ejercer el poder de las clases dirigentes de una época y en un territorio dados, pasa por una crisis recurrente de legitimidad. La gente siente que sus problemas no son resueltos con prontitud y que la dirigencia política explota los cargos públicos en su propio beneficio, el distanciamiento entre representantes y representados, que tuvo su clímax en la crisis de 2001,  apenas muestra tímidas señales de disminución.
Sin embargo el discurso, por así decirlo, antipolítico, ya contaba con una frondosa historia desde la década de los 90 cuando se transformó en un práctica común de los partidos tradicionales, convocar, como candidatos, a figuras públicas provenientes del mundo del espectáculo, de los negocios, del deporte, de la cultura, etc., lo que equivalía a sostener que la era de los políticos profesionales estaba tocando a su fin o encontraba sus fundamentos profundamente socavados.
La confusa argumentación planteada desde la opinión pública sostenía algo así como “estoy en contra de los políticos, no de la política”, un verdadero despropósito que en aquel tiempo cobró cierta actualidad, si pensamos que, como señalé anteriormente que la política es lo que hacen los políticos. Habría que agregar también que el menemismo consagró una forma de pensar los asuntos públicos como pasibles de ser resueltos en una forma “puramente técnica”, el discurso de “la gestión” se presentaba como impenetrable a la opinión, la discusión política lo único que hacía era dilatar la solución o plantear proyectos improbables, acaso, enteramente insensatos.
Nos encontramos entonces con elementos de diverso origen conceptual para explicar la aparición del neo-republicanismo como concepto sobre el que se monta la oposición.
Una primera aproximación nos plantearía cierta contradicción entre la notable crisis de legitimidad del sistema político, que hizo crisis en 2001, y la revalorización de lo procedimientos que es propia del sistema de frenos y contrapesos, y de la discusión pública, que el republicanismo representa. Esto equivale a sostener que la respuesta a la crisis de legitimidad  producto de la ineficiencia política, la corrupción y la irrepresentatividad, sería más y mejor política. Pero, como veremos más adelante, no parece ser ese el tópico central del discurso neorrepublicano, en tanto su discurso desvaloriza el debate y privilegia las soluciones de los “expertos”.
En realidad en múltiples trabajos de carácter académico se da cuenta del fenómeno inverso: ante la crisis de representación y los tiempos largos del parlamento, frente a un mundo inexorablemente globalizado, se da naturalmente un avance del ejecutivo. En este registro los elementos diversos comienzan a incorporarse en un plexo de sentido. El republicanismo actual sería una respuesta de la dirigencia política frente a un avance estructural del ejecutivo sobre los otros dos poderes del estado, pero lo que está claro es que no se trata de una necesidad imperiosa de los ciudadanos, que obviamente quieren soluciones rápidas y eficientes a los problemas públicos (como lo proclama el mismo neo-republicanismo), sino de una necesidad los dirigentes políticos que temen convertirse en superfluos, al observar que el ejecutivo construye una relación sin intermediaciones dirigenciales con los ciudadanos.
Lo que se observa con claridad a pesar de los nuevos republicanos es que el parlamento continúa el proceso de decadencia evidenciado a lo largo del siglo pasado, y hasta los propios legisladores lo ratifican en la medida en que sus ausencias reiteradas dan cuenta de un escaso aprecio por la tarea legislativa. No deja de ser altamente significativa una reciente respuesta de un legislador diciendo “para qué voy a ir, si soy minoría”, de hecho, el presentismo de los legisladores es total sólo cuando las cámaras de televisión  transmiten en directo desde las legislaturas.
Analizando el discurso opositor nos encontramos frente a la reivindicación de una justicia independiente y de un parlamento con un rol protagónico, banderas clásicas del republicanismo, restaría ahora saber si la derecha es la expresión coherente para llevar esos “ideales” adelante. La crisis de representatividad ha producido una descalificación de toda la “clase” política, se la percibe desde buena parte de los ciudadanos como una oligarquía superflua, esto explica la consagración de los que se presentan como “no políticos”, como gestores con propuestas, pero ¿cómo se lleva ese discurso gestionalista, con la reivindicación de la república? La concepción de los asuntos públicos como una cuestión de resolución puramente técnica, ¿es compatible con una revalorización del parlamento? La exigencia de “seguridad ya y a cualquier costo”, ¿no entra en contradicción con una justicia independiente? 
Unas de las formas prominentes para identificar a la ideología de derecha es plantear que existen soluciones simples a problemas complejos, y me propongo demostrarlo, es más, afirmo que buena parte del electorado es de derecha sin saberlo con claridad, en la medida en que por desconocimiento y por el uso del “sentido común”, abusa de la simplificación como forma significativa en la resolución de los problemas públicos. Todo esto obviamente, está reñido con los principios básicos del republicanismo, por eso califico como contradictoria y oportunista la adhesión de la derecha al neo-republicanismo.

