Harto del kitsch
Por Damián Tabarovsky
Uno de mis canales de TV favoritos es VH1, no tanto por los videos de rock sino por las increíbles listas clasificatorias que suelen pasar. Programas como Las 20 peores cantantes de los 80 o Los 100 romances más idiotas de Hollywood son pequeñas maravillas que jamás me pierdo. En realidad, se inspiran en las listas de E!, sólo que al carácter mainstream del canal de chimentos le da una vuelta de tuerca irónica (charlando sobre esto con unos amigos, se nos ocurrió armar una versión argentina del asunto, con listas del tipo “los 10 peores escritores actuales”, “los cinco periodistas más incultos”, “los 7 premios literarios que no terminaron en una causa judicial”; y otros por el estilo, que ni vale la pena mencionar).
En esa misma charla, surgió una discusión sobre si las listas de VH1 son kitsch o trash. Cada una de estas categorías encierra en sí misma un mundo, o mejor dicho: son una forma de entender el mundo mediático. Yo dije que claramente era trash, aunque en realidad sabía que no lo era. Pero lo hice porque ya no soporto más el mundo kitsch. Lo kitsch fue el gesto ultramoderno por excelencia de los 80, gracias al cual Isabel Sarli se volvió una actriz de culto; Camilo Sesto, un profundo pensador del amor, y la mezcla de estilos, una forma de resistencia. Pero rápidamente el kitsch se convirtió en una variedad de la decoración de interiores, un chiste fácil, la ironía vaciada de sentido.
Por supuesto que el kitsch, como categoría estética, tiene una larga y productiva genealogía. En la década del 60, ensayistas como Abraham Moles o Gillo Dorfles pensaron lo kitsch como herramienta para llevar a cabo una crítica radical de la modernidad, de la racionalidad tecnológica y de la alienación del capitalismo postindustrial. Algunos libros de Dorfles de esos años, como Símbolo, comunicación y consumo o Nuevos ritos, nuevos mitos, mantienen una pasmosa actualidad. Como es sabido, el pop art fue el movimiento que llevó más lejos esa indistinción entre arte y cultura de masas. Pero casi cincuenta años después, del sarcasmo del pop no queda nada, y su uso hoy sólo sirve para reforzar el objeto sobre el que se pretende ironizar (como quedó claro en la reciente campaña electoral, en la que un candidato perdedor pegó afiches con su cara retratada con la misma técnica que la Marilyn de Warhol).
En la actualidad mucho se habla de la televisión basura, como si existiera otro tipo de televisión. Pero cuanto más miro los programas (autodenominados) inteligentes, graciosos, irónicos, progres y pop, más ganas me da de ver televisión basura. Programas como CQC, TVR, o Duro de domar llevan al extremo la rutina kitsch de la ironía que no ironiza sobre nada, y terminan reproduciendo, reforzando, afianzando eso que deberían poner en cuestión. Pero, a la inversa, también es un error suponer que trash es Tinelli, Gran Hermano, o Santo Biasatti. Mejor dicho, lo son. Pero en la acepción intrascendente del término. La verdadera experiencia estética del trash en la tele reside en mirar algún canal perdido del cable y atender pacientemente una explicación de cuarenta y cinco minutos sobre la forma en que se seca la yerba mate, o sobre los formularios que hay que llenar para obtener un crédito municipal para un microemprendimiento, filmado con una sola cámara que nunca se mueve.
En ese tipo de práctica (a la que me dedico asiduamente) ya no hay ironía, no hay ninguna actitud burlona, o pseudo graciosa (no se cancherea diciendo “miren qué vivos que somos”). Porque la posibilidad de acceder a la experiencia auténtica del trash es de otro orden. Remite al estado de contemplación. A cierta piedad por uno mismo y por el mundo. Frente a eso que estamos viendo, no hay ninguna segunda lectura, ningún metamensaje. No hay kitsch. Al contrario, sólo hay una experiencia tautológica: vemos lo que hay. Es lo que es, no hay nada detrás. Lo trash televisivo es una forma de acceder a un estado de reposo, de quietud y de paz. Un tipo de experiencia cada vez más en desuso.
Este artículo apareció en el suplemento Cultura del diario Perfil el 24 de junio de 2007.

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