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El presidente escucha

Por Fogwill

El presidente escucha. Concedamos a la oposición: escucha poco, pero escucha. Yo casi llego tarde con mi columna de La Voz Del Interior del primer domingo de junio. Hasta el momento de enviarla, –el último martes de mayo– nadie había reparado en la aventura de la ministra –o ministro– Nilda Garré que planificaba exportar los liceos militares al provincial y precario ámbito de la educación pública. Fueron las familias de alumnos y aspirantes, sin duda movidos en defensa del privilegio de sus chicos, quienes llamaron la atención pública sobre el tema, mucho antes de que la prensa, el Estado y los políticos de oposición advirtieran la magnitud del error.

Es verdad que los decretos y los errores administrativos se pueden corregir, pero el papelón de promulgarlos o cometerlos sigue vigente por toda la eternidad. Algo sucedió en el gabinete y la idea de dotar a los atribulados gobernadores de una responsabilidad militar pasó a integrar el mundo de los sueños equivocados, junto a la megalómana propuesta de Alfonsín de mudar toda la capital a Viedma.

En junio hubo lectores que, obnubilados por los preparativos del mundial de fútbol, interpretaron mi censura del proyecto de traslado de los liceos como una defensa de los privilegios de nuestras obsoletas fuerzas armadas. No es fácil explicar que quienes defienden esos privilegios –que los hay, tan notorios como la ausencia de planes del ministerio de defensa destinadas a atenuarlos– apuntan a su favor cualquier medida que acentúe el divorcio entre civiles y fuerzas armadas, facilitando que sus integrantes permanezcan flotando en su limbo ideológico.

En tiempos de Jruschov y Mao, cuando los generales Osiris Villegas y Onganía conspiraban contra el gobierno civil del cordobés Illia, en la universidad circulaba un chiste que preguntaba sobre las diferencias entre militares optimistas y pesimistas, para responderse que un oficial optimista estudiaba ruso, mientras los pesimistas elegían el chino.

Cierto que chino es muy difícil, pero también es cierto que cuando los actuales cadetes asciendan y asciendan hasta ganar el sueldo de un jefe de banco o de un distribuidor de Arcor, esa lengua será el idioma oficial de la primer potencia económica –y militar– de un mundo que esos muchachos imaginan como si fuese a continuar dividido entre Prusia y media docena de empobrecidas republiquetas de Europa Oriental.

Errata: escribí “imaginan”. No es la palabra indicada. Imaginar es un trabajo que sólo pueden ejecutar los que han sido preparados para eso, es decir, para los que han aprendido a librarse de lo que otros quisieron hacerles imaginar. En esta misma columna, el mes pasado, comenté la complicidad del Estado alemán con el tráfico y la explotación de mujeres que floreció alrededor de la industria del mundial de fútbol. Como si me hubiese leído, un obispo francés se manifestó indignado porque la asistencia a 90 minutos de un partido de la primera rueda costase cuatro veces más cara que la permanencia durante el mismo lapso con una de las jóvenes prostitutas que merodean por los estadios. El segundo premio de la imaginación de mes de junio recae en el periodista de Le Canard que tituló su comentario “¿Cómo supo el obispo la tarifa de la prostituta?”

La opinión francesa sobre la inmigración ilegal está dividida entre los que proponen exterminar a los indeseables, algunos moderados que sugieren aislarlos, y unos poquísimos humanistas que se manifiestan dispuestos a albergarlos y hasta integrarlos en su familia. A la vista de estos datos de las encuestas, el jefe de gobierno ordenó a la Policía que, en lugar de amedrentarlos o detenerlos, los intercepte para entregarles 3.500 euros a condición de que se vuelvan a lo que quede de sus aldeas y sus casas. Por eso, el primer premio a la imaginación corresponde al ministro y candidato Sarcozy.

[El presente artículo fue publicado el 2 de julio por La Voz del Interior]

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