La resolución “puramente técnica” de los problemas públicos

Los noventa plantearon un retraimiento del pensamiento ideológico de izquierda, una sola ideología se impuso, el neoliberalismo. La consecuencia fue un estrechamiento de los objetivos sociales, parecía que “todos” queríamos lo mismo, y había pequeños matices en la forma de obtenerlo, no en el fondo. Surge en ese tiempo con más fuerza que nunca la propuesta de resolución técnica de los problemas sociales. Es necesario aclarar que comenzar un debate por la parte técnica de un proyecto significa empezar un paso más adelante, puesto que implica aceptar la decisión ideológica implícita en tal accionar o mecanismo, ya que no se discute el problema mismo sino únicamente la forma de resolverlo. Esta concepción “puramente técnica”, propia del liberalismo, todavía conforma la conciencia política de la población. Da lo mismo si la higiene urbana la gestionan grandes empresas multinacionales o cooperativas de cartoneros, lo importante es que no haya basura.
Se entiende entonces el reciente éxito de un candidato que sólo habla y discute sobre “propuestas”, que rechaza expresamente cualquier debate ideológico, y, que, adhiere también al neo-republicanismo. En estas últimas elecciones ha quedado claro que si la gestión social no está sometida al debate ideológico, sino técnico, lo único que queda son las “famosas” propuestas; esto es, el sentido común más vulgar, abonado por el desconocimiento y la ideología liberal, ¿qué lugar importante puede ocupar el respeto por la división de poderes o la discusión en el parlamento en todo este plexo ideológico? 

El sentido común es derechista

En miles de charlas que se producen  día a día, el sentido común se muestra en toda su plenitud derechista; montarse sobre la afirmación de que “yo no debato ideología sólo vengo a solucionar problemas mediante propuestas” es una posición política firme sustentada en la convicción  gnoseológica de lo reaccionario del sentido común.
Vayamos a un ejemplo. En los últimos años Buenos Aires ha recibido miles de inmigrantes, las colectividades más visibles, por diferentes razones, son la china, la boliviana y la peruana. Desde un viejo cartel de la UOCRA que pedía dramáticamente que “no nos roben el trabajo”, hasta la estigmatización del peruano como delincuente o del boliviano como trabajador barato, y del chino como explotador semimafioso, resulta difícil explicarle al ciudadano que frente a la ley constitucional “todos somos iguales”. Las directoras de los colegios primarios deben escuchar, a veces estoicamente, a veces prestando un completo acuerdo, a las madres nativas que “no pueden entender cómo hay vacantes para los bolitas y para mi hijo no”. Si en el debate la directora explicara que los nativos y extranjeros tienen constitucionalmente un trato igualitario, la respuesta sería, “entonces hay que cambiar la constitución”. Para sustentar ideológicamente la igualdad de todos ante la ley, hay que realizar un esfuerzo argumentativo y contar con un mínimo de conocimientos políticos del interlocutor, para oponerse a tal igualdad se trata simplemente de seguir el sentido común.
Ni hablar si intentamos sugerir una propuesta de impuestos progresivos, en general se sostendrá frente a esta iniciativa que “si yo la hice trabajando, ¿por qué tengo que pagar más?”. Como ya es parte del “saber popular” los políticos roban, entonces,  ¿para qué pagar los impuestos existentes?, obviamente tendremos que tener un buen rato y notable habilidad argumentativa  para que podamos, mínimamente, superar la indignación del ciudadano que nos escucha cuando le contemos que pensamos subir los impuestos de los que más tienen y desgranar nuestra propuesta de progresividad impositiva . En el mundo teórico-académico sonaría sarcástico, pero dentro del sentido común ciudadano, que todos paguen lo mismo, puede significar para la opinión pública un acto de perfecta igualdad.  

