Articulo

La nostalgia del corresponsal

Por Raúl García Luna

En general, todos sabemos qué es un corresponsal: un periodista que el diario o revista del caso envía a un territorio más o menos lejano, a cubrir tal o cual noticia en vivo, o más usualmente a residir de manera permanente allí, para reportar todo lo que suceda en ese país o región del globo. Pero, en particular, nadie sabe qué es un corresponsal: imaginamos a un aventurero metido en guerras y embajadas, a un fisgón con una libretita de anotaciones, a un cronista en tren o jet o camello que maneja diez idiomas y es capaz de pasar hambre e incluso arriesgar el pellejo por una primicia. Y, en parte, es así. No hay periodista de planta que no envidie al corresponsal: el tipo sale en fotos con chaleco de cazador, y lo que dice o escribe es adrenalina pura. Máxime si lo hace desde Irak… para luego retornar a París o Madrid o Londres a lamerse las heridas entre copas varias y anécdotas inéditas.

Es que, una de cal y una de arena, también están esos corresponsales que no mueven el orto de la hamaca paraguaya nada más que para, empilchados cual gentlemen o bohemios de ocasión, infiltrarse en una gala real, una degustación de brandys con artistas o una final de tenis o fútbol que mantiene en vilo a Occidente. Y eso también es envidiable: viven como reyezuelos, frecuentan a extranjeras de buen ver, y hasta se casan y tienen hijos bilingües que no querrán instalarse en la patria de su progenitor cuando a éste se le acabe el lapso de su corresponsalía, beca o rebusque. Ha ocurrido, y ocurre: nunca es fácil volver a casa. Máxime si de volver a estas benditas costas se trata. Porque aquí y ahora no estamos hablando de corresponsales germanos o británicos, sino argentinos. Esa es la cosa. Claro que, como se verá, tampoco ellos quedan a salvo de aquello que tira más que una yunta de bueyes, sin ser femenino.

Dos casos ilustrativos. En mis años de la revista Somos, de Editorial Atlántida, mi corresponsal en España era nada menos que Esteban Peicovich, gran poeta y periodista que actualmente publica una columna semanal en La Nación y conduce su programa radial de literatura y jazz Los Palabristas desde hace décadas. Y bien, que había muerto Paquirri, corneado por un toro justiciero, y había que dar la nota. Pero reescrita, porque por ese entonces un corresponsal sólo informaba, y del resto se ocupaba el redactor-jefe o editor a cargo. Fue la única vez que no le cambié ni una sola coma a un informe: casi podían tocarse las arrugas de la capa caída, olerse el aliento del animal, verse la sangre en el aire y en la arena, oírse el llanto de su desesperada viuda… esa famosa cantaora flamenca que haría de su viudez una industria harto rentable. Visceral, conmovedor, incontrastable: se non é vero, é ben trovato… Lo cierto es que, al margen de todo esto, podía leerse otro mensaje de Peicovich: algo así como “extraño el tango” o “mato por un choripán”.

Y luego está la experiencia de Rodrigo Morales, el documentalista argentino que cubrió antes que nadie el derrumbe de la URSS, la maldita “limpieza étnica” de un maldito dictador yugoslavo, y la asistencia del centenario comando de enfermería checa en la desértica retaguardia iraquí. A donde, para llegar, tuvo que atravesar absurdos campos nevados en los que le aconteció una desventura de maravilla: el ómnibus en el que viajaba, dormido cámara al pecho en los últimos asientos, de noche y con las luces apagadas por temor a los francotiradores, estalló como un petardo y él, de pronto, despertó tendido boca arriba en una estepa helada, con la cara cubierta de vidrios cristalizados y un sinfín de pequeños tajos, y el firmamento allá arriba. Me lo contó en Buenos Aires, hace poco: el micro ardía muy cerca, los ayes eran cruel minoría y él, enajenado pero vivo, se preguntaba por qué no veía las Tres Marías, la Cruz del Sur, las estrellas de su infancia tucumana. Después, y como siempre, el cielo protector lo acunaría como a un hijo sin apellido ni destino. Es que eso es un corresponsal: un huérfano voluntario, un exiliado que no olvida…

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