La derecha y la justicia independiente (los malos no tienen derechos)

En la versión clásica de la derecha (dirigente y de “sentido común”) los derechos humanos son para los culpables, para los delincuentes. Según este relato los policías y los jueces se encontrarían  impotentes frente a leyes que impiden ejercer la justicia, de allí que “los acusados, entran por una puerta y salen por la otra” y los abogados defienden a “degenerados” que no deberían tener derecho a defensa. Tanto es así que cuando los fallos no son condenatorios o las penas impuestas a un condenado son consideradas insuficientes,  se habla de la existencia de una “corporación judicial garantista” ocupada, vaya a saber por qué motivo, en liberar delincuentes que volverán a delinquir más o menos rápidamente. El aumento de penas es la solución -no plantea fisuras en esto la derecha- , y cientos de miles de personas han acompañado con su presencia física esta idea: mayor rigor, destrucción de garantías y represión son la solución a la inseguridad. Blumberg ha sido el abanderado de esta reivindicación, pero lo más interesante es que expresa el sentido común sobre este tema. No es fácil explicarle al ciudadano que las garantías constitucionales son para todos, no sólo para los acusados, o que ellos mismos podrían ser los procesados y entonces si reclamarían tener todas las garantías. La solución a la delincuencia es eliminar a los delincuentes, he allí una simplificación clásica de la derecha, que repetida termina por conformar el “sentido común”. Está claro entonces que de republicanismo aquí no hay nada, ya que se deja la constitución de lado completamente en favor de resultados rápidos y juicios sumarios. Extraños republicanos estos, que desconocen la constitución y aprueban con vehemencia el apriete de jueces para lograr más condenas.

Expresiones como “yo conduzco mi partido con mano de hierro”, “la única forma de ordenar la economía es bajar los sueldos”, “a los cartoneros habría que llevarlos presos”, “meterle bala a los delincuentes”, forman parte del arsenal teórico de la vieja derecha, hoy neo-republicana, que es teórico de la mejor manera, tornándose sentido común, creando un nuevo estado de conformismo y educando a la masa en los valores más reaccionarios. El discurso mismo del economista liberal profesional forma parte de este arsenal teórico y sin embargo con simplificaciones tales como “estar mal ahora, para estar mejor después” han logrado que los propios despedidos de las empresas del estado acepten  sus despidos con resignación y con el mínimo posible de fricción social.
El campo popular, rebautizado tibiamente como progresismo, no ha logrado tal nivel de injerencia en la conciencia colectiva, sus explicaciones suenan complicadas, contrafácticas, necesitan de un grado de elaboración y reflexión que el ciudadano medio no parece estar dispuesto a conceder. La solución negociada, el desarrollo lento, la inclusión de la pluralidad de intereses, no han dado un resultado de gestión satisfactorio en la ciudad de Buenos Aires, esa es parte también de la explicación del triunfo de los “neo-republicanos”.  Nos hemos conformado con “evitar lo peor” pero hemos fracasado en “promocionar lo mejor”, nuestros argumentos no se han tornado sentido común,  y sobre todo nos hemos olvidado de la función educativa del dirigente político dejando así el espacio abierto para que expresiones políticas reaccionarias se presenten hoy como una alternativa nueva cuando sabemos, son más de lo mismo. 

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